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Terrazas del Rodeo

ABC - Libros

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  • El recorrido empieza en Central Park, en la orilla este del lago. Aquí, una mañana ficticia y fría de 1968, Russell Torino le hace a Fabrizio Donatti una de esas ofertas que no se pueden rechazar. «A la mafia se entra por voluntad propia y solo se sale en caja», dice Paloma Sánchez-Garnica , que ha venido a Nueva York a hablar de su libro, 'Un hombre de honor' (Planeta). La de hoy es una tarde soleada y agradablemente fresca. Los 'runners' esquivan a quienes se plantan a contemplar el 'skyline' de la ciudad, quizá pensando en la conquista del lugar, del territorio. También ellos han hecho un pacto secreto, solo que con su cuerpo o Marco Aurelio . «Me interesaba mucho este concepto ambiguo del honor, que está en toda la historia», continúa la autora, que después desgrana la trama de su nueva historia, que en realidad son dos: la persecución de un capo al que nadie ha visto nunca y al que todos llaman Dios y la peripecia de una periodista del 'New York Times' que presencia el magnicidio de Robert F. Kennedy en la cocina del Ambassador. De fondo, claro, está el crimen organizado, la heroína, la sangría de la guerra de Vietnam y la siempre sospechosa verdad oficial de la Historia. «Todo empezó después de leer un artículo sobre Sirhan Sirhan, el único condenado por el atentado contra el senador Robert Francis Kennedy en junio de 1968 en Los Ángeles. Era la enésima vez que le denegaban la libertad condicional, y eso me llevó a adentrarme más en el personaje. Ni siquiera sabía que seguía vivo… Empecé a tirar del hilo y me encontré con las irregularidades brutales de la investigación. Y después llegué a la CIA y al proyecto MK Ultra , que tenía como objetivo principal investigar métodos para controlar, modificar o influir en la conducta humana. En ese momento dije: aquí hay una novela. Y escribiendo empecé a pensar en la mafia, releí 'El Padrino' y…». Y aquí estamos un nutrido grupo de periodistas acompañando a la premio Planeta de 2024 por los escenarios de su nueva ficción, que llega ahora a librerías. Cruzamos Times Square, que es la materialización más exacta del algoritmo de TikTok, y en la 43 nos paramos frente a la antigua sede del 'New York Times'. «Es evidente que Sirhan Sirhan disparó a Robert F. Kennedy, pero no fue el único, ni siquiera el responsable del tiro que lo mata. Este se realizó prácticamente a un centímetro de su cabeza, detrás de la oreja, en el lado derecho, y Sirhan Sirhan siempre estuvo de frente y a un metro, como mínimo, de distancia. La versión oficial no encaja, pero en esa época los grandes periódicos, la prensa en general, aceptaban ese juego de la versión oficial en aras de la seguridad nacional. Esto se rompe claramente en Estados Unidos con los Papeles del Pentágono, que los suelta el 'New York Times' en el año 71. Y el pensamiento de la prensa cambia definitivamente con el caso Watergate, de 1972: ahí se la juegan y triunfa la verdad, pero una verdad muy descarnada, que desconcierta muchísimo a la sociedad», explica la novelista. —¿Seguimos en el mismo desconcierto? —Esa decisión de contar o no contar es uno de los dilemas que se plantean a lo largo de toda esta novela, a nivel profesional, pero no solo. Me viene a la memoria ahora a la cabeza aquella frase de Edward R. Murrow: una nación de ovejas engendra un gobierno de lobos. Cerca de Wall Street está el 'Delmonico's', donde comieron Lincoln, Mark Twain, Tesla, Dickens y otros hombres ilustres. «Dicen que fueron los primeros que pusieron manteles de tela en Nueva York, y tenían el menú en francés e inglés: la idea era que aquí podían comer como si estuvieran en París. Y aquí venían las familias ricas, esas que tenían negocios en la guerra de Vietnam. La guerra tenía que seguir porque interesaba a muchos, por eso siguió, de hecho. ¿Quién iba? Chavales pobres, desde luego». La conversación sigue por los muelles de Hoboken y por Harlem, donde se mueven sus personajes. «El año 68 es de una gran transformación, la violencia política fue brutal: es el año del asesinato de Robert F. Kennedy, pero también el de Luther King, que provocó protestas violentísimas a lo largo y ancho de todo el país, porque la lucha por los derechos civiles de la población negra, no tanto de las mujeres, estaba en plena ebullición. Y también estaba la guerra de Vietnam… Es un momento que hay que conocer». —¿Y nos vale de algo ese conocimiento? —Yo considero que conocer el pasado, comprenderlo, darle forma, es una manera de entendernos como sociedad y de estar alerta. Por eso me interesa tanto el siglo XX. Con toda la información que tenemos ahora, en esta sociedad tan acomodada, es conveniente entender qué nos puede pasar. A lo mejor sucede del mismo modo, pero sí con las mismas consecuencias trágicas. Eso me preocupa. En la catedral de San Patricio sucede la última escena. «Es un lugar que invita a la confesión, al perdón, a mirar al cielo, a reconsiderar lo que se ha hecho y se ha callado», explica Sánchez-Garnica en la puerta, esquivando el destripe mientras el caos de la ciudad sigue su curso. Enfrente, ya será casualidad, hay Victoria's Secret, y alrededor el jaleo de los coches, los aviones sobrevolando Manhattan y la gente caminando como persiguiendo sus sueños o una dirección en Google Maps. Las campanas se mezclan con el ruido de la calle en un solo sonido, y no hay razón para que el ruido resultante no resuma un poco esta ciudad, cualquier ciudad, y también las contradicciones de las que están hechas las historias. Es difícil no pensar en el final de 'Con faltas y a lo loco': nadie es perfecto.
  • Aunque los álbumes de fotos son altares familiares, no todas las fotos que se guardan en ellos son recuerdos amables. Usted mismo podrá entender, que en algún que otro repaso de sus páginas, haya algún que otro retrato que se omita conscientemente. Matt Haig es incapaz de mirar la fotografía de él mismo el día que le dijeron que 'La biblioteca de la medianoche' se había convertido en uno de los libros más vendidos del planeta. En ella no sale sonriendo del todo. Sale, cuenta para ABC, con la misma cara que tenía diez años antes cuando luchaba por quedarse publicado, por el dinero, por seguir siendo escritor un mes más. La ambición, explica, no desaparece cuando se cumple. Cambia de forma y sigue ahí, «como un motor que no sabe apagarse aunque el coche ya haya llegado». De esa fotografía sale, en realidad, 'El tren de medianoche' (AdN). En este el lector sigue a Wilbur, un empresario viejo, blanco y exitoso al que Haig eligió a sabiendas del riesgo que corría: «es difícil ganarse la simpatía de un personaje así». Haig, en realidad, estaba escribiendo sobre lo que le ocurre a una persona a lo largo de la vida, y sobre una pregunta que no ha dejado de perseguirle: de dónde viene la ambición, y de dónde viene el impulso que no la deja descansar. «Siempre escribo el libro que necesito leer a mí mismo en ese momento», alega, pero el momento, en este caso, fue particularmente intenso. Por un lado, Haig debería haber estado más feliz que nunca: 'La biblioteca de la medianoche' había cumplido, de golpe, todo lo que llevaba años persiguiendo, pero por el reverso del éxito, en plena pandemia, su padre estaba enfermo de cáncer, su hijo estaba internado y él estaba atravesando una grave crisis de salud mental . La sensación, dice, fue extraña y muy concreta. «Estaba en la cresta de la ola y había olvidado por completo qué era ser feliz». De ese olvido nació Wilbur, y de Wilbur nació la idea de que el trabajo y el éxito pueden funcionar exactamente como una adicción, con la diferencia de que a esta la sociedad la premia en lugar de perseguirla. «Hay adicciones que son socialmente inaceptables, como las drogas, pero hay adicciones, como el trabajo, que la sociedad te encarga tener, pero ambas sirven el mismo propósito: te distraen de ti mismo». Esa manera de mirar hacia atrás para corregir el presente es, en realidad, el motivo central de la novela, que Haig entiende como un contrapunto de su propio libro más célebre. Si 'La biblioteca de la medianoche' hablaba de la infinitud de vidas posibles que uno podría haber vivido, este nuevo libro habla de la posibilidad (o la imposibilidad) de mirar la propia vida con la misma indulgencia con que miramos las fotografías viejas. «Cuando miramos atrás, es muy fácil tener perspectiva. Cuando vivimos en el presente, es muy difícil tenerla. Con este libro intento tener esa nostalgia, pero para el presente. Y puede que sea imposible, porque quizá sea simplemente humano ser así. Pero lo intento». Cuando Matt Haig atravesó su primera crisis de pánico severa, su padre lo empujó a salir a correr, convencido de que el ejercicio era la respuesta a todo. Al principio empeoró las cosas. Después, sin que Haig supiera muy bien por qué, empezó a funcionar. «Correr produce exactamente l os mismos síntomas físicos que un ataque de pánico», explica Haig, «pero tiene una diferencia, y es que el cerebro saber por qué está ocurriendo». Ya no corre por esa razón —dice que el pánico, en gran medida, ha dejado de visitarlo—, pero el gesto ha quedado como una especie de metáfora de todo lo que ha escrito después: acercarse deliberadamente a la fuente del miedo, dosificada, hasta que deja de ser una amenaza y se convierte en información. Haig escribió su autobiografía sobre salud mental, 'Las razones para estar vivo', convencido de que apenas la leería nadie. Esa certeza, insiste, fue la condición que le permitió escribir con total libertad. El libro se convirtió en un fenómeno, y esa fama inesperada trajo consigo una responsabilidad que Haig no había pedido: la de convertirse, casi de la noche a la mañana, en una especie de embajador público de la salud mental. Hoy se muestra incómodo con esa etiqueta —«no soy terapeuta», repite— y explica que, precisamente por eso, ha dejado casi por completo la no ficción. Escribir ficción, dice, le da «un espacio de distancia que la autobiografía no le permite». Esta fue también lo que le permitió terminar 'La biblioteca de la medianoche'. La primera versión del libro tenía un protagonista masculino, escrito a imagen y semejanza del propio Haig, y sencillamente no funcionaba. Haig cuenta que en su país existe la expresión «libro de marmite», por esa pasta de levadura que la gente ama u odia sin término medio. 'La biblioteca de la medianoche', dice, ha sido eso: adorado por unos, señalado por otros como su peor obra, y él tuvo que aprender a convivir con el rechazo activo de un libro que también era, por primera vez, un hijo con mucho más éxito que sus hermanos. Haig no rehúye la crítica que más se le ha repetido a lo largo de los años: que escribe libros de niños para adultos. La acepta casi con gusto, y la convierte en una defensa deliberada de la fábula como forma seria de pensamiento. «Las historias son lo opuesto a la depresión. Cuando estaba deprimido me sentía atrapado, pensando que nada cambiaría nunca. Una historia siempre necesita que algo cambie, un personaje tiene que cambiar: y eso, en sí mismo, se convirtió en un consuelo». De ahí su fidelidad a la estructura del cuento de hadas, con su moral incómoda y su final que corrige algo que fallaba. Esos libros, señala, casi han desaparecido de las listas de los lectores jóvenes, y sospecha que el fenómeno no es inocente. «El desvanecimiento de la lectura entre los hombres jóvenes puede estar relacionado con el aumento del fascismo en esa misma demografía. Las bibliotecas siempre se han quemado como señal del final de una civilización». Reconoce, sin embargo, que también hay una responsabilidad de la propia industria editorial, que hace décadas decidió a quién dirigirse y renunció, de facto, a pelear por otros lectores. El resultado, dice sin demasiada sorpresa, es que ocho de cada diez de sus propios lectores son mujeres. Hacia el final de la conversación, Haig se permite el único terreno donde no ofrece una respuesta cerrada. Creció siendo ateo —era, dice, «tan ateo como cualquiera de su generación en Bristol»—, y hoy se declara mucho más abierto a la posibilidad de una fe, aunque reconoce que su temperamento se lo pone difícil. «Me gustaría tener una fe profunda y sólida en algo. Pero mi naturaleza es tan insegura, crítica y cuestionadora que lo encuentro difícil». Esa misma inseguridad, admite, no desaparece con las cifras de ventas ni con las traducciones a decenas de idiomas. «El síndrome del impostor no se cura logrando lo que persigues: simplemente cambia de disfraz, igual que la ambición, igual que el pánico que una vez aprendió a correr hasta agotarlo», dice Haig. Todo lo que parece haber aprendido a lo largo de una carrera construida sobre la fragilidad ajena y la propia es que ninguna de esas cosas se resuelve. Se administran, un libro cada vez, justo igual que alguien que sale a correr sabiendo exactamente por qué le falta el aire.
  • Ane Zubeldia Magriñá (Ane García López) ha sido galardonada con el Premio Nacional de Poesía Joven 'Miguel Hernández', correspondiente al año 2026, por su obra 'kontra' (Susa Literatura). El premio, concedido por el Ministerio de Cultura, está dotado con 30.000 euros. El jurado ha seleccionado su obra por «la inusual intensidad plástica con la que la autora explora la versatilidad, la fricción y la quietud del cuerpo mediante un lenguaje experimental que deconstruye y subvierte la lógica de la razón». Asimismo, el jurado ha destacado que Ane Zubeldia Magriñá «demuestra una sorprendente madurez en el difícil empleo de ritmos sincopados, repeticiones y onomatopeyas que generan nuevos sentidos para abordar las complejidades y dolores del presente. En sus versos, las imágenes del agua evocan el silencio y metaforizan el abandono del ser consciente, mientras la palabra kontra «contra», transcendiendo la propia escritura, se erige como motor poético de resistencia ante la densidad del mundo actual». El premio reconoció en su pasada edición a Elisa Fernández Guzmán, uniéndose a una amplia lista de galardonados, entre quienes se encuentran Ismael Ramos, María Elena Higueruelo Illana, Alba Cid, Ángela Segovia, Xaime Martínez, Berta García Faet o Lola Tórtola. Ane Zubeldia Magriñá, (Hondarribia, 1994) es el heterónimo de Ane García López, que ha adoptado los apellidos de sus dos abuelas para el sobrenombre literario. Es traductora de formación y profesión, y ha trabajado también en la música, formando parte del grupo 'Lurra' junto a Iñigo Muguruza, y en medios de comunicación. En el ámbito de la literatura es una de las fundadoras del colectivo 'Mejillón Tigre'. El jurado ha estado presidido por María José Gálvez Salvador, directora general del Libro, del Cómic y de la Lectura del Ministerio de Cultura; y como vicepresidente ha actuado Jesús González González, subdirector general de Promoción del Libro, la Lectura y las Letras Españolas. Como vocales han actuado Juan Luis Cebrián Echarri, por la Real Academia Española; Xosé María Gómez Clemente, por la Real Academia Gallega/ Real Academia Galega; José Manuel López Gaseni (Manu López Gaseni), por la Real Academia de la Lengua Vasca/Euskaltzaindia; María Sevilla París, por el Instituto de Estudios Catalanes/Institut d'Estudis Catalans; Àngels Gregori Parra, por la Academia Valenciana de la Lengua/Acadèmia Valenciana; Eva Gallud, por la Asociación Colegial de Escritores de España (ACE); Balbina Prior Barbarroja, por la Asociación Española de Críticos Literarios; Luis Fermín Moreno Álvarez, por la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE); Roger Canadell Rusiñol, por la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE); Carmen María López López, por Centro de Estudios de Género de la UNED; Alana S. Portero, por el Ministerio de Cultura y Elisa Fernández Guzmán, autora galardonada en la convocatoria anterior.
  • El Instituto Cervantes ha acogido el legado de Narciso Alonso Cortés (Valladolid, 1875-1972) en su Caja de las Letras. El acto se completó con una mesa redonda en la que participaron Jesús Julio Carnero, alcalde de Valladolid; Mariola Alonso Cortés, bisnieta del homenajeado en representación de la familia, de la que también estuvo su nieta Margarita Calvo Alonso Cortés; Eduardo Pedruelo, director del Archivo Municipal de Valladolid, y Carlos Aganzo , director de la Fundación Vocento. Todo contó con la intervención de Luis García Montero, director del Instituto Cervantes, quien agradeció a la familia la confianza depositada en la institución, señaló la condición poliédrica de Alonso Cortés, «una figura difícil de encerrar en una sola palabra», manifestó el orgullo del Cervantes por recibir esa donación y recordó que «la riqueza de una comunidad es siempre su cultura y el mayor compromiso con el futuro es saber dialogar con la memoria». Precisamente ese polifacetismo del protagonista del encuentro fue destacado por todos. Así, Eduardo Pedruelo se maravilló de que «una sola vida diera para tanto», máximo cuando «en todas sus facetas superó la excelencia». Carlos Aganzo condensó la idea: «Un personaje total». En efecto, Narciso Alonso Cortés fue poeta, docente, académico de la RAE, investigador y estudioso de la lengua y la literatura españolas, autor de manuales de estas materias —muy utilizados durante años en centros educativos españoles y de Hispanoamérica—, y de una copiosa correspondencia con nombres relevantes, como Menéndez Pelayo, Antonio Machado , Jorge Guillén… — Pedruelo leyó una impresionante lista de corresponsales—, así como gestor cultural, siendo, entre otros cargos, presidente del Ateneo vallisoletano y de la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción, e impulsor clave en la creación de la Casa Zorrilla. Igualmente fue el primer director de la Casa de Cervantes, muestra de su acendrado cervantismo , como remarcaron todos los participantes, por lo que su legado en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes encierra un especial significado. En la mesa redonda se abordaron varias de esas vertientes — Aganzo se refirió a la poética y literaria, recordó que Antonio Machado le definió como «poeta de Castilla», y subrayó su «gran cuidado y defensa del castellano puro», — junto a su personalidad. El alcalde de Valladolid, Jesús Julio Carnero, explicó que si pensamos en los personajes cervantinos, tan queridos y analizados por Narciso Alonso Cortés, el Caballero del Verde Gabán nos lo evoca, pues ambos «representan unos valores que debemos abanderar». En este sentido, su bisnieta, Mariola Alonso Cortés, recalcó su «talante liberal», y cómo su padre, Antonio Alonso Cortés, le inculcó desde muy pequeño la sencillez, el esfuerzo y el amor a la familia. Un amor que compaginó con el profesado a la ciudad de Valladolid, que consideraba «el amor de mis amores». De ahí que aunque a veces le instaran a que se trasladase a Madrid para quizá tener mayor proyección, siempre permaneció en la ciudad del Pisuerga. Eduardo Pedruelo, director del Archivo Municipal de Valladolid, resaltó ese apego a su localidad natal, consiguiendo, no obstante, «alcanzar la universalidad desde lo local, ahondando en lo local». Mariola Alonso Cortés animó a que si queremos conocer detalles de su íntima personalidad, podemos leer el libro 'Núñez de Arce, treinta y cuatro', de su nieta Carolina-Dafne-Alonso-Cortés, que convivió con su abuelo en su domicilio de esa calle vallisoletana. En la Caja número 1059, se introdujo el 'Volumen cervantino', que reúne toda su obra sobre el autor de 'El Quijote'; su monumental trabajo de referencia ' Zorrilla, su vida y su obra' dedicado al escritor romántico, a quien Alonso Cortés llegó a conocer personalmente, pues su padre era el médico de cabecera de la familia Zorrilla; dos manuales, 'Gramática de la lengua castellana' y 'Manual de composición literaria'; una fotografía de 1945, año de su jubilación como catedrático; varias cartas, entre otras una de Antonio Machado, incluyéndose también el original del poema que en 1914 este le dedicó, definiéndole como «el poeta de Castilla» ; un estuche de piel con plumier, pluma, lápiz, abrecartas y sello de lacre; y la biografía 'Narciso Alonso Cortés, vida y obra', escrita por su nieta Victorina Alonso Cortés, reeditada recientemente por el Ayuntamiento de Valladolid con motivo del 150 aniversario del nacimiento del homenajeado, que se conmemoró el pasado año, y que ha tenido en este tributo del Instituto Cervantes un colofón perfecto.
  • Piedad Bonnett acaba de publicar ' La voz de las cosas ' (Random House), un libro singular, bellísimo, donde dialogan poemas y dibujos. Hay algo en él muy profundo, una pregunta que está detrás de cada trazo y cada palabra, que atraviesa además gran parte de toda su obra poética y narrativa: ¿qué es ser madre? ¿cómo se debe recordar a un hijo muerto? ¿cómo se debe cuidar de él cuando vive preso de una enfermedad mental? 'La voz de las cosas' habla de objetos que tienen el alma del que se marchó, pero también de los ojos que todavía los miran, los lloran e intentan buscar en ellos una compañía, un poco de vida, unas migajas de consuelo. —El 14 de mayo de 2011 tu hijo Daniel se suicidó en Nueva York. Me gustaría que, para situar a los lectores, nos dijeras cómo influyó su muerte en la creación de 'La voz de las cosas'. —Cuando Daniel muere, lo primero que pienso es que voy a escribir poemas. Pero me da tanto terror no lograr algo de valor con la poesía que se produce en mí un cortocircuito. A partir de ese momento ocurren dos cosas: decidimos viajar a Roma, a Italia, para continuar enfrentándonos a aquel duelo terrible, y es en Italia donde se me ocurre escribir 'Lo que no tiene nombre'. Y ya de regreso a Bogotá, tener que convivir con aquel vacío, el vacío de unos lugares en los que Daniel estaba muy presente. En esas circunstancias empiezo a abrir las carpetas gigantes en que había dejado toda su obra catalogada. En Nueva York encontré entre sus cosas un cuaderno de dibujo. Y un día, yo no sé por qué, viendo ese cuaderno me dije: «Voy a dibujar algo en el cuarto de Daniel». Me dieron ganas de dibujar. Pero no cualquier cosa, sino algo que tuviera relación con él, porque en ese momento todo tenía relación con Daniel en mi cabeza. Entonces fui y dibujé la ventana. Eso fue lo primero que dibujé. Él tenía un cuarto precioso, con una ventana que daba a un árbol maravilloso, a una calle muy solitaria. Esto lo hice con un lapicerito, un lápiz de punta fina. Lo hice en media hora. Cuando dibujé la ventana tomé la determinación de dibujar las cosas de Dani, las que me quedaron, que son poquititas. Entonces lo primero que hice fue sacar la chaqueta, una chaqueta viejísima que compró alguna vez en Nueva York, la colgué y la pinté, luego pinté los zapatos, la bata con que se graduó, con la firma de sus amigos. Y ahí empezó un proceso que era mío, íntimo, y que no le mostraba a nadie. Un proceso espontáneo, desnudo, en que se habla de la ausencia, del vacío. —¿Qué supuso para ti volver a la pintura en aquellos momentos? —Una manera maravillosa de descansar y pensar, porque, mientras vas haciendo eso, piensas montones de cosas. Es como abandonarte. Yo practico yoga, pero cuando uno hace yoga hay como un mandato de cosas que tienes que hacer. En cambio, esto es una actividad superlibre, que me devuelve a la infancia, a la libertad del juego, a la felicidad, a la expansión. —Tanto Daniel como tú tuvisteis mucha intimidad con el arte. —Hasta los catorce o quince años yo no sabía si iba a estudiar Bellas Artes o iba a estudiar Literatura. Creo que escogí bien, primero porque creo que tengo más habilidad con el lenguaje que con las manos. Además, el mundo del arte es muy duro hoy en día. Brutal. Respecto a Daniel, desde muy pronto, desde los diez años, nos dimos cuenta de que tenía un talento innato para el dibujo. Le pusimos en contacto con varios maestros y después hicimos que se formara en Nueva York. Estaba muy dotado para el retrato, la gente hacía corro para verlo. Pero al entrar en la Universidad, ya con la enfermedad mental encima, le pasó algo terrible: el primer día le dijeron que la pintura había muerto. Al visitar la Bienal de Venecia un año después se encontró precisamente con que la pintura estaba en un sótano, y que todo eran performance e instalaciones. Pobre. Cuando su directora de tesis le dijo que por qué dibujaba perros en vez de fotografiarlos, se le vino el mundo encima. —¿Qué pintor era Daniel? ¿Cómo lo definirías como pintor? —Primero era mejor dibujante que pintor. En la universidad buscaba un lenguaje, hasta que encontró el tema de los perros. No era hiperrealista, su trabajo plástico era muy autobiográfico y tenía que ver con su tragedia. Vemos perros desdibujados, hombres embozalados, autorretratos atormentados. Todo ello tenía que ver con lo que era el secreto de su vida: la enfermedad mental. Los ojos penetrantes de los perros, de esos perros que vigilaban la Universidad, tienen que ver con el miedo que le daba la locura. Como los autorretratos expresaban muy bien su angustia, su tormento, estaba pintando lo que le correspondía. Pero empezó a crecer en él el miedo a no llegar a ningún sitio, a morirse de hambre. Veía que la pintura no era valorada, que muchos artistas se quedaban con su obra en casa, que no tenían salida. Entonces decidió estudiar Administración de Arte, y un día me dijo que ya nunca más iba a pintar. Fue una forma de autocastigo o de huida. Yo definiría su obra como forma de vigilancia y de castigo. Era un ser muy reconcentrado, muy exigente. —¿Y los textos de 'La voz de las cosas'? —Surgieron como proyecto con alguien que fue mi alumna, dibujante. Ella estaba pasando por un duelo amoroso. Siempre me han gustado los libros en que los textos dialogan con una dimension plástica, con dibujos o pinturas. —¿Te acuerdas del verso que has repetido muchas veces de Watanabe: «La vida es física»? ¿Hasta qué punto se relacionan estos dibujos con esa idea? —Haces muy bien la relación. En mí existía un deseo muy fuerte de recuperación: ¿Quién fue Daniel? ¿Cómo lo devuelvo a la vida? Y este, que es un ejercicio de pintar sin premeditación ninguna, es profundamente íntimo: es la chaqueta que todavía huele, ¿sí? Los zapatos que le vi ponerse años, porque no cambiaba de zapatos. El pantalón de pintura, el pijama. Esa cercanía con el objeto es muy fuerte, porque no es que te cuente una historia, es que te habla del que no está. No es tanto una historia como una presencia que sigue ahí. Y cuando le dedicas tiempo a eso, estás entrando en contacto con lo perdido. No sé, porque esto tampoco tiene palabras para expresarse, porque él está ahí cuando yo estoy pintando la chaqueta. —Y sin embargo, Piedad, tú siempre has sido una persona que, cuando has hablado de la muerte, precisamente por esa idea de la vida como algo físico, has tenido muy claro que una de las cosas que se pierde con la muerte, quizá la más importante, es ya no poder acariciar, ya no poder tocar, ya no poder sentir ese cuerpo, ¿no? —Es que esa es la muerte. Esa es la muerte, la muerte no es sino eso, ¿qué más va a ser? Eso es lo verdaderamente desesperante, y es lo que te puede enloquecer: que no está, físicamente no está, entró a su puerto, no está, y la idea más horrible es que no va a estar nunca más. —Ese estado donde todo se reduce a lo físico, lo percibiste muy claramente cuando recibiste la llamada de la persona encargada de donación de órganos. —Mi hija me dijo por teléfono: «Te voy a pasar a la señora de la donación de órganos». Yo me quería negar, pero asentí... Cuando tuve que decir sí a la donación de cada órgano, cuando me los iba nombrando (el corazón, los riñones, la piel de la espalda, los huesos de las piernas) fue terrible. Y luego, cuando entré a esa especie de, no sé, como un templo donde estaban los restos de Daniel en una caja de cartón, todo parecía estar en otra dimensión. Pregunté: «¿Qué hay ahí? ¿Qué hay ahí que sea Daniel? No hay nada». Hay un montón de cosas que no son Daniel. Esas son las experiencias verdaderamente brutales, porque luego encuentras el carné, la foto, las gafas de natación, los diplomas del colegio... pero es otro enfrentamiento. —Entre tus libros no has dejado nunca de repetir una frase: «La una y diez de la tarde». Y aquí, en 'La voz de las cosas' vuelves otra vez a escribir «la una y diez de la tarde»... A la una y diez de la tarde del 14 de mayo se rompió el tiempo. —A la una y diez se rompió en verdad mi vida. No ha habido un corte más abrupto que ese, evidentemente. Y evidentemente los objetos que dibujo son tiempo, el tiempo del ayer y el del hoy. Son cosas que ya estaban desgastadas de alguna manera, pero que el tiempo sigue desgastando. Y son cosas que uno no sabe a dónde van a ir a parar. Yo siempre pienso: cuando yo me muera y la gente abra este clóset, sean mis hijas o quien sea, ¿qué van a hacer con esas chaquetas? Las tirarán en una bolsa de basura, o para un indigente. Todo sigue envejeciendo, como nosotros, todo sigue su curso. —Una de las cuestiones de tu estilo como escritora es la intensidad y la brevedad. Pero aquí eres especialmente intensa y breve. —Empecé siendo muy expresiva, por decirlo así, hasta un momento en que pasaron dos cosas: leí a Blanca Varela y sentí que su lenguaje era mi lenguaje; y llegó la enfermedad de Daniel y desprecié todo lo que fuera un exceso de palabras. Ahora, en los poemas que estoy escribiendo, he llegado a otra nueva dimensión. Es como desprenderme de ese dolor sin desprenderme absolutamente, pero tratando de zafarme de eso mediante el humor. Es como volver a aligerarme. —¿Colombia es una sociedad donde determinadas enfermedades ( el odio, la violencia) son desasosegantes para ti? —Mucho. Yo creo que no hay colombiano consciente que no sufra eso a diario. ¿Cómo es posible que esto no termine nunca? ¿Y cómo es posible que la muerte se haya naturalizado de esa manera? Estoy constantemente entre el dolor y la rabia, perpetuamente. Siento mucha rabia. Les digo a mis nietas que no vuelvan, que se queden en Estados Unidos. Prefiero perderlas. Todos los días tienes un dolor cuando abres el periódico. Yo creo que uno no puede vivir en Colombia, no es sano. Y mi hija me dice: «No sabes lo que son los Estados Unidos». —Piedad, vivimos en un mundo donde has tenido que tomar opinión, no partido, pero sí opinión, sobre determinadas cuestiones. Que además afectan mucho al mundo cultural, por ejemplo, el tema de la cancelación. En estos días dos cancelaciones ocupan los titulares: de hecho tú has firmado en contra de la cancelación de Ariana Harwicz. —Mira, yo lo veo en general como algo muy peligroso, porque no se sabe dónde está el límite. Y porque lo que hemos conquistado con la civilización es la coexistencia de lo distinto, y la gran amenaza que tenemos hoy es la persecución a lo distinto. El distinto es el migrante, y es lo que desde allá, desde Trump, digamos, se está estigmatizando, como se estigmatizó a los judíos en cierto momento. Entonces, deberíamos poder respetar lo distinto, lo cual no quiere decir aceptar lo distinto. Las palabras están para dialogar, para discrepar, pero no para cancelar. Somos un mundo de interconexiones. Una cosa es el gobierno de Netanyahu, otra cosa es el Estado judío, el pueblo judío, y otra cosa es el sionismo. Hay un montón de diferencias que hay que considerar. Ahora, eso no quiere decir que uno en ciertos momentos no deba ser muy radical. Yo entiendo, por ejemplo, la formación del Estado judío, ¿cómo no voy a entender eso? Entiendo hasta cierto punto el sionismo. Pero, por supuesto, estoy contra todos los horrores que Netanyahu ha hecho, y si me ponen a manifestarme sobre eso, lo manifiesto en cualquier escenario. ¿Sabes qué pienso en realidad? Que estamos en la época de las simplificaciones. Y eso va desde la academia, que ha simplificado un montón de cosas, hasta las redes sociales, donde todo está simplificado. Y la literatura, como lo dijo muy bien Milan Kundera, se está simplificando porque ha asumido la misma simplificación que el periodismo, que la política o la tecnología. ¿Cancelamos a Quevedo o a Shakespeare? ¿Y qué nos queda?
  • Los organizadores del premio literario francés más importante, el premio Goncourt, han anunciado este viernes que han retirado de la lista preliminar una novela muy elogiada del escritor canadiense-haitiano Thelyson Orelien, tras las acusaciones vertidas en internet de que el libro había sido escrito en gran parte por inteligencia artificial . Esta decisión, según explica en un comunicado la Academia Goncourt, se basa en «las conclusiones convergentes de varios investigadores y periodistas de renombre que destacan que 'C'était ça ou mourir' (...) es con toda probabilidad en gran medida producto de la Inteligencia Artificial». Con la retirada de la obra, los organizadores pretenden «preservar la integridad del premio Goncourt y de la propia Academia, cuyo papel fundamental es promover y honrar la literatura escrita por mujeres y hombres ». Según añaden, su objetivo es enviar « un mensaje claro »: «No respaldamos ni aprobamos de ninguna manera la creación de textos generados con la ayuda de la IA». El novelista, de 38 años, negó esta semana haber utilizado inteligencia artificial para escribir partes de su libro 'Es eso, o morir'. La obra había recibido elogios encendidos por parte de la crítica literaria en Francia. Había vendido más de 35.000 ejemplares y estaba bien posicionada de cara a la temporada de premios. La controversia empezó desde el lunes por la tarde con una publicación en las redes sociales de la cuenta anónima 'Balance ton Claude' (Denuncia a tu Claude). «¿Habéis oído hablar de esta novela? Es el 'fenómeno de la rentrée literaria'. (…) Pero, según Pangram, ha sido escrita de manera casi integral a través de IA», denunciaron en X los internautas detrás de ese pseudónimo, creado en junio y que hasta finales de la semana pasada apenas contaba con 92 seguidores en la plataforma propiedad de Elon Musk. «Siempre me ha apasionado la creación y la escritura. No veo por qué motivo recurriría a una máquina», dijo al diario progresista 'Libération'. «Se puede cuestionar mi estilo, pero ponerme en tela de juicio por un supuesto uso de la inteligencia artificial no tiene nada que ver con la crítica literaria», añadió el autor de la obra que había sido preseleccionada entre las 16 finalistas del Goncourt. La Academia publicará su segunda lista el 6 de octubre de 2026.
  • Antonio Rubio y Carmen Queralt han sido galardonados con el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 2026 por 'Divertimentos: juegos poéticos', publicado por Kalandraka. El Ministerio de Cultura ha dado a conocer este jueves el fallo del jurado, que ha destacado la capacidad del libro para convertir la poesía en un territorio de juego y experimentación. El galardón está dotado con 30.000 euros. Escrito por Rubio e ilustrado por Queralt, la obra reúne un amplio repertorio de formas y juegos literarios que van desde los 'limericks' y los trabalenguas hasta los caligramas, romancillos, haikus y poemas visuales. Para el jurado, la obra despliega «un deslumbrante muestrario poético» en el que la palabra se convierte en un espacio para descubrir, jugar y experimentar, al tiempo que explora las posibilidades sonoras y gráficas del lenguaje. El jurado ha subrayado que cada composición plantea «un desafío ingenioso para el oído y la imaginación» y celebra «la creatividad verbal, la musicalidad y el humor». A ese juego con las palabras se suman las ilustraciones de Carmen Queralt, que completan el universo del libro con una galería de animales, vegetales y seres fantásticos. La aportación de la ilustradora, según el fallo, imprime dinamismo a esta «variopinta comparsa» y potencia la dimensión lúdica de los poemas, multiplicando las resonancias de cada verso. La combinación entre texto e imagen constituye así uno de los elementos centrales de una obra concebida alrededor de las posibilidades creativas del lenguaje. El jurado también ha reivindicado la particular mirada de Antonio Rubio, maestro y poeta nacido en El Puente del Arzobispo (Toledo) en 1953. «Con su capacidad personal de mirar el mundo con un espíritu siempre nuevo», señala el fallo, Rubio consigue «una comunión perfecta con el lector más joven porque él, como ellos, es un niño entre niños». Rubio es autor de numerosos libros de literatura infantil, entre ellos la colección 'De la cuna a la luna', así como 'Aurelio', 'Colores', 'Números', 'La mierlita', 'El pollito de la avellaneda', 'Almanaque musical', 'Las alas del AVEcedario' y '7 Llaves de cuento'. También dirige la colección de poesía 'Trece Lunas de Faktoría K'. Carmen Queralt, nacida en Madrid en 1952, es ilustradora y diseñadora. Comenzó su trayectoria profesional en los años noventa y se formó en dibujo clásico, ilustración y diseño en la Escuela BAT. A lo largo de su carrera ha colaborado con distintas editoriales y publicaciones especializadas, entre ellas la revista Cavall Fort, y ha ilustrado títulos como 'El mundo al que vienes', 'El monstruo y la biblioteca' y 'Mira, mira'. Rubio y Queralt toman así el relevo de la escritora Leire Bilbao , ganadora del premio en 2025, y se incorporan a una nómina de autores reconocidos con este galardón en la que figuran Rafael Salmerón, Beatriz Giménez de Ory, Raimon Portell i Rifà, Juan Kruz Igerabide y Ledicia Costas.
  • Había recibido elogios encendidos por parte de la crítica literaria en Francia. Había vendido más de 35.000 ejemplares y estaba bien posicionada de cara a la temporada de premios. El 'storytelling' exitoso de la novela 'C'était ça ou mourir' ('Era esto o morir') de Thélyson Orélien se ha visto truncado esta semana a causa de una publicación anónima en las redes sociales : acusan al autor de haber escrito la obra con inteligencia artificial generativa . Unas acusaciones negadas por el escritor, de 38 años, que huyó de Haití en 2010 para refugiarse en la parte francófona de Canadá. La controversia empezó desde el lunes por la tarde con una publicación en las redes sociales de la cuenta anónima 'Balance ton Claude' (Denuncia a tu Claude). «¿Habéis oído hablar de esta novela? Es el 'fenómeno de la rentrée literaria'. (…) Pero, según Pangram, ha sido escrita de manera casi integral a través de IA», denunciaron en X los internautas detrás de ese pseudónimo, creado en junio y que hasta finales de la semana pasada apenas contaba con 92 seguidores en la plataforma propiedad de Elon Musk. Ese mensaje se hizo viral y fue visto más de cuatro millones de veces. Ha puesto en duda los méritos literarios de esta obra, preseleccionada entre las 16 finalistas del Goncourt, galardón más prestigioso de la literatura francesa. La publicación de la denuncia en X coincidió con la entrega el lunes del premio Fnac al escritor haitiano y canadiense. ¿El autor de la aclamada novela ha sido pillado después de que editores y críticos no se dieran cuenta del uso omnipresente de la IA? ¿O en realidad se trata de un error de Pangram, que ha dejado al escritor injustamente bajo el estigma de la sospecha ? Los expertos consideran este programa como uno de los más precisos a la hora de determinar si un texto ha sido elaborado con IA. Pero no resulta infalible y a veces se equivoca, sobre todo cuando se trata de pasajes en un idioma distinto del inglés. Orélien, con la doble nacionalidad haitiana y canadiense, ha negado haber recurrido a la IA para redactar el libro, que «empecé a escribir en 2017». «Siempre me ha apasionado la creación y la escritura. No veo por qué motivo recurriría a una máquina», dijo al diario progresista 'Libération'. «Se puede cuestionar mi estilo, pero ponerme en tela de juicio por un supuesto uso de la inteligencia artificial no tiene nada que ver con la crítica literaria», añadió. Además, el autor, que ha recibido el apoyo de su editorial francesa (Grasset) y de la quebequesa (Boréal), prepara una serie de pruebas para demostrar la autoría humana de la novela, según explicó. Sus afirmaciones se vieron reforzadas por una comprobación hecha por la Agencia France-Presse. Según el sistema de verificación de IA de esta agencia de prensa, « hay una probabilidad elevada» de que la polémica novela «haya sido escrita por un humano». Otros programas con una función parecida se contradicen a la hora de determinar si la ha redactado una persona o una máquina. Publicada en marzo en Quebec -donde reside el autor desde hace más de una década- y a finales de agosto en Francia, 'C'était ça ou mourir' es la primera novela de Orélien, quien había escrito antes varios libros de poesía y un ensayo. Cuenta la historia de un inmigrante haitiano y su periplo por buena parte del continente americano hasta llegar a Estados Unidos, donde lo detienen los agentes del ICE (policía migratoria). Su estilo destaca por la influencia de los dialectos caribeños, así como las repeticiones propias de un francés hablado . Según el escritor, «ese programa está acostumbrado a tradiciones literarias francesas y a autores clásicos», lo que explicaría, según él, que piense que su libro ha sido redactado por la IA. Además del posible uso de la inteligencia artificial y los límites de los programas de verificación, esta polémica también resulta compleja por las intenciones de la cuenta anónima que la destapó. Se desconoce quién está detrás de ese usuario. Y este libro es uno de los últimos que editó en Grasset Olivier Nora, un reputado editor cuyo despido en abril por el empresario Vincent Bolloré -conocido en Francia por sus afinidades con la derecha radical- había generado un gran revuelo. En unos mensajes de texto que enviaron a la emisora France Culture, los responsables de 'Balance ton Claude' aseguraron estar «preocupados de que la IA invada nuestras pantallas y nuestros libros» . Y aseguraron que quieren «evitar un mundo en el que las producciones de texto con IA sustituyan las creaciones humanas y desincentiven la escritura y el esfuerzo intelectual».
  • A Luis Mario (Cantabria, 1992) no le gusta hacerse fotos ni que las cosas que no tengan que ver con la literatura le duren demasiado en la cabeza. La primera vez que se interrumpe no ha pasado ni un minuto de conversación. Está explicando por qué decidió que una gota de agua (una gota idéntica a todas las demás gotas) merecía ser el centro de un cuento, y a mitad de la frase se detiene en seco. «Perdona, me está costando concentrarme». Arranca de nuevo, avanza tres o cuatro ideas, y vuelve a frenar: «Perdón que me voy por las ramas». La realidad, claro, es que no se va por las ramas. A lo largo de casi una hora, Luis Mario pedirá disculpas media docena de veces por divagar, por enrollarse, por repetirse, y en todas esas ocasiones estará haciendo lo mismo que hace en 'Libro azul con mosca' (Reservoir Books), su libro de relatos: partir de algo mínimo y tirar del hilo hasta que empieza a sostener cosas que no debería poder sostener, pero lo hace. «Al desestabilizar mínimamente la lógica imperante y establecer una nueva, te das cuenta de que eso es una fisura hacia lo poético. Un hueco por el que asomarte y ver un montón de cosas más». Por ese hueco, dice, asoman de pronto ideas mucho más ambiciosas: la pesadumbre de las rutinas, el peso existencial de repetir cada día lo mismo y –matiza, porque siempre matiza– el peso existencial de no tener nada que repetir. Todo esto empieza varias décadas atrás, en una pescadería de barrio. Había una oferta pegada al mostrador: segunda unidad de mejillones a mitad de precio. Su abuela leyó el cartel, se acercó al dependiente y pidió, con toda naturalidad, lo único que la oferta no contemplaba. —Pues póngame solo la segunda. Luis Mario se reía siempre, hasta doblarse. Su abuela era una contadora compulsiva de chistes: él se los pedía, se los aprendía, llegó a inventarse algunos –«que Dios sabe qué malos serían»–. Fue importantísima, aclara, y sigue siéndolo. Lo que no sabía entonces es que no se reía de un chiste; se reía de una grieta. «Es ilógico en el mundo, en la realidad lógica que tenemos concebida. Pero si analizas la frase en sí, en el plano del lenguaje no hay nada ilógico. Estás abriendo una lógica nueva, perfectamente accesible. Nos reímos porque es imposible. Mientras lo leemos, es impecable». Él tiene un nombre casero para esa sensación: cosquillas en el cerebro. Otros la llaman chispa, o brillo, o ingenio, y a él le parece que todos esos términos rodean la misma cosa sin atreverse a nombrarla. La cosa es lo poético, que no tiene nada que ver con la belleza. Atendiendo a la etimología, poético es lo que no es y acaba siendo: creación, no ornamento. Le irritó durante meses que de 'Calabobos', su anterior novela, se dijera que era «muy bruta, pero al mismo tiempo poética», como si lo segundo redimiera lo primero. «Lo bruto también puede ser poético» , zanja. A esas averías las llama moscas, y el término no es caprichoso. La mosca es lo que siempre está ahí, zumbando en la periferia de la vida doméstica, sin que nadie se pare a preguntarse qué hace ahí. También es, en la pintura flamenca, ese insecto hiperrealista que algunos maestros posaban sobre el lienzo: un trampantojo dentro de otro, colocado a plena vista. Cuando se le pregunta cuáles le interesa sacar a la luz, responde con tres palabras y una pausa larga: «Los más presentes. Por eso mismo nos resultan invisibles. Como nuestras propias narices: de tan presentes, hemos acabado por no verlas». Situar la avería en un escenario inverosímil sería hacer trampa, porque la rareza se justificaría sola. De ahí se deriva su idea más aprovechable: que el humor y el terror son el mismo animal. Los dos nacen de un quiebro en la lógica cotidiana, pero lo que decide el tono no es la anomalía, sino cómo reacciona quien la sufre. Luis Mario cree que la resignación es lo más humano que hay: adaptarse es un instinto, cuestionarse es un trabajo agotador. «En los cuentos la disrupción es una gota que se repite», dice. «En el mundo real son cosas muchísimo más graves. Y también las aceptamos sin más. Y no deberíamos». Su razonamiento tiene forma de inversión. Cuando la ciencia descubre algo, lo primero que hace es ponerle nombre, obligar al lenguaje a alcanzarlo. ¿Y si el movimiento pudiera hacerse al revés: descubrir en el lenguaje algo que todavía no tiene réplica física, no porque sea imposible, sino porque aún no hemos sabido fabricarlo? «La capacidad creadora de las palabras no se agota en la literatura: sirve a nivel filosófico y, sobre todo, político», declara. Aquí aparece su última obsesión, Mark Fisher , y con ella la idea de que hay palabras que hay que cambiar antes de poder cambiar lo que designan. «Mientras la palabra 'riqueza' siga teniendo un reflejo económico, todo ser humano va a querer acceder a ella. El problema es que esa riqueza significa algo económico». Aplica el mismo cuchillo a democracia, que en sus palabras es «un término que en España designa hoy un sistema de partidos donde se vota una lista y no a una persona », y que sigue reclamando la herencia de Atenas. De ahí llega, casi por gravedad, a la defensa más combativa de su discurso: «Si al capitalismo le interesa que todo sea útil y productivo, detenerse a mirar una gota que cae es literalmente un sabotaje. Prestar atención a lo inútil es activismo en sí mismo», afirma. Aun así, sostiene que escribiría igual sin publicar: que se sentaría de todos modos a pensar durante días en una gota repetida, porque el acto de fijarse le produce un placer que no necesita destinatario. Ese placer tiene un reverso. Luis Mario tiene un trastorno obsesivo-compulsivo diagnosticado desde la adolescencia. De los que no se manifiestan en las manos, sino en la cabeza: rituales mentales, bucles de pensamiento, la misma idea dando vueltas durante horas. Lo llamativo es a qué se aplica esa maquinaria, al detalle más nimio y carente de importancia del mundo. La misma atención microscópica que produce los cuentos es la que, fuera de la página, le resulta insoportable. «En la literatura me fascina. Puedo pasarme días dándole forma a un cuento y no existe nada más. En el día a día, con una tontería sin importancia, es horrible». De su época en publicidad recuerda horas en la ducha, en el trabajo, paseando, buscando una sola frase. Con los amigos sigue jugando a cruzar nombres de famosos con animales, y aguanta el juego una tarde entera: 'Federico García Laorca', 'Eric Placton'. Cuando la obsesión tiene forma de juego, es fascinante. Cuando no la tiene, es una enfermedad. «Desde fuera es facilísimo idealizarlo», dice. «Pero ningún trastorno es agradable. Preferiría mil veces no medicarme, ni ir a terapia, ni nada de eso». 'Calabobos', con su literatura rural y su oralidad, recibió un aplauso casi unánime. Aquello, lejos de tranquilizarle, terminó por inquietarle. «Si hay unanimidad, significa que eso no era novedoso, que ya se había hecho», razona, y admite que el camino se lo habían dejado abierto: «Andrea Abreu ya había puesto las cosas fáciles». La buena acogida, sospechó, no medía su acierto sino su docilidad.  'Libro azul con mosca', en cambio, divide. Hay lectores que adoraron 'Calabobos' y aquí no encuentran por dónde entrar. Google lo clasifica, con esa frialdad suya, como ficción absurda, etiquetas que se quedan a menudo en la pirueta técnica sin llegar a la melancolía que sostiene el libro por debajo. Y alguien, en algún sitio, escribió que era 'absurdamente insufrible'. «Es lo mejor que han dicho del libro. Quería proponerle a la editorial que lo pusiera en la faja». El problema está en intentar decidir qué parte del libro es real y cuál pertenece al juego. «No se trata de que haya una realidad y otra ficticia. Los trampantojos pueden ser una realidad perfectamente válida. A través de ellos puedes llegar a algo que no existía y que ahora existe». Que es, otra vez, su definición de lo poético: lo que no es y acaba siendo. Afuera siguen goteando los grifos, sigue habiendo una última patata en campos llenos de patatas y sigue habiendo ofertas de dos por uno en el mostrador de una pescadería. Nada de eso ha cambiado. Lo único que propone este libro es que durante un rato seamos capaces de verlo. Como la nariz.
  • Hay películas que se agotan enseguida, a pocos minutos de abandonar la sala, y hay otras que se expanden, que piden conversación y que permanecen en el pensamiento del espectador. 'Los Domingos', de Alauda Ruiz de Azúa , es de estas últimas. Concha de Oro en San Sebastián, triunfadora en los Goya y con más de setecientos mil espectadores, su mayor logro fue el debate que sembró sobre el tratamiento de la fe, la familia y la adolescencia en la ficción. El libro Después de «Los Domingos» (EUNSA, 2026), recoge esta conversación. A través de cuatro estudios que utilizan la película como base, el libro trasciende la cinta y aporta un valor añadido. Lourdes Esqueda , profesora de Cultura Visual en la Universidad de Navarra, propone un retrato generacional. Sitúa a Ruiz de Azúa en el llamado Nuevo Cine Español, junto a Carla Simón, Pilar Palomero o Celia Rico : cineastas nacidas entre los setenta y los noventa, formadas en la crisis, con una voz firme, sin miedo a la censura, y que filman la realidad a través de la ambigüedad de lo cotidiano, sin caer en el cine de tesis. Esqueda, siguiendo el trabajo de la cineasta —'Cinco lobitos', 'Querer' y 'Los Domingos'—, reconoce tres constantes: una documentación casi periodística, la obsesión por lo que une o rompe a una familia y un respeto ontológico hacia la realidad y hacia el espectador. Profundiza en su análisis de la película relacionándola con ideas filosóficas como, por ejemplo, la de Martin Buber, con esa mirada desde el «yo-tú»: sin reducir al otro a un objeto. Armando Pego , doctor en Filología Hispánica por la Complutense, propone una lectura psicoanalítica que se aparta del concepto del mencionado «giro católico». Lo que se muestra en pantalla supone el regreso de lo reprimido: familia y fe —que la generación «posmoderna» creía enterradas— vuelven cargadas de afecto y de ansiedad. Su análisis de los personajes de Iñaki y de la tía Maite es de lo más interesante del volumen. Ni villano ni santa: dos hermanos con un duelo sin cerrar por la madre de Ainara, atrapados en un silencio que la vocación de la joven hace estallar. Pego lee la película como una tragedia otoñal, donde todos pagan un precio, y concluye afirmando que la psicología puede «abrir un itinerario hacia lo espiritual» sin llegar a agotarlo. Esa puerta la cruza Lucas Buch , profesor de Antropología Teológica en la Universidad de Navarra, al examinar la vocación de Ainara y el acompañamiento del padre Txema y de la madre Isabel. Distingue sus anhelos de las heridas y advierte contra la tentación de reducirla a sus carencias. Señala también lo que la cinta omite: apenas hay comunidad cristiana, oración ni sacramentos. Sus preguntas más incómodas se dirigen a los adultos: respetan la libertad de la joven, pero ¿le ofrecen la confianza incondicional que necesitaba? Es una reflexión valiosa para quien acompaña a jóvenes, sea en un aula, una parroquia o un salón. Gema Pérez Herrera , profesora de Historia en la Universidad de Valladolid, cierra el círculo con una panorámica que va de 'Sirat' a 'Don't Look Up', de la Juana de Arco de Dreyer a la de Besson, de 'Materialistas' a 'El reino de Dios'. Su tesis: la pregunta por Dios no ha desaparecido del cine, se ha desplazado hacia lo humano. El amor, el sufrimiento o la muerte son grietas por las que asoma el misterio. Repasa la tradición anticlerical del cine español y reconoce en 'Los Domingos' un punto de inflexión donde no elude la polémica: dedica páginas al discurso de la directora en los premios Forqué y a la dificultad de abordar estos temas fuera del canon dominante. Los autores no siempre piensan lo mismo, se citan y se matizan, y todos escriben con la prudencia de quien sabe que la película es más grande que cualquier interpretación. Ninguno pretende cerrar el debate; los cuatro lo alimentan. En esa variedad, y no en la coincidencia, el libro gana. Sería un error, por tanto, tomar «Después de «Los Domingos»» por un mero resumen o un libro para cinéfilos. Es el análisis de una mirada, la de una generación de directoras que ha decidido escuchar antes de sentenciar; de una época, la nuestra, que llamamos postsecular sin saber muy bien qué significa; y de una sociedad que descubre, entre el pudor y la curiosidad, que hay preguntas que siguen pendientes. Quien haya visto la película encontrará aquí buena compañía para seguir dándole vueltas. Y quien no, una excelente razón para hacerlo. Ficha «Después de 'Los Domingos'» Lucas Buch (ed.), Lourdes Esqueda Verano, Armando Pego Puigbó y Gema Pérez Herrera EUNSA, 2026 236 páginas Disponible en EUNSA

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