La compañía Hisdesat, compañía participada en su mayoría por Indra, y el Ministerio de Defensa han puesto en marcha el proceso para sustituir al satélite SpainSat NG II , al constatar que ha quedado dañado por el impacto de una partícula espacial y, en consecuencia, no puede cumplir con su misión asignada. Así lo ha trasladado el Ministerio de Defensa en un comunicado, que ha hecho hincapié en que las comunicaciones con las Fuerzas Armadas están garantizadas y el impacto no ha afectado al normal desarrollo de sus operaciones gracias a la combinación de las capacidades del sistema SpainSat-NG, actualmente en servicio, y del satélite SpainSat, que continúa plenamente operativo. La idea pasa por construir un nuevo satélite idéntico al dañado cuanto antes. El Programa SATCOM-Spainsat NG constituye uno de los pilares fundamentales de la modernización de las comunicaciones por satélite de las Fuerzas Armadas. Su objetivo es sustituir progresivamente a los sistemas actuales SpainSat y XTAR-EUR por una nueva generación de satélites más avanzados, seguros y resilientes, capaces de operar en las bandas X, Ka y UHF. El SpainSat NG II, operado por Indra, se lanzó en octubre de 2025. Tiene un satélite gemelo, el I, que se puso en órbita en enero del año pasado.
La de los cuatro astronautas de la Crew-11 es la primera evacuación por problemas de salud ocurrida en la Estación Espacial Internacional (ISS), pero se han producido otras emergencias "serias" en el espacio que, por suerte, no requirieron el regreso de los afectados. En la década de los 80, un cosmonauta de la estación rusa MIR tuvo cálculos renales. Según explicó a ABC Anna Fogtman , jefa de operaciones de protección radiológica en la Agencia Espacial Europea (ESA), «en el espacio hay mayor riesgo de que ocurra, por la pérdida de calcio en los huesos debido a la microgravedad». Por suerte, el ruso expulsó las piedras en dos o tres días durante el vuelo. Fue «bastante doloroso», pero se solucionó allí arriba. En 2018, un astronauta de la ISS sufrió una trombosis venosa profunda, un coágulo en una vena yugular. «Es una afección potencialmente mortal. Afortunadamente, había medicamentos para tratarla, la misión se completó y el astronauta se recuperó por completo después del aterrizaje», explicó Fogtman. Sin embargo, si hubiera habido un riesgo de derrame cerebral, toda la tripulación habría tenido que regresar. Los astronautas son personas que gozan de un estado de salud excelente y son sometidos a minuciosa pruebas y análisis médicos para evitar cualquier intervención médica en el espacio. Sin embargo, son humanos y pueden enfermar. En la ESA, cuando son enviados en una misión, mantienen conferencias semanales con el médico encargado, llamado cirujano de vuelo. Si hay algún problema, pueden recurrir al gran botiquín que está disponible en la estación espacial. Además, reciben instrucción sanitaria para solucionar 'in situ' algunos casos, e incluso pueden llevar a cabo pequeñas intervenciones como sacar muelas o realizar pequeñas suturas. En la ISS las afecciones más comunes son el dolor de espalda, porque en un estado de ingravidez la columna se expande, las alergias y las infecciones, porque el sistema inmunitario se deteriora en condiciones de microgravedad. Los astronautas también se resfrían por los cambios de temperatura, aunque se someten a cuarentena antes del lanzamiento para no llevar ninguna infección a bordo.
El Premio Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento en Ciencias Básicas ha distinguido en su XVIII edición a los físicos Allan H. MacDonald y Pablo Jarillo-Herrero , por descubrir y desarrollar el llamado «ángulo mágico», un hallazgo que permite transformar y controlar las propiedades de materiales bidimensionales como el grafeno mediante una rotación extremadamente precisa entre sus capas. El jurado reconoce así un trabajo pionero que ha abierto un nuevo campo de investigación, conocido como twistrónica, con importantes implicaciones científicas y tecnológicas. El origen de este avance se remonta a 2011, cuando MacDonald, investigador teórico de la Universidad de Texas Austin, predijo que al superponer dos capas de grafeno y rotarlas entre sí alrededor de un ángulo muy concreto -aproximadamente 1,1 grados- se produciría una interacción electrónica radicalmente distinta. En ese escenario, los electrones, que en condiciones normales se mueven a velocidades muy elevadas, se ralentizan de forma drástica, dando lugar a propiedades emergentes inéditas. Durante años, esta predicción permaneció como una curiosidad teórica hasta que, en 2018, Pablo Jarillo-Herrero , físico español y profesor en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), logró demostrar experimentalmente el fenómeno. Su equipo consiguió fabricar por primera vez estructuras de grafeno con un control exquisito del ángulo de rotación entre las capas, alcanzando el valor «mágico» anticipado por MacDonald. El resultado fue sorprendente: el material adquiría comportamientos completamente nuevos, como la superconductividad o la capacidad de actuar como aislante, y permitía además ajustar estas propiedades con una precisión nunca vista. Los trabajos publicados por Jarillo- Herrero en la revista Nature en 2018 tuvieron un impacto inmediato extraordinario, convirtiéndose en los artículos más citados del año dentro del grupo editorial. Desde entonces, numerosos grupos de investigación de todo el mundo han explorado las posibilidades abiertas por esta técnica, que permite crear materiales con propiedades diseñadas a medida simplemente modificando el ángulo de superposición. El jurado del premio destaca la complementariedad de las contribuciones de ambos galardonados. MacDonald aportó la base teórica que anticipó un comportamiento completamente inesperado del grafeno, mientras que Jarillo-Herrero logró la compleja verificación experimental que confirmó esa visión y la hizo tangible. Esta combinación ha permitido demostrar que la rotación controlada de materiales bidimensionales es una nueva herramienta fundamental para el control del comportamiento de la materia. Las aplicaciones potenciales de este descubrimiento son muy amplias. La posibilidad de lograr superconductividad abre la puerta a sistemas de transmisión eléctrica sin pérdidas energéticas, con un impacto directo en la eficiencia y la sostenibilidad. Además, la twistrónica podría impulsar el desarrollo de nuevos dispositivos electrónicos, tecnologías de computación cuántica, sensores avanzados y sistemas de comunicación que integren propiedades electrónicas y ópticas de forma más eficiente. Uno de los aspectos más destacados del grafeno de ángulo mágico es que permite reproducir, usando un solo elemento químico—el carbono— una amplia gama de comportamientos de la materia. Hasta ahora, para observar fenómenos como el magnetismo, la superconductividad o el aislamiento eléctrico era necesario recurrir a materiales distintos. Con el grafeno, todas estas propiedades pueden emerger en función de cómo se combinen y roten sus capas, lo que lo convierte en una plataforma única para explorar nuevas fases de la materia. No obstante, los propios investigadores subrayan que el salto hacia aplicaciones industriales todavía requiere de avances importantes. El proceso actual de fabricación de estas estructuras es artesanal y extremadamente lento, lo que limita su escalabilidad. El desarrollo de técnicas que permitan producir de forma masiva láminas de grafeno con orientaciones controladas será un paso clave para trasladar estos descubrimientos del laboratorio a la industria. Con este galardón, dotado con 400.000 euros, la Fundación BBVA reconoce una contribución que ha abierto una nueva frontera en la física de materiales y ha demostrado cómo la combinación de teoría y experimento puede dar lugar a avances disruptivos . El trabajo de MacDonald y Jarillo-Herrero no solo ha transformado la comprensión del grafeno, sino que ha inaugurado una nueva manera de diseñar materiales con propiedades hasta ahora inimaginables.
Hace 14.400 años, unas cachorras de lobo gris de apenas dos meses de vida se resguardaban en su madriguera después de cenar un suculento pedazo de carne de un rinoceronte lanudo. Súbitamente la cueva, que se encontraba cerca de donde hoy se erige la aldea de Tumat, en el noreste de Siberia, se derrumbó sobre ellas, sepultándolas. Las bajas temperaturas provocaron que aquella tumba quedase congelada en el tiempo durante milenios. No obstante, aquel trágico momento ahora se ha convertido en un feliz hallazgo que ha permitido a investigadores del Centro de Paleogenética de Estocolmo recuperar todo el genoma de aquel animal extinto que sirvió como última cena a aquellas cachorras. Los resultados se acaban de publicar en la revista ' Genome Biology and Evolution '. «Nunca antes se había secuenciado el genoma completo de un animal de la Edad de Hielo hallado en el estómago de otro», afirma Camilo Chacón-Duque, hasta hace poco investigador del Centro de Paleogenética y ahora en la Unidad de ADN antiguo de SciLifeLab, de la Universidad de Uppsala. «Además, es la primera vez que se obtiene con tan alta resolución a partir de una muestra tan inusual», incide. La historia moderna de aquella cachorra comienza en cuando Sergey Fedorov, de la Universidad Federal del Noreste (Rusia) y su equipo encontraron en 2011 su cadáver enterrado en el permafrost. Después de los análisis iniciales, años más tarde, en 2018, Fedorov junto con Mikkel Holger Strander Sinding, de la Universidad de Copenhague, examinaron el contenido de su estómago. «En ese momento encontraron un pedazo de carne -relata el investigador-. Fue un hallazgo inesperado, dado el nivel de preservación en el que se encontraba el tejido, que no había sido digerido en absoluto». De inmediato, los investigadores supieron que aquella 'última cena' pertenecía a un «mamífero mediano o grande». Su primera sospecha fue que, por el color, aquel trozo, en el que claramente se distinguía músculo, piel e incluso pelaje, perteneció a un león de las cavernas. «Pero como no estaban seguros, le pidieron a Love Dalén (Universidad de Estocolmo) y a David Stanton (Universidad de Cardiff) que hicieran un análisis genético del tejido, lo cual permitió obtener suficiente ADN para identificar la especie con certeza», cuenta Chacón-Duque. Los análisis de ADN les sacaron de su error: aquellos restos pertenecían a un rinoceronte lanudo (Coelodonta antiquitatis), un enorme animal de hasta cuatro metros de largo por dos de alto y que podía pesar más de tres toneladas. No obstante, este especimen, aunque muy común en Europa y el norte de Asia en el Pleistoceno, era especial: se trataba de uno de los últimos rinocerontes lanudos recuperados hasta la fecha (al menos, una pequeña parte de sus restos), muy cercano al momento de la extinción de la especie, que se dio hace unos 14.000 años. El trabajo no fue fácil. Aunque el permafrost había conseguido preservar el tejido y el ADN en buenas condiciones, al estar en el estómago de la cachorra de lobo gris, los materiales genéticos de ambos animales se mezclaban, complicando los análisis. Y, aparte, el objetivo que se marcó el equipo era una empresa ambiciosa: a partir de aquel material, su intención era reconstruir todo el genoma del rinoceronte lanudo; es decir, todo el 'libro de instrucciones' genético de aquella especie. «Fue realmente emocionante, pero también muy desafiante», dice la estudiante Sólveig Guðjónsdóttir, autora principal del estudio, quien realizó el trabajo como parte de su tesis de máster en la Universidad de Estocolmo. Usando técnicas moleculares de laboratorio muy sofisticadas para trabajar con ADN altamente degradado, además de tecnologías de secuenciación, los científicos del Centro de Paleogenética pudieron rescatar todo ese tesoro genético. «Las condiciones de baja temperatura y de congelamiento relativamente constantes que ofrece el permafrost nos dan una oportunidad única de recuperar ADN de especímenes que murieron hace decenas de miles de años e incluso cientos de miles de años», señala Chacón-Duque. «Por ejemplo, el año pasado lideré un estudio donde logramos extraer información genómica de varios mamuts desde cientos de miles e incluso hasta mas de un millón de años. Y Love y otros miembros de nuestro equipo han logrado recuperar genomas completos de individuos de mas de un millón de años«. Una vez el equipo rescató el genoma del rinoceronte de Tumat, los comparó con los de otros dos genomas más antiguos de la misma especie, datados en torno a 18.000 y 49.000 años atrás. Estas comparaciones permitieron a los investigadores examinar cómo la diversidad genómica, los niveles de endogamia y el número de mutaciones perjudiciales cambiaron a lo largo del tiempo durante la última Edad de Hielo. Y el resultado les sorprendió: esperaban encontrar signos de deterioro genético a medida que la especie se acercaba a la extinción, pero no los hallaron. Esto indica que el rinoceronte lanudo probablemente mantuvo una población estable y relativamente grande hasta justo antes de su desaparición, y que se extinguió de manera 'súbita'. «Aunque 'súbitamente' es relativo, ya que en 400 años pueden pasar muchas cosas», puntualiza Chacón-Duque. «Si bien esto no era lo que esperábamos encontrar, no es una idea completamente nueva. En la última década, muchos estudios que usan genomas obtenidos a partir de especímenes de museo de especies que aún existen hoy en día, han demostrado que en algunos casos este colapso puede ocurrir en 100 o 200 años. Estas cosas dependen mucho de la historia natural de una especie. A veces una población puede permanecer estable por miles de años (pero con una adaptabilidad y diversidad genética muy reducidas), incluso después de haber sufrido colapsos poblacionales (esto lo encontramos el año pasado en un estudio en el que analizamos mamuts lanudos de la Isla de Wrangel , el último lugar en el que existieron, donde vivieron por mas de 6000 años)«. El equipo piensa que la hipótesis más factible es que el colapso se produjo por el cambio climático. «Este periodo final de 400 años coincide perfectamente con el inicio de un fenómeno de calentamiento climático ampliamente descrito en la literatura científica, el Máximo Tardiglaciar. Dado que el rinoceronte lanudo era una especie altamente adaptada a condiciones temperadas y que no se caracterizaba por dispersarse fácilmente y colonizar otros hábitats», incide el investigador. Por su parte, Dalén señala: «Nuestros resultados muestran que los rinocerontes lanudos tuvieron una población viable durante 15.000 años después de que los primeros humanos llegaran al noreste de Siberia, lo que sugiere que el calentamiento climático, más que la caza humana, causó la extinción».