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Terrazas del Rodeo

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Ciencia
  • Los aficionados a la astronomía llevan tiempo esperando con ansias este verano de 2026 p orque dejará en la península española un eclipse solar total, un fenómeno a la vez inusual y extraordinario porque existen pocos precedentes en la era moderna. Tal es así que desde hace más de un año las reservas están agotadas en las zonas desde las que se podrá vivir este acontecimiento . Y es que no es ni mucho menos frecuente poder disfrutar de un fenómeno así. Se da cuando la Luna pasa entre la Tierra y el Sol y bloquea la luz solar, lo que acaba provocando que en pleno día el cielo se oscurezca y se pase durante unos pocos minutos a lo que sería la noche. En el caso de los eclipses total, como el que llegará, la Luna tapa totalmente el Sol . Poder estar en la zona en la que se llega a producir este 'anochecer' temporal es una suerte y esto es lo que le ocurre a España en esta ocasión ya que, según recuerdan los expertos, será el primer eclipse total de Sol visible desde la península ibérica en más de un siglo . Estos son los detalles del que sin duda será el fenómeno astronómico del año en España . Este eclipse solar tendrá lugar durante el miércoles 12 de agosto de este 2026.  El eclipse será visible como parcial en el norte de Norteamérica, gran parte de Europa y el oeste de África y la franja de totalidad atravesará el océano Ártico, el noreste de Groenlandia y el extremo oeste de Islandia, cruzará el océano Atlántico y se adentrará en la península Ibérica cruzándola de oeste a este. La cita comenzará a las 17.34 horas (hora oficial en península) en el mar de Bering y terminará a las 21.58 horas en el océano Atlántico. La duración total del fenómeno será de 264 minutos (algo menos de cuatro horas y media) y e l máximo del eclipse se producirá a las 19.46 horas cerca de Islandia, donde el anochecer durará 2 minutos y 18 segundos. En España el eclipse llegará al atardecer . El hecho de que llegue a última hora del día provocará que el eclipse se disfrute, pero no con la misma intensidad que en un mediodía soleado. Se prevé que en La Coruña, la primera ciudad con eclipse, empiece a las 19.31 horas y tendrá su punto álgido a las 20.28 horas. Allí, a las 21.22 horas habrá acabado.  «La franja de totalidad de este eclipse cruzará España de oeste a este» , remarca el Observatorio Astronómico Nacional del Instituto Geográfico Nacional, que especifica que el fenómeno «pasará por numerosas capitales de provincia desde La Coruña hasta Palma, incluyendo Oviedo, León, Bilbao, Zaragoza y Valencia». Tanto Madrid como Barcelona quedarán fuera de esta franja afortunada por poco pero desde la Comunidad se podrá ver en zonas como Barajas y en Cataluña sí estará en todo el sur de Tarragona. Además, muchas otras zonas no afectadas por la totalidad del eclipse también tendrán un oscurecimiento porque lo vivirán como un parcial . El Observatorio tiene activado en su portal un apartado para poder consultar más detalladamente el paso del eclipse por las capitales de provincia. Los aficionados a este fenómeno deben estar mínimamente esperanzados de disfrutar de este día y además tras el eclipse de agosto de 2026, España vivirá otro eclipse solar total el 2 de agosto de 2027 y otro anular (cuando la Luna está algo más alejada y el Sol deja un anillo brillante a su alrededor) el 26 de enero de 2028. Los expertos avisan de que tras estos tres fenómenos no será posible observar otro eclipse solar total desde España hasta 2053. «España está situada al final de la franja de totalidad, por lo que esta sucederá cuando el Sol se esté poniendo muy cerca del horizonte », explican desde el Observatorio Astronómico, que instan a visitar el eclipse desde un lugar con buena visibilidad hacia el oeste. «Al suceder en verano, las probabilidades de tener un cielo despejado son altas en una gran parte del país», añaden los expertos. Además, todos recuerdan la importancia de observar el eclipse de forma segura para proteger los ojos. Para ello lo ideal es utilizar gafas especiales para eclipses , que están diseñadas para bloquear la luz dañina del Sol, como los rayos ultravioleta e infrarrojos. No está recomendado usar gafas de sol comunes ni filtros caseros como CDs o vidrios ahumados. Además, si planeas usar dispositivos ópticos como telescopios o binoculares deben tener filtros solares especiales. Mirar directamente al Sol a través de estos dispositivos sin protección puede ser extremadamente peligroso y causar daños graves en la vista. Además, en este caso, si uno está en la zona de totalidad se puede disfrutar del fenómeno sin gafas solo durante el momento exacto en que la Luna cubre completamente el Sol. En cualquier otro momento del eclipse hay que usar protección.
  • Bajo la dirección de expertos de la Universidad de Münster, en Alemania, un equipo internacional de geólogos acaba de descubrir que el núcleo sólido de la Tierra no es, como creíamos, una simple bola sólida de hierro y níquel, sino que está formado por distintas capas. Los investigadores, de hecho, han encontrado indicios de una estructura multicapa que podría explicar por qué las ondas sísmicas se comportan de forma tan errática cuando atraviesan las profundidades del planeta. El hallazgo, recién publicado en 'Nature Communications', viene a sumarse a toda una serie de descubrimientos que, en los últimos años, han dejado muy claro que el corazón de nuestro mundo es, en realidad, un lugar complejo y aún profundamente misterioso. Olvidemos para... Ver Más
  • Todos hemos vivido esa escena cotidiana en el supermercado: brazos cargados de leche, pan, galletas y ese paquete de detergente rebelde que siempre amenaza con escaparse. El cajero, con su sonrisa profesional, extiende 'la bolsa' hacia nosotros, esa maravilla ligera como una pluma, pero lo suficientemente resistente para soportar el botín completo de sin inmutarse. La agarramos por las cómodas asas y, una vez en casa, la depositamos en el contenedor de reciclaje. El resultado no es tan inocente: un fantasma plástico que tardará entre 400 y 1.000 años en degradarse por completo, flotando en océanos y engañando a tortugas marinas que lo ingieren al confundirlo con apetitosas medusas. Pero la verdadera historia de esta compañera inseparable de nuestras compras... Ver Más
  • En lo que podría calificarse como un extraordinario alarde de generosidad interplanetaria, la Tierra lleva miles de millones de años compartiendo su aire con la Luna. Y lo hace, además, gracias a la misma herramienta con la que nos protege de la radiación solar: el campo magnético. El hallazgo, recién publicado en 'Nature Communications Earth & Environment', acaba de ser anunciado por un equipo de astrofísicos de la Universidad de Rochester. Hasta ahora, se pensaba que el escudo magnético terrestre actuaba como una barrera que impedía que nuestra atmósfera escapara al espacio, pero los datos dicen lo contrario: ese escudo funciona también como un embudo, una 'autopista' invisible que transporta partículas terrestres directamente hasta la superficie lunar. Desde que los astronautas del programa Apolo trajeran a casa varios kilos de roca y polvo lunar (el famoso regolito), los científicos se han estado preguntando cómo es posible que esas muestras contengan una cantidad tan alta de elementos volátiles, especialmente nitrógeno y gases nobles que, sencillamente, no deberían estar ahí. La razón es que la Luna, técnicamente, no tiene una atmósfera como la nuestra sino una exosfera, una capa extremadamente tenue de gases que, en su mayor parte (cerca del 70%, según recientes investigaciones del MIT), se debe a la 'vaporización por impacto'. Es decir, micrometeoritos que golpean el suelo lunar y levantan polvo y gas. El 30% restante siempre se ha atribuido al viento solar, el chorro de partículas cargadas que emana continuamente de nuestra estrella. Pero las cuentas no terminaban de cuadrar. El viento solar y los meteoritos, en efecto, no podían explicar por sí solos la composición isotópica del nitrógeno hallado en las muestras traídas por los Apolo. Eso tenía que venir de otro sitio. Y ese sitio, empezaron a sospechar algunos, podía ser la Tierra, aunque nadie imaginaba a través de qué mecanismo. Se aventuraron distintas hipótesis. Un estudio de 2005 de la Universidad de Tokio, por ejemplo, sugería que este trasvase de atmósfera terrestre a la Luna solo habría sido posible en los albores del Sistema Solar, cuando la Tierra aún no tenía un campo magnético fuerte. La lógica, de hecho, dictaba que, una vez 'encendido' el escudo magnético, la fuga de atmósfera se habría detenido. De escudo a cañón Y aquí es donde entra en escena el equipo de la Universidad de Rochester, liderado por el geofísico John Tarduno. Para encontrar la verdad, los investigadores hicieron simulaciones de dos escenarios distintos: una 'Tierra primitiva' sin campo magnético y azotada por un viento solar feroz; y una 'Tierra moderna', con su potente escudo magnético en marcha y un viento solar mucho más suave. «La simulación de la Tierra moderna -escriben los investigadores- encajaba mucho mejor con los datos. Y la razón fue toda una sorpresa: el campo magnético no estaba bloqueando la salida de partículas, sino que las estaba canalizando. El mecanismo es violento y elegante a la vez. El viento solar golpea nuestra atmósfera y arranca partículas cargadas (iones). Pero en lugar de perderse en el vacío, esas partículas quedan atrapadas en las líneas del campo magnético terrestre. A lo cual se añade que nuestra magnetosfera no es una esfera perfecta; la presión del viento solar la deforma y la estira por el lado nocturno de la Tierra, hasta darle el aspecto de una gigantesca cola de cometa. Y es ahí, en esa 'cola', conocida como 'magnetocola', donde ocurre la magia. Cuando la Luna, en su órbita de 28 días, pasa por detrás de la Tierra (durante la fase de Luna llena), atraviesa esa cola magnética. Y así, durante unos cinco días al mes, nuestro satélite recibe una lluvia directa de iones terrestres (nitrógeno, oxígeno y otros volátiles) que viajan por esa 'autopista' magnética hasta que se estrellan y quedan atrapados en el suelo lunar. La Luna se oxida, y es culpa nuestra El nuevo estudio encaja a la perfección con otras piezas del 'puzle' que han ido apareciendo en los últimos años. En 2020, por ejemplo, el investigador Shuai Li, de la Universidad de Hawái, dejó atónita a la comunidad científica al anunciar que había encontrado hematita en la Luna. Es decir, básicamente, óxido de hierro. Pero para que el hierro se oxide hacen falta oxígeno y agua, dos cosas que, en la Luna, escasean. Li propuso entonces que el oxígeno necesario para 'oxidar' la Luna procedía de la atmósfera superior de la Tierra, navegando a través de la magnetocola, tal y como confirma ahora el modelo de Rochester. La magnetocola, además, actúa como un escudo protector 'temporal' (cinco días al mes) para la Luna, bloqueando el viento solar (que es rico en hidrógeno y dificulta la oxidación) y permitiendo que el oxígeno terrestre haga su trabajo. Es decir que, literalmente, estamos 'oxidando' a nuestra vecina cada vez que hay Luna llena. Una cápsula de tiempo Las implicaciones del hallazgo son fascinantes. Porque si resulta que este proceso ha estado ocurriendo durante miles de millones de años, entonces el suelo lunar no es solo polvo inerte. Es un fiel registro fósil de la atmósfera de la Tierra. La atmósfera de nuestro planeta ha cambiado drásticamente a lo largo de las eras geológicas. Hubo un tiempo sin oxígeno, luego vino la Gran Oxidación, después cambios en los niveles de nitrógeno... Cada una de esas etapas habría enviado una mezcla química diferente hacia la Luna, y todo eso habría quedado grabado en las capas del regolito lunar. En otras palabras, tal y como sugieren los autores del estudio, la Luna se convierte así en una 'cápsula del tiempo'. Y si somos capaces de perforar en su superficie y analizar las capas profundas del suelo lunar en futuras misiones Artemis, entonces podríamos leer la historia química de la Tierra de una forma totalmente nueva y que es imposible de hacer 'aquí abajo', donde la erosión y la tectónica de placas han borrado las huellas para siempre. Ya había muchas razones para volver a la Luna. Y a partir de ahora, tenemos otra más.
  • Hay algo extraño rodeando la Tierra. Una anomalía, una especie de 'cicatriz' energética impresa en el gas que flota a nuestro alrededor y que, definitivamente, no encaja en ninguno de nuestros modelos teóricos. Los astrónomos llevan décadas tratando de explicar esa misteriosa 'huella fantasma'. Saben que está hecha de átomos excesivamente cargados, demasiado como para que el Sol haya podido producirlos. ¿Una explosión cercana? ¿Algún otro fenómeno desconocido? Ahora, y gracias a la labor detectivesca de un equipo de investigadores capitaneados por el astrofísico Michael Shull, de la Universidad de Colorado en Boulder, sabemos, por fin, quiénes fueron los 'culpables'. Hace 4,5 millones de años, nuestro Sistema Solar recibió la visita de dos estrellas masivas . Un encuentro que, según... Ver Más
  • Nuestro primer contacto no será con una civilización próspera y tranquila. Ni se parecerá en nada a lo imaginado por los escritores de ciencia ficción, que han hecho todo lo posible por prepararnos para un eventual contacto con extraterrestres. Invasiones de especies hostiles, naves inmensas cerniéndose sobre nuestras ciudades, contactos con especies altamente evolucionadas, aliens benevolentes que vienen a salvarnos de nosotros mismos... Nada de todo eso. Según un nuevo estudio del célebre astrónomo David Kipping, de la Universidad de Columbia, la primera civilización que detectemos no será necesariamente súper avanzada, ni tampoco conquistadora. Aunque sí que será, casi seguro, una civilización 'ruidosa', inestable y, muy probablemente, inmersa en su propia agonía final. Bajo el título de La Hipótesis Escatológica«... Ver Más
  • En menos de una década se ha triplicado el número de satélites en el espacio: actualmente, existen unas 13.000 sondas activas que orbitan alrededor de la Tierra, según datos de la Agencia Espacial Europea (ESA), junto con otros 40.000 objetos descontrolados más grandes que un cubo de Rubik (comúnmente denominados basura espacial). Esto se traduce en una cada vez más cargada órbita baja, en la que los satélites deben estar constantemente esquivándose unos a otros (así como a los desechos espaciales) para evitar choques. Y todo porque, en caso de impacto, se generarían miles de piezas de metal flotando descontroladas que, a su vez, podrían producir nuevas colisiones en un efecto dominó que afectaría no solo a servicios como comunicaciones... Ver Más
  • Mucho antes de que existieran los supermercados, los laboratorios o las farmacias, nuestros antepasados ya se hacían preguntas que nos resultan asombrosamente modernas: ¿cómo puedo saber si este trozo de metal vale tanto como aquel? ¿Es justo que reciba este monto de grano a cambio de un pedazo de oro? Estas preguntas, en apariencia sencillas, fueron el punto de partida de uno de los inventos más antiguos y trascendentales de la historia: la báscula . La necesidad de pesar surgió cuando el ser humano fue más allá de la mera subsistencia y comenzó a intercambiar productos. Imaginemos por un instante a dos personas en la antigüedad: una con un saco de trigo, la otra con un pequeño lingote de cobre o pepitas de oro. Surge inevitablemente la pregunta: ¿cómo podemos saber si el trueque es justo? Esa inquietud llevó, hace más de 5.000 años, a la invención de las primeras básculas, las precursoras de nuestras modernas balanzas digitales. Los testimonios más antiguos de básculas provienen de las primeras grandes civilizaciones fluviales: Egipto y Mesopotamia. Allí, en los templos y en los centros urbanos, surgió el comercio a gran escala. Los egipcios, hacia el año 3000 antes de nuestra era, desarrollaron la primera báscula de la que tenemos pruebas arqueológicas: la balanza de brazo igual. Esta balanza consistía en una barra o travesaño horizontal, suspendida exactamente por el centro mediante una cuerda o un soporte. En los extremos de la barra dos platillos colgaban de hilos idénticos. En un plato se depositaba el objeto a pesar, en el otro, se iban añadiendo pequeños pesos de referencia hasta que el travesaño quedaba perfectamente horizontal. Si la barra se inclinaba hacia un lado había que añadir o retirar peso hasta equilibrar ambos lados. Esta invención, sencilla pero ingeniosa, permitió que por primera vez el ser humano pudiera comparar pesos de manera precisa y objetiva. No dependía de la fuerza o el criterio de una sola persona: era una cuestión de equilibrio y simetría, principios que los egipcios valoraban profundamente. tanto en el arte como en la vida cotidiana. No es casualidad que la balanza fuese uno de los grandes símbolos de la civilización egipcia. Asociada a la diosa Maat, encarnación del orden y la justicia, la balanza aparece representada en los famosos juicios de los muertos del Libro de los Muertos . Allí, el corazón del difunto era puesto en un platillo y, en el otro, la pluma de Maat, si ambos quedaban en equilibrio el difunto había tenido una vida justa y merecía alcanzar la eternidad. De esta forma, la balanza no solo era un instrumento de comercio era, además, un instrumento de justicia y filosofía. Medir y pesar se convirtió en una forma de buscar el equilibrio no solo material, sino también moral. La báscula egipcia se difundió rápidamente a otras civilizaciones, como Mesopotamia, Fenicia, Grecia y Roma. Cada cultura fue perfeccionando paulatinamente el aparato y sus pesas. Surgieron así pesos hechos de piedra, bronce, cobre o plomo, y sistemas de medidas que a veces variaban de una ciudad a otra. En la Antigua Grecia y Roma, las balanzas adquirieron una importancia notable en los mercados y foros, garantizando ventas justas y aumentando la confianza en el comercio. Los romanos incluso legislaron sobre el uso de balanzas y pesas, y la imagen de la diosa Justicia (Iustitia) sostiene desde entonces una balanza. Incluso en culturas alejadas, como son la hindú y la china antiguas, florecieron soluciones similares. Las balanzas aparecieron en China hace aproximadamente 4.000 años y allí desarrollaron instrumentos de pesaje únicos como la balanza romana o «steelyard», donde un solo brazo desigual servía para pesar objetos utilizando un contrapeso fijo que se desplazaba a lo largo del brazo. Este mecanismo permitía medir pesos mayores con menos esfuerzo y mayor flexibilidad. La clave de las primeras básculas era la precisión. Las pesas -llamadas durante mucho tiempo patrones- debían ser exactamente iguales unas a otras, algo que no siempre era sencillo sin los instrumentos modernos de fabricación. Por eso, los pesos oficiales solían custodiarse en templos o lugares centrales de cada ciudad, y solo podían ser usados en presencia de las autoridades o bajo la vigilancia de inspectores. De hecho, el fraude en el peso era uno de los delitos más graves de la antigüedad, que era castigado con severidad. La profesión de fabricante de básculas se convirtió poco a poco en una de las más respetadas y exigentes. Requería no solo habilidad manual, sino también cierto conocimiento matemático y geométrico para mantener la simetría y la sensibilidad. Y es que el invento de la báscula fue mucho más que el desarrollo de un «adminículo» útil: transformó la forma en que los humanos se relacionaron con el mundo. Medir y pesar supuso el comienzo de una nueva etapa de la razón, donde la cuantificación y la comparación desplazaron poco a poco a la pura intuición y la fuerza. Con la báscula, nació la ciencia de pesar, la metrología y, con ella, el impulso hacia una visión del mundo basada en relaciones objetivas.
  • Es difícil, pero trate de imaginar esto. En medio del negro y vasto espacio intergaláctico, un enorme agujero negro supermasivo huye en solitario a casi mil kilómetros por segundo. No está en el centro de una galaxia, sino que viaja solo, deambulando sin rumbo y dispuesto a tragarse cualquier cosa que se cruce en su camino. Un enorme arco de choque le precede, y una estela de formación estelar de más de 200.000 años luz le sigue por detrás como una cola, una brillante cicatriz que delata su rápida huida. Es la primera vez que se observa algo parecido, y sus descubridores, liderados por la Universidad de Yale, lo acaban de contar en un artículo que ya puede consultarse en... Ver Más
  • Hasta bien entrado el siglo XX saber si una mujer estaba embarazada era más un arte que una ciencia. Se combinaban el retraso menstrual, los síntomas físicos y la opinión del médico, y no pocas veces las conclusiones llegaban tarde, cuando ya nadie tenía dudas. A partir de los años veinte aparecieron los primeros test biológicos modernos, basados en inyectar orina de mujeres en animales como ranas, ratones o conejas para detectar la presencia de la hormona del embarazo, la HCG. Aquello era ciencia, pero ciencia cruenta, lenta y cara: se necesitaban laboratorios, animales y personal especializado, de modo que el resultado tardaba días y pasaba siempre por manos médicas. La idea de diseñar un test que una mujer pudiera... Ver Más

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