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Solo 85 segundos. Eso es el tiempo que le separa a la humanidad de su destrucción según el Reloj del Juicio Final (Doomsday Clock) . Un minutero simbólico que ilustra nuestra cercanía de la medianoche, o el punto teórico de la aniquilación, que nunca, desde los 79 años que lleva en marcha, ha estado tan cerca. Las causas principales que impulsan al riesgo de un desastre global: el comportamiento agresivo de las potencias nucleares como Rusia, China y Estados Unidos; el debilitamiento del control de armas nucleares; los conflictos en Ucrania y Oriente Medio; y la preocupación por la inteligencia artificial, «que pueden persuadir a pensar que cosas que no son verdaderas son ciertas». El Boletín de los Científicos Atómicos, un grupo sin ánimo de lucro que configuró el reloj metafórico al comienzo de la Guerra Fría, ha adelantado de los 89 segundos que marcaba reloj el año pasado a los 85. Desde 2015, que estaba colocado a tres minutos de la medianoche, el minutero no ha hecho sino bajar, si bien lo ha hecho de forma paulatina, cada dos o tres años. Esta vez, sin embargo, solo han bastado 12 meses desde la última revisión a la baja. Rusia, China, Estados Unidos y otros países importantes se han «vuelto cada vez más agresivos, hostiles y nacionalistas», según un comunicado emitido por el Boletín de Científicos Atómicos, un grupo formado por pensadores que incluya ocho premios Nobel y que toma la decisión de adelantar o atrasar el reloj. «Los acuerdos globales, ganados con esfuerzo, se están derrumbando, acelerando una competencia entre grandes potencias donde el ganador se lo lleva todo y socavando la cooperación internacional, crucial para reducir los riesgos de una guerra nuclear, el cambio climático, el uso indebido de la biotecnología, la amenaza potencial de la inteligencia artificial y otros peligros apocalípticos», señalan. La junta del Reloj del Juicio Final ha advertido sobre el aumento de los riesgos de una nueva carrera armamentística nuclear, «con ejércitos actualizando sus armas o con nuevas sobre el campo de batalla», además del vencimiento del tratado de reducción de armas nucleares New START entre Estados Unidos y Rusia y el impulso del presidente de EE.UU. Donald Trump para un costoso sistema de defensa antimisiles bautizado como la ' Cúpula Dorada ' que militarizaría aún más el espacio. También han señalado los niveles récord de emisiones de dióxido de carbono, el principal factor del calentamiento global, después de que Trump revirtiera drásticamente la política estadounidense de lucha contra el cambio climático y varios otros países también dieran marcha atrás. Los miembros de la junta advirtieron sobre una fractura de la confianza global. «Vivimos un Armagedón informativo impulsado por una tecnología extractiva y depredadora que difunde mentiras más rápido que los hechos y las ganancias de nuestra división», ha declarado María Ressa , periodista de investigación filipina y ganadora del Premio Nobel de la Paz. El Boletín de Científicos Atómicos, fundado por Albert Einstein, Robert Oppenheimer y otros científicos nucleares de la Universidad de Chicago, situó inicialmente el reloj a siete minutos de la medianoche en 1947. El Reloj del Juicio Final fue creado en 1947 fue fundado por Albert Einstein, Robert Oppenheimer y otros científicos nucleares de la Universidad de Chicago para transmitir la vulnerabilidad de la humanidad y el planeta. La decisión de mover o no el minutero se toma todos los años por la Junta de Ciencia y Seguridad del Boletín de los Científicos Atómicos , en consulta con un grupo de expertos, que incluye varios premios Nobel.
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En el siglo XIX un humilde panadero francés dejó caer accidentalmente un poco de yeso en una pizarra y descubrió que podía escribir con él, borrando de un plumazo siglos de escritura tosca con carbón o tiza natural. La tiza para pizarra, ese polvo blanco que aún despierta memorias de clases eternas, surgió de un tropiezo cotidiano y se convirtió en el lenguaje visual de millones de aulas, transformando la educación en algo tangible y efímero. Así nació un invento que, como pocos, democratizó el conocimiento al alcance de la mano. En las aulas medievales europeas la pizarra se convirtió en la reina. Los niños ricos usaban ardesia portable con punzones de hueso o metal, mientras los pobres arañaban con...
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La teoría de que civilizaciones extraterrestres han visitado la Tierra pero que los grupos de poder lo ocultan es una hipótesis conspiranoica que lleva décadas circulando entre nosotros. Reforzada tras el 'boom alienígena' de los años 70, en el que el cine, la radio y los medios en general se hicieron eco de distintos avistamientos e incluso supuestos encuentros, la idea caló hondo en la sociedad. Tanto que casi medio siglo después hay quien está convencido de ello, incluidos españoles. En concreto, el 28% de las personas de nuestro país cree seguro o de forma probable que esta tesis es cierta, según revela una nueva edición del Estudio sobre Cultura Científica en España creado por la Fundación BBVA y que se acaba de hacer público. No es el único punto polémico de este informe que, además de analizar el interés y la cercanía de los ciudadanos con la ciencia y el nivel de conocimiento científico, también se centra en el grado de aceptación de diferentes teorías conspiranoicas ampliamente difundidas. Así, del trabajo también se desprende que el 22% de los encuestados, más de 2.000 personas de diferentes edades a partir de 18 años, con distinta formación y tipos de empleo, cree que el hombre no llegó a la Luna , seguro o probablemente. En lo que la mayoría de españoles está de acuerdo es que la Tierra no es plana (un 94%), igual que rechaza que «las vacunas causen autismo», un postulado cada vez más desmentido por diferentes estudios científicos a pesar de la insistencia de gobiernos como el de Donald Trump. «En el periodo más reciente, a pesar de un contexto saturado de ciencia, tecnología y canales múltiples para informarse de manera objetiva, ha habido una explosión de «teorías» y creencias conspirativas o patentemente contrarias a la ciencia promovidas por algunas élites globales, grupos de interés y algunos movimientos sociales de signo populista», señalan en un comunicado desde la Fundación BBVA. «La gran mayoría de la sociedad española no se acoge a un prisma anticientífico y conspiracional, pero algunas creencias de esa naturaleza están presentes, con distinto grado de convencimiento, en segmentos significativos de la población, reflejando el impacto de las fuerzas que promueven esas teorías principalmente a través de canales como las redes sociales y, en algunos casos, mediante declaraciones o pronunciamientos por influyentes figuras globales a través del conjunto de los medios de comunicación». Los datos se han obtenido a partir de dos encuestas telefónicas realizadas en noviembre de 2025 a dos grupos de 2.014 y 2.042 personas en cada caso, todos mayores de 18 años, representativas de la población española. Cada cuestionario incluye un bloque común de preguntas y otro específico, profundizando en el conocimiento científico y en las actitudes ante la ciencia. El estudio de la Fundación BBVA sobre la cultura científica en España muestra una sociedad a la que la ciencia le interesa mucho, pero que tiene un nivel de conocimientos científicos medio, con importantes lagunas en cuestiones básicas. En general, la mayoría de la población valora la ciencia y confía en ella, aunque no siempre comprende bien algunos conceptos fundamentales. Según el estudio, alrededor del 80% de los españoles afirma tener interés por la ciencia. La principal razón no es tanto su utilidad práctica como el placer de aprender cosas nuevas. Sin embargo, este interés no siempre se traduce en información o conocimiento real: solo una parte de la población se considera bien informada sobre temas científicos, y muchas personas señalan la dificultad para entenderlos como una barrera importante. Además, señalan las redes sociales -sobre todo YouTube- e internet como la fuente principal, seguida de la televisión, redes sociales y los periódicos en papel o digital. Cuando se analizan los conocimientos concretos, los resultados muestran luces y sombras. La mayoría de la población sabe, por ejemplo, que la Tierra no está en el centro del universo o que la personalidad de las personas se forma por una combinación de factores biológicos y sociales. Sin embargo, en cuestiones muy básicas aparecen errores llamativos. Solo alrededor del 40% de los encuestados sabe sin género de duda que el universo comenzó con una gran explosión, el Big Bang. Además, únicamente un 34% identifica correctamente que los antibióticos no sirven para combatir los virus, un dato especialmente relevante para la salud pública. En relación con el cambio climático, el estudio detecta un nivel de conocimiento insuficiente. Solo una minoría sabe que no está causado por el agujero en la capa de ozono, y menos de la mitad reconoce correctamente que el cambio climático actual se debe principalmente a la actividad humana y no a ciclos naturales de la Tierra. Estos datos muestran que, aunque el tema está muy presente en los medios, persisten confusiones importantes sobre sus causas reales. A pesar de estas carencias, la cultura científica española tiene puntos fuertes. Una amplia mayoría de la población comprende cómo funciona la ciencia: el 93% considera fundamental la comprobación experimental y la repetición de resultados, y el 72% entiende que el conocimiento científico se valida mediante su publicación en revistas especializadas. También es mayoritaria la idea de que las teorías científicas no son verdades absolutas, sino que pueden revisarse con nuevas evidencias. En conjunto, el estudio dibuja una sociedad interesada y cercana a la ciencia, pero que necesita mejorar su comprensión de conceptos científicos básicos, especialmente en áreas clave como la salud y el cambio climático.
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Durante décadas, los astrónomos han jugado al escondite con un fantasma. Sabemos que está ahí, acechando en cada rincón del cosmos, porque sentimos su gravedad. Y sabemos también que su masa multiplica por cinco la de toda la materia visible. De hecho, si pudiéramos observar el Universo 'desde fuera', veríamos que todo lo que brilla (las estrellas, las nubes de gas, los planetas y nosotros mismos) no es más que una fina capa de escarcha sobre un océano invisible, oscuro y gigantesco. Esa inmensidad oculta es lo que llamamos 'materia oscura', y hubo que esperar hasta enero de 2007 para que los científicos crearan, gracias al Telescopio Espacial Hubble, el primer mapa de su distribución. Ahora, utilizando el Telescopio Espacial...
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Hace ya tiempo que los científicos saben que el espacio interestelar no es un vacío inerte, sino un gigantesco laboratorio químico donde los átomos juegan a ensamblarse en formas imposibles. Formas que incluyen los más variados tipos de moléculas orgánicas, los llamados 'ladrillos' de los que está hecho cualquier ser vivo. Una realidad que invita a pensar que la misma vida, con mayúsculas, no es un simple accidente que sucede en los pocos lugares que reúnen las condiciones necesarias, sino que es una característica fundamental del propio Universo. Sin embargo, y durante décadas, los astrofísicos han tenido un problema, uno que podríamos llamar 'el misterio del azufre desaparecido'. Sabemos que el azufre es esencial para la vida tal como la...
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Las imágenes de Veronika utilizando un escobón para rascarse las partes del cuerpo que no alcanza por ella misma han dado la vuelta al mundo esta semana. Esta vaca parda suiza de 13 años, mascota de un panadero artesanal del pueblo montañoso de Nötsch im Gailtal, en el sur de Austria, es la primera confirmada por la ciencia que utiliza herramientas . Una inesperada rebelión en la granja incluso para los especialistas en comportamiento animal. Su habilidad es extremadamente rara en la naturaleza, aunque la comparten, con diferente grado de maestría y propósitos, las especies más dispares: desde chimpancés y cacatúas a delfines y avispas. Y entre medias, cientos de miles carecen de semejante capacidad. ¿Son las elegidas más sofisticadas...
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Imagine por un instante que está sentado tranquilamente frente a su casa y que, de repente, un objeto metálico de una tonelada y media cruza el cielo a treinta veces la velocidad del sonido, envuelto en llamas, y termina estrellándose a pocos kilómetros de su hogar. No es ciencia ficción, ni el inicio de una película de catástrofes de Hollywood. Es una realidad estadística cada vez más palpable. La cuestión es que, y a pesar de que el cielo, literalmente, se nos está cayendo encima, hasta ahora no hemos sido del todo conscientes de ello. Y esto se debe, en parte, a que hemos estado casi ciegos a la hora de saber dónde caerían exactamente los fragmentos de antiguos satélites...
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Un nuevo estudio recién publicado en 'PLOS Biology' por un equipo de investigadores de la Universidad de Australia Occidental acaba de confirmar lo que muchos ya sospechaban: el tamaño del pene sí que importa . Tanto a hombres como a mujeres. Durante décadas, la cultura popular, la psicología de autoayuda y un sinfín de artículos bienintencionados han repetido como un mantra aquello de que 'el tamaño no importa', o que lo fundamental es 'cómo usar' el instrumento, y no su tamaño. Un loable intento de consuelo para el ego masculino, una suerte de pacto de no agresión social para evitar comparaciones odiosas. Pero la biología evolutiva no entiende de corrección política ni de paños calientes. La evolución es despiadada, eficiente, y si un rasgo físico perdura, e incluso se exagera, a lo largo de los milenios, detrás suele haber una razón de peso. En este caso concreto, la razón ha resultado ser doble: atracción sexual y competición pura y dura. No hay que llevarse a engaño. Los biólogos llevaban tiempo rascándose la cabeza ante una evidencia anatómica que no lograban comprender del todo: entre los primates, el ser humano es el que posee el pene más grande en relación con su tamaño corporal. Y si realmente el tamaño fuera irrelevante, ¿por qué la naturaleza nos dotó de un atributo tan visible y costoso energéticamente en comparación con nuestros primos evolutivos, los chimpancés o los gorilas? El nuevo estudio, liderado por la doctora Upama Aich, viene a poner los puntos sobre las íes. Lejos de las encuestas tradicionales, los investigadores utilizaron tecnología de generación de imágenes por ordenador. Reclutaron a más de 600 hombres y 200 mujeres y les mostraron figuras masculinas tridimensionales variando tres factores clave: la altura, la forma del torso (la famosa proporción hombros-cadera) y, por supuesto, el tamaño del pene flácido. Los resultados son un jarro de agua fría para los creyentes del 'no importa'. Las mujeres, sin paliativos, calificaron como más atractivos sexualmente a los hombres que presentaban una mayor estatura, un torso en forma de 'V' y, efectivamente, un pene más grande. Aunque aquí hay un matiz importante que aporta elegancia al hallazgo: no vale cualquier tamaño. El estudio, de hecho, detectó que, a partir de ciertas dimensiones, la atracción por parte de las mujeres empezaba a disminuir. Es decir, existe un punto de saturación donde más centímetros no equivalen necesariamente a más éxito, aunque la preferencia por un tamaño superior al promedio es innegable. Con todo, lo realmente novedoso de esta investigación no es solo lo que piensan ellas, sino lo que sienten ellos. Y el estudio sugiere que el pene no evolucionó únicamente como una herramienta de seducción, sino como una señal de advertencia para los machos rivales. Cuando los varones participantes evaluaron las mismas figuras, calificaron a aquellos con genitales más grandes como 'más amenazadores', tanto en una hipotética pelea física como en la competencia por una pareja. «Los hombres calificaron a los rivales con penes más grandes como más amenazantes físicamente y más sexualmente competitivos», asegura la doctora Aich en sus conclusiones. Es algo parecido al tamaño de la cornamenta de los ciervos o la longitud de los colmillos de los elefantes. Según la investigación, además, los varones tienden a sobreestimar la importancia de estos rasgos con respecto a las mujeres. Es decir, mientras que ellas mostraron tener un límite en sus preferencias, los hombres percibieron, en su mayoría, a los rivales con penes exagerados como una amenaza mayor. Es un mecanismo primitivo: un pene grande, junto con una gran estatura, podría haber servido en la prehistoria como un 'anuncio' de altos niveles de testosterona y, por ende, de una mayor capacidad de lucha. Como explica Michael D. Jennions, coautor del estudio: «Si bien el pene humano funciona principalmente para transferir esperma, nuestro resultado sugiere que su tamaño inusualmente grande evolucionó como un adorno sexual para atraer a las mujeres, en lugar de puramente como una insignia de estatus para asustar a los machos, aunque hace ambas cosas». Dicho de otro modo, la evolución favoreció el crecimiento del órgano por dos razones: para gustar más y para asustar mejor. Ahora bien, antes de sacar el metro del cajón o caer en una absurda vanidad antropocéntrica, conviene aplicar una severa 'cura de humildad' biológica. Es cierto que el hombre, en cuanto al tamaño del pene se refiere, gana al resto de los primates, pero eso no ocurre si ampliamos el foco al resto del reino animal. Pensemos, por ejemplo, en la ballena azul. Su pene puede alcanzar los 2,5 o incluso 3 metros de longitud, y con un diámetro de 30 centímetros. En términos absolutos, no hay competición posible. Pero si hablamos de tamaño relativo (porcentaje respecto al cuerpo), el ser humano queda aún peor parado. El percebe, ese crustáceo que disfrutamos en Navidad, posee un pene que puede llegar a tener hasta ocho veces la longitud de su propio cuerpo. Si un humano tuviera esa proporción, tendríamos que lidiar con un órgano de unos 14 metros de largo. Una imagen, desde luego, bastante grotesca. Y no olvidemos al pato de lago argentino (Oxyura vittata), un ave modesta que esconde un secreto descomunal: posee un pene en forma de sacacorchos que, al desenrollarse, es tan largo como su propio cuerpo (unos 40 centímetros). En comparación, la 'gran' herramienta evolutiva de Homo sapiens parece más bien un órgano modesto. El nuevo estudio demuestra que nuestra anatomía, pene incluido, es el resultado de millones de años de presiones selectivas invisibles. Inevitablemente, la selección sexual (lo que prefieren las hembras) y la competencia intrasexual (la lucha entre machos) han esculpido el cuerpo del hombre moderno. El tamaño importa porque durante milenios fue una señal de salud, vigor y capacidad reproductiva en un mundo sin ropa ni estatus financiero. Y hoy, aunque nos vistamos con trajes caros y conduzcamos coches deportivos para simular poder, nuestro cerebro primitivo sigue evaluando a los demás con los mismos baremos que usábamos en las cavernas. La ciencia no juzga, solo expone los hechos; y el hecho es que, evolutivamente hablando, cada centímetro cuenta.
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Como es habitual, los astronautas de la NASA Zena Cardman y Michael Fincke, junto con el astronauta japones Kimiya Yui y Oleg Platonov, de la agencia espacial rusa Roscosmos, han ofrecido una rueda de prensa para comentar su estancia en la Estación Espacial Internacional (ISS, por sus siglas en inglés). Sin embargo, esta no era una comparecencia al uso: lo que hacía especial esta cita era que esta es la primera tripulación que ha tenido que ser evacuada del laboratorio orbital por un problema médico de uno de ellos. Pero, a pesar de la expectación, nada más comenzar la rueda de prensa, Cardman dejaba claro que no se desvelaría ni la identidad del afectado ni la afección del mismo. «Obviamente, hemos vuelto antes de lo que esperábamos. No obstante, no vamos a identificar al afectado ni a hablar del pronóstico ni de los detalles del problema para respetar su identidad», señalaba la comandante de la misión. «Solo voy a resaltar el trabajo de toda la tripulación y la implicación de los miembros del equipo de control en tierra, además de nuestros médicos y los equipos de NASA y SpaceX, que se han esforzado para minimizar el riesgo». Los cuatro miembros de la misión Crew-11 aparecieron sonrientes, remarcando la importancia del trabajo que se realiza en la ISS, sin que ninguno de ellos mostrase signos de enfermedad, y agradeciendo el trabajo de sus compañeros, tanto en la Tierra como en el espacio. «La decisión fue la correcta y estoy bastante segura de que tendremos muchas lecciones importantes que aprender de esta experiencia», apostilló. Las alarmas se encendieron cuando la NASA comunicó un día antes de anunciar la evacuación de la tripulación el aplazamiento de la primera caminata espacial del año, en la que debían participar Cardman y Fincke. La agencia no reveló entonces el nombre del astronauta ni compartió detalles sobre su problema médico, alegando cuestiones de privacidad, pero sí indicó que estaba estable. En la rueda de prensa posterior se volvió a recalcar que el afectado estaba en buenas condiciones, si bien existía «cierto riesgo persistente», por lo que se acordó el regreso de la tripulación «por cautela», para que sea fuese tratado en la Tierra. «Una vez que la situación en la estación se estabilizó, tras cuidadosas deliberaciones, tomamos la decisión de retornar a la tripulación 11, garantizando al mismo tiempo un impacto operativo mínimo en el trabajo en curso a bordo de la estación espacial», apostilló Amit Kshatriya, administrador asociado de la agencia. «No obstante, no existe una emergencia inmediata y la vuelta se producirá en los próximos días». «Llevar a cabo nuestras misiones de forma segura es nuestra máxima prioridad, y hemos evaluando activamente todas las opciones. Y ante el problema médico hemos decidido finalizar anticipadamente la misión de la Crew-11», indicó también en rueda de prensa el administrador de la NASA, Jared Isaacman. «Estas son las situaciones para las que la NASA y nuestros socios se entrenan y se preparan para ejecutarlas de forma segura». La tripulación 11 llegó a la ISS el 2 de agosto de 2025 y su estancia programada era de seis meses, por lo que la vuelta, que se produjo el pasado 14 de enero, no acortó demasiado su misión. Tras su amerizaje en el Pacífico, fueron trasladados al hospital, donde todos permanecieron hasta el sábado 17. Ese día, sonrientes, salieron por su propio pie hacia el Centro Espacial Johnson de la agencia en Houston, donde continuaron con la aclimatación regular después del regreso de los astronautas de la ISS. Normalmente, los problemas médicos que se dan en el laboratorio orbital se atajan en las mismas instalaciones espaciales -los astronautas reciben instrucción sanitaria para solucionar 'in situ' estos casos, e incluso pueden llevar a cabo pequeñas intervenciones, como sacar muelas o pequeñas suturas si se requiere-. Y, hasta el momento en el que la Crew-11 volvió a la Tierra, jamás se había dado la evacuación de ninguna tripulación por problemas médicos. «Contamos con un conjunto muy completo de equipos médicos a bordo de la ISS, pero no tenemos la cantidad completa de equipos que tendría en el servicio de urgencias para completar la evaluación del paciente», dijo al respecto James Polk, director médico y de salud de la NASA en rueda de prensa. «En este incidente en particular, el suceso médico fue lo suficientemente grave como para preocuparnos por el astronauta y nos gustaría completar la evaluación. Y la mejor manera de hacerlo es en tierra, donde contamos con todo el equipo necesario». En 2020 se publicó un estudio que relataba otra situación de emergencia médica en el espacio, pero que pudo tratarse allí mismo: a un astronauta se le detectó un trombo en el cuello cuando llevaba dos meses en la ISS. El problema se descubrió por casualidad, mientras el afectado, del que nunca se llegó a saber su identidad, participaba en experimento sobre cómo se redistribuyen los fluidos corporales en microgravedad. Así, se detectó que sufría una trombosis venosa profunda (TVP) en la yugular de la que no había dado señales previamente. Rápidamente, la NASA, que no tenía un protocolo específico para este problema, se puso en contacto con el doctor Stephan Moll, de la Escuela de Medicina de la Universidad de Carolina del Norte, quien dio indicaciones a la tripulación para tratar la patología. Después de 90 días de medicación, el astronauta volvió a la Tierra sin ningún incidente más ni requirió de intervenciones especiales. Una situación parecida se dio en octubre de 2024, cuando un miembro de la misión Crew‑8 fue hospitalizado tras regresar de la ISS a la Tierra por un problema médico no especificado. A los pocos días se informó de su alta médica, pero tampoco se desveló ni la identidad ni las causas del ingreso.
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Tres manos humanas en negativo con los dedos extrañamente alargados como si fueran garras son, hasta donde se tiene registro, la obra de arte más antigua de la humanidad. La impresión, dejada en la pared de una cueva de la isla de Muna, cerca de Sulawesi (Célebes, Indonesia) hace al menos 67.800 años, supera en 15.000 a la pintura de tres personas y un cerdo salvaje descubierta en 2024 en la región por el mismo equipo y considerada hasta ahora como la más antigua. La composición, rodeada de arte rupestre mucho más reciente, fue descubierta en la zona sureste de Sulawesi, prácticamente inexplorada desde que en 1977 se informó por primera vez de que contenía arte rupestre. El equipo internacional,...
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