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Terrazas del Rodeo

ABC - Libros

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  • En un desván de un pueblo del norte del estado de Nueva York se hallaba un testimonio transatlántico que llevaba más de un siglo empolvado, esperando a ser contado. 'Viajeras bostonianas: diarios de un viaje por España' de Anna Parker Dixwell (Siruela ) desentierra las aventuras de la pintora con sus amigas por la España del siglo XIX. Conforma la fascinación del relato viajero con el valor de la recuperación histórica de la voz femenina. «Que en ese siglo unas mujeres acomodadas de Boston viajen sin tutela masculina por la España de esa época es algo insólito, sobre todo por el hecho de ser mujer», enfatiza Cristina Morales , lectora de cultura hispánica en el Bates College. Junto a Cristina Doménech , historiadora del arte, encontraron el diario cuando estaban investigando por la zona. Concebido como 'scrapbook' ( álbum de recortes ), es mucho más que texto: un álbum ilustrado que incluye bocetos a lápiz, flores prensadas y hasta billetes de carruaje. «Estas mujeres vienen de Estados Unidos, un país que se está formando en ese momento. Hace apenas 20 años terminó la guerra de Secesión. Entonces, el americano está buscando sus orígenes y su historia. Y estas cuatro mujeres buscan eso, lo que quizá consideran que les falta en Estados Unidos », introduce Morales. El Boston de la protagonista era la ciudad más desarrollada económica e intelectualmente del país, con lo que todas las viajeras son de familias progresistas y acomodadas. Pertenecen a los 'Boston Brahmins', descendientes de los primeros colonos puritanos que fueron a bordo del Mayflower –el velero que los llevó allá por el 1620–. Anna Parker Dixwell es la líder del grupo. Aunque estudió bajo la tutela de William Morris Hunt , pintor perteneciente a una de las más prominentes familias del arte norteamericano, se desconoce el paradero de sus cuadros. Su preparación y curiosidad cultural es impecable, la mueve el ímpetu de presenciar el «pasado glorioso del que ella quiere formar parte». Junto a Annie Cabot Putnam y su hermano el doctor Charles Putnam , cuya historia familiar se remonta a los padres fundadores de Estados Unidos , las viajeras hacen la primera incursión en nuestra península el 16 de septiembre de 1880 . Entrando por Cataluña, priorizaron la costa mediterránea y Andalucía, ya que su gran meta era Granada, inspiradas por 'Cuentos de la Alhambra' de Washington Irving. En un punto del trayecto, Charles se marcha y es sustituido por Madeline Yale Wynne , su cuñada. Originaria de Newport (NY), ese lugar donde veraneaban las clases altas de finales del siglo XIX, su familia fundó la archiconocida Universidad de Yale . Su relación con Annie floreció en España, principalmente. Ellas eran lo que se llamaba 'matrimonios bostonianos' , «formados por mujeres de clase social acomodada y artistas que compartían afectos, proyecto de vida y finanzas bajo el velo de una amistad 'respetable'», definen Morales y Doménech en el prólogo. Juntas, desarrollaron varios proyectos enfocados a las causas sociales y a cubrir necesidades, entre los que destaca el de Hull House. El segundo viaje tuvo lugar en la primavera de 1881 , al que se sumaron Lucy Washburn, la mujer de Charles Putnam, y la conocida pintora y colaboradora de Parker Dixwell, Lizzie Lyman Boot . Tanto Boot como su padre eran muy amigos del escritor Henry James , de quien se dice que se inspiró en ellos para 'Retrato de una dama', una de las obras cumbres de la literatura norteamericana. Los escritos de Dixwell desmitifican el canon masculino del 'Grand Tour' , el precedente del turismo en clave aristócrata, que hacían autores románticos como Lord Byron con su 'Childe Harold'. Por eso mismo, Doménech esclarece cómo la literatura de viajes que se hacía sobre España era «muy orientalista, estereotipada y condescendiente, en parte gracias a la leyenda negra y todos esos prejuicios que se venían acumulando a lo largo de los tiempos». Ellas sabían bien lo que querían ver, « visitan España en calidad de profesionales del arte », afirman las editoras. «Hice bocetos y estudié bien a Tiziano, ¡Carlos V a caballo! Esta pintura, en mi opinión, es la primera en la categoría de retratos ecuestres. ¿Describirla? No, no soy tan impertinente ni osada para hacerlo, pero reverenciar al genio que la pintó, ¡desde luego!» Se relacionan con Emilia Gayangos de Riaño , intelectual y traductora: «La señorita Riaño me dijo: 'Señorita Dixwell, cuando una mujer trabaja en su país no es extraño, pero una mujer española que trabaja es algo excepcional'». Ella era la madre de Juan Riaño y Gayangos , el embajador que no solo contribuyó a la cultura hispánica en el país norteamericano, sino que también negoció la paz con ellos en la guerra de Cuba . Morales verifica cómo esto «da una idea del entramado de contactos y de la élite intelectual del momento en España, siendo las relaciones con EE.UU bastante de igual a igual». Su mirada está libre de condescendencia, hasta critican el colonialismo británico, especialmente cuando van a Gibraltar . No solo se adaptan a nuestras costumbres, como cuando llevan mantilla en el tranvía como el resto de españolas, sino que su respeto por nuestra religión es máximo. Así se evidencia cuando van a la Catedral de Sevilla y ven las reliquias: «Había un clérigo inglés protestante entre los visitantes que no se arrodilló como debía, el sacerdote católico lo reprendió con vehemencia y las reliquias se mantuvieron ocultas hasta que no abandonó la capilla y cerraron la puerta a su paso. A los demás nos preguntaron y fue entonces cuando vimos la más maravillosa muestra de la riqueza y el esplendor del pasado español». «Estas mujeres son pioneras de lo que va a venir luego, como la creación de la Residencia de Señoritas », resume Morales. Y es que este descubrimiento le da un lavado de cara a las relaciones transatlánticas entre ambos países, trascendental si miramos con lupa los paradójicos tiempos actuales.
  • La cita con Camilla Läckberg (Fjällbacka, 1974) es en el Hotel Wellington de Madrid: el lugar importa, como la escena del crimen. La escritora llega, posa para las fotos y empieza a reír. «Es tan divertido hablar de crímenes», dice. Y después: «Mi marido y yo nos turnamos con nuestras obsesiones: yo hago como que me interesan los coches y él como que le interesan los true crime», suelta, con otra carcajada. Gasta un inglés británico, aunque toma café y usa snus y en la literatura no le gusta salir de Suecia. Läckberg lleva un cuarto de siglo en la cima del noir y de las listas de ventas, que conquistó con su primera novela, 'La princesa de hielo'. Ahora publica 'El llanto de los muertos' (Planeta), la duodécima entrega de la serie que inauguró entonces, y que está protagonizada por el policía Patrik Hedström y la escritora Erica Falck, con la que está casado. «Llevaba unos años lejos de aquí, pero ha sido como encontrarse con dos viejos amigos», explica. En todo este tiempo, continúa, no ha cambiado su proceso de escritura. «Debería decir que sí, pero no es así: no soy buena con los cambios. Escribo como escribí en su día 'La princesa de hielo'. Diría que es un método de princesa del caos [y ríe]. No tengo notas ni esquemas, no uso pósits, empiezo a escribir desde el principio y no tengo ni idea de lo que va a pasar después. He escuchado que Stephen King hace lo mismo que yo, y eso me alivia. Por lo visto los escritores se dividen entre los que planifican y usan mapa y los que no. Nosotros somos de los segundos. Es un proceso incómodo, casi doloroso, porque hay un punto en el que te preguntas: ¿esto se va a convertir en un libro de verdad?, ¿voy a poder unir todo esto? Pero al mismo tiempo es una manera muy divertida de escribir». Y continúa: «Por ejemplo, yo nunca planeé escribir mi primera novela con dos líneas temporales, simplemente me encontré ese recurso y descubrí que disfruto mucho de esta técnica. Me resulta difícil explicar un asesinato mirando solo al presente, no creo que se pueda: hace falta ir atrás en el tiempo para entender un crimen. Y de alguna forma eso se ha convertido en mi sello personal. En 'La bruja' retrocedí hasta el siglo XVIII para explicar un asesinato en el presente: es lo más lejos que he llegado. En esta novela solo me fui hasta mi adolescencia, así que no tuve que documentarme tanto, simplemente pensaba: ¿qué demonios llevaba puesto entonces?, ¿cómo llevaba el pelo?, ¿qué música escuchaba? Ha sido muy divertido». La faja del libro nos dice dos cosas: que Läckberg tiene más de cuarenta millones de lectores en sesenta países y que nadie mata mejor que ella. De lo primero dice: «Como escritora soy egoísta, yo no escribo para el mercado ni para el público, escribo para una sola lectora, que soy yo. Por lo visto, tengo el mismo gusto que millones de personas, y eso es una suerte». ¿Y qué hay de lo segundo? «Es el mejor piropo que me pueden echar. Me encanta matar personajes, y matarlos bien». ¿Tiene asesores en la Policía? «Al principio tenía un asesor en el cuerpo. Luego me casé con un policía, así que pude prescindir de él. Y luego me divorcié, así que tuve que volver a recurrir al asesor. Pero al final, la verdad es que tengo mucho conocimiento sobre el trabajo policial, además de una obsesión con el análisis forense. Llevo obsesionada con los crímenes desde los cuatro años. De niña leía todo sobre crímenes reales, veía documentales de 'true crime' en la televisión. Probablemente he visto todos los que se han hecho hasta ahora». —¿Por qué son tan entretenidos los crímenes? —Creo que tiene que ver con la condición humana: siempre hemos disfrutado de asustarnos en circunstancias seguras. Creo que los 'true crime' o las novelas negras son el equivalente moderno a las historias de fantasmas que se contaban hace siglos alrededor del fuego. Hablamos de crímenes porque hablamos de lo que tenemos miedo: violadores, asesinos, criminales, terroristas. Ahora tenemos miedo a estas realidades. Pero a la vez nos gusta experimentar algo de ese miedo de forma segura, en casa. Eso es lo entretenido. —Por cierto, ¿se ha planteado escribir 'true crime'? —Hice un podcast hace dos años sobre un caso muy conocido en Suecia de los años ochenta: la desaparición de Johan Asplund. Yo, por casualidad, conocía a sus padres. Aparentemente, el primer sospechoso del asesinato del niño era un exnovio de la madre, que la acosaba. Sin embargo, el único asesino en serie de Suecia dijo que había sido él quien había asesinado al niño. Los padres del niño decían que no era posible. Y después, haciendo investigaciones, pues se reveló que este asesino en serie se había autoasignado a una serie de asesinatos que en realidad no había perpetrado a cambio de pastillas… Fue un trabajo interesante. Me permitió como devolverle la vida y la dignidad a este niño, porque yo creo que uno de los problemas que tenemos con los true crime es que a menudo se centran mucho en la vida y en las experiencias de los asesinos, cuando en realidad el foco tendría que estar en las víctimas. Eso fue lo que intenté hacer yo.
  • En la tierra hay bosques tupidos, y ríos, y montañas, y senderos llenos de abrojos. Y al final de la tierra se encuentra el mar que vamos a cruzar pronto. Y al final del mar se encuentra Jerusalén. No tenemos jefes ni guías. Pero todos los caminos son buenos para nosotros. (Marcel Schwob). El fragor de las hojas secas, decía siempre el padre Alén. El fragor de las hojas en el otoño, cuando los árboles se deshacen y los jardines se deshacen y el suelo se llena de marrón y todo cruje, como si estuviera recién hecho, y el suelo se separa un poco más del cielo. Es un ruido espantoso. Poco sabían, fuera del secreto, qué quería decir el padre Alén con eso, pero el padre Alén era un viejo temible de sonrisa gastada que casi nunca hablaba en vano, aunque a veces sí, y que se comunicaba con los demás con aspereza, confiriéndoles así existencia. El otoño es un espanto en cualquier sitio y en Gabaón más, aseguraba con esa voz raída que era también tos; en este lugar sin lugar cuya realidad toca recordarle a Dios de vez en cuando. El padre Alén temía el otoño de un modo irracional. Todo el mundo teme el otoño, decía, cada uno a su manera. Todo el mundo sabe que lo siguiente es la muerte. Gabaón, con sus cincuenta fuegos largos, era un rincón apartado incluso para el norte del país, aunque una cosa es Gabaón pueblo, más grande antes que ahora, y otra Gabaón colegio, u orfelinato, según, o Gabaón seminario –ya no–, o Gabaón monasterio. En realidad, se llamaba Colegio de la Estricta Observancia de Gabaón, sin una gota de cisterciense. Todos le decían Gabaón, Gabaón sólo, así era más corto y se entendía de sobra, y tampoco es que en el pueblo hubiera más cosas que destacar, algún pecado venial, bosques de castaños y robles, casas un día coloridas, adoquines fuera de lugar, descalzados, invadidos de hierba, restos de fuentes adventicias (el pasado es un lugar), mucho musgo, indistinguible ya de la piedra, y un bar celeste apagado que al atardecer se llenaba de pescadores. En Gabaón colegio, por su lado, se practicaba la religión verdadera, no la de ahora, la buena, la que acomoda sus usos a las verdades de Dios, que sólo cambian si él lo hace –Dios no está del mismo humor siempre– y en lo demás es flexible. El gran edificio de piedra, al borde de un cortado que moría donde nace el mar, exhibía una falsa robustez que, una vez superada, tornaba en falsa hospitalidad: cuando a alguien le daba por contemplar el mar durante más de dos minutos, le apetecía tirarse a las rocas. No era que el muro de granito espantara las visitas. Tampoco que la suavidad de tonos buscara engañar a nadie, aunque hacerlo lo hacía, cosas de las energías. Aquellos matices y formas, aquellos volúmenes que se fingían amables, admitían a los de siempre y a ellos sólo, a los que vivían allí, a los que estaban ya dentro. El edificio principal, que debería haber sido del granito de las casas y del propio muro, era de sillarejo enjalbegado con forjado de madera; de paredes, por tanto, sólidas, blancas casi, con refuerzos de piedra en las esquinas y rebordes para enmarcar los vanos y los balcones mismos, aunque pocos daban afuera y los que aún lo hacían raramente se abrían si no encaraban el patio o el jardín trasero, recogidos en molduras de castaño viejo, con un gran blasón familiar, a saber de qué familia, en la fachada lateral de poniente, de tamaño grande, dos leones, uno a cada lado, así, por si alguno se moría, todo de antes de la guerra, de cuando la Reforma General, y una cruz grande, pero no muy grande, de granito también, justo a la entrada, tan tosca y contrarreformista que se diría recién robada del camino. Así que Gabaón colegio era una de esas fincas de las órdenes de antes, de cuando las cosas marchaban, pero lo era de un modo inexacto, casi recordado. Todo era distinto allí, difícil de razonar; todo estaba un poco del revés, un poco boca abajo y un poco patas arriba, aunque, pasado el susto, se trataba de un colegio normal, con niños aburridos y gritones, pobres en general, de rodillas peladas, huesudas. Nadie recordaba por qué monjas y no curas se ocupaban de un colegio de niños y no niñas, y por qué tantas. Gabaón era grande, el huerto exigía atención y allí no paraban los hombres, como eran grandes el jardín y hasta el invernadero, donde las hermanas cultivaban hierbas raras y flores amenazantes. Así era todo en Gabaón, que seguía sus propias reglas; hasta cuando fue seminario estuvo lleno de mujeres, con los inevitables accidentes, nunca tantas como ahora, sesenta y una en total, pululantes y llenas de propósito. Y dos curas indolentes para seguirles el paso, tal vez uno si el padre Solitude se marchaba de viaje, lo que sucedía a menudo. Y el enjuto y vertical padre Alén para gobernarlos a todos, con su voz de rallador de pan y sólo Dios por encima. Y una niña endemoniada encerrada en una habitación sin ventanas, arriba, donde nadie pisa ni respira si el padre Alén no quiere. En la parte de atrás del edificio. En el lado norte. Al final del pasillo. En el cuarto piso. Donde ni las enredaderas llegan. A veces me siento ir, no sé cómo decirlo, me siento como desaparecer, así, patapum, desaparecí, pero eso es lo normal, me parece a mí, o por lo menos me pasa muchas veces, por dormir poco será, por eso y porque sí, te lo digo yo, o a lo mejor es por los vacíos, porque a veces tengo vacíos, no sé si lo he dicho ya, como todo el mundo será, supongo que no seré yo sola, y el padre Alén me dijo un día que es normal, que eso es lo normal, me dijo, y siempre me dice que no tengo que preocuparme por nada, que los vacíos son normales, dice, y luego me dice que si he soñado algo raro y yo le digo que sí, pero porque siempre sueño cosas, y luego me dice que si necesito algo y yo le digo que no, y luego se va y me deja sola y le da dos vueltas a la llave, clac, clac, que las cuento yo siempre, clac, clac, y a veces se queda un rato largo y, si se queda, pues se sienta en la silla del rincón y ya, que ya sé perfectamente que no se dice silla, que no es una silla silla, es otra cosa, porque es blanda, y entonces cuando es blanda pues no es silla, y se queda allí como si no tenía prisa, mirándome el vestido y todo, y a mí no me importa nada que el padre me miraría el vestido, ni tampoco sor Adriana, que a veces se llama madre Adriana y a veces hermana Adriana, porque se puede decir de muchas formas, ni me importa que me miraría la madre superiora, que yo creo que es la madre superiora porque está llena de arrugas, ni tampoco el médico, que a veces viene y se queda un rato largo. Y eso. Y, ahora que lo pienso, no sé si la madre superiora es la madre superiora, porque igual es sólo que es muy vieja y entonces la llamo así porque parece una madre superiora, pero siempre pone caras cuando se lo digo, caras de torcer la boca, digo, aunque la tiene torcida ya, por las arrugas será, que la tirarán de un lado, o a lo mejor porque no oye bien, o a lo mejor porque no dice nada y ya, como si estaría seria, que a veces oyes perfectamente y no dices nada pero porque no quieres, o a lo mejor resulta, porque a veces pasan esas cosas, que ni siquiera es monja monja y es sólo una señora disfrazada, ¿te imaginas? Yo sí. Y a veces me da por pensar que la madre superiora es una tortuga que tiene como mil años. Y a veces oigo a los niños al otro lado de la pared como si estarían muy lejos, y ya sé yo que son niños porque gritan como locos, que a mí no me la dan, que yo también soy niño, niña, vamos, así a lo loco gritan, cuando salen al recreo, te lo digo yo, o cuando salen a jugar a la pelota aunque no hay recreo, que a veces se puede jugar a la pelota porque te lo dicen, no porque hace falta, por ejemplo en gimnasia. Y la he dicho a la madre superiora, que no sé si es la madre superiora, que por qué no me pone mejor en una habitación con ventana, pero, como ella nunca dice cosas, pues no me ha contestado y ya, y se lo he dicho al padre Alén, que es el que manda, que me ha dicho que de ventana nada, por mi bien, que es para que no me dé por saltar cuando me agarran los vacíos, dice, por si me quedo mirando el mar, dice, que tiene mucho peligro, niña, y yo no creo que me daría por saltar, la verdad, yo creo que me quedaría mirando sólo, que seguro que el mar es muy bonito y a lo mejor es tan bonito que me quedo así, tonta, pero sin saltar ni nada, porque a veces me lo imagino bien y, no sé por qué será, pero entonces venga a sudar, venga a sudar, pero a lo frío, y es como si había vivido dentro del mar siempre. Y en mi pueblo no hay mar ni hay nada, que en mi pueblo hay un castillo, pero es un castillo de esos que sólo se sabe que es castillo porque te lo dicen, porque ya casi no queda, o porque está muy alto, que es lo que le pasa al de mi pueblo, que está en lo alto de Orate, que es como se llama el pueblo, Orate, y el castillo no sé cómo se llama, castillo, digo yo siempre, que está bien alto y ya casi no le quedan piedras, pero algunas sí, y si te dicen que son de otra cosa pues te lo crees, y el castillo se ve muy bien desde la plaza y se le ve desde más sitios, pero desde la plaza es desde donde mejor se le ve, te lo digo yo, porque desde la plaza da como la pinta que es un cuadro o algo, allí arriba, como mandando al pueblo, sobre todo por la tarde, con el sol y eso, cuando todo es tan bonito tan bonito tan bonito tan bonito que lo que más te apetece del mundo es salir corriendo. Y una vez vino un retratista de la capital, que no fueron a buscarle ni nada, te lo digo yo, que vino él porque quiso, y le sacó un retrato ahí mismo, ¡zas!, al castillo, digo, y el retratista se quedó un rato ahí parado, allí, como esperando, y luego, ¡zas!, salió en el periódico, que no me lo han dicho ni nada, que lo vi yo con estos ojos, al día siguiente, digo, que me lo dijo Agapito, el de la farmacia, en la farmacia justo, y luego me dijo que iría con él a la parte de atrás, donde guarda los mentoles y las aspirinas, que hay más farmacia por detrás que por delante, y que me quedaría bien quieta, y quedaba muy bien el castillo en el periódico, aunque se me manchaban los dedos, por la tinta sería, que no sé por qué no la secarán antes, negros se me quedaron de agarrar tan fuerte el periódico, como si me le irían a quitar le agarraba, y Agapito me dijo que ya estaba, y a mí me dio como orgullo que salía mi pueblo en el periódico. Y en Eresma, que es la capital de Eresma, que también es provincia y es río porque hay cosas que pueden ser muchas cosas, no hay mar ni hay nada, no sé si lo he dicho ya, yo creo que no, en toda la provincia, digo, aunque en Eresma sólo he estado una vez que yo sepa, o a lo mejor dos, y me parece que allí había romanos, pero antes antes, o a saber, igual hay romanos ahora, que esas cosas no se saben, esas cosas no están claras nunca, que tampoco es que he ido tanto a Eresma, que es la capital de Eresma, no sé si lo he dicho ya, sólo una vez o dos he ido, y no habría visto romanos aunque me habría fijado, porque para ver romanos hay que tener mucha suerte y saber bien cómo visten, y yo iba a acompañar a padre a un recado, que no me dijo cuál era, algo del ayuntamiento. Y padre me compró un gorro, un gorro la mar de fino, te lo digo yo, si no la decía nada a madre, si no la dices nada, me dijo, si no la cuentas nada, te le compro, y hasta me dijo que igual, si era buena buena buena buena, me compraba otro otro día, y luego me dejó donde la plaza, ahí tirada, tan pancha, y me dijo que volvía a las tres o así, me dijo, sobre las tres o así vuelvo, y, como no tengo reloj ni nada, pues tenía que preguntarle a todo el mundo, porque el reloj de la iglesia no sé leerle bien, a gente distinta, digo, porque no se puede preguntar a los mismos siempre. Se cansan. Y luego padre volvió como a las cuatro, que menudo es padre, oliendo a vino y a torrija volvió, más flojo que antes, pero como yo ya tenía el gorro y a lo mejor un día me compraba otro y en Orate hace un frío que pela, pues yo tan contenta, que lo mismo me daba a mí que serían las cuatro que las tres, que el gorro al final era el mismo, aunque es más sombrero que gorro, te lo digo yo, más de fieltro que de lana, que me daba como una vuelta por delante y a ver qué me decía madre cuando me le veía en la cabeza y veía que no era gorro, tan contenta como estaba yo, y padre más, con la cara bien roja los dos. Y entonces todo era normal o casi, no como ahora, normal en general, digo, porque antes todo era lo mismo, te lo digo yo, lo mismo para todos más o menos, y no me imaginaba yo, ni padre ni madre ni el cura ni nadie, que iba a acabar aquí, patapam, en este cuarto sola, que no te digo que es malo, que aquí me tratan muy bien, que es un cuarto de los buenos. Más bonito, si te fijas, que el de Orate, que es tirando a chiquitujo. Pero ojalá me dejarían ver el mar, porque me han dicho que el mar está justo donde el suelo, no justo, pero bastante a mano, más abajo si se quiere que el colegio, que a lo mejor es un poco castillo también y, si le da la gana, llega donde moja, justo ahí, y allí ya no hay ruido ni hay nada, detrás del humo, digo, el que se te mete en la cabeza, digo, no sé cómo explicarlo, que es más como ceniza blanda, no sé cómo decirlo bien, que es como cuando te pintan la cabeza por dentro sin pedirte permiso ni nada. Así que el mar está ahí abajo, que es lo que estaba diciendo, que esas cosas se notan muy bien, sobre todo en la cabeza. Y a veces, por la noche, si te pegas bien a la pared y te quedas muy muy quieta, suena.
  • Lezama Lima llegó a convertirse en un escritor y un animador cultural de referencia en Cuba y en todo el ámbito de nuestra lengua. Ahora que estamos a punto de conmemorar los 100 años del acto fundacional de la Generación del 27 , Lezama fue el 27 de la otra orilla, el gongorino capaz de dar a Góngora una dimensión transcendente, como hizo Sor Juana, el barroco cuyo uso de la metáfora no fue meramente formal, ni desembocó en la pesadilla surrealista sino en lo metafísico y en lo hermético, en lo religioso y un sistema estético que encerraba una compleja y fascinante visión del mundo. Para Lezama la imagen era el terreno donde la realidad manifestaba su más alta expresión, pero en verdad lo que él quiso hacer es un mundo a la medida de la poesía, inventar el sistema poético del mundo, su nueva sintaxis. Pero, ¿quién fue Lezama? ¿Es Lezama el creador a través del cual explicar la Cuba de su tiempo? A esas preguntas ha tratado de responder Ernesto Hernández Busto al escribir la más completa y documentada biografía que tenemos del escritor cubano. Concebida y organizada en tres volúmenes, en las librerías se encuentran ya dos de ellos: ' Años de formación (1910-1939) ', donde se analizan aspectos genealógicos y de linaje junto a la idea de la «invención de Cuba» como país, la infancia marcada por la enfermedad, la muerte del padre, el hecho de ser hijo único (como lo fue Borges), el papel de Baldomera, la nodriza española, sus primeros pasos como escritor y la relación con figuras del exilio como María Zambrano . Y, junto a este, el segundo volumen que acaba de aparecer hace unos meses con el título 'Años de fundación (1939-1959)'. Todos ellos publicados por Pre-Textos. Para Hernández Busto la literatura biográfica es un crisol de psicología, documentación, y sobre todo, el diálogo entre lo individual y lo histórico. En estos veinte años que se retratan en 'Años de fundación', Lezama crea revistas, escribe gran parte de su obra poética y ensayística, comienza 'Paradiso' y , sobre todo, convierte la literatura en una forma de soberanía frente a la degradación política de su país. Pero son también dos décadas en las que Cuba pasa de las promesas democráticas al golpe de Estado y, finalmente, a la insurrección castrista . A ambos procesos se presta atención, quizá porque ambos forman parte de la misma vivencia: la de la historia y la de un hombre, o una generación, en esa historia. Frente al deterioro de la política y la sociedad cubanas de los 40 y 50, donde campan a sus anchas el clientelismo y la violencia, Lezama crea una trinchera estética, la de su torre de marfil, una manera de resistencia cultural. Transforma el desencanto en retiro y baluarte ético, lo que en él quiere decir que la poesía debía ser la transformadora profunda de la realidad. El primer hito de ese proyecto será 'Espuela de Plata', una pequeña revista, bella, impecable y extraordinaria en cuanto a los nombres que colaboran, desde Cintio Vitier a Virgilio Piñera o Gastón Baquero, a los que se unen voces del exilio español como Juan Ramón Jiménez, Manuel Altolaguirre o Concha Méndez. 'Espuela de Plata' lleva ya el sello de la idea que Lezama tiene de una revista: crear una comunidad y hacer un objeto cultural exigente desde el propio diseño. En el editorial del primer número contrapone «una poética de la historia» al «hormiguero de la política y el periodismo». Y, sin embargo, es Lezama quien crea su propio hormiguero a través de enfrentamientos, polémicas o huidas de los que estaban participando en el proyecto y que le acusaban de manejar la revista con mano dura, no aceptar otra cosa que su criterio e imponer una idea de la literatura demasiado escorada al hermetismo y al barroco. Esas sombras lo acompañarán siempre y el relato pormenorizado de todas ellas es una de las virtudes del trabajo de Hernández Busto. Después de 'Espuela de Plata' aparecerá 'Nadie Parecía' y, en 1944, 'Orígenes', con el apoyo económico de José Rodríguez Feo hasta su ruptura en 1959 por una publicación de Juan Ramón Jiménez inadmisible para él. 'Orígenes' abogaba por la alta cultura, por la imaginación, por la autonomía de la poesía como forma de reacción y como fuerza capaz de enfrentarse, de tomar distancia con las formas literarias de entretenimiento de masas, por la transcendencia. Alardeaba de su independencia frente a la política cultural del Estado y constituyó un acontecimiento que marcará el siglo XX de la literatura cubana y, en realidad, de todo el idioma. Lezama ejercía en ella su autoridad hasta límites a veces impropios, imponía su dogma, un control psicológico severo y un paternalismo absorbente que no admitía deslealtades. Según analiza Hernández Busto, Lezama era el Sumo Pontífice de una religión cuyo credo empezaba y terminaba en él mismo. Desmonta, por tanto, el mito de un Lezama bonachón y sabio que se balanceaba en su mecedora de la casa humilde y angosta de Trocadero para ofrecernos a un ser humano complejo, contradictorio y preso de una psicología neurótica. Para él, Lezama era alguien confinado en su cuerpo, en su asma, sedentario por el terror que le producía ser víctima de un fallo respiratorio lejos de su médico. Se le retrata como un Edipo insular, con una dependencia absoluta de su madre, Rosa Lima, como un ser vulnerable y obsesivo. Sus discrepancias con Rodríguez Feo o Jorge Mañach no los vivía como desencuentros intelectuales, sino como complots y traiciones afectivas. No es extraño, por eso, que cultivara el resentimiento, la distancia y la expulsión. Los largos monólogos de la casa de Trocadero no podían se interrumpidos sin que desataran su ira. Lezama no tenía compañeros de viaje, sino discípulos, oficiantes para su culto personal y el de sus ideas. La polémica con Virgilio Piñera, acusado de existencialista y realista, es significativa de esta atmósfera de sumisión absoluta, del hartazgo que empezaba a manifestarse. Para Hernández Busto, Lezama era un ser excesivo, de tal manera que lo barroco forma parte natural de su personalidad. De conversación caudalosa, de erudición extrema, hizo del asma aquello que el verso debía superar mediante una «hiperventilación verbal», como hizo de la homosexualidad no algo íntimo y personal, sino un elemento de cohesión comunitaria. Su escritura en estos años no dejó de crecer, de engrandecerse hasta crear un sistema, un mundo, también con consecuencias políticas. Cuando en 1957 publicó 'La expresión americana' estaba interviniendo intelectualmente en la cultura del continente y presentando el barroco como una forma de «contraconquista». En cualquier caso, en el momento en que Cuba se descomponía, él acudía a fundar una legitimidad cultural americana, apropiándose de las formas heredadas y sometiéndolas a una transformación. 'Años de fundación' tiene sus puntos de vista polémicos y una manera muy concreta de entender una biografía, pero es un libro insustituible hoy por hoy para entender a Lezama. Es cierto que cuenta dos historias que tal vez sean inseparables: la de un escritor que construye un reino verbal revolucionario, el reino gobernado por la poesía, y la de un país que agoniza. Se trata pues de abarcar la experiencia personal y la experiencia nacional, de unir biografía personal y biografía de la historia. Todo en Lezama deviene desafiante y extraordinario, bulímico, fuera de lo común, incluso el hecho de cómo escribir desde la máxima ambición. El relato de esa ambición es lo que nos vamos a encontrar aquí. Un relato emocionante fundado por una serie de paradojas: escribir la biografía de un hombre que fue un creador absoluto; y que haciendo de lo literario su afán principal, lo trasciende y es capaz de explicar las circunstancias históricas en las que vivió y el cambio político profundo que ya se anuncia. Un cambio hacia el castrismo que afectará no solo a su país sino a todo su tiempo, y que a él lo expulsará a los márgenes, como veremos en el tercer volumen.
  • Rodrigo Cortés es un cineasta que ha publicado cinco libros en seis años, o sea, un escritor. Su nueva novela se llama 'Hija del cielo' (Random House), y es una criatura con dos voces, o tres, o cuatro. Cuenta la historia de una niña encerrada en un cuarto sin ventanas dentro de un colegio que podría ser un orfelinato o un monasterio y que está situado en Gabaón, un pueblo norteño frente al mar. Es un libro donde la bruma no nos deja distinguir del todo lo divino de lo demoníaco, el bien del mal. —¿Cómo conoció a esta niña? —La conocí sobre la marcha. Esta novela, como casi todo mi trabajo literario, parte sin mapa y sin brújula. Pero sí sabía que iba a hablar de una niña encerrada. Aún no sabía su edad y aún no sabía lo que le pasaba, así que empecé a definir su entorno, Gabaón, y asomaron ahí algunos personajes que aún no estaba seguro de quiénes eran, y finalmente, al final del primer capítulo, mencioné a la niña, de quien se dice que está endemoniada, aunque la novela empieza a ponerlo en cuestión de inmediato. —No sabemos si está poseída o está enferma o está loca o solamente es rara. Pero sí que la niña tiene su propia sintaxis, que se va rompiendo según avanza la novela. ¿Cómo se construye una voz destruida? —Hay una parte muy intuitiva, que exige en gran medida no pensar y dejarte arrastrar por el torrente de esa sintaxis partida, de esas reflexiones infantiles con un vocabulario limitado que, sin embargo, se las arregla para ir poniendo nombre a fenómenos más complejos que somos capaces de reconocer. Le tienes que dar permiso para que se salga de la vía principal y vuelva cuando quiera, le tienes que dar permiso para ser reiterativa y usar determinadas fórmulas una y otra vez o poner en duda cosas. Le permites que cometa errores, pero no puedes forzarlos. Si, por ejemplo, empieza a usar condicionales en lugar de subjuntivos, el oído tiene que guiarte y hacerlo natural, porque quien habla así no lo hace siempre. Luego las revisiones fueron una auténtica pesadilla. Acabé odiando a la niña [ríe]. —Es difícil leer sobre esta niña encerrada escuchando a un cura sin pensar en 'El exorcista'. —Hay palabras que no se mencionan en la novela, y esa es una de ellas. Del mismo modo que no se habla de posesiones ni se habla de demonio propiamente, simplemente porque sentía que todo eso iba a reducir las cosas, las iba a llevar a carriles tan trillados que iban a restar dimensiones a este mundo. Pero claro que eso resuena. A mí me gustan las películas de exorcismos, con el único problema de que una vez hecho 'El exorcista' todo acaba siendo subsidiario... Hay una parte que tiene que ver con el violentamiento, si existe la palabra, de la inocencia, cómo se puede abordar eso, que es de carácter puramente metafísico, desde un rito, como si esas palabras y su orden tuvieran un efecto en el mundo y una capacidad ordenadora. Todo eso resulta tan inexplicable que resulta apasionante. Y es curioso porque pertenece al mundo católico, ni siquiera al mundo cristiano. —Un exorcista se parece a un escritor en que los dos tienen una fe terrible en las palabras. —Claro, y sin entenderlas del todo tampoco, ni saber del todo por qué funcionan. Pero han constatado el suficiente número de veces su poder, como lectores primero y como pequeños demiurgos sobrantes después, como para simplemente aceptarlo. —Hay un momento de la novela terrorífico, cuando en el rito el padre Alén dice: «Frente a la experiencia del mal, la obediencia. Dios no quiere ni tolera ideas originales, ni actos originales». —Yo mismo no sé lo que quiero decir cuando digo eso. ¿Pienso que Dios no concebiría ni toleraría ideas originales? No, pero hay un escalofrío que me recorre en ese momento, que reconozco y uso, porque pienso que va a generar un efecto similar en el lector, que tampoco va a saber muy bien qué hacer con eso. Una vez dijo Mayorga algo así como que una de las cosas que más miedo da en el mundo era demasiada gente cantando la misma canción. Claro, uno tiene que ver qué hace con esa frase, porque la gente podría estar cantando un himno pop y resultar bonito, qué se yo, todo el mundo cantando 'Hey Jude'. Lo interesante es lo que significa inicialmente en ti la frase. —A la vez, si esa misma gente cantara el mismo himno durante hora y media, en bucle, la escena sería más inquietante aún. —Cuando sucede algo en el mundo y hay una reacción demasiado sincronizada en la opinión a eso que está sucediendo, eso en sí mismo hace levantar la ceja de la sospecha en el acto. Porque dices: no es posible. No es posible una interpretación sobre las cosas en caliente, con tan poca reflexión y digestión detrás, en términos tan exactos y tan cerrados sobre sí mismos. Y cuando hay demasiada gente encantada de formar parte de esa respuesta sincrónica uno siente ese mismo escalofrío, claro. —Al menos desde el punto de vista estético, el libro muestra o demuestra un gran interés por el mundo católico. Pienso en las monjas, las oraciones, las letanías… —Hay una parte que me es muy natural de ese mundo, probablemente porque la familia de mi madre son una legión de hermanos, tres de las cuales son monjas y uno cura. Eran doce... Eso significa que mi relación con ese mundo era muy natural, porque yo iba a los Paúles de Salamanca a aprender a montar en bici, y para mí el padre Hernández no era tal, sino Samuel, a quien llamaba Samu y le pedía que apartara la furgoneta para poder pasar. Pero a la vez yo no soy una persona religiosa. Hay una parte del catolicismo mistérica que me resulta apasionante literariamente, esa parte que tiene que ver con esos ritos y letanías. Y hay otra parte que es la de la beata encerrada con las persianas bajadas, el olor en la casa a perro mojado y el cuadro del Sagrado Corazón intimidante en el pasillo, que me deprimen. Aunque a la hora de escribir no he pensado ni en una cosa ni en otra, simplemente he creado un mundo que me parecía que tenía potencial literario. Y nunca lo he aclarado y nunca me he decantado por nada. No hay un solo juicio en la novela. La novela se puede entender de mil maneras, tantas como lectores tenga, pero no va a ser fácil arrancarle una confesión, no va a ser fácil decidir qué es una crítica a esto o un apoyo a aquello. Va a estar envuelta en bruma, va a estar envuelta en su propio misterio, va a desarrollarse de forma distinta en cada cerebro. —Termina citando el 'Primero sueño' de Sor Juana Inés de la Cruz. ¿La mística ha sido una influencia? —Tal vez, pero de forma natural y no decidida. Es decir, es imposible salir indemne de leer a San Juan de la Cruz o leer a Santa Teresa o leer a Sor Juana Inés de la Cruz. Y cuando lees el 'Primero sueño', por ejemplo, no tienes que entender nada, y si tratas de ser un exégeta que desmenuce cada una de las líneas, probablemente sea tu trabajo como académico, pero como civil estás perdido, porque es un trabajo técnico tan completo que prácticamente solo puedes leerlo en voz alta y dejarte mecer por las palabras, por las imágenes que se van generando de carácter a veces abstracto, y por las sensaciones que si tienes suerte van a derivarse de su unión. —Por cierto: ¿diría que hay una lucidez o por lo menos cierta belleza en las mentes truncadas como la de la niña? —Dar una respuesta automáticamente lírica ante una pregunta así es tentador, pero probablemente irresponsable. Pero sí, detrás de cada cosa hay forma de extraer belleza, hay la belleza que uno quiera extraer de ello. A veces una belleza irresponsable, porque tú puedes extraer belleza de un dolor profundo y no hacerte cargo de ese dolor: son cosas completamente distintas. Pero a través del propio lenguaje, alguien podría describir un vertedero y extraer su belleza, o podría abordar la traición o el abandono y extraer belleza, o incluso usarlo como forma de catarsis. Pero a mí me interesa el lenguaje en sí mismo, y el propio mensaje que encierran los sonidos del lenguaje. —Hay un hilo que conecta 'Hija del cielo' con sus libros anteriores, y es un desapego a la ley de la gravedad. —Sí, supongo que si estoy describiendo un diálogo entre dos profesores, uno de matemáticas y otro de lengua, en el banco de una estación rural y al final decido que uno de ellos remonte el vuelo y vuelva a su satélite, simplemente me lo permito. Cuando me siento a escribir no me siento más atado de la cuenta por las realidades objetivas del mundo, sino por las pequeñas cosas que las historias tratan de expresar. Y si el mejor modo de expresar algo es a través de una pequeña levitación, una pequeña desaparición o una pequeña invocación, ¿por qué no? Esta novela responde a sus propias leyes físicas, así que casi podríamos hablar de eso que Luis Mateo Díez llamaba irrealismo. Es realista, pero no se ata a los principios newtonianos, sino a los del propio Gabaón, que parece ser un mundo al margen del mundo. —Es su quinto libro en seis años… ¿En qué nota que ha cambiado como escritor en este tiempo? —Trato de notarlo lo menos posible, para empezar [ríe]. Hace cinco años no me sentaba a escribir de una manera, y ahora no me siento a escribir de otra manera. Pero claro que han pasado cosas, inevitablemente. Y hay una vía de depuración en la que vas más y más lejos. Y de algún modo cada vez confías más en el lector. Y vas retirando de una forma más intencionada las pistas o las pequeñas ayudas si te hacen sentir que estás siendo condescendiente. Cuando has sembrado pequeñas brujerías tienes que confiar en que la brujería va a hacer su efecto. —Entonces, ¿la experiencia le ha enseñado que los lectores son más inteligentes de lo que se piensa dentro del mundo editorial? —Veámoslo del siguiente modo: la gente, como concepto, no existe, es una entelequia que generalmente se usa para justificar una apetencia. Si eres un director oscuro de culto con doce espectadores, dirás que la gente está harta de que la traten por estúpida y que busca algo más. Si haces películas de persecuciones en azoteas y de cabriolas con lanchas en los canales de Ámsterdam, dirás que bastante tiene ya la gente con el día a día y sus sufrimientos como para que le recuerdes sus miserias, porque lo que la gente quiere es desconectar durante un par de horas. Por lo tanto, la gente acaba convirtiéndose en una coartada para hacer aquello que simplemente haces. Yo no sé cómo es la gente. Yo no sé si la gente es lista o tonta. Lo que sí creo es que no puedes hacer como que es tonta. Lo que sí creo es que tienes que mostrar respeto hacia el lector y hacia el espectador y no tutelarlos, no pastorearlos.
  • Pocas novelas de Rachel Cusk llegan a las librerías sin provocar discusión, aunque esta vez la polémica escritora británica ha conseguido algo menos habitual: que una obra deliberadamente experimental, alejada de las convenciones narrativas, 'Life of M', haya terminado convertida en uno de los grandes cotilleos literarios del verano a ambos lados del Atlántico, con Natalie Portman en el centro de una historia que la actriz no ha confirmado y que la propia novela se ocupa de volver mucho más ambigua de lo que sugieren algunos titulares. Cusk no es precisamente una autora ajena a la controversia. Su descarnado 'A Life's Work: On Becoming a Mother' ('Un trabajo para toda la vida. Sobre la experiencia de ser madre'), publicado en 2001, provocó una reacción especialmente hostil por su descripción nada sentimental de la maternidad, y 'Aftermath' ('Despojos'), sobre el derrumbe de su matrimonio, volvió a plantear hasta dónde puede llegar un escritor cuando convierte la intimidad propia y ajena en literatura. La autora, que posteriormente transformó su escritura con la trilogía 'Outline' y continuó experimentando con la identidad y la desaparición del personaje convencional en 'Parade', vuelve ahora precisamente sobre esa frontera entre una persona real y la representación que otro construye de ella. La diferencia es que esta vez la persona que muchos lectores creen reconocer es una de las actrices más famosas del mundo. 'Life of M' comienza cuando una escritora propone escribir la autobiografía de M, una estrella internacional que alcanzó la fama siendo niña, vive en una ciudad europea, es conocida por su interés por los libros y ha interpretado, entre otros personajes, a una bailarina y a una artista que sobrevive a un tiroteo. Las correspondencias con Portman, protagonista de 'Cisne negro' y 'Vox Lux' y actriz infantil en 'El profesional (León)', son tan precisas que la pregunta acerca de su identidad comenzó a circular incluso antes de la publicación del libro. 'The Atlantic' constata que M es considerada ampliamente un personaje «basado o inspirado en» Natalie Portman . El libro, por cierto, llegará a España en la primavera de 2027 de la mano de Libros del Asteroide. La prensa británica encontró enseguida una historia mucho más explosiva que la discusión sobre autoficción. 'The Telegraph' llegó a presentar el libro como un «asesinato literario» y su crítica fue todavía más lejos al afirmar que, como asesinatos literarios, el de Cusk era «astuto y sutil», pero también «letal». La idea que comenzó a imponerse era sencilla y devastadora: Cusk habría utilizado a una mujer de su círculo, Portman, para construir un retrato literario poco favorecedor. Sin embargo, los representantes de Cusk y Portman no hicieron comentarios a 'Vanity Fair' y una fuente conocedora de la relación entre ambas aseguró a la revista que, aunque Portman nunca había ocultado su admiración por la obra de Cusk, «no mantienen una amistad estrecha ni tienen apenas relación». 'The Times' publicó, además, que fuentes cercanas a la actriz negaban que ambas hubieran sido amigas y sostenían que solo se habían visto en unas pocas ocasiones. 'The Guardian' ha optado por una lectura bastante más prudente. Clare Clark plantea desde el propio titular de su crítica la pregunta «¿Está esta historia sobre una estrella de cine basada en Natalie Portman?» y reconoce que la carrera de M guarda un estrecho parecido con la de la actriz. La crítica recuerda que la primera película de M contiene elementos que remiten a 'El profesional (León)' y que su película sobre una bailarina resulta reconocible como 'Cisne negro', pero describe ante todo una novela sobre la fama, la identidad y la frontera cada vez más borrosa entre realidad y representación. Clark concluye que 'Life of M' es un libro impulsado por una «inteligencia formidable» y construido con una «habilidad técnica excepcional», aunque deja una impresión de distanciamiento. En Estados Unidos, donde la controversia ha pasado de las páginas literarias a publicaciones dedicadas a la cultura popular, las lecturas son variadas. 'The Atlantic' señala que M es considerada un personaje basado o inspirado en Portman y enumera algunas de las coincidencias más evidentes: ambas viven en París, alcanzaron la fama siendo niñas, son grandes lectoras y la filmografía ficticia de M contiene papeles que recuerdan directamente a 'Cisne negro' y 'Vox Lux'. 'The New Yorker' ha llevado esa interpretación todavía más lejos. Becca Rothfeld sitúa 'Life of M' dentro del proyecto de Cusk de desmontar las estructuras narrativas tradicionales y, particularmente, la idea convencional de personaje. La posible Portman interesa entonces menos como celebridad sobre la que revelar secretos que como instrumento para preguntarse si existe realmente una identidad estable detrás de todas las versiones que construimos de una persona famosa. Ese matiz se ha perdido parcialmente en el recorrido de la historia por la prensa, porque las coincidencias son irresistibles. Además, la admiración de Portman por Cusk era pública : en 2023 llegó a explicar que conocer a la escritora la había impresionado especialmente porque siente una enorme admiración por quienes escriben bien y sus libros han formado parte de su club de lectura. 'Vanity Fair' tituló su último análisis «La supuesta novela sobre Natalie Portman no es eso. Entonces, ¿qué es?» y advirtió que quien acudiera a 'Life of M' en busca de cotilleos sobre la actriz probablemente saldría decepcionado. Una fuente conocedora de la situación fue incluso más tajante y calificó de «ridícula» la idea de que M sea un retrato de la verdadera Portman, porque, según sostuvo, la semejanza apenas existe fuera de los elementos de su trayectoria profesional. Incluso 'The Cut', al plantearse cuánto cotilleo sobre Portman contiene realmente el libro, reconoce que el personaje comparte suficientes elementos con la actriz para que la asociación resulte inevitable, pero eso no convierte automáticamente la ficción en testimonio. En todo caso, Portman no ha abordado públicamente la controversia.
  • ABC Cultural da un paso para mejorar la lista de los libros más vendidos. El suplemento ha confiado a GfK-An NIQ Company —empresa referente en los estudios de mercado, proveedor mundial líder de datos y análisis al sector de los bienes de consumo— este muestreo semanal que refleja cuál es el 'ranking' real de los diez títulos más vendidos en España, en los ámbitos de Ficción, No Ficción e Infantil y Juvenil. El 'tracking' extrapolado semanalmente por GfK es la mejor auditoría disponible del mercado y está elaborado a partir de las ventas registradas en más de 1.300 puntos. Esos 1.300 puntos de venta se recogen a través de tres canales —librerías, grandes superficies y ventas 'online'— y se considera que cubren el 90 por 100 del mercado. En el puesto 1º, 'Comerás flores' (Libros del Asteroide). La escritora gallega Lucía Solla ha obtenido un resonante éxito con esta historia sobre un asunto por desgracia muy actual: el maltrato psicológico. En el puesto 2º 'Las gratitudes' (Anagrama). La francesa Delphine de Vigan explora con un estilo contenido sentimientos a flor de piel en esta obra, recientemente subida a las tablas en versión teatral, de los últimos meses de la anciana Michka Seld. En el puesto 3º, 'La Biblioteca de la Medianoche' (AdN), de Matt Haig. Nora Seed lleva una vida infeliz. Un día aparece, sin saber cómo, en la Biblioteca de la Medianoche, y quizá puede enderezar su existencia y hacer las cosas de otra manera. El puesto 4º lo ocupa 'La paciente silenciosa' (Debolsillo), de Álex Michaelides. Alicia Berenson, una exitosa pintora, dispara contra su marido, y se queda muda, negándose a hablar. ¿Qué ha pasado? Un 'thriller' inquietante. En el puesto 5º, 'El último secreto' (Planeta). Vuelve Robert Langdon, el personaje creado por Dan Brown, en un trama trepidante, repleta de sorpresas, con asesinatos incluidos. En el p uesto 6º, 'Ríete de las bodas' (Espasa), de Megan Maxwell. La reina de la novela romántica-erótica, nos sumerge en la historia de Alma, una mujer madura, divorciada y feliz, con una hija treinteañera que le presenta a un hombre maravilloso ¿Qué sucederá? El puesto 7º lo ocupa ' La intriga del funeral inconveniente' (Seix Barral). Regresa Eduardo Mendoza con una nueva e hilarante aventura del detective sin nombre. En el puesto 8º, 'La asistenta' (Suma de Letras). La película basada en este adictivo 'thriller' psicológico de Freida McFadden, protagonizado por la singular empleada de hogar de los Winchester, le ha dado un nuevo impulso a este super ventascasi permanentemente en la lista. Completan el ranking, en el puesto 9º, 'Han cantado bingo' (Reservoir Books). Debut en la novela de Lana Corujo. La historia de dos hermanas marcadas por secretos de la infancia, que se ambienta en los paisajes de volcánicos de Lanzarote. Y, en el puesto 10º, 'Nunca mientas' (Debolsillo). La autora del fenómeno 'La asistenta', Freida McFadden, nos sirve una trama que sigue sigue a los recién casados Tricia y Ethan, que se quedan atrapados por una fuerte tormenta de nieve mientras visitan una mansión remota.
  • Xu Zechen (Lianyungang, 1978) conoce tanto la exigencia del campo como la de las más elitistas universidades, por eso su literatura dota de sentido unitario a ambas. En 2019 se convirtió en el escritor más joven en recibir el Mao Dun, el premio más importante del país, y ese hito, más una veintena de obras en una decena de idiomas, le otorgó la consideración de estrella emergente de las letras chinas. Xu recibe a ABC en su despacho de la Asociación de Escritores de Pekín antes de viajar a España para presentar 'Historias del extrarradio' (Automática Editorial, 2026), su primer título traducido al castellano. Una obra que contiene su característico realismo, un retrato de la falta de oportunidades, del absurdo a la tragedia y vuelta, pues la lucha es diaria. —El extrarradio que usted describe es un lugar físico, pero también simbólico. ¿Por qué colocar su literatura allí? —El extrarradio que aparece en este libro es una zona de transición entre lo urbano y lo rural, un tercer espacio. Está habitado por personas que vienen del campo y quieren entrar en la ciudad, pero todavía no se han integrado en ella. Por eso tiene un grado de complejidad relativamente alto, una vitalidad muy especial e innumerables posibilidades. —Los nombres más consagrados de la literatura china, como Mo Yan, Yan Lianke o Yu Hua, dedican gran parte de su obra a reflexionar sobre catástrofes pasadas y el sufrimiento que estas provocaron en la sociedad. El sufrimiento que usted retrata, en cambio, pertenece a la vida moderna. ¿Responde esta diferencia a una quiebra generacional? —Una generación tiene que ver con el momento en que un escritor forma su visión del mundo y los temas que desde entonces le acompañan durante el resto de su vida. En su caso, lo que ellos experimentaron con mayor intensidad fueron los acontecimientos de su tiempo. En mi caso, apenas los viví. Mi lugar está más cerca del presente, por eso escribo sobre el Pekín que hemos experimentado juntos, sobre la China contemporánea que compartimos. —El sufrimiento, no obstante, constituye igualmente una temática central. —Creo que el que aparece en mi escritura es diferente. En la generación anterior, gran parte del sufrimiento era de carácter material. Durante mucho tiempo, China fue un país agrícola, relativamente atrasado, con carencias en las condiciones básicas de vida. El hambre, los desastres naturales y las desgracias provocadas por el hombre eran formas de sufrimiento externas y muy reales. Los jóvenes de hoy, por supuesto, también pueden experimentar carencias materiales, pero no hasta ese punto, especialmente cuando han recibido cierta educación. Sus dificultades son más bien de carácter espiritual, tienen que ver con la identidad emocional y el sentimiento de permanencia. Creo que eso es lo más importante para nuestra generación, o al menos para los personajes sobre los que quiero escribir. —Ese sufrimiento que menciona es más universal porque no está ligado a un hecho histórico concreto, sino que forma parte de una tendencia global. Sin embargo, tiene también expresiones específicas, dado que la prosperidad ha supuesto un elemento central en el contrato social chino. En dos generaciones ha habido enormes mejoras en los estándares de vida, pero el desarrollo cada vez es más lento. —Cuando escribía este libro, lo que más me interesaba era reflexionar sobre un grupo de jóvenes que pasan de un lugar a otro. Especialmente en un país como China, donde tantas personas han transitado del campo a la ciudad, de una civilización agrícola a una industrial, de un mundo premoderno a uno moderno. Lo que me interesa son las transformaciones interiores que acompañan al paso entre estos espacios vitales. La historia transcurre entre la década de los noventa y los primeros años del siglo XXI, un periodo que coincidió con el rápido crecimiento de la economía. Todo el mundo estaba entusiasmado, la sociedad entera rebosaba energía y optimismo. Existía la sensación de que, si uno trabajaba duro, podía hacer realidad sus aspiraciones. Los jóvenes estaban llenos de ímpetu. En la actualidad, surge una nueva cuestión: ¿qué deberían hacer en un contexto de desaceleración global? Creo que hemos entrado en una etapa distinta. —¿Cómo afecta el entorno político a su capacidad de expresión artística? —Lo que usted dice es muy acertado, ninguna literatura está desligada de la política. Pero yo no escribo directamente sobre política, sino sobre los cambios sociales y humanos que esta provoca. Es la parte que conozco mejor y la que creo que puedo explicar con claridad. —Combina usted su faceta de escritor con otras importantes labores literarias y goza, por tanto, de una privilegiada perspectiva para valorar el estado actual de la literatura china. —En este momento, la literatura china está casi sincronizada con la literatura internacional. El desarrollo es prácticamente simultáneo: lo que escriben autores extranjeros también lo escriben autores chinos. Pero es cierto que conserva una característica propia: la exploración de los vínculos entre la literatura y la realidad, desde problemas muy concretos hasta el desarrollo de la sociedad en su conjunto. Por ejemplo, el proceso actual de urbanización, la reducción progresiva del campo y la disgregación de la sociedad rural: hay muchos autores chinos escribiendo sobre ello. Los escritores chinos tienden a una concepción creativa realista. —¿Qué autores extranjeros le han influenciado más? —Entre los autores en lengua española me gustan Mario Vargas Llosa, Javier Marías, Roberto Bolaño, Alejo Carpentier y, por supuesto, Borges. En el ámbito internacional, William Faulkner, Philip Roth, Günter Grass, José Saramago… La verdad es que podría enumerar una larga lista. En esta época de globalización, los intercambios son cada vez más estrechos y frecuentes, y la circulación de la información es extremadamente rápida. Si un escritor español publica una obra excelente, no tarda en llegar a China. Por eso, en realidad, compartimos unos mismos recursos y resulta muy complicado que haya diferencias tan profundas entre una y otra literatura como para que pertenezcan a mundos distintos. Eso ya no existe, todos avanzamos al mismo tiempo. —¿Quién es el mejor escritor chino contemporáneo? —Mo Yan. No solo porque haya ganado el Nobel. ¿La razón? Muchos autores pueden escribir lo que escriben otros, pero hay una parte de lo que escribe Mo Yan que no está al alcance de nadie. En una época de globalización como la actual, existe un riesgo: que nuestra literatura se parezca cada vez más a la de los demás. Por eso es tan importante que un escritor posea algo propio, unos recursos singulares. Y para un escritor chino es especialmente importante disponer de recursos específicamente chinos. Muchos autores no los tienen, pero Mo Yan sí. Por un lado, hasta hoy no he encontrado ningún escritor que haya asimilado y transformado de manera tan profunda los recursos de la tradición literaria china como lo ha hecho él. Por otro, Mo Yan surgió de un entorno rural donde la cultura popular seguía siendo muy rica, conoce profundamente ese mundo y ha sabido incorporarlo a sus obras de manera extraordinaria. De hecho, creo que en el futuro será aún más importante de lo que es hoy, porque logró rescatar y revitalizar unos recursos culturales que la mayoría de nosotros habíamos sido incapaces de aprovechar. Y precisamente esos recursos son los que permiten que un gran escritor chino se diferencie de un escritor español, británico o estadounidense. Son los elementos más característicos de la literatura china. Mo Yan es un escritor fundacional, los escritores chinos del futuro aprenderán mucho de él. —Uno de esos continuadores es, precisamente, usted. Muchos le consideran la gran promesa de la literatura china, ¿cómo convive con esas expectativas? —Para mí no tiene importancia, es como los pequeños adornos que llevamos encima: un broche aquí, un collar allá… Son solo eso, no pueden sustituir lo que uno es. Además, llevo mucho tiempo escribiendo, este año cumplo veintinueve años como escritor. Después de tanto tiempo, tengo una idea bastante precisa de la altura literaria a la que aspiro y sé cuál es la distancia que me separa de ella; cuando eres consciente de esa distancia, por muchos elogios que recibas, sabes que todavía no has llegado. Al mismo tiempo, también tengo una valoración básica de mi propio trabajo. Aunque, eso sí, recibir premios importantes siendo muy joven tiene una ventaja: terminas relajándote más. Por eso siento que ahora escribo exactamente como quiero escribir.
  • En medio de un ambiente prebélico, con el cadáver de José Calvo Sotelo todavía caliente, Federico García Lorca se presentó en la oficina de la revista 'Cruz y Raya' para entregarle a su editor y amigo José Bergamín el original de 'Poeta en Nueva York' -compuesto por una amalgama de papeles mecanografiados y otros escritos a mano, plagados de tachaduras y correcciones- pero al no encontrarlo allí, lo puso en manos de su secretaria, Pilar Sáenz García-Ascot, y acto seguido le dejó una nota sobre el buró de su despacho: 'Querido Pepe, he estado a verte y no estabas. Volveré mañana'. Pero Lorca nunca más regresó... Tras almorzar en casa de su amigo Rafael Martínez Nadal, Federico tomó la decisión de partir a Granada, creyendo que en su tierra natal estaría libre de peligro. No en vano, por aquellas fechas el alcalde de la ciudad nazarí era su cuñado, Manuel Fernández Montesinos. Además, Federico, como todos los veranos, tenía una cita inexcusable con los suyos en la Huerta de San Vicente: la celebración de su onomástica y la de su padre, el 18 de julio, justo el mismo día que acabaría estallando la Guerra Civil, como si se tratase de una broma cruel del destino. Fue el propio Rafael Martínez Nadal quien le acompañó a la estación de Atocha en medio de un hervidero de rumores y un incesante ruido de sables. –Se avecina tormenta y quiero estar a salvo de los rayos– le dijo el poeta entre el tumulto. Lo que ignoraba Federico es que ese expreso nocturno del que se despidió de su amigo desde el estribo mientras arrancaba lentamente, entre trompicones y resoplidos, no le alejaba del peligro –muy al contrario–, le conducía a la boca del lobo, y los túneles en los que adentró mecido por el traqueteo del tren a lo largo de aquella noche oscura e incierta no eran sino un negro presagio. Tal vez por eso, Pablo Neruda le sugirió otro título para 'Poeta en Nueva York': 'Introducción a la muerte'. Esa fue la última vez que Federico García Lorca, acaso el poeta y dramaturgo más excelso que haya dado España, pisó el suelo de Madrid. Entretanto, el original de 'Poeta en Nueva York', fruto del impacto que a Federico le causó el viaje que realizó a la metrópoli norteamericana siete años antes, el verano de 1929, para lamerse las heridas tras poner fin a su tortuosa relación con Emilio Aladrén, el gran amor de su vida, emprendería otro azaroso periplo. Armándose de valor, una noche de bombardeos, el texto fue rescatado por Pilar Sáenz García-Ascot, quien posteriormente se lo entregaría a Bergamín, el cual se lo llevó consigo a París donde intentó publicarlo sin éxito a través del poeta Paul Éluard, expareja de Gala, la musa de Salvador Dalí. En mayo de 1939, apenas unas semanas después de que acabara la guerra y tras poner rumbo a México donde la colonia de exiliados republicanos se mostraba muy activa, Bergamín logró al fin que viese la luz en la editorial Séneca –fundada por él mismo–, con la inestimable ayuda del acaudalado Jesús Ussía Oteyza, hijo de Juana Oteyza de la Loma, la dama que tanto había conmocionado a la alta sociedad madrileña en los años veinte por perder a dos de sus hijos en un fatídico accidente de tráfico regresando de Biarritz a Madrid. Al emigrar Bergamín a Caracas en 1947, le confió el manuscrito a su benefactor, Jesús Ussía de Oteyza, quien tras divorciarse de su mujer, Rafaela Arocena y Arocena, y antes de regresar a España, le pidió a su tío Ernesto Oteyza de la Loma –parientes ambos del autor de estas líneas– que lo custodiase. Prosiguiendo con este galimatías propio de una novela de intriga, al fallecer Jesús Ussía de Oteyza, su tío Ernesto Oteyza de la Loma le devolvió el original a su exmujer, Rafaela Arocena y Arocena, que posteriormente trabó amistad con Manolita Saavedra, una reputada actriz mexicana que había interpretado la obra de Lorca en el teatro y declamaba sentidamente sus poemas, y a quien se lo acabaría donando a modo de legado. La actriz mexicana, que había compartido cartel en la gran pantalla con Cantinflas y Libertad Lamarque, cuando declinaba su estrella –tras aparecer fugazmente en banales telenovelas–, para aliviar su precaria economía, se propuso que le tasaran el manuscrito debidamente autenticado por un experto británico en Lorca, trasladándose desde Cuernavaca hasta Londres. Cuando en la prestigiosa galería de arte le comunicaron que su valor en el mercado ascendía a 240.000 dólares, sus ojos echaron chiribitas; sin embargo, el mismo día que se disponía a venderlo, la subasta fue paralizada por una demanda interpuesta por los herederos de Lorca, alegando que el texto era de su propiedad. El documento permaneció custodiado en una caja fuerte de Londres a la espera de la resolución sobre su titularidad. Tuvieron que transcurrir casi cuatro años para que el Tribunal Superior de Justicia londinense fallase a favor de Manolita Saavedra, dictaminando que le pertenecía por usucapión. La odisea del manuscrito concluyó, para cerrar el círculo, donde se gestó: en Nueva York. En 2003, la mítica biblioteca pública de la Gran Manzana, sita en la Quinta Avenida, lo expuso junto a otros objetos personales del poeta bajo el título 'Back tomorrow' –'Volveré mañana'–, aludiendo a la nota que Lorca dejó escrita a Bergamín en la oficina de la revista 'Cruz y Raya' el 13 de julio de 1936, justo antes de partir a Granada, desde donde nunca más regresó.
  • Existe un notorio pasado en el día a día del presente, un 'déjà vu' constante. Artistas pop como Sabrina Carpenter personifican estéticas pasadas como las 'pin up girls' de los 50, Maggie O'Farrell escribe pensando en el renacimiento inglés y las pantallas explotan las historias de Jane Austen y las Brontë . Ante la sobreestimulación frenética e inmortal que contagian las redes, buscamos la escapatoria en lo analógico, donde objetos físicos y tangibles como los cuadernos de verano para adultos resurgen con el fin de saciar la sed contemporánea de desconexión digital. En ese tsunami retro, hay un cambio entre los cuadernos que hacíamos de pequeños y los que encontramos hoy. El modelo de consumo que empaqueta nuestra memoria ha mutado, lo que antes era simple y barato es ahora un cuaderno de diseño con ilustraciones de autor. Han pasado de ser la solución para que el profe entienda la letra a un símbolo de estatus estival . Generalmente, estos cuadernos veraniegos para adultos son un reciclaje de referencias de la cultura popular, tal y como son los primeros , los de Blackie Books , que llevan ya 15 volúmenes. Daniel López, junto con el ilustrador Cristóbal Fortúnez, creó el famoso pasatiempo con la motivación de «hacer algo en lo que una persona pudiese meter la cabeza y no sacarla durante horas, que fuese una especie de recopilación de curiosidades y datos para descansar de la esclavitud de nuestro tiempo: las pantallas». Sin embargo, hay un gran repertorio de temáticas presentes en los cuadernos de verano. Las teorías de Fredric Jameson ('El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado') , uno de los teóricos culturales más estudiados, explican cómo ahora se engullen e imitan ideas pasadas, derivando en una pérdida del sentido de la historia como avance y renovación ante la superficialidad del presente. De ahí que toda la cultura que consumimos peque de nostálgica. Por eso también hay cuadernos como 'Murdoku' (Temas de Hoy) para los que viven en las novelas de Agatha Christie. «Solo cinco minutos para aprender las normas y, de repente, estamos en una escena de crimen resolviendo un asesinato», explica Manuel Garand, su autor. Argumenta que «una de las grandes virtudes de 'Murdoku' es su capacidad para atraer a todo tipo de lectores. Incluye desde retos sencillos hasta enigmas más complejos». En ese mismo mar nada 'El crimen del verano 2' (Plaza & Janés) de Modesto García, cuyos acertijos para encontrar al asesino del crimen suceden en las vacaciones. Según el creador, «las vacaciones suelen reunir a muchísima gente: en la playa, la piscina o las discotecas. Ese tipo de escenarios son perfectos para plantear un gran crimen con más de cien sospechosos». Entre toda esta reproducción nostálgica, hay lugar para los nuevos planteamientos, tal y como sucede con el 'Machomorfosis, cuaderno de pasatiempos para dejar de ser un capullo' (Oberon) de Brush Willis. «Había una conversación social y cultural muy presente alrededor de las masculinidades, los estereotipos y determinados comportamientos que durante mucho tiempo se han dado por normales», dice el autor. Aparte de eso, las exigencias del mundo actual también llevan a parodias como las que hace 'Señoras con wifi' (Autoeditado). «Es una alternancia entre estar a la última y reconectarse con el pasado», explica Eloy Fernández, crítico cultural . Mediante lo que él llama «el canon del presente», detalla que «no es un fenómeno estrictamente contemporáneo». Para ejemplificarlo, el crítico se remite a la Historia del Arte, pues «los ropajes que llevaban los personajes de las pinturas de Caspar David Friedrich bebían de tiempos anteriores». Por eso mismo, está claro que los cuadernos son «un refugio , porque permiten un momento para repensar cuál ha sido la producción cultural de los últimos tiempos», amplía Eloy. Sin embargo, rechaza la idealización de la niñez que puede denotar dicho producto, ya que «para muchos ha sido gris y mala, no existe deseo alguno de volver a ella», por eso mismo, « lo que nos conecta con la infancia es el formato de los cuadernos », resume. «Estos pasatiempos también se pueden entender como una manifestación más de la adicción al trabajo, del terror al vacío de no hacer nada », prosigue el crítico cultural. Y es que, en una época en la que la necesidad de producción constante está muy latente, rellenar estos cuadernos puede dar una sensación de logro cumplido. «No solo está basado en los cuadernos infantiles como las caligrafías, sino que también se puede remitir a otras modalidades periodísticas como pueden ser las revistas y sus cuestionarios y pasatiempos cultos», así lo enlaza Eloy. Después del verano viene el otoño, llega el invierno y, cuando el 31 de diciembre está al acecho, artículos con listas de lo mejor del año saturan la prensa, por no olvidarnos del epitomizado 'Spotify wrapped' . Ante ello, Eloy afirma que «necesitamos reconsiderar qué ha pasado en el sistema cultural contemporáneo, uno que no se va a parar, que va a arrasar con el que no se mueva lo bastante rápido».

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