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Grecia reclamará un tesoro fotográfico de la Segunda Guerra Mundial puesto a la venta en Internet que, según se cree, muestra por primera vez una de las peores atrocidades cometidas por la Alemania nazi en el país, según informó el miércoles el Ministerio de Cultura. La ministra de Cultura, Lina Mendoni, dijo que «toda la colección» de fotografías, aparentemente tomadas por un teniente del ejército alemán que prestaba servicio en Grecia durante la guerra, había sido declarada monumento nacional «debido a su especial valor histórico». «Nos permiten enmarcar el drama de la Grecia ocupada también a través de los ojos del ocupante», afirmó en un comunicado. «Con la declaración de hoy de la colección como monumento, el Ministerio de Cultura...
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Vuelve el Premio Internacional de Historia Órdenes Españolas. Las Órdenes Españolas de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa han lanzado ya la convocatoria de la VIII edición de este galardón que, el año pasado, obtuvo el jurista e historiador José Antonio Escudero por su contribución a la historia de nuestro país, al papel de la Monarquía en la misma y a la investigación de una institución a caballo entre la realidad y la leyenda negra como fue la Inquisición. El plazo para la presentación de candidaturas se cerrará el próximo 15 de abril, y el fallo se anunciará tras la reunión del jurado que se celebrará el mes de mayo. El objetivo de este premio, que tiene una dotación de 65.000...
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Amaneció agitada la primavera alicantina de 1936. El 10 de junio, en plena escalada de violencia nacional, una muchedumbre se alzó en armas contra las monjas de Bañares. Fue una pesadilla. Diferentes grupos de la izquierda más extrema las obligaron a salir del convento de las Hermanas de la Caridad, su hogar, prendieron fuego al edificio y las escoltaron hacia la estación de tren para expulsarlas del municipio. El infierno no se detuvo ahí: en el camino las desnudaron y las maltrataron en todos los sentidos. A ellas, y a los que se atrevieron a defenderlas. Lo peor es que lo hicieron amparados por la pasividad de un gobernador civil que no estaba dispuesto a asumir el coste político que...
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« John Wayne es un vaquero de las marismas del Gualdaquivir ». La frase es del escritor Borja Cardelús, no de Marco Rubio . En su intervención en la reciente Conferencia de Munich, el secretario de Estado de Estados Unidos recordó que los caballos norteamericanos, sus ranchos y sus rodeos, «todo el romanticismo del arquetipo del vaquero que se convirtió en sinónimo del Oeste americano, todos nacieron en España ». Y tenía razón, mal que le pese a la congresista estadounidense Alexandria Ocasio-Cortez , que replicó en una entrevista que «mexicanos y descendientes de los esclavos africanos tienen algo que decir sobre eso». Quizá desconozca Ocasio-Cortez que los cowboys estadounidenses, como los gauchos de la Pampa o de los llaneros de Venezuela y Colombia, «adoptaron el estilo marismeño», o que «en las películas del Oeste no hay nada que no sea español», desde el caballo a las reses, pasando por los rodeos y los arreos» y que, incluso los pueblos «imitan al Rocío». Así lo reiterado en diversas ocasiones el autor de 'América hispánica', 'La huella de España y de la cultura hispana en los Estados Unidos', 'La Florida española' o 'El legado español en los parques nacionales de los Estados Unidos'. «El mundo del cowboy, con el vestuario vaquero, la vaca, el caballo, la montura, las espuelas, el sombrero, el rancho y el manejo ganadero, es una réplica exacta del modelo ecuestre y ganadero de las Marismas del Guadalquivir, trasplantado al Oeste y popularizado por el cine. En puridad, John Wayne es un vaquero de las marismas con un par de pistolas, y ese modelo es radicalmente distinto al de granjero a pie y recogida de heno que trasladaron los pioneros ingleses al Este. Tampoco Texas o Nuevo México hubieran alcanzado su pujanza ganadera de no ser por las vacas, ovejas y caballos importados desde España», escribió Cardelús en estas páginas . En otro artículo, el divulgador madrileño explicó cómo el origen de los famosos 'mustang' se remonta a « un cambiazo providencial » que se produjo en el puerto de Cádiz antes de uno de los viajes de Cristóbal Colón: «Las dársenas del puerto de Cádiz se hallan abarrotadas de gentes y enseres. Apenas hace un año se ha descubierto el continente americano, y apremia a los Reyes Católicos hacer efectiva la posesión sobre la nueva tierra, trasladando los ingredientes humanos y materiales que hagan del Nuevo Mundo una prolongación de la propia España. El Almirante de la Mar Océana, flamante descubridor de América, supervisa en persona el alarde del bagaje colonizador, porque todo ha de ser escogido: personas con oficios conocidos, sin sombra de delincuencia, y enseres, semillas y ganados seleccionados para arraigar con éxito en el Nuevo Mundo. Entre lo exhibido en la revista ante la mirada escrutadora de Colón, diez caballos y diez yeguas de soberbia planta de origen hispano-árabe, a los que el Almirante concede su aprobación inmediata , porque están destinados a iniciar la cabaña caballar de América. Y así quedan las cosas, hasta que unos días después se produce el embarque efectivo de todo el matalotaje colonizador. Pero ocurre un suceso, en apariencia trivial , pero que va a revestir una importancia crucial en la historia rural de las Américas. Colón enferma el día del embarque de los caballos, y los pícaros tratantes lo aprovechan para sustituir la mercancía: retiran a los lucidos corceles del alarde y embarcan en su lugar ejemplares de ruin planta, incluso toscos, y cuando Colón comprueba la estafa es tarde: ya las naves navegan con rumbo a las Américas y no hay retorno posible. La historia consignará que partieron hacia el Nuevo Mundo unos « matalones », esto es, unos pencos de ínfima calidad. Pero no era cierto. Sí lo era el hecho del cambiazo, no que los caballos embarcados fueran matalones. Los tratantes los habían conseguido a un precio mucho más ajustado en las cercanas marismas del Guadalquivir, y eran ejemplares de la raza de Retuerta , que vagaban libres y salvajes por las marismas béticas. Y resultó que estos caballos resultaron los más apropiados para las tierras americanas. Eran de escasa presencia, modestos, y estaban curtidos en los ciclos de aguas y secas de la marisma, en sus fríos y calores, todo ello extremoso, y hallaron en América unas tierras muy semejantes a las de origen: los llanos del Orinoco, las pampas del sur, las estepas del piedemonte andino, los páramos patagónicos o las planicies del Oeste americano , eran tierras abiertas, descomedidas, muy familiares para los pequeños caballos de Retuerta, duros, sufridos, insuperables en el trabajo, y no tuvieron dificultad alguna en adaptarse a los nuevos paisajes. Los caballos de la marisma se multiplicaron, y fueron los que se extendieron por las extensas llanuras americanas y sirvieron de montura a los gauchos argentinos, los llaneros venezolanos, los charros mejicanos, los huasos chilenos o los jinetes patagónicos, y también a los vaqueros y los indios del Oeste americano, que tanto prodigó el cine de Hollywood. Algunos de estos se escaparon y retornaron a su condición silvestre, convirtiéndose en mesteños, los famosos « Mustang ». Por todo ello fue providencial aquel cambiazo, porque los airosos caballos del alarde inicial no hubieran soportado el paisaje ni el clima americano, apto solo para los roblizos caballos marismeños que poblaron las Américas.
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En sus crónicas, el historiador romano Apiano (siglo II d. C.) explicó de forma pormenorizada cómo fue la guerra que Lucio Licinio Lúculo, cónsul de la Hispania Citerior , mantuvo contra los pueblos vacceos en el 151 a. C. El cronista, desde el principio, cargó contra el político por haberse lanzado de bruces contra el corazón de la península sin la aprobación del Senado. «Estaba deseoso de gloria y necesitado de dineros por causa de su penuria. Realizó la incursión contra los vacceos, otra tribu celtíbera, que eran vecinos de los arévacos, sin haber recibido ninguna orden de Roma y sin que ellos hubiesen hecho la guerra a los romanos». En sus palabras, estos hispanos no habían cometido afrenta alguna contra el político. Su único pecado era contar con comida de sobra gracias a la opulencia de sus campos; una verdadera riqueza para la época. Ávido de batalla, Lúculo cruzó el Tajo en el año 151 a. C. en dirección a Cauca (en Segovia). Traicionero hasta la extenuación, el cónsul les quiso convencer de que acudía «en ayuda de los carpetanos, que habían sido maltratados por ellos». Una falacia como cualquier otra para justificarse. Los hispanos se retiraron por momentos a la seguridad de sus muros, pero, en palabras de Apiano, «le atacaron cuando estaba buscando madera y forraje» y «mataron a muchos de sus hombres». Así prendió la mecha de la contienda. El historiador recalca ya en esta primera parte de la contienda que los pueblos vacceos destacaban por su «infantería ligera» y que «resultaron vencedores» en multitud de contiendas gracias a sus golpes de mano y sus «dardos». Apiano da a entender que los vacceos solicitaron a Lúculo la paz en repetidas ocasiones. Al parecer, porque creían que no había razón para combatir. «Al día siguiente, los más ancianos, coronados y portando ramas de olivo de suplicantes, volvieron a preguntar qué tendrían que hacer para ser amigos». El cónsul se mostró de acuerdo, pues no buscaba la muerte de sus hombres, sino dinero. Por ello, a cambio solicitó cien talentos de plata, multitud de rehenes y exigió que 2.000 de sus hombres atravesaran los muros de la urbe para asegurar la rendición. Por desgracia para los hispanos, todo era parte de un macabro plan. Cuando sus legionarios estuvieron dentro, abrieron las puertas y se desató el caos. «A toque de trompeta, Lúculo ordenó que mataran a todos los de Cauca que estuvieran en edad adulta». Los ciudadanos murieron mientras enarbolaban el acuerdo al que, creían, habían llegado con el general. «Perecieron cruelmente invocando las garantías dadas, a los dioses protectores de los juramentos, y maldiciendo a los romanos por su falta de palabra», añade Apiano. Al final, la sed de sangre de los romanos fue tal que acabaron con la mayor parte de la población, unas 20.000 personas. Solo unos pocos de ellos consiguieron escapar por unas puertas de difícil acceso. «Lúculo devastó la ciudad y cubrió de infamia el nombre de Roma». Aquellos que pudieron huir quemaron los campos para que sus enemigos no pudieran valerse de ellos. Así superó Lúculo el primer escollo. La siguiente urbe en la mira de Lúculo fue la vecina Intercatia, en la que, según el historiador clásico, se habían reunido unos 20.000 soldados y 2.000 jinetes vacceos. Una vez más, intentó engañarlos. «El cónsul, siguiendo un criterio estúpido, los invitó a firmar un tratado, pero ellos le echaron en cara su actitud vergonzosa en los sucesos de Cauca y le preguntaron si les invitaba con las mismas garantías que les dio a aquellos». El general no se tomó bien los reproches y, «en lugar de ser crítico contra sí mismo», puso cerco a la ciudad y «a soló sus campos» para conseguir que se murieran de hambre. Los hispanos, sabedores de la potencia de las legiones romanas, prefirieron situarse tras la seguridad de los muros y responder con saetas a las afrentas de sus contrarios. Durante estos tensos momentos, y cuando los víveres comenzaron a escasear, los vacceos se salvaron gracias al tradicional ingenio hispano . Cuenta Apiano que una noche unos «jinetes bárbaros que habían salido a forrajear» días antes regresaron y se toparon con el cerco de las legiones. Como no podían entrar en la urbe, decidieron ponerse «a correr alrededor del campamento dando gritos» para provocar «el alboroto». El plan no pudo tener mejor resultado. Quizá fue la oscuridad, quizá el miedo a verse rodeados. Puede también que el hambre y la falta de raciones hicieran mella en su ánimo. Pero lo cierto es que «un extraño temor invadió a los romanos» y condenó su ánimo. Según Apiano, aquello hizo que, a la larga, no combatieran igual. En las jornadas siguientes el animo romano se resintió y los vacceos, a golpe de dardo, consiguieron defender las murallas de Intercatia y hasta expulsar de su interior a los legionarios cuando lograron atravesarlas. El golpe de gracia fue que, durante una de las muchas retiradas después de fallar en las decenas de ofensivas, los hombres de Lúculo cayeron «en una cisterna de agua en donde perecieron la mayoría». Al final, al cónsul no le quedó más remedio que asumir su derrota ante aquella aldea de irreductibles hispanos. Todo terminó con un tratado de paz en el se exigió a los defensores que entregaran dinero, ganado y rehenes para garantizar su seguridad. «No obtuvo Lúculo el oro y la plata que había pedido y por las que había hacía la guerra, al creer que toda Iberia era rica en oro y plata», añade Apiano. No pudo caer en un error mayor... Al menos, según el historiador clásico. «Y es que, en efecto, no los tenían y ni siquiera aquellos celtíberos daban valor a estos metales». Con todo, parece que el traicionero Lúculo no estaba todavía contento y, en un último alarde de gallardía, se dirigió hacia la cercana Palantia para saquearla. Sus legionarios, necesitados de una victoria y del tacto del metal preciado, quedaron frustrados cuando la caballería vaccea de esta urbe los acosó una y otra vez. Todo terminó como cabía esperar: los ejércitos del Senado, sin comida ni apoyo de Roma, se retiraron a sus cuarteles de invierno para humillación del cónsul. Otra gran y olvidada victoria de un pueblo oscurecido por la mítica Numancia.
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Han pasado cuatro meses desde que entró en vigor el alto el fuego, pero los ataques israelíes se mantienen de forma intermitente contra la Franja de Gaza. El martes de la semana pasada, 10 de febrero, el Ejército israelí mató a al menos cuatro personas , mientras la reapertura del cruce de Rafah sigue siendo parcial por lo que no logra aliviar la crisis humanitaria. En paralelo, continúa el asedio en Cisjordania: el ministro de Energía, Eli Cohen, aseguró en Tel Aviv que las nuevas medidas que refuerzan el control israelí equivalen allí a una «soberanía de facto» y la base de que «no habrá un Estado palestino». Un conflicto cuyo origen se encuentra en una carta que se hizo...
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«El final de la Guerra Civil española no fue una cuestión militar, fue el resultado de una gigantesca operación de inteligencia orquestada por las secciones de información». Gutmaro Gómez Bravo sabe que su tesis es valiente y que rompe con la historiografía tradicional, pero responde a ABC con la tranquilidad del que tiene la documentación de su lado. El catedrático de Historia de la Universidad Complutense de Madrid sostiene a golpe de informes inéditos y datos escondidos bajo la alfombra que las máximas del imparable avance militar de Francisco Franco hasta Barcelona por un lado, y de la resistencia convencida de los republicanos por otro, están huecas de verdad. No es la única leyenda de cartón contra la que arremete...
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En 1741, Gran Bretaña estaba pletórica, convencida de que había llegado la hora de darle la estocada al Imperio español tras dos siglos y medio de incontestable dominio mundial. De «chamuscar las barbas del Rey de España», como había dicho doscientos años antes el temido pirata Francis Drake, que lo intentó hasta la saciedad con poco éxito. Ahora era el turno del almirante Edward Vernon y el comodoro George Anson, los dos marinos más respetados de Inglaterra, nombrados por el Rey Jorge II para acabar con el monopolio hispano del opulento comercio americano. En lo siglos anteriores España no lo había tenido fácil. Desde que Colón descubrió América, las potencias europeas pelearon por hacerse con un trozo del pastel. El Tratado de Utrecht, en 1713, brindó esa oportunidad a Gran Bretaña con la concesión del llamado «navío de permiso», la autorización de enviar un barco al año con 500 toneladas de mercancías para comerciar en América. Aunque resultó muy beneficioso, el Gobierno inglés no tardó en sucumbir a la avaricia y conspirar para hacerse con la tarta entera. Comenzó a fomentar los ataques piratas e impulsar el contrabando, lo que provocó un aumento de los encontronazos entre los contrabandistas y la guardia costera, hasta que todo saltó por lo aires. En 1731, los españoles a bordo de La Isabela detuvieron al bergantín británico Rebecca cerca de Florida. Al comprobar que su carga excedía las 500 toneladas, el capitán Julio León Fandiño requisó la mercancía y le cortó una oreja al capitán inglés Robert Jenkins , para que el mensaje quedara claro: «¡Ve a tu Rey y dile que le haré lo mismo si a lo mismo se atreve!». Este acudió después al Parlamento para contar lo sucedido con la oreja en un frasco de cristal. Una escena esperpéntica que, según muchos historiadores hoy en día, fue inventada por Londres para poder iniciar la Guerra del Asiento el 23 de octubre de 1739, conocida popularmente como la Guerra de la Oreja de Jenkins. Sea como fuere, el Rey Jorge la planteó en dos frentes: uno comandado por Vernon y otro por Anson. El primero debía conquistar los principales puertos de Cuba, Panamá y Colombia en el Mar Caribe y el segundo, doblar el Cabo de Hornos, atacar las posesiones españolas en el Pacífico y azuzar una rebelión contra Felipe V. El resultado de ambas expediciones, sin embargo, fue desastroso, hasta el punto de que se puede calificar 1741 como el año más dramático de Gran Bretaña en el siglo XVIII. Y eso que la aventura comenzó bien, bajo la idea expresada por Vernon justo antes de partir: «Si tomamos Portobelo y Cartagena de Indias, los españoles lo habrán perdido todo». El primer objetivo cayó en solo dos horas de bombardeo a finales de noviembre de 1739, pero el almirante tuvo que esperar a Anson para atacar el segundo, sin imaginarse el largo y terrible viaje que le esperaba a su compañero. La odisea se prolongó durante cuatro años de accidentes, hambre, motines y epidemias que causaron una escabechina de más de 1.400 muertos. Un fracaso al que los británicos reaccionaron con un entusiasmo extraño, pues se publicaron una docena de relatos sobre el viaje que rápidamente se convirtieron en 'best seller'. El pueblo se olvidó de las bajas, los periódicos se llenaron de detalles escabrosos y hasta se compusieron coplillas en honor de Anson. A pesar de ello, todo olía mal desde el principio. La misma organización dejó bastante que desear, ya que se incumplió la promesa de facilitar a la expedición medio millar de soldados. En su lugar, Anson tuvo que reclutar a quinientos veteranos e inválidos de guerras anteriores, los cuales desertaron antes de embarcar o murieron sin llegar a ver el Pacífico. A esto se sumó que, nada partir de Madeira, primera escala del viaje, la comida se pudrió por la nula ventilación de los barcos. El olor era insoportable y tantas las moscas que aparecieron, que el tifus y disentería hicieron acto de presencia. «En el tiempo que tardamos en llegar a Madeira, no perdimos más que dos hombres en el Centurion, la nave capitana. Pero en el viaje que hicimos hasta Santa Catarina, tuvimos en todos los navíos muchísimos enfermos, de los cuales murieron la mayor parte», reconoció uno de los supervivientes en las primeras memorias que se tradujeron en España: 'Viaje alrededor del mundo hecho por Jorge Anson' (Madrid, 1833), reeditado en 2014 por la editorial Espuela de Plata. Luego, todo fue a peor. En la isla de Santa Catarina, primera parada americana, hubo que desinfectar las embarcaciones con humo y vinagre, pero la malaria acabó igualmente con otro centenar de marinos. «Al salir de esta plaza –advertían dichas memorias– dejamos el único puerto no enemigo que ibamos a visitar en nuestra larga y peligrosa expedición. Solo quedaban costas enemigas e islas desiertas donde no podíamos esperar socorro». El paso del Atlántico al Pacífico, acometido en enero de 1741, fue también un infierno. Primero fueron zarandeados por una violenta tormenta. Luego aparecieron los barcos españoles y tuvieron que arrojar al mar sus provisiones para aligerar el peso y poder huir. Por último apareció el escorbuto, que en las semanas siguientes se cobró cientos de vidas más. Tardaron tres meses en atravesar el estrecho de Le Maire y el cabo de Hornos, pues dieron infinitos rodeos, perdidos, desperdigados y maltrechos, con los mástiles y las velas rotas, debido a que desconocían las corrientes y no se habían proveído de los mapas correctos. Según el mencionado relato, nada tenía visos de mejorar: «Todos confesaban que lo que habían llamado hasta entonces tempestades, era tiempo favorable en comparación con las que nos afligían. Se levantaban unas olas tan altas y terribles, que nunca se vieron otras tan peligrosas en ningún mar. Nos estremecimos con razón». Harto de esperar a Anson, Vernon decidió atacar Cartagena de Indias el 13 de marzo de 1741. El almirante quería su porción de gloria ya y reunió una flota de 130 navíos de transporte y 70 de guerra. En total, 2.000 cañones y 30.000 hombres cansados de beber grog, un cóctel de agua, ron y azúcar. «Nunca un contingente estuvo más completamente equipado y nunca tuvo la nación más razón para la esperanza en un éxito extraordinario», escribió en su diario el cirujano del Centurion, Tobias Smollett. Cuando la escuadra llegó a Cartagena, la desproporción de fuerzas tranquilizó a Vernon. España solo contaba con seis navíos y 3600 hombres en la plaza, de los cuales, 500 eran civiles y 500 indios. Aunque estaban comandados por dos experimentados y exitosos militares como el virrey Sebastián de Eslava y el comandante Blas de Lezo, el almirante inglés estaba tan convencido de su victoria que escribió al Rey para avisarle de que cuando recibiera la carta ya habría conquistado la ciudad... pero nada más lejos de la realidad. Lezo demostró mucha inteligencia y abrió un foso en torno al castillo de Cartagena para que las escalas de los asaltantes no llegasen. Luego mandó a dos traidores ingleses para que indicaron a Vernon el mejor lugar para atacar la ciudad. A continuación hundió varios barcos en la entrada del puertopara que los buques enemigos no pudieran acceder, obligando a los enemigos a atravesar zonas plagadas de mosquitos portadores de epidemias. Por último, mandó a sus hombres rematar con bayonetas a los desconcertados ingleses. «Nuestras tropas contemplaron los cuerpos desnudos de los compañeros flotando en el puerto, proveyendo de presas a los carroñeros cuervos y tiburones, que los hacían pedazos sin interrupción», recordaba Smollett. A esas alturas, Anson ya había perdido cuatro barcos y la mayoría de sus hombres, pero estaba decidido a apoderarse del tesoro del galeón Manila, que hacía el viaje anual hasta Acapulco. Quería regresar a Gran Bretaña con algún botín que maquillara el descalabro de su expedición. Esta nave, cargada de plata peruana, era «el mejor botín de todos los océanos», según escribió el propio Anson. En junio de 1743, tras sufrir una nueva sagría por el escorbuto y verse obligado a prender fuego al Gloustercer por una vía de agua irreparable, el Centurion en solitario interceptó por fin el galeón Manila. Le obligó a rendirse en solo noventa minutos y pudo llevarse de vuelta a casa el ansiado botín: 1.313.843 reales de a ocho –el famoso dólar español, primera divisa de uso mundial– y 35.682 onzas de plata. Al regresar a Spithead el 15 de junio de 1744, con solo quinientos hombres y sin haber intentado siquiera doblegar al Imperio español, Anson y los demás supervivientes desfilaron por las calles de Londres con 32 carros repletos de lingotes de oro... y una vergüenza que ocultar.
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Atracar en Montevideo es entrar sigilosamente por una puerta ancha que nadie cierra con llave. El paisaje se transforma desde el océano azul hasta el Río de la Plata, un inmenso espejo de agua que engulle al viajero con su luz pálida y magnética. La ciudad nos recibió con una calma heredada de siglos de calma rioplatense. Las calles, de un ritmo pausado, saben que cada persona lleva en su interior un compás propio. Y en esa danza tranquila, la Agrupación Aérea Expedicionaria Plus Ultra ha encontrado, quizás, un espacio donde mostrar no solo su precisión técnica, sino, también, su calidad humana. Vi crecer al capitán Víctor Fernández González. Nos formamos en el mismo colegio, el Colegio El Carmelo de...
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La locura es la sombra más triste de la vida, y lo que aleja más al hombre del hombre. Siendo los pobres locos carne y quizás espíritu, como nosotros, hay en sus rostros una visión maldita que nos horroriza y nos hace huir. Y en medio de los malos sueños, la quimera de sus rostros iluminados y de sus miradas fijas nos estremece de miedo y de frío. ¡Pobres locos! Ved cómo, sin saber por qué, los hemos arrojado de la vida a un rincón lejano. Observando las costumbres de estos desterrados de la vida, se nota en ellos una tendencia a los sentimientos que más ennoblecen y que más purifican; y es raro encontrar locos groseros. Ordinariamente, son amables;...
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