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Siendo el mayor evento literario anual que tiene lugar en la capital , un enorme conglomerado de visitantes , editoriales y otros profesionales de la cultura se vieron reunidos en el Parque del Retiro, donde innovación energética y cultura se dieron la mano. El gigante multinacional , con la meta de reducir la huella de carbono, facilitó puntos de suministro eléctrico con garantía de origen 100% renovable. Además, el único grupo electrógeno que utilizó la feria empleó el suministro de 2000 litros de combustibles renovables. Para añadir, sobre el 80% de los libros que se vendieron fueron transportados en vehículos propulsados con estos mismos combustibles, habiendo conseguido así reducir más de 5,5 toneladas de CO₂. Por ende, esta colaboración entre Repsol y la Feria del Libro se vio reflejada, además, en el mural colorido de 8 metros creado por la artista Naranjalidad, en las dos jornadas de cuentacuentos para los pequeños que tuvieron lugar los sábados y un taller de lectura con Patricia Fernández (booktuber), quien fusionará la comunicación digital con las nuevas generaciones.
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Los visigodos forman parte de la memoria colectiva de los españoles. Durante siglos, la evocación del antiguo reino visigodo de Toledo ha sido aprovechada para legitimar el presente, entroncándolo con un pasado mítico y lejano, en el que la península ibérica estaba gobernada por un único pueblo bajo la insignia del cristianismo. El libro es el producto de dos proyectos de investigación financiados por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades y la Universitat Jaume I . Reúne un total de dieciocho ensayos firmados por miembros del grupo de investigación 'Iconografía e Historia del Arte' de la universidad de Castellón, más una 'Iconografía de la Corona Gótica' y un 'Catálogo de series godas'. Los primeros capítulos, escritos por Carles Rabassa, presentan los orígenes del pueblo godo , las características de su sistema monárquico, la formación del reino visigodo de Toledo y las principales fuentes historiográficas. Posteriormente, Juan Chiva Beltrán examina los elementos ceremoniales y rituales heredados de la tradición romana , compartidos por los bizantinos y omeyas. Los capítulos siguientes se centran en la recuperación del legado godo por los reinos medievales . Juan Chiva estudia la continuidad de prácticas ceremoniales, rituales y constructivas visigodas en Asturias . Nathaniel Sola Rubio analiza la recepción del culto a Vicente Mártir por parte de la monarquía asturiana y de la cercana Lusitania . Miguel Sánchez Rubio investiga cómo las crónicas de León y Castilla utilizaron el pasado visigodo para respaldar la dinastía Trastámara . Los capítulos siguientes están dedicados a la promoción del mito gótico por parte de Felipe II y de sus sucesores, interesados en legitimar su poder sobre los territorios que conformaron la Monarquía Hispánica. Al redescubrimiento del pasado visigodo y de algunos de sus protagonistas por parte del Rey Prudente dedica Víctor Mínguez el capítulo octavo. En el noveno, este mismo autor nos ofrece una panorámica completa de las crónicas que apoyaron la «reinvención» de la memoria goda . Siguen dos ensayos dedicados a santos de época visigoda y cuya memoria fue reaprovechada durante el siglo XVII, como prueba de la 'Pietas Austriaca'. Gaetano Giannotta estudia a san Isidoro y san Ildefonso, importantes obispos y padres de la Iglesia. Mercedes Llorente se ocupa de Hermenegildo, el príncipe que abjuró del arrianismo y se convirtió al catolicismo. Sigue el ensayo de Inmaculada Rodríguez Moya, quien analiza las series de retratos regios que vinculaban visualmente a los monarcas contemporáneos con los soberanos visigodos . Una intención similar tenía el programa escultórico y decorativo diseñado por Martín Sarmiento para el Palacio Real Nuevo de Madrid, estudiado por Eva Calvo. En el siguiente, Antonio Gozalbo Nadal se centra en la índole guerrera de los godos y analiza los escasos testimonios materiales y las más numerosas reinterpretaciones artísticas de esta condición. Sigue otro ensayo de Nathaniel Sola Rubio sobre la representación artística de las reinas visigodas. En el capítulo decimosexto, Inmaculada Rodríguez vuelve a poner el foco en las series de retratos regios que incluyen a los soberanos godos, estudiando las que se realizaron en época liberal y durante el reinado de Isabel II. También el aprovechamiento del pasado visigodo para la conformación ideológica del naciente Estado español se benefició del arte, como demuestra el ensayo de Mercedes Burgos Martínez en torno a las ilustraciones de la Historia de España de la casa editorial Seguí (1920). El último capítulo, firmado por Teresa Sorolla Romero, versa sobre las distintas manifestaciones artísticas del relato de la vasca Amalia , heredera del linaje godo y protagonista de novelas históricas, películas y cómics. Enriquecen el volumen una 'Iconografía de la Corona Gótica' y un 'Catálogo de series godas' que han sido coordinados por Nathaniel Sola. La primera está conformada por 37 fichas en las que los autores resumen la biografía de los reyes visigodos y analizan el devenir iconográfico de su imagen. El otro es un catálogo de las series iluminadas, grabadas, pintadas o esculpidas en las que se incluyeron estos soberanos con el fin de crear verdaderos teatros de la memoria. Ficha Título: 'La invención de los visigodos: Imaginario y recepción artística en la monarquía hispánica' Autores: Víctor Mínguez, Carles Rabassa, Inmaculada Rodríguez (dirs.) Editorial: Universidad de Jaén. UJA Editorial Año de edición: 2025 Disponible en UJA Editorial Disponible en Unebook (edición digital)
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En 1999, John Connolly era periodista freelance del 'Irish Times' y escribía de madrugada. Trabajaba en el primer capítulo de lo que sería ' Todo lo que muere ' cuando recordó una historia que había cubierto años antes: una mujer llamada Belinda De Pereira había muerto de manera muy violenta. La reacción inicial de la población fue de horror, de tristeza, hasta que salió a la luz que era trabajadora sexual. La tristeza, entonces, se evaporó con llamativa rapidez. «Se convirtió en una persona secundaria», recuerda Connolly. «Una mujer sin importancia». La observación de cómo la empatía pública funciona con criterios de selección que nadie enuncia pero todos aplican se convirtió en el motor secreto de toda la serie: ¿Por quiénes lloramos y por quiénes no, y qué dice eso de nosotros? Charlie Parker, que surgió de aquella intuición, es un exagente de policía convertido en detective privado que investiga los casos que otros prefieren ignorar. Marcado por el asesinato de su esposa y su hija, Parker habita un territorio donde la investigación criminal convive con preguntas sobre la culpa, la memoria y la redención. A lo largo de más de veinte novelas, el personaje se ha convertido en una de las figuras más reconocibles de la ficción criminal contemporánea, precisamente porque sus casos rara vez tratan solo de resolver un crimen. El detective privado, recuerda Connolly, nació como género en California en los años veinte y treinta. Un estado de enorme corrupción, controlado por las grandes empresas ferroviarias y del petróleo. «Si eras pobre y tenías un problema, ni los tribunales ni la policía tenían ningún interés en ti», dice, con un sorprendente control del español. «Entonces necesitabas buscar ayuda en otro lugar, habitualmente en el detective privado, que no tiene obligación hacia los tribunales ni los políticos; solo hacia la justicia». Parker es, en ese sentido, un heredero directo de Philip Marlowe, pero Connolly le ha hecho una intervención que Chandler nunca hubiera autorizado: lo ha convertido en un hombre que literalmente ve fantasmas, que habla con su hija muerta y que parece operar en los márgenes de dos mundos simultáneamente. 'Los hijos de Eva' (Tusquets) es la novela número 22 de la serie y se instala, como casi todas las anteriores, en el Maine rural y sus comunidades pequeñas, donde el aislamiento geográfico y el peso de la historia crean las condiciones perfectas para que el mal prospere sin demasiado escrutinio. Connolly tiene una relación complicada y no del todo resuelta con su tradición literaria de origen. Colm Tóibín, la figura más prominente de las letras irlandesas contemporáneas, ha descartado en varias ocasiones la ficción de género como irrelevante. Connolly lo menciona sin acritud, pero con una precisión que delata que la herida no es reciente. Hace unos años editó una antología de tres siglos de ficción de género irlandesa, en parte como respuesta a ese desequilibrio. «Estoy más cómodo siendo un forastero», dice. «Escribir sobre americanos me permite continuar siéndolo». Connolly insiste, contra todo pronóstico, que él no escribe novela negra. Al menos no en el sentido estricto del término. «La novela negra, para mí, es un género que otorga un mundo sin esperanza» , dice. «Uno en el que el mal es nato y permanente. Sin la posibilidad de cambio». Hace una pausa. «No quiero escribir esos libros. Y tampoco quiero leerlos». La declaración sorprende viniendo de un escritor cuyas novelas incluyen ángeles caídos, casas que no deberían haber sido construidas y un detective que ha muerto clínicamente al menos una vez. «Quiero que los lectores terminen mis libros con más confianza en la posibilidad de cambiar el mundo para mejor», dice. «Aunque sea ligeramente y tenga un coste». La redención en el universo de Connolly no es gratuita: está construida sobre una teología laica -o casi- en la que «actuar bien no garantiza salvación pero sí importa, en la que la inacción es una forma de complicidad y en la que el mal triunfa exactamente en la medida en que los hombres buenos deciden no hacer nada», en palabras del autor. Es la cita de Edmund Burke que aparece, de una forma u otra, en casi todas sus novelas: para el triunfo del mal solo se necesita que los hombres buenos no hagan nada. Parker existe para hacer algo. Eso es todo. Y eso, en el universo moral de Connolly, es suficiente para justificar veintisiete años de ficción. «No necesito hablar de religión para hablar de moralidad», dice. «Pero mis raíces son católicas . Las palabras 'redención', 'expiación,' tienen para mí connotaciones muy específicas, pero no quiero predicar nada: ser sutil es más útil». La tensión entre lo que se puede escribir desde dentro y lo que solo se puede ver desde fuera atraviesa también su manera de entender el presente político. 'Los hijos de Eva' arranca con el cadáver de una joven y desemboca, como suele ocurrir en sus novelas, en algo más antiguo y más oscuro que cualquier crimen individual, pero la elección del tema no es inocente. «Hay un gusto por cierto tipo de ficción en el Partido Republicano en este momento», dice. «Pero no quiero escribir esas novelas». Lo que sí ha cambiado con los años es su relación con la violencia que aparece en sus páginas. «Si fuera posible, me gustaría volver a mis primeras novelas y reescribirlas con menos violencia», admite. «Son libros de un joven escritor sin mucha experiencia del dolor». La violencia en sus novelas más recientes no ha desaparecido, pero ha cambiado de función: ya no sirve para mostrar la magnitud del horror, sino para registrar su coste. «Especialmente la violencia contra mujeres y niñas», dice. « Tengo que ser muy cuidadoso. No quiero usarlas solo como víctimas». El lector, insiste, debe hacer su propio trabajo moral. «Parker no es completamente bueno. No quiero que los lectores piensen que lo es. Estas novelas son, en cierta medida, fantasías de venganza con justificación. Pero la justificación no elimina las consecuencias». –¿Es Charlie Parker lo que usted no podría hacer, o lo que nunca querría tener que hacer? –Parker es una manera de reflejar mis experiencias y verlas de una manera diferente. Es una versión de mí. A veces mejor. A veces peor. Aunque Parker es más alto y más guapo que yo. La broma funciona, pero inmediatamente después, admite lo obvio: «No quiero terminar. Va a ser muy difícil para mí continuar sin Parker, sin esta oportunidad de examinar mi vida y el mundo a través de sus ojos». Veintisiete años después de aquella primera novela escrita de madrugada, mientras el mundo sigue produciendo con eficiencia industrial el tipo de mal que sus libros llevan décadas nombrando, la pregunta que atraviesa toda su obra permanece abierta. Tal vez eso sea, precisamente, lo que la mantiene viva.
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«Yo, que me figuraba el paraíso bajo la especie de una biblioteca», escribía el célebre escritor argentino Jorge Luis Borges en su 'Poema de los dones', incluido en el libro 'El hacedor'. Quien supo ser una de las plumas más prodigiosas de todo el territorio latinoamericano dejaba este mundo a sus 86 años un 14 de junio de 1986 en la ciudad de Ginebra (Suiza). Cuatro décadas más tarde, el universo cultural de su país de origen recuerda su invaluable legado, que cambió para siempre la historia de la literatura andina. Exposiciones, charlas y espectáculos tendrán lugar en su honor con motivo del 40 aniversario de la muerte del 'maestro' argentino. Uno de los sitios que será epicentro del homenaje a una de las mejores plumas de Argentina es el Centro Cultural Borges . Entre el 10 y el 14 de junio este espacio, emplazado en la ciudad de Buenos Aires, presentará una programación especial centrada en la vida y obra del escritor. Bajo el título de 'Borges, autor del futuro' , se pondrán en marcha distintas instalaciones alusivas al aniversario. Además, habrá conversatorios y ciclos de cine con el fin de redescubrir la obra del gran genio literario. Otro de los lugares de la capital argentina que se viste de Borges por estos días es el Centro Cultural Recoleta . Ubicado en el barrio homónimo –Recoleta, que tuvo un rol central en la vida del escritor–, este espacio cuenta con distintas propuestas alusivas a la fecha. Además de exhibir las primeras ediciones de sus libros, manuscritos originales y fotografías, una de las principales muestras consiste en una proyección animada en formato holográfico que recrea la figura del ensayista. La exposición , que fue desarrollada junto a la Fundación Internacional Jorge Luis Borges, se llama 'Borges: ecos de un nombre' y se encuentra en la sala que lleva el nombre de 'Cronopios' en honor al célebre escritor y admirador de Borges, Julio Cortázar. El homenaje al autor también se hará sentir en las calles. En el marco del aniversario de la muerte de Borges, los diferentes bares notables de Buenos Aires –lugares que servían tanto de inspiración como de espacio de trabajo para el escritor– durante junio y julio ofrecerán distintos espectáculos en honor al autor de 'El Aleph'. La iniciativa, propuesta por el Ministerio de Cultura de la ciudad, consiste no solo en conferencias y disertaciones sobre su vida y su carrera internacional, sino también en espectáculos musicales inspirados en algunos de sus poemas y cuentos. Por ejemplo, se realizarán interpretaciones de las canciones que escribió junto a compositores como Astor Piazzolla, Sebastián Piana o Carlos Guastavino. A la vez, se ofrecerán diferentes recorridos guiados por bares y sitios vinculados tanto a la vida personal de Borges como con su universo literario. Asimismo, en conmemoración del 40 aniversario de la muerte del escritor, se presentará el libro 'Los laberintos de Borges: entre el caos y el cosmos', que consiste en una síntesis de las clases que Carlos Gamerro, docente especializado en Borges, dictó en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA) entre los años 2006 y 2026. Cuatro décadas después de su partida, la obra de Borges continúa viva en el país que lo vio nacer. Actualmente, y tras el fallecimiento de la compañera de vida del escritor, María Kodama –en el año 2023–, la obra del prolífico autor se encuentra en manos de los cinco sobrinos de Kodama. Aunque, más allá del legado material del ensayista, existe también otro inmaterial: aquel que lo ha trascendido y que, en el aniversario de su partida, convoca a los argentinos a recordar su vida y su obra , casi como si se trataran de alguno de sus cuentos, aún más valorados con el paso del tiempo. Como el mismo autor lo mencionaba, en varias oportunidades: «El tiempo es el mejor antologista, o el único, tal vez».
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David Gallagher (Valparaíso, 1944) ha vivido muchas existencias. Chileno de origen inglés, se educó en Oxford donde estudió ruso y español, y fue profesor. Reclutado como crítico del famoso 'Times Literary Supplement' (TLS), llegó a ser jefe de literaturas foráneas. De pronto abandonó su brillante carrera y se dedicó a las finanzas en Chile con tanto talento como el que había mostrado en la literatura y la academia. Asesoró a bancos y creó fondos de inversión. Gallagher, además, es el descubridor para el mundo anglosajón del 'boom' latinoamericano al editar un número especial de TLS sobre el tema en 1967. De ahí nació su relación con Carlos Fuentes, Octavio Paz, José Donoso y una singular amistad con Mario Vargas Llosa. Con el escritor peruano, Gallagher viajó mucho y vivieron peripecias. En recuerdo de esa amistad, elaboró 'Tras las huellas de Vargas Llosa' (Centro de Estudios Públicos, 2025), un libro pensado para que lo lanzara el mismo Nobel, cosa que su muerte -en abril de 2025- impidió. Gallagher y su libro se presentarán en Madrid el próximo 15 de junio en Casa de América durante el XIX Foro Atlántico de la Fundación Internacional de la Libertad (FIL) que durante años presidió su gran amigo. –Conoció a Vargas Llosa en Londres en 1967. ¿Qué vio entonces en él que todavía no veía el mundo literario? –Ya había escrito dos tremendas novelas, 'La ciudad y los perros' y 'La Casa Verde', ¡y tenía solo 31 años! Yo las había leído maravillado. Estábamos en una época en que muchos decían que la novela estaba muerta y bueno, si yo vi algo fue que con novelas como las de él, no era así. Vargas Llosa junto a otros autores del 'boom' latinoamericano le dieron sangre nueva a la novela y desde entonces no se habla de su muerte. –El libro se titula 'Tras las huellas de Vargas Llosa'. ¿Qué huellas quiso seguir: las del escritor, las del amigo o las del intelectual público? –¡Las tres! Las del amigo por lo importante que fue su generosa amistad para los que lo conocimos de cerca. La del intelectual público por la apertura con que compartió su trayectoria intelectual. Transitaba de un socialismo sartreano al liberalismo clásico y lo hacía en sus ensayos como si estuviera reflexionando en voz alta, compartiendo con insólita honestidad sus dudas y cambios de ánimo. Y la del escritor por esas fabulosas novelas, radiografías del Perú y de la condición humana, escritas con prosa clara, exenta de trucos, pero de a la vez inconfundible estampa propia. –¿Se puede escribir con libertad crítica sobre un amigo tan admirado? –¡Ese es un temazo! Hacia 1968 perdí por un buen tiempo la amistad de Carlos Fuentes por una crítica negativa a su novela 'Cambio de piel'. Con Vargas Llosa tuve la suerte de que nunca escribió una novela que no me gustara. –¿Cuál es, a su juicio, el Vargas Llosa más grande: el de 'La ciudad y los perros', el de 'La casa verde', el de 'Conversación en La Catedral' o el ensayista liberal? –El de las novelas sin duda. 'La fiesta del chivo' y 'La Guerra del fin del mundo' están también en ese nivel, por cierto, y hay muchas otras novelas que son solo un poco menores. Creo que sin las novelas sabríamos menos del ensayista liberal. Un caso similar: los magníficos ensayos de Octavio Paz los conoceríamos menos sin la poesía que los antecede. Creo que las obras de los grandes creadores les agregan una potencia muy especial cuando optan por ejercer también como pensadores. –Usted ha destacado su claridad. ¿Era para Vargas Llosa la claridad una forma de moral intelectual? –Creo que sí. Vargas Llosa era un fanático de la claridad. –Lo conoció cuando miraba con simpatía la revolución cubana. ¿La ruptura con Cuba fue ideológica o, sobre todo, moral? –Al comienzo creo que fue moral porque sentía que las autoridades cubanas estaban mintiendo y él aborrecía la mentira. También como hombre justo le molestaba el maltrato que le propinaban a escritores disidentes como Cabrera Infante. Después fue descubriendo el pensamiento de hombre libre que ejercía un Albert Camus o de un Georges Bataille, y finalmente, lo que no es lo mismo, el pensamiento liberal de Popper y de Hayek. –Ha dicho que Vargas Llosa «no era para nada la típica persona de derecha». ¿Qué quería decir exactamente? –Me van a criticar algunos, pero yo lo veía más de centro, un liberal de centro. Le encantaba el partido Ciudadanos. Tenía mucha afinidad con socialdemócratas como Felipe González. En Estados Unidos se entusiasmaba con Obama. Siempre fue crítico de Trump. No compartía la agenda «valórica» de la derecha en temas como el divorcio, el aborto. Una vez en Chile se refirió a esa derecha como la «derecha cavernaria». –¿La derecha que lo celebraba entendió de verdad su alergia a las dictaduras, incluida la de Pinochet? –A lo mejor no. El admiraba las reformas económicas del gobierno de Pinochet, pero para él éstas en ningún caso justificaban los atropellos a los derechos humanos. Era profundamente demócrata. Por eso se volcó contra Fujimori el momento en que dio el autogolpe. –¿La aventura presidencial en Perú fue un error político o una prueba extrema de coherencia? –Prueba de coherencia sin duda. En cuanto a error, no creo que haya sido la aventura misma un error electoralmente, sino el hecho de que lo rodearan mediocres políticos de derecha que quisieron aprovecharse de su prestigio. Eso sí, la derrota electoral fue un triunfo para la literatura. Él era tanto o más que cualquier presidente del Perú. El cargo lo habría disminuido innecesariamente. –Cuando se apague el ruido ideológico, ¿qué Vargas Llosa cree que quedará: el novelista, el liberal o el hombre que defendió la verdad contra sus propias tribus? –Creo que los tres, pero yo siempre voy a privilegiar al novelista. La historia es efímera. El contexto en que se discuten las ideas también. Lo que no tiene nada de efímera es una gran obra de ficción como 'Don Quijote', 'Madame Bovary' o 'Conversación en la Catedral'. –¿Qué le hacía reír a Vargas Llosa? –Él tenía mucho humor, contaba cuentos cómicos. Una de las cosas que me impresionaba de Mario es que tú le contabas cualquier barbaridad y su primera reacción era una carcajada. Y sobre todo si le contabas alguna maldad de algún amigo en común. Le parecía cómica la maldad humana. Era una especie de empatía de novelista, porque Mario no juzgaba. Él tenía una moral muy estricta, sobre todo apego a la verdad, pero soltaba una carcajada cuando oía algo absurdo que había pasado. Era una carcajada absolutoria. –¿Era más severo con los demás o consigo mismo? –Creo que era muy severo consigo mismo. Tenía una tremenda disciplina como escritor. Y trabajaba mucho. Se levantaba muy temprano, salía a correr, después con los años a caminar, y se sentaba a escribir y no lo veías hasta la hora de almorzar. –¿Qué novela de Vargas Llosa recomendarías a un lector joven que solo lo conoce por la política? –Tendría que hablar con el lector antes, pero si es un lector serio, que realmente le gusta la literatura, 'Conversaciones en la catedral'. 'La ciudad y los perros' es bastante obvia y mucho más fácil. Pero 'Conversaciones en la catedral' es desafiante para el lector, por la estructura, el lenguaje. Y si no, 'La fiesta del chivo', una novela que lees con la lengua afuera, extraordinariamente bien narrada, y donde sientes que hay una pasión individual de Vargas Llosa procedente de su ira contra Fujimori.
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«Las Malvinas se convirtieron en una señal de identidad para los argentinos. Tal vez la única que tenemos». Con esa contundente frase resume el escritor Eduardo Sacheri el peso tanto histórico como simbólico que tienen estas islas en el imaginario de su país de origen. El también historiador y guionista, que presenta en España su libro 'Demasiado lejos' , habla con ABC sobre la herida abierta que representa la guerra para sus compatriotas, a la vez que detecta puntos de encuentro entre el fervor de aquella época y aquel que caracteriza la manera de vivir el fútbol allí. En su nueva obra, el exitoso autor argentino, que ha sabido conquistar al mundo con 'La pregunta de sus ojos' –en su versión cinematográfica, 'El secreto de sus ojos', protagonizada nada menos que por su coterráneo Ricardo Darín -, ofrece una mirada distinta y prometedora tanto de la guerra de Malvinas como de sus implicancias para la cultura argentina. «Hay que hacer una diferencia entre la guerra de Malvinas y el tema Malvinas en sí», aclara Sacheri, quien explica a este medio que «la guerra, desatada en abril de 1982, se incorporó a los libros escolares como un capítulo más de la dictadura militar». En cambio, el «tema Malvinas», distingue, representa hasta el día de hoy «una cuestión de identidad para los argentinos». Y cita un ejemplo: «Si uno le consulta a un niño de 10 años o a una persona de 80, ambos responderán con seguridad que las islas son argentinas». Tan enraizada está la cuestión en la idiosincrasia del país suramericano que, según señala el escritor, la ausencia de las Malvinas tras perder la guerra, se encuentra –paradójicamente- presente en Argentina a diario. De hecho, «hay calles y pueblos que llevan el nombre de Malvinas e incluso hay mujeres que se llaman así», enumera el autor, que se refiere a estos homenajes como un modo de «honrar la ausencia». Puesto a comparar el sentimiento de la época y el baño de ciega euforia que inundaba las calles argentinas al inicio del conflicto armado -entre el 2 de abril y el mes de mayo de 1982- con algún otro episodio histórico, el autor no lo duda: «La restauración de la democracia en 1983». Según analiza, cuando la dictadura militar liberó finalmente la Casa Rosada , «este hecho celebró con la misma unanimidad que el inicio la guerra de Malvinas». No obstante, la 'fiebre' de Malvinas, cuenta el escritor, comienza a ceder lugar al realismo con el hundimiento del crucero ARA General Belgrano ocurrido el 2 de mayo, en el que murieron más de 300 argentinos, hecho que anticipaba el trágico desenlace de la guerra para la nación albiceleste. Sin embargo, la Argentina enfervorizada del comienzo del enfrentamiento con Gran Bretaña también le recuerda otro sentimiento: el de la pasión de este país por el fútbol . «El tema de Malvinas se vivió sin cuestionamientos, como el fútbol», apunta Sacheri en diálogo con ABC. Y describe el impacto inicial de la guerra en el pueblo argentino con una metáfora: una especie de «efecto Mundial». Este sentimiento, detalla, nace antes de que se produzca el conflicto bélico. «En los años '30 el tema aparece ya en la agenda cultural. Hay escritores que viajan y escriben libros desde las islas», relata, «luego, en los '40 el tema se da en las escuelas y los argentinos comienzan a aprender que las islas pertenecen a su país». Preguntado acerca del rol destacado de la guerra de Malvinas en el contexto de la última dictadura militar argentina –entre 1976 y 1983- y como desencadenante de un proceso que llevó al país de regreso a la democracia, Sacheri describe una evolución del espíritu de época «del oxígeno al derrumbe»: «Desde el 2 de abril de 1982, cuando comenzó la guerra, los militares vivían un extrañísimo boom de popularidad. Esta les dio oxígeno, ya que la gente olvidó otros reclamos». Sin embargo, la derrota y humillación de Argentina tuvieron un impacto inmediato en el régimen autoritario. «A los pocos días, renuncia el presidente (Leopoldo Fortunato) Galtieri y se encamina la democracia», recapitula el escritor. Apenas presentado en España, 'Demasiado lejos' recorre sus primeros pasos en la península ibérica y todo parece indicar que le espera un destino más que exitoso. Por el momento «ha tenido una muy buena recepción», asegura su autor. Y confiesa su deseo más íntimo: «Que los lectores de otros países se puedan adueñar del libro en sus propias vidas».
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La literatura infantil es el primer contacto de los niños con mundos nuevos, desconocidos y que pueden ser la primera pieza de su próxima gran obsesión. Vivir estas historias en familia conforman una experiencia inigualable, madres, padres e hijos compartirán recuerdos que no se borrarán. Sobre esta idea, Care Santos crió a sus tres hijos, con quienes compartió su amor por la lectura; y su primogénito, Adrián Olmedo, acogió el amor por contar historias propias y de otros. «Cuando yo llegaba a casa por las noches a contarle el cuento, él me lo contaba a mí», recuerda Santos con una gran sonrisa, «él no estaba de acuerdo con el cuento que le contaba y, o lo modificaba, o tenía uno mejor». Este pequeño creció y se convirtió en un contador de cuentos profesional, aunque se enfocó en el mundo audiovisual, pero la semillita ya estaba ahí. De esa semilla nació una bella planta, o una piedra en este caso, a cuatro manos escribieron 'Kö: La historia más grande jamás contada', ganadora del premio Anaya de Literatura Infantil 2026. Juntos han podido compartir la primera Feria del Libro de Madrid del escritor novel, acompañado de una orgullosa madre que cuenta con gran experiencia en este ámbito. —¿Cómo surge la idea de sentaros a crear a Kö? —Adrián Santos: Nació de algo tan íntimo como lo nuestro. Todo viene de una piedra que yo le traje, y que se pasó años en una repisa al lado de donde escribe mi madre. Y un día decidimos escribirle una novela. —Care Santos: Casi me parece que es lo más natural que podía pasarnos, un día mirando la piedra dijimos: 'Oye, ¿y por qué no le escribimos una historia a esta piedra?'. Él ha sido uno de mis primeros lectores desde muy jovencito, no habíamos escrito nada juntos, pero hemos hablado muchísimo de sus guiones, de mis novelas... —Y ese nombre, Kö... —A.O.: Barajamos muchísimas posibilidades, están todas dentro de la novela. Al final llegamos a Kő, que proviene del húngaro y la palabra entera es 'kőszikla'. Es la forma más antigua que se conoce de la palabra piedra, y nos dio la sensación de que caía justo en el equilibrio perfecto de ser imponente y ser mono. —Porque claro, la protagonista es una piedra desde su origen hasta hoy. —C.S.: Empezamos a hablar y vimos que podía venir de los volcanes que hubo por la zona de Girona. A partir de ahí empezamos a tramar, era fabuloso porque decías: '¿Qué historia queremos? puede ser tan enrevesada, antigua, libre...' Y a partir de ahí se nos fue ocurriendo todo. Luego, para darle un poquito más de enjundia, nos basamos en 'El viaje del héroe', de Joseph Campbell. El recorrido de salgo de casa [nace en un volcán], me planteo un reto [quiere vivir aventuras], busco al sabio que me impulsa [una rana muy curiosa], cruzo el umbral [un dinosaurio glotón] y al final regresa con la sabiduría de un largo viaje. Hicimos eso y lo adornamos con ese guiño que tiene el tiempo moderno, estamos siempre esperando que pase algo, cuando ya está pasando todo el rato. Kö está todo el rato, 'quiero vivir una aventura', pero la aventura ya va por más de la mitad. —Todo esto adornado con una profunda admiración y respeto hacia la naturaleza. —C.S.: No estaba en nuestra intención inicial, pero salió porque al final tú escribes con lo que sientes, y creo que eso lo sentimos los dos, pero nunca lo hemos hablado. —Salen los nombres de muchos animales y plantas que ya no existen, ¿cómo se documentaron? —A.O.: Empezamos investigando las fases de desarrollo de la tierra. Porque hubo un momento en el que mi madre cambió dos animales de orden y dije: «Mamá, has puesto a un animal que se extinguió 300 millones de años antes que al otro'. —C.S.: Él es súper sistemático. Lo detecta todo. Así que la documentación corrió más de su cuenta que de la mía. —A.O.: Bueno, ella dice sistemático, yo a veces creo que soy un poco quisquilloso, pero en este caso yo de pequeño tenía una obsesión muy fuerte con los dinosaurios, y eso también salió un poco en esta novela. —'Kö' es un libro infanto-juvenil, para mayores de 10 años, pero los adultos también pueden leerlo. ¿Es una lectura que pueden compartir padres e hijos? —A.O.: Yo soy un ferviente defensor de que una obra infantil que solo puede ser disfrutada por niños es una mala obra. Gran parte de la experiencia en literatura infantil es, como niño, compartir la experiencia con tus padres, que te lean la historia, o comentarla con ellos, una obra infantil debería ser accesible para todo el mundo. —C.S.: Eso también tiene que ver con nuestra historia, porque hemos compartido muchas historias. Desde chiquititos, primero les leía yo, luego leíamos en voz alta todos y era muy bonito, a veces hacíamos lecturas más teatrales. Simplemente nos íbamos turnando. Incluso ya de adolescentes. Por una cosa o por otra, ellos estuvieron siempre involucrados en el juego de la lectura y hemos compartido muchísimas historias mientras ellos han ido creciendo. Y ahora es bonito que compartamos la escritura también. —Hace unos días estuvieron en la Feria del Libro de Madrid, ¿cómo fue la experiencia? —A.O.: Mi primera Feria del Libro ha sido una experiencia muy chula. Ver a los niños iluminárseles los ojos al pararse un momento a mirar el libro y decir: 'Ay, ¡quiero este! ¡quiero este! ¡quiero este!'. La verdad es que ha sido muy entrañable y divertido. —C.S.: Además, la Feria del Libro de Madrid es maravillosa. Yo llevo viniendo décadas, pero es que es la mejor de España, con diferencia. —¿Qué la diferencia de otras? —C.S.: Sant Jordi es un día increíble porque no hay otra cosa igual en España, pero bordea la locura. Para nosotros es muy intenso y muy bonito porque es el encuentro con tus lectores, pero es demasiado multitudinario. Yo vivo todo el año de lo que me dicen en la Feria del Libro de Madrid y en Sant Jordi. Pero la Feria del Libro de Madrid tiene más cosas. Es una feria con casetas muy variadas, están los pequeños editores, y luego el sitio. Por favor, que no se lleven la Feria del Libro del Retiro. Es maravilloso, eso de comprar libros e irte al césped a leer, eso eso solo se puede hacer aquí. Y la duración, son tres fines de semana. En la Feria del Libro tienes para todos los gustos, si vienes el miércoles por la tarde, es todo para ti.
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Pocas cosas me gustan más que los cómics que reflexionan sobre el arte y, especialmente, si dicha reflexión ataca al corazón del arte de vanguardia; o, si se prefiere, al constructo comúnmente aceptado sobre el surgimiento de la abstracción en el arte y, por ende, al mismo concepto del arte contemporáneo. Este es el caso que nos ocupa. 'Hilma af Klint, la voz en el templo' (2026) es un cómic que acerca al lector a una de las figuras más sorprendentes del arte del siglo XX, ya que, en cierto modo, esta artista se adelanta en el tiempo al propio Kandinsky, pues produce cuadros plenamente abstractos en fechas anteriores al pintor ruso. Su figura es hoy incontestable. Sin ir más lejos, mientras escribo estas líneas, acaba de inaugurarse en el Grand Palais de París una muestra en la que se exhibe la colección completa de sus monumentales 'Pinturas del Templo' (1906-1915) , consideradas una de las obras fundacionales del arte abstracto. Pero lo que me resulta realmente fascinante es que esta misma autora afirmaba que estas pinturas eran un mensaje para el futuro. Un futuro poco menos que dictado por una suerte de entidades provenientes de otros planos espirituales que ella denominaba «altos maestros». Esto la conecta con una realidad más propia del siglo XIX, momento en que, en Occidente, la razón enferma de orientalismo, y rosacruces, teósofos y otras doctrinas de pensamiento que abogan por la existencia de otra realidad más allá de la sensible se ponen de moda en la vieja Europa. Son los años en los que videntes y espiritistas afirman acercar el más allá al más acá. Los años en que triunfan los pintores simbolistas, muchos de ellos con un pensamiento romántico cercano a lo irracional, cuajado de alegorías y misticismos. Lo cierto es que le tengo especial cariño a personajes tan contradictorios como Hilma af Klint. Me recuerdan que la «vanguardia» es igualmente un mito construido que ensalza lo que encaja y arrincona lo que no lo hace. Pero, metiéndome en harina, ¿qué es lo que hace única a esta versión de Hilma en viñetas? ¿Qué le ofrece al lector no pueda descubrir en cualquiera de los textos de los catálogos de exposiciones dedicados a la obra de esta singular creadora? Pues, en pocas palabras: mucho y bien narrado . Como suele suceder en estos casos, la visión de los artistas sobre cualquier tema —y los historietistas de este cómic lo son sin lugar a dudas— acostumbra a distar de la de los teóricos del arte. César Herce , el guionista, parte de una exhaustiva documentación y, simplemente, decide trascenderla de forma genial. Y así, acierta y aporta ese plus que hace de esta obra algo único y especial. Para afrontar un reto de estas características se hace, a mi juicio, la pregunta fundamental: «¿Cómo enfrenta Hilma sus miedos, sus contradicciones? ¿Cómo enfrenta el dolor en su vida? Hilma lo hace a través del arte». En las páginas de este cómic, compara a Hilma con otras mujeres creadoras, como Georgiana Houghton , una médium británica nacida en las Islas Canarias que, en fechas tan tempranas como 1861, comienza a producir dibujos plenamente abstractos en sesiones espiritistas, en las que los espíritus guiaban sus manos. ¿Su razón? El dolor. ¿Su motivación? Contactar con una hermana muy querida fallecida en 1851. También nombra otros casos similares posteriores a Hilma, como Josefa Tolrà i Abril , médium y dibujante que, hundida por la pérdida de sus tres hijos, comienza a dibujar a los 60 años, escuchando voces y vislumbrando seres ingrávidos entre flujos de energía astral. Entre 1942 y 1959, año de su muerte, realiza casi un centenar de dibujos y, respecto a si son o no obras de arte, prefiero evitar el debate y zanjar la cuestión haciendo notar que esa es, al menos, la opinión de los responsables de uno de nuestros grandes museos, ya que llegan a exponerse en el Museo Reina Sofía junto a otros autores relacionados con el arte brut. Herce acierta de pleno porque decide tocar temas tan apasionantes como el «arte como terapia (o autoterapia)» y «la genialidad como un estado leve de locura», cuyos ejemplos más conocidos serían pintores como William Blake o Yayoi Kusama. Por último, a modo de síntesis hegeliana, Herce resuelve con eficacia las contradicciones del personaje, ofreciendo las respuestas que Hilma buscó toda su vida sobre su arte; respuestas que, evidentemente, son mucho más sencillas vistas desde la actualidad que forjadas día a día —el reto de todo creador que se precie—. No existen atajos para ello y el proceso es siempre doloroso. El creador ha de cuestionarse a sí mismo , mirando con fe, pero también con incertidumbre, hacia el porvenir. El trabajo de Manuel Romero en el apartado gráfico es igual de complejo, y lo resuelve con sorprendente maestría. Los museos han elevado las Pinturas del Templo de Hilma y el resto de sus cuadros y dibujos abstractos a la categoría de iconos de la modernidad. Pero han relegado (por no decir ignorado) toda su obra pictórica figurativa, incluyendo sus composiciones más clásicas, y lo cierto es que Hilma era una excelente pintora académica. Su obra, como su persona, tenía un pie en el pasado y otro en el futuro, en la tradición y en la modernidad. Era una mujer preocupada por la ciencia y los descubrimientos científicos y, a la vez, una firme convencida de otra serie de cosas que hoy tildaríamos de seudociencia o superchería. Hilma es quizá la perfecta representante del momento en que le tocó vivir, donde la vanguardia era aún para unos pocos y se mezclaba y confundía con una tradición que aún latía con fuerza. Romero consigue una especie de fusión entre ambos mundos aparentemente irreconciliables. Los grafismos más modernos conviven con los más clásicos. Las formas puras y geométricas se mezclan con las simbólicas y las alegóricas. Y, por si todo eso fuera poco, utiliza de manera magistral el color para marcar las transiciones entre lo que hay en este mundo y esas otras realidades que a Hilma le eran tan cercanas. El resultado: un todo orgánico en el que cada elemento parece encajar con el que tiene a su lado, por diverso que sea, sin perder ni traicionar el peculiar grafismo al que el historietista nos tiene acostumbrados. Cuando oí hablar por primera vez de este proyecto, pensé para mis adentros: «Va a ser difícil que supere el grafismo de Goya Saturnalia , su cómic anterior», y me gustaría reconocer públicamente que no podía estar más errado. 'Hilma af Klint, la voz en el templo' es, para mí, desde ya, uno de los cómics del año.
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Títulos tan perfecta y prolijamente insertados dentro de la tradición británica como 'Metroland' (la novela generacional y de iniciación), el díptico 'Hablando del asunto' y 'Amor, etcétera' (la novela de parejas disfuncionales), 'Inglaterra, Inglaterra' (la novela satírica), 'Arthur & George' y 'El ruido del tiempo' (la novela histórica), 'El puercoespín' (la novela «extranjera» y alegórica) o la crepuscular y ganadora del Booker 'El sentido de un final' y 'La única historia' o 'Mirando al sol' (la novela íntimo-modernista à la Ford Madox Ford y E. M. Forster), hacen olvidar a menudo que Julian Barnes seguramente sea el autor más audaz en lo formal dentro de su camada literaria. A pesar de ese look donde parecen confluir rasgos de Bloomsbury y Carnaby Street, Barnes –mucho más que Martin Amis, Ian McEwan o Salman Rushdie– ha sido siempre un buscador de nuevos horizontes y un experto manipulador de estructuras atómicas y atomizadas. Dan buena y excelente cuenta de ello volúmenes de relatos unidos por un mismo tema o sentimiento ('Al otro lado del canal', 'La mesa limón', 'Pulso'), reflexiones sobre temas universales desde lo íntimo ('Nada que temer', 'Niveles de vida', 'Elizabeth Finch' y ese reciente adiós a casi todo que es 'Despedidas' , así como novelas «diferentes» –tal vez entre lo mejor de su obra– como 'La historia del mundo en diez capítulos y medio' y, muy especialmente, la en su momento consagratoria 'El loro de Flaubert', que convirtió a Barnes en el más francés de los escritores británicos. Sumarle a todo lo anterior crónicas de viajes, apuntes gastronómicos y esa joya biográfica que es 'El hombre de la bata roja'. Un premio principesco ahora celebra y agradece todo eso y no hace cosa que poner en evidencia para todos aquello que quienes lo seguimos desde sus inicios y los nuestros ya sabíamos: el premio para todo lector siempre fue Julian Barnes y ahora se lo ha ganado el Princesa de Asturias. Mis felicitaciones y agradecimiento para ambos.
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El pasado martes 8 de junio, un Olavide Bar de libros en Madrid lleno hasta la bandera sirvió como un lugar de encuentro y celebración de la cultura periodística rioplatense. Allí se presentó ' Diez veces Sábat' , un libro escrito por la periodista Diana Baccaro y editado por el diario Clarín como parte de la celebración de sus 80 años, dedicado a explorar la profunda huella que dejó el artista y periodista Hermenegildo «Menchi» Sábat . El evento, que reunió a un panel de lujo compuesto por el editor general de Clarín, Ricardo Kirschbaum , quien se encargó de la presentación; el periodista Juan Cruz , quien hizo de maestro de ceremonias; por supuesto, la autora del libro Diana Baccaro; y los ilustradores Manuel Álvarez Junco y Agustín Sciammarella . Se transformó rápidamente en un viaje íntimo hacia la redacción de otra época y, sobre todo, hacia la mente de un hombre que relató la historia argentina sin pronunciar una sola palabra. El título de la obra no es casual. Como explicó Diana Baccaro, a lo largo de su investigación buscó desentrañar a todos los «Sábat» que convivían dentro de Hermenegildo: el maestro, el fotógrafo, el poeta, el pintor, el editor y el músico. Sin embargo, hubo una faceta que se erigió por encima del resto. Cuando debía llenar las planillas de registro en los hoteles, ante la pregunta por su profesión, Sábat escribía: «soy demócrata ». Baccaro fue contundente al definir este rasgo rector: «Pudo haber sido el mejor caricaturista, el mejor músico, fotógrafo etc. pero sobre todo él fue un demócrata». Esa convicción se traducía en su inquebrantable distancia con los gobiernos de turno, bajo la premisa de que cuanto más lejos estuviera del poder, más libertad tendría para ejercer como el editorialista gráfico que era. Sábat, nacido en Montevideo, cruzó el Río de la Plata en 1966 para instalarse en Argentina con una regla de conducta que mantuvo hasta el final de sus días. Decidió no usar palabras en sus viñetas. Según citó la autora del libro, Sábat justificaba esta elección con una frase brillante: «En un país donde todo el mundo se pelea por las palabras, yo quiero pelearme por las ideas». Su gran inspiración para esto fue Charles Chaplin , convencido de que si él había logrado hacer reír al mundo entero desde el cine mudo, Sábat también podía «hacer sonreír al lector sin una palabra». Precisamente, este silencio fue su arma más poderosa frente a los momentos más oscuros de la historia argentina. La presentación recordó cómo, aprovechando la celebración del Mundial 78, tuvo la valentía de caricaturizar a la Junta Militar . Su trazo, por supuesto, tampoco se arrugó en tiempos de democracia. Durante el gobierno de Cristina Kirchner , Sábat fue duramente atacado tras publicar en 2008 un dibujo de la entonces presidenta con la boca vendada, y cuatro años después, otro con un ojo morado. Mientras desde el poder lo acusaban de mensajes mafiosos o machistas, sus compañeras de redacción se unieron para tomarse una foto arropándolo, sabiendo que Sábat siempre había sido un caballero que respetaba profundamente a las mujeres y que, en el lenguaje del humor gráfico , el golpe en el ojo representaba una metáfora política muy distinta. Durante la charla, los invitados profundizaron en el agudo método de observación del maestro. Sciammarella matizó que Sábat no buscaba la risa fácil, sino que realizaba una lectura profunda de la realidad, traduciendo de forma impecable la psicología y el carácter de los personajes al papel. En sintonía con esto, Álvarez destacó la imponente presencia y la «esculturalidad» de sus figuras, explicando que el objetivo profundo del caricaturista era «modificar el monolito» del poder. Como ejemplo de esta desfachatez, recordó su genialidad de retratar a «Perón en pantuflas», un detalle que lograba aportarle un «toque doméstico» terrenal a un líder intocable. Por su parte, Baccaro rescató una de las máximas del artista: «Yo me gano la vida mirando caras». Según detalló la autora, Sábat escrutaba a las personas casi como un policía para «sacar el ADN de adentro», bajo la preciosa premisa de que podía «dibujar veinte veces la misma cara, pero nunca el mismo gesto». También contó que, curiosamente, donde él se sentía verdaderamente libre era ante el lienzo , aunque la pintura le supusiera un desafío colosal, similar a plantarse ante una «línea de toros» desde la primera hasta la última pincelada. Esa misma audacia creativa la trasladaba a sus clases. Manuel Álvarez también relató que en su faceta de maestro obligaba a sus alumnos a «poner todo boca abajo» para forzarlos a mirar el arte desde una perspectiva radicalmente diferente. El propósito real detrás de este ejercicio lo aclaró Baccaro: se trataba simplemente de que los estudiantes lograran «perderle el respeto» a gigantes como Picasso para poder empezar a crear desde cero. La crónica del evento en Madrid dejó flotando en el aire la imagen del hombre de redacción . Ese señor que, mientras los semáforos cambiaban de color, chocaba ligeramente su coche porque su mente ya iba dibujando la viñeta del día. El mismo que llegaba a las oficinas de Clarín de traje, corbata, boina y con las manos detrás de la cintura, saludando a sus compañeros con un humilde «¿cómo va el baile?» antes de sentarse a hacer magia. «Diez veces Sábat» no solo celebra a un artista que publicó desde los 12 años y cuya iconografía ya es la memoria colectiva de Argentina. Celebra a un hombre que abrazó a las leyendas —desde Gardel a Troilo, desde Mozart al Jazz— en un estudio pequeñito empapelado de sus ídolos, y que, con los dedos manchados de pintura, demostró que la elegancia y la ética jamás se negocian.