El Festival de Bayreuth ha puesto a Pablo Heras-Casado , literalmente, a los pies de los caballos. Concretamente, a los pies de los caballos del segundo acto de 'La valquiria' de Richard Wagner, representados en la monumental escultura de Gargallo que preside la boca del escenario del Palau de la Música Catalana. En ese emplazamiento tan wagneriano de Barcelona, comienza este sábado una gira por España de la Orquesta del Festival de Bayreuth bajo la batuta del músico granadino. Es un acontecimiento absolutamente excepcional: en ciento cincuenta años de historia, nunca antes esta formación había emprendido un viaje así. Después de la capital catalana, podrá escucharse en el Festival de Santander, el Teatro de la Maestranza de Sevilla, el Real de Madrid, el Palau de la Música de Valencia y el Auditorio Alfredo Kraus de Las Palmas. La iniciativa surgió del director del Festival de Peralada, Oriol Aguilà, que pensó que sería una buena idea celebrar el cuadragésimo aniversario de este certamen con un evento que no pasará desapercibido. Heras-Casado ha pasado todo el verano dirigiendo en la Verde Colina, auténtica meca de los aficionados a Wagner, y ahora vuelve a casa, pero no precisamente para descansar. — ¿Cómo lleva esto de estrenar gira wagneriana española bajo los caballos del Palau? —Me emociona muchísimo. Conozco bien, además, la relación que tienen el Palau y Barcelona con Wagner. Arrancar la gira del 'Anillo' ahí no puede ser más perfecto. Y lo hacemos como clausura del Festival de Peralada, que ha cumplido cuarenta ediciones, y con la orquesta del Festival de Bayreuth, que este año celebra ciento cincuenta años desde su fundación. — Interpretarán una selección de fragmentos de la tetralogía 'El anillo del nibelungo', de Wagner, una obra que los maestros de esta orquesta conocen mejor que nadie. Lo hacen, además, con unos solistas vocales de lujo: la soprano Catherine Foster, el tenor Klaus Florian Vogt y el bajo-barítono Nicholas Brownlee. ¿Cómo son los ensayos, en un contexto así? — Una de las maravillas de esta orquesta es que, teniendo un conocimiento profundo de estas obras, sus músicos tienen una pasión inigualable. En el ensayo de ayer aún encontramos perspectivas, matices, y los músicos lo reciben como si fuera el primer día. Siempre hay cosas por descubrir en las partituras de Wagner. 'El anillo del nibelungo' lo han tocado entero tres veces solamente este verano. Cada director tiene un enfoque diferente y los músicos están siempre ávidos y lo abordan con toda la flexibilidad del mundo. — Es usted el tercer español cuyo nombre sale en letras grandes en los carteles de Bayreuth, después de Victoria de los Ángeles y Plácido Domingo. ¿Cómo conecta un granadino con un músico como Wagner? — Nunca me he planteado estas fronteras culturales. La música es música, es un idioma sin fronteras ni culturas. Todos los que estamos en Bayreuth somos amantes de la música de Wagner, y yo ni me planteo que soy del sur de Europa. Toda mi vida he estado ligado a la música alemana. Con 17 o 18 años ya interpretaba a Praetorius, Schütz, Buxtehude, los maestros de antes de Bach, y luego Bach y, por supuesto, Mozart, Beethoven, Mendelssohn, Schubert, Schumann... Toda la vida he estado muy ligado a este repertorio, de modo que Wagner y Bruckner han sido un paso muy orgánico, casi necesario. — La primera vez que recuerdo haberle visto en directo fue precisamente en el Palau de la Música, con la 'Selva morale' de Monteverdi. ¿Cómo resumiría lo que ha pasado desde entonces para que este sábado vuelva a esta sala con una música tan diferente? — Tuve la fortuna de conocer muy pronto el repertorio de los siglos XVI y XVII y nunca lo he abandonado, aunque ahora lo haga con menos frecuencia. Lo sigo estudiando, interpretando y grabando, y espero seguir haciéndolo. Forma parte de mí, como los otros repertorios que hago. Una vez más, la música no entiende de fronteras, ni nacionales ni de estilos ni de épocas. — ¿Cómo ha sido posible una gira tan excepcional? — Ha sido una conjunción de factores maravillosa. La relación que tengo con el Festival de Bayreuth y la orquesta es uno de esos factores. La iniciativa surgió de Oriol Aguilà, y la recogió la directora del festival y bisnieta del compositor, Katharina Wagner. La orquesta lo vio bien y pidieron que la gira por España fuese conmigo como director. La colaboración de los festivales y los auditorios españoles a los que vamos a ir ha sido total desde el primer minuto. Nunca antes, en ciento cincuenta años de historia, la orquesta ha hecho una gira tan extensa fuera de Bayreuth. Es algo único. — Su relación con la orquesta es francamente intensa. ¿Cómo ha sido su verano con ellos? — Tener la inmensa fortuna de volver cuatro años consecutivos a Bayreuth con una pieza tan icónica como 'Parsifal', que fue compuesta para ese lugar, para esa acústica, y hacerlo con este reparto y esta orquesta, y poder crecer con ellos, es un regalo, una bendición. Se ha celebrado el 150.º aniversario de la fundación del Festival, y he podido dirigir dos conciertos al aire libre, que se hacen fuera del teatro, y a los que asisten diez mil personas. Es algo increíble. —¿Qué hay después de dirigir Wagner en Bayreuth para un director? —Cada experiencia nos hace crecer como artistas. De momento, quiero profundizar en esta relación con Wagner y con Bayreuth, porque la fascinación sigue creciendo también.
Qué agradables las noches de verano cuando sopla esa pequeña brisa madrileña que acerca un poco el mar y aparcar cerca del Metropolitano aún es posible. Expira Agosto, queda un pellizco de vacaciones, y en el aire hay esa sensación de que todavía hay tiempo : para terminar el libro, para apurar las olas, para una última comilona. Tiempo, ese bien tan finito y escaso, como siempre recuerda mi abuela. Dentro de ese impasse feliz pero inusual, llegaba The Weeknd a Madrid. Era la primera de sus tres noches consecutivas y el estadio, sin llegar al lleno absoluto, presentaba una buena entrada. El canadiense arrancó con «Baptized in fear» y «Wake me up» , del disco que presentaba anoche, «Hurry up tomorrow». El estilo de su música oscila entre el hip-hop, el techno y el pop ochentero pasado por el filtro de la electrónica moderna, combinación ideal para un estadio. Siguió «After Hours», la primera gran melodía de la noche, antes de «Starboy» y «Heartless», que incorporaron el trap y el rapeo para terminar de calentar al público. A The Weekend le acompañaron 32 figuras embutidas en túnicas rojas y máscaras blancas , en un claro guiño a esa última película de Kubrick que, según los peor pensados, le costó la vida. Lejos de hacer un gran alarde de baile coral, se movían, casi a cámara lenta, en un recurso visual que se quedó muy corto. «Take my breath», en cambio, resultó de las más efectivas de la noche. Más popera y con guiños evidentes a Michael Jackson (que fue el que inventó esto de los divos del pop), le puso algo de picante a un espectáculo pobre. La canción evolucionó hacia sonidos más duros y provocó el jolgorio. Sin descanso, sonó «How do I make you love me» antes de «I can't feel my face» , que suena en todas las radios del mundo cada semana. El Metropolitano se hizo discoteca, que era un poco la idea, y seguro que algún vecino pensó en comprar un medidor de decibelios. En «Given up on me», también del último trabajo, me pareció notar algo. Sus letras han evolucionado con el tiempo y la madurez ha llevado al canadiense a preocuparse por otras cosas; donde antes había excesos y autodestrucción ahora parece haber introspección y la búsqueda de la redención espiritual. ¿Será? «The Hills», otro gran éxito popular de discos anteriores, parecía confirmar la teoría. La música ha cambiado menos con los años, sigue basándose en una buena melodía y un ritmo bailable, independientemente del género en el que se enmarque ese ritmo, pero The Weeknd se comunica desde otro lugar. Para «Timeless» y «Rather Lie», hip-hop a dúo, salió al escenario Playboy Carti, que un par de horas antes teloneaba en un Metropolitano casi vacío. Se entendieron bien, con más aspavientos que baile sobre una base muy saturada. El tema del sonido en un estadio de fútbol, recinto pensado para otro tipo de heroica, es algo que no merece mucho comentario: es lo que es. Músicos, por cierto, tampoco hubo. Antes del final triunfaron «One of the girls», «Starlight», de las más íntimas del concierto y «Out of time», melosa y en la que bajó a saludar al público. La traca final comenzó con «I feel it coming», otro de los éxitos mundiales. Es una gan melodía envuelta en un ritmo disco, que a veces se frena y respira. El Metropolitano se entregó, intuyendo el final, y el cantante parecía disfrutar . Siguieron «Die for you», en la que volvieron a salir los enmascarados de Kubrick, y «Call out my name», dejando todo visto para sentencia. The Weeknd cerró su primera noche en Madrid con «Blinding Lights», su mayor logro, «House of Balloons» y «Moth to a Flame», convertida ya en un estándar del Siglo XXI. Al salir del estadio, ya lejos de los focos, aún quedaba un resquicio de verano y, en él, tiempo.