Considerar:
Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mente.
Ludwig Wittgenstein (1889-1951) Filósofo británico, de origen austríaco
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El último misterio no resuelto sobre el suicidio de Rudolf Hess
Tenía 93 años y podía haber muerto de cualquier cosa, pero lo cierto es que apareció ahorcado en su celda tras más de cuarenta años encerrado. Rudolf Hess era el último representante de la cúpula del nacionalsocialismo alemán y responsable, en parte, del exterminio de la raza judía durante la Segunda Guerra Mundial. El balance más desolador fue hecho público hace dos años por el Holocausto Memorial Museum de Washington, a través del proyecto 'Enciclopedia de Campos y Guetos'. El resultado fue un mapa de 42.500 campos de concentración, guetos y factorías de trabajos forzados que provocaron entre 15 y 20 millones de muertos o internados. Entre ellos también había integrantes de otros grupos perseguidos por el nazismo, como los gitanos y los homosexuales. «Las cifras son más altas de lo que originalmente pensamos» , aseguró el director del German Historical Institute de Washington, Hartmut Berghoff. Sin embargo, el cómputo de la mayoría de estudios hechos desde 1945 era de seis millones. Ese mismo año, el Instituto de Asuntos Judíos de Nueva York ya situó los muertos entre 5.659.600 y 5.673.100. Una cifra similar a la que fue revelada antes por William Höttl, antiguo miembro de las SS, que declaró que fue usada por Adolf Eichmann, el arquitecto de la solución final, en 1944. Hess, lugarteniente y hombre de confianza de Adolf Hitler, siempre negó su responsabilidad en aquel horror. Sus argumentos durante los juicios de Núremberg no evitaron que fuera condenado a cadena perpetua y que pasara más de la mitad de su vida en la cárcel de Spandau, en Berlín. Durante veinte años, además, fue el único recluso de esta prisión militar gestionada por las cuatro potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial. Para la mayoría, su cautiverio se convirtió en el símbolo de la expiación de los crímenes nazis contra la humanidad, pero para otro, sobre todo en los últimos años, era la prueba de un comportamiento inhumano hacia un anciano. Prueba de lo controvertida que era su figura, incluso sesenta años después del fin de la Alemania nazi, es que su sepultura en Wunsiedel, Baviera, fue desmantelada de madrugada, y sin previo aviso, en 2011, según informaba el diario 'Süddeutsche Zeitung'. Desaparecían así los últimos restos del hombre al que el 'Führer' dictó 'Mi lucha', que fueron quemados y esparcidos en alta mar, después de que la comunidad cristiana evangélica de aquel ciudad denegara a sus descendientes la prolongación del arrendamiento del sepulcro. No quería que el lugar siguiera siendo, como hasta ese momento, un lugar de peregrinaje de los simpatizantes del Tercer Reich. Sin embargo, la polémica entorno a la muerte de Hess el 17 de agosto de 1987, no desaparecía. Según la versión oficial, Hess se suicidó. «El hombre que soportó impasible millones de muertes, no pudo resistir su soledad», podía leerse en ABC. El lugarteniente y hombre de confianza de Adolf Hitler llevaba casi medio siglo encarcelado. A sus 93 años, era el prisionero más antiguo de la Segunda Guerra Mundial y, decían, quiso seguir los pasos del resto de mandatarios nazis, que se habían quitado la vida entre 1945 y 1946: el «Führer» y su esposa, Eva Braun; el ministro de propaganda, Joseph Goebbels, junto a su mujer y sus cinco hijos, y el hombre de mayor confianza del dictador alemán, Hermann Göring. Hess fue condenado en los juicios de Núremberg por su responsabilidad en algunas de las decisiones tomadas como ministro Hitler y enviado a esta cárcel situada al oeste de Berlín. «La mejor protegida del mundo», según la calificaron entonces. Desde 1966 hasta 1987 fue el único inquilino de aquella fortaleza controlada por las cuatro potencias vencedoras y proyectada para albergar a 500 prisioneros. En ella estuvieron recluidos muchos de los líderes nazis condenados también en Núremberg, pero fueron muriendo o siendo liberados por cumplir sus sentencia o por problemas de salud. Los dos últimos salieron en 1966: Albert Speer y Baldur von Schirach, ministro de guerra y líder de las Juventudes Hitlerianas, respectivamente. La condena de Rudolf Hess, sin embargo, era a cadena perpetua, así que continuó encarcelado hasta el día de su supuesto suicidio, vigilado por nada menos que 600 soldados rusos, estadounidenses, británicos, franceses y Alemania Occidental. De 696 celdas, cuyo mantenimiento costaba unas 100 millones de pesetas al año, solo la del exlugartenientes de Hitler estaba ocupada. El recinto contaba con unas medidas de seguridad impensables para un hombre que ya se había convertido en un anciano. El centro estaba rodeado por una primera valla eléctrica, luego un muro de seis metros de altura con numerosas cabinas acristaladas de vigilancia y, por último, un contramuro de cinco metros de alto que, durante la noche, lo iluminaban potentes focos. Desde el 10 de mayo de 1941, el día en que se lanzó en paracaídas sobre la campiña británica para una misión supuestamente pacificadora, Hess no volvió a ser un hombre libre. En Nüremberg, la Unión Soviética pidió para él la pena de muerte, pero Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos optaron por la cadena perpetua debido precisamente a esta misión que emprendió en solitario. Desde entonces, las autoridades de la República Federal de Alemania (RFA) han pedido su liberación en varias ocasiones, durante los últimos años, como signo de magnanimidad por parte de las potencias vencedoras. En 1985, el presidente de la RFA, Richard von Weizsäcker, pidió en su mensaje navideño la libertad para Nelson Mandela y Andrei Sajarov y nuestro protagonista. Hess también la había pedido meses antes, pero nunca le fue concedida. Según la versión oficial de la primera autopsia, Hess había muerto estrangulado con un cable eléctrico, alegando que se trataba de un suicidio. Los primeros en dudar de la tesis oficial fue la familia del lugarteniente nazi, que encargó una segunda autopsia . Esta determinó que su muerte fue por asfixia y no por suspensión. Desde entonces, el misterio rodeó siempre a la causa oficial de su fallecimiento, apuntando desde entonces a la posibilidad del asesinato. Minutos antes de hacerse pública la noticia su muerte, el cuerpo del anciano nazi había sido trasladado a un hospital de capital alemana. El traslado, que fue realizado sin escolta ni preparativos previos, así como el hecho de que los jefes de las comandancias aliadas se reunido urgentemente, hacían prever lo peor. El gobierno militar británico en Berlín, sin embargo, aseguró más tarde que Hess había fallecido antes de ser sacado de la prisión. De ahí que no llevara escolta. Si los suicidios de Hitler y los demás mandatarios del Tercer Reich se habían producido inmediatamente después del fracaso de la aventura imperial nazi, la pregunta que se hacían muchos expertos era obvia: «¿Por qué Rudolf Hess esperó hasta 1987 para quitarse la vida? ¿Por qué los guardias que habían cuidado de él durante 46 años años le dejaron entrar solo en una cabaña del jardín, donde apareció ahorcado?», se preguntaba ABC. Su hijo, Wolf Rüdiger Hess, mostró su desacuerdo con el dictamen, asegurando que su padre se encontraba en buenas condiciones psicológicas y que el tipo de suicidio que se le imputaba era físicamente imposible para él. Un punto importante que apoyaría esta hipótesis es que el Gobierno de Margaret Thatcher se negó a facilitar a la Policía británica los informes relativos a las sospechosas circunstancias de su muerte , tales como los que recogía la investigación oficial realizada por los servicios de información de sus Fuerzas Armadas. La sombra del misterio sobre el suicidio del que fuera la mano derecha del 'Fuhrer' creció con el tiempo. Según la BBC, una enfermera que cuidó del dirigente alemán durante sus últimos cinco años de vida aseguró que el prisionero había sido asesinado. Y según el funcionario que halló el cuerpo 40 minutos después de que falleciera, el reo mostraba huellas de un forcejeo para defenderse, además de asegurar que sus manos se hallaban completamente inutilizadas por la artritis y «no podía hacer ni el nudo de los zapatos». «No trato de juzgarle, pero como hijo existen algunas preguntas que me gustaría que me respondiera», comentaba Wolf a ABC en 1970. Aquellas dudas no fueron saciadas nunca, pues tenía prohibido hablar de los años comprendidos entre 1933 y 1945 durante la media hora de visita al mes a la que tenía derecho. -
Los secretos de Julio César para cambiar para siempre la historia de Roma
En el año 59 a. C., el todavía cónsul Julio César , futuro dictador de Roma, fue nombrado gobernador de la Galia Cisalpina. En la práctica, el Senado le entregó así el mando de cuatro legiones y la posibilidad de emprender la conquista de los pueblos libres de la región. El mismo Suetonio dejó constancia de sus victorias en los nueve años siguientes: «Redujo la Galia comprendida entre los Pirineos y los Alpes, las Cevennas, el Ródano y el Rin, a provincia romana, exceptuando las ciudades aliadas y amigas, obligando al territorio conquistado al pago de un tributo anual de cuarenta millones de sestercios». Bajo su gladius cayeron además bretones y algunas tribus germanas. Todo un logro para un cónsul que anhelaba grandes victorias militares para terminar de posicionarse como un prohombre de la historia de Roma. Y no se le niega la genialidad. Sin embargo, aquel movimiento de ajedrez por parte de la República le permitió atesorar un gran poder, como bien lamentó Marco Tulio Cicerón en una misiva escrita en el 50 a.C.: «Todo aquello le ha hecho tan poderoso, que la única esperanza que lo puede detener descansa en un solo ciudadano [Pompeyo]. Realmente deseo que este último no le hubiese dato tanto poder en primer lugar en vez de esperar a ser demasiado fuerte para luchar con él». César lo tenía todo: poder militar, dinero y popularidad entre la ciudadanía romana. Demasiado para un Senado que temía que se hiciese coronar monarca por delante de los dos triunviros que le acompañaban en el poder. Fue entonces cuando la política movió ficha. La facción más conservadora de la 'urbs' consiguió el apoyo de Cneo Pompeyo y le presionó para lograr que el general volviera a Roma, pero sin tropas. Según afirma el profesor Andrés Cid en su artículo 'Roma se tambalea', los senadores votaron para que «César depusiese a su ejército, so pena de que fuese declarado enemigo del pueblo». Aquello soliviantó todavía más los ánimos del futuro dictador. Así se gestó el movimiento de ajedrez más popular de Julio César. En el 49 a. C., el militar cruzó el río Rubicón, la frontera natural entre la Galia Cisalpina e Italia, dispuesto a terminar con sus enemigos en la Ciudad Eterna . Según la creencia popular, poco después dijo aquello de que la suerte estaba echada. O acabar con la República, o nada. El episodio lo recogió el autor clásico Plutarco en su ensayo más extenso, aunque con algunos matices: «Por fin, con algo de cólera, como si dejándose de discursos se abandonara a lo futuro, y pronunciando aquella expresión común, propia de los que corren suertes dudosas –'Tirado está ya el dado'–, se arrojó a pasar con sus hombres». En palabras de Plutarco, «las tropas que tenía consigo no eran más que unos trescientos caballos y cinco mil infantes». Aquellos legionarios formaban parte de la XIII Gemina, su legión más leal; la que había fundado en el 57 a. C. para enfrentarse a los belgas y que acabaría sus días licenciada en nuestra Hispania. Y es que César no contaba por entonces con un gran ejército. Ese es uno de los muchos mitos que se han extendido sobre este pasaje y que destruyen, a golpe de pluma y documentación, los escritores Francisco Uría y José Luis Hernández Garvi en su última novela con aroma histórico: 'A orillas del Rubicón' (Berenice, 2022). César se topó, según afirma el historiador Sergei Ivanovich Kovaliov en su 'Historia de Roma', con un Senado que carecía de tropas bregadas para defender la capital. A cambio, la Legio XIII era veterana. Aquello, a la larga, sentenció a la República. El ejemplo más claro es que el revoltoso apenas encontró resistencia en Rimini, al nordeste de Italia, y pudo llegar sin apenas dificultades hasta la capital. «Aunque ya se estuviese preparando una guerra desde hacía tiempo, nada estaba listo aún. Pompeyo no tenía tropas adecuadas para combatir contra César; por eso, el 18 de enero él mismo y dos cónsules huyeron de Roma», desvela el experto. ¿Cómo logró César ganarse la lealtad de estos bregados combatientes? Garvi está convencido de que los combatientes se movían por la admiración hacia el líder. «Eran fieles porque tenía un gran carisma. Estaba pendiente de sus hombre y ellos correspondían con respeto», sentencia. Es cierto que César tenía una relación dual con sus hombres. Según explicaba Uría en una entrevista a ABC hace algunas meses, siempre fue generoso con ellos, pero, al mismo tiempo, les castigó con dureza cuando no estuvieron a la altura de sus expectativas. «Lo hizo incluso con la medida extrema de 'diezmar' alguna de las legiones bajo su mando», desvelaba. No obstante, siempre fue consciente de que su éxito político y su superveniencia personal dependían de la lealtad de sus hombres. Esa fuerza, ese secreto, unido a la veteranía de la Legio XIII Gemina, le llevó a la victoria y al mismísimo corazón de la Ciudad Eterna. Aunque tampoco debemos olvidar la rudeza del militar. César ya había demostrado que era capaz de perpetrar todo tipo de barbaridades en la Galia; unos actos que Plinio el Viejo definió como «humani generis iniuriam» o «crímenes contra la humanidad». Con todo, Garvi recuerda que no debemos analizar la historia desde los ojos del presente. «La guerra no se veía desde el buenismo ni desde el punto de vista occidental actual en el siglo I a.C. No existía respeto a la vida humana. César desplegó una campaña efectiva que le permitió acabar con sus enemigos, y lo hizo para la gloria de la República romana. Enfrascado como estaba en luchas de poder con Pompeyo, las críticas proliferaron entre los cronistas», explica. -
«Hitler era el portavoz de los intereses de Alemania, Trump avanza en contra de los de EE.UU.»
Nos corrige hasta en tres ocasiones el buen maestro; lógico, quiere que el mensaje quede claro. «Perdona que insista, pero prefiero que hablemos de mitos de la Segunda Guerra Mundial, y no de mentiras. Es más correcto». Olivier Wieviorka , profesor de la École Normale Supérieure y miembro del Institut Universitaire de France, aclara la diferencia: los primeros se forjan a golpe de propaganda y esconden algo de realidad, las segundas no. Hecho el apunte, admite que, por muchos años que pasen, y van ya ochenta, todavía persiste una larga lista de medias verdades sobre este turbio período de la historia. Desde la genialidad de Erwin Rommel, el 'Zorro del desierto', hasta la mayor de todas: entender el conflicto como... Ver Más -
San Jerónimo: el mayor 'thriller' jamás contado del descubrimiento de América
En su relato posterior, escrito unas semanas después con todo lujo de detalles, Juan Martínez de Arestizábal recordaba el «cometa de larga cola y varios colores» que cruzó el cielo y dejó conmocionada a la tripulación. Estaba allí, en cubierta, la noche del 10 de mayo de 1566. Sus compañeros, los soldados y marineros del San Jerónimo, presos de la superstición, lo interpretaron como un mal presagio de la odisea que estaban a punto de sufrir en aquel viaje iniciado diez días antes en Acapulco. Su destino: Cebú. La misión: socorrer a los españoles establecidos en Filipinas bajo el mando de Miguel López de Legazpi . La señal se confirmó pronto, pues 15 días después, varios miembros de la tripulación... Ver Más -
Contra el odio de Gran Bretaña: así humilló el pueblo de Tenerife al todopoderoso Nelson
Ya se han encargado de repetirlo los historiadores británicos a los largo de los dos últimos siglos. No hubo hombre más valiente que Horacio Nelson , un militar con un ingenio desconocido para la época, un marino valiente que rara vez fue derrotado en las numerosas batallas en las que participó. Su liderazgo inspirador, su dominio de la estrategia y sus tácticas poco convencionales cambiaron en parte la historia de Gran Bretaña, sobre todo, durante las Guerras napoleónicas. Sin embargo, en aquella vida plagada de éxitos, lo que nunca se imaginó es que sería en Canarias donde iba a sufrir la peor de sus derrotas, en un ataque en el que se encontró enfrente no solo al Ejército español, sino al mismo pueblo de Santa Cruz de Tenerife. No hay que olvidar que, cuando llegó a la costa en 1797, la localidad canaria era un enclave mucho más pequeño de los que había tomado en el pasado. Estaba convencido de que no le iba a crear ningún problema. Llegaría y se haría con las grandes cantidades de oro que portaban los barcos de la antigua flota de Indias que estaban atracados en el puerto. Las naves trasladaban la recaudación de los impuestos del Rey de España en América, así como los productos del intercambio comercial. Era el primer paso para conquistar todo el archipiélago, pero todo salió mal. En primer lugar, por la elección de Santa Cruz de Tenerife como objetivo de su ofensiva. Una decisión pésima en la que no había tenido en cuenta las condiciones que presentaba aquella isla canaria, sin duda las peores de todo el archipiélago para ser invadida por mar. «No hay más que pasear por las impresionantes llanuras de Ucanca y los paisajes lunares al pie del Teide, rey silencioso y envuelto en celajes, para tener clara intuición de que quien acuda allá con intención de dominio o con las armas en mano emprenderá, por propia culpa, un sangriento calvario», cuenta el escritor e historiador Víctor San Juan en su último libro, 'Veintidós derrotas navales de los británicos' (Renacimiento, 2019). Y en segundo lugar, porque ni en sus peores pesadillas pudo imaginarse que en el bando contrario iba a encontrarse a prácticamente todo el pueblo tinerfeño, comandado por el general Antonio Gutiérrez de Otero: labriegos, pescadores, artesanos y criados muy mal armados y poco preparados, que fueron reclutados entre la población civil, para protagonizar uno de los episodios más épicos y olvidados de la historia de España. De haberlo sabido de antemano, es probable que Nelson tampoco hubiera reculado, puesto que en aquel momento que se creía prácticamente invencible. Venía de protagonizar algunas de las batallas más importantes de la historia del imperio británico en aquella época y acababa de ser condecorado y ascendido por su combate en San Vicente. La confianza en sí mismo era desorbitada y no se paró a considerar la gran cantidad de señales que le advertían de una posible derrota. El asalto de la temida flota inglesa se produjo entre el 22 y el 25 de julio de 1797. La escuadra británica estaba formada por nueve navíos de guerra y 3.700 soldados, mientras que las defensas isleñas se componían de 1.600 hombres. La estrategia de Nelson era tomar el puerto de Santa Cruz de Tenerife, robar todo lo que pudiera en el puerto y, a continuación, conquistar el resto de la isla sin apenas resistencia. Y al ser la plaza más fuerte de las islas Canarias, que él consideraba una minucia, pensó que después podría ocupar fácilmente el resto del archipiélago. El ataque de Nelson se produjo con muchos menos efectivos de los que utilizaron para la misma isla sus antecesores británicos, como el caso de William Blake, porque pensó que serían más que suficientes para dicho objetivo. Tal y como reconoció después el almirante jefe de la flota británica, Jervis , que fue el primero en lanzarse desde su posición en el bloqueo de la flota española en Cádiz: «No se embarcaron más tropas, porque se juzgó que bastarían los marineros y la infantería de la marina». Y fue ese su grave error, porque Santa Cruz podía ser pequeña, pero estaba muy bien defendida: 21 fuertes y numerosas baterías cuyo centro neurálgico era el castillo de San Cristóbal, ubicado además frente al muelle del puerto, que contaba con más de 90 piezas de artillería tras una gruesa muralla de 3,5 metros de espesor. El gobernador de la plaza era el mencionado Gutiérrez, un veterano general de 63 años que había hecho sus primeras armas en Italia, las Malvinas y Baleares y había destacando en las campañas de Menorca. En 1791 pidió el traslado a Canarias , que le fue concedido, pero lo cierto es que cuando Nelson apareció por las costa de Santa Cruz, el español no atravesaba por su mejor momento, según detalla San Juan. Principalmente, por su edad y porque sufría un fuerte ataque de asma… lo que no le impidió cumplir con su deber de buen marino y militar. En la segunda semana de julio de 1797, Nelson reunió a sus ocho capitanes a bordo de su barco para planificar el ataque. La decisión fue desembarcar en la madrugada del 22, aprovechando la oscuridad de la noche, con 200 hombres de cada velero y 100 de cada fragata inglesa en las playas de Valle Seco. En total, 1.100 hombres que debían apoderarse de las fortificaciones del sector noreste antes del amanecer. Pero aquel primer plan se truncó desde el inicio debido al fuerte viento que había: las tres fragatas que partieron hacia tierra –Seahorse , Terpsichore y Emerald– tardaron mucho tiempo en lograr aproximarse. Y cuando por fin lo lograron, eran ya las 10.00 horas y hacía un rato que los vigilantes tinerfeños los habían descubierto. Alguno de capitanes, conscientes de este mal inicio, como Bowen y Trowbridge, acudieron al Nelson para recomendarle que suspendiera el ataque. Pero reste se mostró imperturbable y les ordenó seguir adelante. Cuando los soldados británicos pusieron el primer pie en la isla, los tinerfeños, efectivamente, les estaban esperando. Entre ellos, además de la guarnición de Palo Alto, San Andrés y San Miguel, 150 cazadores provinciales que, agazapados en la vegetación del terreno, acribillaban a todo el que desembarcaba. El panorama era tan desalentador que dieron la orden de volver a los barcos y huir con los supervivientes. Nelson escribió a su superior, el lord Saint Vincent, para comunicarle el fracaso de su plan, pero no hizo en su misiva la más mínima autocrítica por haber mandado a la muerte a un buen número de sus hombres y a pesar de las advertencias de sus capitanes: «No discutiré el porqué no nos hemos apoderado de Santa Cruz. Vuestra amistad confiará en que se ha hecho todo lo posible, aunque sin éxito. Esta noche yo, pese a mi modestia, mandaré todas las fuerzas, que están dispuestas a desembarcar bajo las baterías de la ciudad, y mañana mi cabeza se verá probablemente coronada de cipreses o de laureles». Nelson seguía empeñado en su plan suicida contra un enemigo que, lejos de ser el objetivo fácil que había supuesto, demostró ser uno de los defensores más aguerridos y fuertes con los que se había cruzado el héroe británico hasta entonces. Por eso el segundo ataque, visto el daño que le había producido el primero, fue aún más devastador… y apunto estuvo de costarle la vida. Con el almirante a bordo de una de sus lanchas de desembarco, tal y como le había prometido a Saint Vincent, se lanzaron los ingleses en plena oscuridad contra el frontón fortificado de la ciudad que encarnaba el castillo de San Cristóbal y los muelles. Dirigiendo al grupo, formado por aproximadamente 700 hombres, estaban también algunos de sus capitanes: Bowen , Freemantle , Miller , Hood , Thompson y Waller . Un conjunto que representaba toda la plana mayor de la Royal Navy en Tenerife, muchos de los cuales había vencido gloriosamente en San Vicente el mes anterior. Y ahora, a la desesperada, esperaban resarcirse de la humillación sufrida días atrás. Cada uno de los siete grupos tenía asignado un punto de desembarco. A la 1.30 de la madrugada, sin embargo, fueron descubiertos desde el mercante español San José. Y a los pocos minutos, las campanas de todas las iglesias de Santa Cruz de Tenerife comenzaron a sonar en señal de alarma. Fue entonces cuando un auténtico infierno se desató sobre los atacantes: casi medio centenar de cañones y un fuego constante de fusiles y mosquetes empezaron disparar sin descanso contra ellos. El famoso cañón Tigre, hoy expuesto con orgullo en el Museo Histórico Militar de Canarias del Fuerte de Almeyda, disparó contra el cúter Fox y lo hundió con un centenar de hombres. Los capitanes Freemantle y Thompson resultaron heridos nada más poner el pie en tierra. El propio Nelson también recibió un disparo en el codo derecho y fue rápidamente retirado hacia el Theseus con la ayuda de su hijastro, Nisbet, que le hizo un torniquete para evitar que se desangrara. Waller fue desviado de su objetivo y desembarcó mucho más lejos. Troubridge, Miller y Hood consiguieron desembarcar en la playa de las Carnicerías y llegaron hasta la plaza de la Pila y el monasterio de Santo Domingo, pero ninguno de ellos consiguió adentrarse más, porque todas las calles adyacentes estaban cubiertas de barricadas y defendidas con cañones. Muchos británicos cayeron allí mismo abatidos. Solo llegaron a poner pie en tierra unos 340 ingleses de los 700. La mayoría de ellos, para evitar ser exterminados, tuvieron que refugiarse en la iglesia de Santo Domingo. Troubridge tuvo que mandar a Hood con la bandera blanca para pedir clemencia a los españoles en la madrugada del 25 de julio. Llevaba con una serie de condiciones que incluía la promesa de no repetir las agresiones ni en Tenerife ni en ninguna de las islas Canarias. El general García no quiso ensañarse. Como dijo el historiador inglés Robert Southey pocos años después: «Satisfecho con su éxito, que era en realidad bastante completo, y respetando como hombre valiente y de honor la valentía de su enemigo, el español aceptó la propuesta». Las pérdidas británicas ascendieron a 233 muertos y 110 heridos, incluyendo las heridas del propio Nelson, que perdió su brazo derecho y apunto estuvo de perder la vida. Por parte española las bajas fueron de 24 muertos y 35 heridos. La procedencia de los fallecidos manifiesta de forma clara la participación del pueblo, además del ejército en esta defensa heroica: nueve pertenecían al ejército regular, siete a las milicias canarias, cuatro eran paisanos y dos marineros españoles, además de dos marinos franceses. Es decir, más de la mitad fueron bajas civiles. Hubo también muchos protagonistas entre los tinerfeños. Por ejemplo, el teniente Grandi , con cuya capacidad técnica e iniciativa consiguió abrir una tronera y dispuso las piezas que batieron de enfilada la playa, lo que impidió desembarcar al propio Nelson. O el teniente Vicente Sierra , con cuya capacidad para moverse y estar en todas partes, que capturó a cinco soldados ingleses en la plaza de la Pila y se los entregó al general Gutiérrez, que en aquel momento carecía de información correcta. Aquello le proporcionó los detalles exactos de la situación de las fuerzas británicas. Nelson fue amputado del brazo derecho, lo que unido al trauma de la derrota, le sumió en una profunda depresión. De ella da muestra en una carta que le envió al lord Saint Vincent: «Me he convertido en una carga para mis amigos y en un hombre inútil para mi país. Cuando deje de estar bajo su mando, seré un muerto para el mundo. Sigo adelante y ya nadie me ve». Y tampoco tuvo reparo en reconocer la generosidad de los artífices de su derrota, una de las pocas que sufrió a lo largo de su vida: «Justo es que reconozcamos la noble y generosa conducta de Juan Antonio Gutiérrez, el gobernador español. Tan pronto como se aceptaron las condiciones, hizo que nuestros heridos fueran a los hospitales y que se diera a nuestra gente las mejores provisiones. También hizo saber que los barcos ingleses quedaban en libertad de mandar hombres a tierra y de comprar los víveres que necesitaran mientras permanecían en la isla». El ataque a Santa Cruz no fue un mero ataque pirata con el propósito de saquear las humildes posesiones de sus habitantes. Nelson quería hacerse con el control del importante enclave que eran las Islas Canarias. Eran la parada obligada para los navíos de la época, puesto que el Canal de Suez no estaba aún abierto y tenían que pasar por ellas todos los barcos procedentes de Europa hacia América, África o Extremo Oriente. El almirante y sus superiores querían privar a España de tan inmenso apoyo que significaba en la ruta hacia hacia América y el duro golpe que supondría para el Gobierno de Madrid. Si Gutiérrez y los tinerfeños no hubieran acabado con éxito su defensa, es probable que hoy las Islas Canarias fueran propiedad de Gran Bretaña y no de España, puesto que de haberla conquistado, su defensa en el futuro, contando con el dominio del mar, era relativamente fácil como se ha podido demostrar. Dominar el archipiélago les permitiría, además, satisfacer desde Canarias la aguada, el abastecimiento y el alistamiento de buques como punto intermedio fundamental de la ruta atlántica. Nelson se comprometió a llevar a sus pares la noticia de su propia derrota a la Península y lo cumplió. Pasó el año recuperándose de las heridas y, a principio de 1798, se lanzó a bordo del navío Vanguard para comenzar la campaña del Mediterráneo, hasta que se encontró con la muerte en la batalla de Trafalgar, en 1805, después de que un tirador francés le disparara a bordo del buque HMS Victory. Gutiérrez, por parte, fue merecidamente ascendido, pero falleció en 1799 como consecuencia de sus numerosos achaques. -
Ni Numancia ni Tarraco: este pueblo de Hispania desencadenó la mayor guerra entre Roma y Cartago
No fue una batalla más entre tribus locales e invasores. Su importancia la transmiten la ingente cantidad de páginas que le dedicaron en sus crónicas los Apiano de Alejandría y Tito Livio de rigor. En un tiempo tan lejano como el año 219 a. C., cuando la república romana bregaba por su señorío en el Mediterráneo contra los imperios norteafricanos, una pequeña ciudad en la costa valenciana mantuvo en jaque durante ocho largos meses a un colosal ejército cartaginés. Aunque los defensores se defendieron hasta la muerte, fueron aplastados con una barbaridad tal que la Ciudad Eterna, aliada de la urbe hispana, clamó venganza contra Aníbal Barca con un triste resultado: el estallido de la Segunda Guerra Púnica. La contienda se libró tras la Primera Guerra Púnica y después de que Roma –la republicana, no el Imperio que solemos imaginar– y Cartago firmasen una suerte de pacto de no agresión en la península Ibérica con el Ebro como tierra de nadie. En teoría, traspasarlo significaba iniciar un nuevo conflicto, como bien dejó sobre blanco Apiano en sus escritos: «Ambos llegaron al acuerdo de que el río fuera el límite del imperio cartaginés en Iberia y que ni los romanos llevaran la guerra contra los pueblos del otro lado del río, súbditos de los cartagineses, ni estos cruzaran el Ebro para hacer la guerra». También determinaron que «los saguntinos y demás habitantes de Iberia fueran libres y autónomos». Cosa difícil en mitad de una extensa partida de ajedrez. Narran los textos clásicos que los saguntinos, «colonos de Zacinto», vivían «a mitad de camino entre los Pirineos y el río Ebro» cuando Aníbal Barca tomó el poder de los ejércitos de Cartago tras la muerte de Asdrúbal. A pesar de su juventud, menos de una treintena de inviernos, el militar fue alzado hasta la poltrona por sus hombres y, poco después, también por el consejo de su ciudad natal. Con él, solo era cuestión de tiempo que los tambores de guerra llegaran hasta una región, la península, en que los africanos se empezaban a asentar y que Roma miraba de reojo por su cercanía a Italia. Pero con él también arribó una furia militar que sus hombres habían olvidado desde la muerte de su padre. Tito Livio explicó que, «cuando había que actuar con valor y denuedo, los soldados no se mostraban más confiados o intrépidos con ningún otro jefe». En sus palabras, «era de lo más audaz para afrontar los peligros, y de lo más prudente en medio mismo del peligro». No había tarea capaz de fatigar su cuerpo o doblegar su moral. «Tenía el mismo aguante para el calor y el frío; su manera de comer y beber, atemperada por las necesidades de la naturaleza, no por el placer; el tiempo de vigilia y de sueño, repartido indistintamente a lo largo del día o de la noche», añadió. El historiador, en definitiva, se deshizo en elogios hacia este personaje. La mayor parte de los autores coinciden en que Aníbal anhelaba una paz con Roma tanto como fallecer en el Coliseo . Su obsesión era la lid; enfrentarse a la República que tanto había arrebatado a Cartago en las décadas previas. Su máxima, plantar cara a las legiones (y a sus aliados al otro lado del Ebro) le podían reportar dos cosas: la gloria de vencer a Goliat o la de ser muerto a manos del enemigo. En ambos casos, estaba convencido, su premio sería la eternidad. Así que, como diría aquel, solo le quedó iniciar las maniobras políticas y militares necesarias para asaltar una de las ciudades enemigas más poderosas, Sagunto . Valgan las palabras de Apiano: «Y presumiendo que sería un inicio brillante el cruzar el Ebro, convenció a los turbuletes , que eran vecinos de los de Sagunto, a quejarse ante él de estos últimos sobre la base de que hacían incursiones contra su territorio y les causaban muchos ultrajes. Y ellos le obedecieron. Entonces, Aníbal envió embajadores de estos a Cartago, en tanto que él, en misivas privadas, expuso que los romanos trataban de convencer a la parte de Iberia sometida a Cartago para que hiciera defección de esta, y que los saguntinos cooperaban en ello con los romanos. Y en absoluto desistía de su engaño, enviando muchos mensajes en tal sentido, hasta que el consejo le autorizó a actuar con relación a los saguntinos del modo que juzgara oportuno». Además del compromiso con sus hombres, no se le puede negar su astucia política. Con el ambiente a punto de ebullición, Aníbal hizo llamar una vez más a los turbuletes «para quejarse de los saguntinos». El plan siguió su curso y el general cartaginés, en un intento de parecer cordial, convocó también a los hispanos de Sagunto para que le expusieran su caso. Pero, como era de esperar, estos remitieron el juicio a la Roma republicana, a la que guardaban lealtad. Las semillas para el conflicto estaban plantadas y solo quedaba sentarse a disfrutar del rápido devenir de los acontecimientos. Pero ni eso esperó Barca y, antes de que el Senado dictase sentencia, cruzó el Ebro con su 'casus belli' bajo el brazo. Los latinos, mientras, dirimían qué diantres hacer ante toda aquella locura. El asedio, futuro desencadenante de la Segunda Guerra Púnica, comenzó en el 219 a. C., dos años después de que Aníbal tomase el mando del ejército cartaginés. Y la ciudad no estaba escogida al azar ya que, como explica Tito Livio, «era la más rica con mucho del otro lado del Ebro, situada a unos mil pasos del mar». O eso esperaban los asaltantes. «Sus recursos, por otra parte, se habían desarrollado en poco tiempo hasta aquel extremo con el producto del comercio marítimo y de la tierra, o bien por el crecimiento de su población, o por la integridad de sus costumbres», dejó escrito el mismo autor. Con su caída, por tanto, el general pensaba obtener una victoria que contentara a los gerifaltes y a la tropa, que podría saquear y rapiñar la urbe hasta reventar. Si Apiano explicó los tejemanejes políticos de esta guerra a la perfección, Tito Livio hizo otro tanto con el asedio desde el punto de vista militar. En sus palabras, Aníbal se internó en territorio de Sagunto y, después de arrasar todos los campos y las cosechas, atacó la ciudad por tres puntos. Uno de ellos era un enorme muro con una gran torre que, a la larga, se convirtió en una verdadera pesadilla para los cartagineses. Los saguntinos, por su parte, ofrecieron desde el primer momento una resistencia propia de los pueblos hispanos . Hasta tal punto, que hirieron de gravedad al propio general africano. El autor de 'Ab urbe condita' explica que «la juventud más escogida ofrecía una resistencia más enconada allí donde se veía que el peligro era más amenazante» y que «empezaron por repeler al enemigo con proyectiles, sin dejar que los que realizaban las tareas de asedio estuviesen lo bastante a salvo en ninguna parte». Desde la muralla, los combatientes «no solo blandían sus armas arrojadizas en defensa de las murallas y de la torre, sino que incluso tenían el coraje para salir contra los puestos de vigilancia y las obras de asedio del enemigo». Aníbal, al acercarse al muro sin tomar las debidas precauciones, «cayó herido de gravedad en la parte delantera del muslo». Durante semanas continuaron las labores de asedio. Se avanzaron los manteletes, se erigieron arietes y, en definitiva, la lucha ganó en intensidad. Tito Livio ofrece aquí la primera cifra de soldados que tenía el ejército cartaginés: unos 150.000 hombres. De ser así, era uno de los contingentes más grandes movilizados desde África en la península. Con esos números huelga decir que era cuestión de tiempo que los enemigos de Hispania destruyeran parte de la muralla y que estos «no dieran abasto para defenderlo todo». A su favor, los de Sagunto tenían la posible ayuda de Roma, pero esa posibilidad se esfumó poco después, cuando el Senado declinó enviarles socorro en forma de legiones. Estaban solos, pero no dispuestos a rendirse. Ni las tentativas de paz de Alcón (saguntino) o Alorco (hispano y amigo de ambas partes) sirvieron para nada. Después de un enfrentamiento entre ambos ejércitos a campo abierto en el que los defensores, según Tito Livio, no dieron un solo paso atrás, la situación pintaba dantesca. Los hispanos intentaron levantar una serie de muros en el interior; una suerte de ciudadela que actuara como último baluarte, pero de poco les sirvió. Al final. y siempre en palabras de Apiano, asumieron que todo estaba perdido y actuaron en consecuencia. En primer lugar, reunieron todas las riquezas que había en la urbe y las destruyeron de una forma muy imaginativa para que no sirvieran de nada al enemigo. «Los saguntinos, una vez perdida la esperanza de ayuda de Roma, y como el hambre les acuciaba y Aníbal persistía en su asedio continuo, pues como había oído que la ciudad era próspera y rica no relajaba el asedio, reunieron el oro y la plata, tanto público como privado, en la plaza pública por medio de una proclama y lo mezclaron con plomo y bronce fundido para que resultara inútil a Aníbal». A continuación, los hombres se aventuraron fuera de las murallas armados para la guerra y, en mitad de la noche, cuando los cartagineses dormían, se lanzaron sobre los puestos de guardia levantados por Aníbal. Fue su última batalla, y la lucharon hasta la muerte. Las mujeres y los niños, por su parte, tomaron una decisión más dura si cabe: quitarse la vida . Aquel fue el último acto de una obra que parece escrita por el mejor autor de teatro, pero tan real como el paso del tiempo. Así explicó Apiano aquellos últimos momentos: «Las mujeres, al ver desde las murallas el fin de sus hombres, se arrojaron unas desde los tejados, otras se ahorcaron y otras, incluso, degollaron a sus propios hijos. Este fue el final de Sagunto, una ciudad que había sido grande y poderosa. Aníbal, tan pronto como se percató de lo sucedido con el oro, movido por la ira, dio muerte a aquellos saguntinos que quedaban y eran adultos, después de torturarlos, pero viendo que la ciudad estaba a orillas del mar y no lejos de Cartago y poseía una tierra buena, la pobló de nuevo e hizo de ella una colonia cartaginesa. La cual creo que actualmente se llama Cartago 'Espartágena'». El resto es historia. Tras obviar la petición de ayuda, la república romana declaró enfrentarse a Cartago. -
El secreto de las legiones romanas para luchar contra la desmotivación y la falta de soldados
Fue un día de honor para Bacurio, fiel servidor del Imperio romano . A principios de septiembre del año 394, el general caucásico lanzó a sus soldados contra la infantería de élite del usurpador Eugenio. Sabía que se dirigía hacia una derrota segura, pero no anhelaba aplastar al enemigo, sino ganar tiempo para que el emperador se retirara del campo de batalla. Ocurrió lo esperado: sus hombres, equipados con armas ligeras, cayeron a decenas en la que más tarde sería conocida como 'la batalla del río Frígido'. Bacurio murió, pero con su sacrificio salvó la vida del emperador Teodosio. El de Bacurio fue uno de los muchos ejemplos de extranjeros que sirvieron de forma fiel al Imperio romano durante los siglos IV y V. Fueron, como explica el historiador Federico Romero Díaz , el secreto de la Ciudad Eterna para luchar contra la escasez de soldados a cuenta de las campañas militares. Aunque también fue una de las formas de integrar a los pueblos extranjeros en el Imperio. Lo sabe bien el también presidente de Divulgadores de la Historia, pues acaba de publicar 'En defensa de Roma', un concienzudo ensayo sobre el tema. Todos los episodios de 'Estamos en la Historia' pueden encontrarse en las principales plataformas de audio, como Spotify , Ivoox , Apple Podcasts , Amazon Music y Podimo . También están disponibles en Youtube . El próximo episodio, dentro de 15 días. -
María Dueñas novela la historia de los españoles perdidos de Orán: «Es un capítulo olvidado de nuestro pasado»
Se ve a lo lejos. O más bien se intuye. Desde el puerto de Alicante, en lo alto de un privilegiado mirador al que golpea el sol –¡por fin dan tregua las lluvias!–, María Dueñas señala un punto al otro lado del Mediterráneo. Casi parece que quiere tocarlo. «Allí está Orán, la provincia más española dentro de la costa argelina». No miente la escritora superventas; tampoco exagera. A un suspiro, apenas trescientos kilómetros, descansa la ciudad que acogió por millares a inmigrantes peninsulares desde el siglo XIX hasta 1962. Fue durante aquellos años en los que era colonia gala, dice, pero en ella llegó a haber «más españoles que franceses» en las épocas de poca bonanza rojigualda. Está hoy de enhorabuena la de Puertollano. Hace buen día, el mar luce en calma y presenta su nueva novela, 'Por si un día volvemos' (Planeta), frente a una setentena de periodistas preguntones. Lo hace, además, después de tres años de duro trabajo de documentación. Porque, aunque siempre había tenido presente las vivencias de estos emigrantes, necesitó empaparse de sus testimonios para alumbrar su nueva ficción sobre una base sólida. «No sé si ha sido por olvido o por desinterés, pero se ha escrito muy poco de este hecho a nivel de ficción», señala. Y ese es el hueco que viene a llenar. «Si mis novelas ayudan a recuperar capítulos desconocidos de la historia de España, me alegro», admite. La prospección histórica ha sido doble. Porque, si desconocida era la marcha hasta Orán desde puertos como el que hoy pisamos, otro tanto sucedía con el triste destino de los miles de ' pieds-noirs ' –extranjeros residentes en esta región de la costa africana– que, cuando estalló la Guerra de Independencia de Argelia en 1962, se vieron obligados a regresar a Europa de forma abrupta. Entre ellos, una infinidad de españoles. «Franco envió dos barcos para recogerles que, después, atracaron aquí, en Alicante», sentencia Dueñas. Por eso, insiste en referirse a estas historias como episodios «de ida y vuelta»; pequeñas Odiseas de gentes que «huyeron de situaciones adversas en busca de una vida mejor» y forjaron una nueva sociedad al otro extremo del mar de Homero. Dueñas vertebra todas estas idas y venidas a través de Cecilia. «Coincide con otros personajes de mis novelas en que es un mujer a la que las adversidades la obligan a emprender una vida nueva», añade. Tras perpetrar un crimen involuntario, la protagonista viaja a Orán en 1927, y apenas con unas pocas pesetas en el bolsillo. Algo similar a lo que venían haciendo los españoles desde 1830, cuando Argelia pasó a ser colonia francesa. «Se llegaba hasta allí en una noche. En una época en la que no había AVE ni autovías, se tardaba menos en cruzar el mar que en viajar a Madrid», sentencia. La mayoría de los emigrantes partían desde lo que la autora denomina como «la esquina sur de la península»: Alicante, Murcia, Almería… La emigración hacia la nueva colonia francesa fue masiva, y las cifras lo corroboran. En 1881, de los 181.000 extranjeros que residían en Argelia, casi 115.000 eran españoles; en 1931, ese número había aumentado hasta más de 137.000. Testimonios los hay también por toneladas, y uno de ellos es el de Carlos Galiana, una de las fuentes que ha utilizado Dueñas para engarzar su relato. «Algunos se integraron y ascendieron a nivel social», explica el descendiente de colonos durante la presentación de la novela en la Casa del Mediterráneo de Alicante. Su padre, dice, fue uno de ellos. «Se marchó a Orán en 1929, era negociante de vinos y buscaba ampliar el negocio», sentencia. Como él, otros tantos abrieron compañías cigarreras, tiendas de componentes electrónicos… Empresarios fueron muchos, pero no menos los españoles de clase baja que trabajaron como labriegos, carpinteros y obreros. Lo mismo que otras tantas mujeres como Cecilia. Ellas, afirma Dueñas, podían obtener unos francos como operarias liando cigarrillos en las fábricas, pero también como sirvientas. Y no faltaban tampoco las amas de cría; chicas que se vieron obligadas a pasar por el trance de abandonar a sus hijos en la península para amamantar con su leche a los bebés de las familias pudientes. Todos ellos, pobres y ricos, alumbraron en Argelia una sociedad multicultural que bebía de las costumbres cristianas y árabes. Eliane Ortega es otra de las fuentes de las que se ha valido Dueñas para dar forma a su novela. Oranesa de nacimiento, aunque descendiente de una familia exiliada tras la Guerra Civil, se emociona en la presentación cuando habla de 'Por si un día volvemos': «Al leer la novela olí el perfume de mi cuidad, escuché los ruidos de mi ciudad, sentí el viento que hacía en mi ciudad. Cecilia me cogió de la mano y me devolvió allí». Se le quiebra la voz al evocar aquellos días, y es que, a pesar de haber vivido mil desventuras –los franceses y los argelinos no trataban a los españoles todo lo bien que debieran–, en su mente se han grabado los mejores momentos. «Era una sociedad pluricultural. Hablábamos una mezcla de lenguas. Poníamos el 'che' a todo, aunque fuera para llamar a Mohamed», bromea. Los 'pieds-noirs' españoles vieron desde la lejanía el enfrentamiento fratricida de la península y hasta superaron la lucha colonial de la Segunda Guerra Mundial . Ahí es nada. Sin embargo, poco pudieron hacer cuando la independencia de Argelia se materializó a mediados de marzo de 1962. «Siempre pensamos que el ejército francés llegaría para acabar con esa revuelta, pero no fue así», explica Joseph Torroja , otra de las fuentes de Dueñas. Cuando el torrente árabe tornó en una riada, el gobierno galo tocó a retirada. «Los europeos nos vimos obligados a irnos. Prácticamente nos traicionaron. Nos habían prometido que aquello siempre sería francés», completa. Dueñas evoca aquellos días a través de los ojos de Cecilia; unas jornadas de pesadilla en las que los aviones y los barcos estaban saturados y huir se tornó en una misión imposible. «Había colas enormes. Además, solo nos permitían llevar una maleta por persona», añade Torroja. La salvación arribó de la mano de la dictadura, lo que son las cosas. A finales de junio, Francisco Franco fletó dos buques para acudir en socorro de los refugiados y traerlos a España: el 'Victoria' y el 'Virgen de África'. «Se aglomeraron en el puerto 2.500 españoles para embarcar», desvela. Los franceses rechazaron la operación en principio, pero, tras una demostración de fuerza por parte del Caudillo, aceptaron. «Embarcamos a las diez de la mañana y fuimos a Alicante protegidos por la aviación», finaliza. A partir de ahí, la suerte de los 'pieds-noirs' fue dispar. En Francia fueron vistos con recelo. A cambio, en España se les ayudó. «Se les recibió bien, se les permitió abrir negocios y se buscó que se asentasen. Eran vistos como los hijos perdidos a lo que había que volver a abrazar», destaca Dueñas. Torroja piensa y señala un ejemplo: «Durante muchos años, en Alicante hubo un restaurante muy famoso, el Delfín. Su dueño y su hermano habían sido mayoristas de componentes electrónicos en Orán. Cuando llegaron aquí, cambiaron de oficio». Aquel final quedó escrito en las páginas de la historia. Para conocer el de Cecilia, sin embargo, solo queda leer la novela de Dueñas. No les haré 'spoiler'. -
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