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Esta semana comienza oficialmente la Feria del Libro de Sevilla 2026 . Se trata de una de las citas culturales más importantes y esperadas del año en la ciudad que se celebrará desde el 28 de octubre hasta el 8 de noviembre en los Jardines de Murillo , un espacio que repite por tercer año consecutivo como sede del evento tras albergar las ediciones de 2024 y 2025. Para este año 2026, la nueva edición de la Feria del Libro contará con más de un centenar de actividades de ámbito literario como presentaciones, firmas de autores, encuentros, charlas y diferentes talleres de todo tipo. Todas ellas están incluidas en una amplia programación que combina superventas, talento emergente, literatura infantil, poesía, novela negra, cómics y nuevas comunidades lectoras. Además, como es tradición, numerosos autores y autoras asistirán a la Feria del Libro para firmar ejemplares en los diferentes stands de las editoriales y las librerías. Algunos de los más conocidos serán Roberto Leal, Carlos Bardem, Lola Pons, María Hesse, Nerea Pérez de las Heras, Igor Yebra, Julio Muñoz Gijón 'El Rancio', Pablo Ojeda, Imna Aguilera, Ignacio Peyró, Jacobo Bergareche, Ibon Martín, Paul Pen, Nerea Riesco, Cherry Chic o Isabel Bono , entre otros. En este gráfico puedes consultar las fechas y los horarios de firma de todos los autores que estarán en esta edición de la Feria del Libro 2026. La Feria del Libro de Sevilla 2026 se iniciará oficialmente este miércoles 28 de octubre de la mano de Roberto Leal , elegido como el pregonero de esta edición. El periodista, presentador y escritor sevillano fue designado para tal fin por su trayectoria vinculada a la escritura, pues tiene varios libros publicados y este año, de hecho, ha lanzado 'El sótano' , su última novela con la que se adentra en el género de la ficción. El propio Roberto Leal expresó su agradecimiento por haber sido elegido para inaugurar esta nueva edición de la FELISE: «Se trata de un regalo doble. Por un lado, compartir este momento con mi tierra, mi gente, familia, amigos… y por otro, porque ser pregonero de la Feria del Libro de Sevilla el año en que se ha publicado tu novela es sin duda un regalazo». Como cada año, la Feria del Libro de Sevilla contará con un amplio número de autores que estarán presentes en las diferentes actividades, como es el caso de Carmen Mola, Manuel Vilas, María Oruña, Alana S. Portero, Jesús Carrasco, Paco Roca, Rayden, Ignacio Peyró o Lana Corujo , entre otros. En total, esta nueva edición participarán más de 120 autores. La programación oficial de la Feria del Libro 2026 comenzará el miércoles 28 de octubre a partir de las 19:30 horas con el pregón de Roberto Leal . Ya durante el viernes 30 habrá varias actividades muy interesantes, como la presentación de 'Bajamar', de Ibon Martín , o el encuentro entre Isabel Bono y Sara Mesa . El sábado 31 también habrá otros eventos relevantes como el encuentro con Ignacio Peyró , que estará acompañado por Lola Pons y Luis Sánchez-Moliní , además de la sesión 'Mundos de Tinta', con Esperanza Luque, Paula Gallego, C.A. Todorova y Alba Cargol. Durante la segunda semana, algunas de las actividades más destacadas serán la presentación de 'El Dedo en los Labios', de Lola Pons , el encuentro con Nerea Pérez de las Heras en torno a 'Fantasma' y la presentación de 'Los Huérfanos', de Carmen Mola . En los días finales también habrá otras citas importantes como las conversaciones del ciclo HISPALIT dedicadas a autores destacados como Lana Corujo, César Pérez Gellida, Fernando Repiso o Rayden, entre otros. Las actividades, además, se celebrarán en los 55 stands que habrá en esta edición y en otros tres espacios culturales de la ciudad como la Fundación Unicaja, la Fundación José Manuel Lara y la Universidad Internacional de Andalucía (UNIA) . Otra de las novedades de la FELISE para este año es que contará con un presupuesto mayor que se ha destinado, principalmente, a garantizar que la lluvia afecte lo menos posible a las personas que vayan a asistir a esta nueva edición. La Feria del Libro de Sevilla 2026 estará abierta durante todos los días de la semana incluyendo los días festivos. Además, contará con un horario de mañana y otro de tarde que cambiará en función del día: Los apasionados de la lectura tendrán una oportunidad única para disfrutar de la literatura en este importante evento cuyo objetivo principal es poner en valor la cultura literaria de nuestro país, además de fomentar la lectura y dar visibilidad a los numerosos escritores que participarán este año.
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Hace apenas unos días, Almadía suspendió las presentaciones en España de 'Donde el agua trabaja', la novela del peruano David Silva Rojas que había ganado en julio su primer premio internacional de novela breve. Las bases prohibían cualquier uso de inteligencia artificial y el autor había jurado cumplirlo, pero 'El País' pasó el texto por Pangram, un detector de IA, que atribuyó a una máquina el 99% del contenido. Un mes antes, la Academia Goncourt había retirado de su lista de candidatos a Thélyson Orélien por una sospecha parecida. Y Planeta, cuyo premio es el mejor dotado del mundo para una novela inédita, ha sometido este año a todas sus finalistas a un filtro de verificación. Los premios se parecen cada vez más a tribunales de autoría. Pero en las oficinas de las editoriales que los convocan, la inteligencia artificial trabaja ya en otras tareas, corrigiendo, comprobando datos o gestionando contratos, y es un uso que el lector rara vez ve. Antonio J. Rodríguez ha visto esas polémicas desde los dos lados del escritorio. Primero fue el lector que nadie ve: estudió Periodismo y Literatura, escribió libros y durante años redactó informes de lectura para distintas editoriales. Hoy dirige una empresa que automatiza parte de ese oficio. Alighieria nació en 2025 de una alianza poco habitual, la de un hombre de letras con dos ingenieros, Diego y Miguel. Él, por su parte, no ha tocado una línea del código que sostiene el negocio, pero aun así, según cuenta, ya trabaja con más de cien editoriales en siete países, casi todos de habla hispana. En su web figuran, entre otros, Anagrama, Círculo de Lectores, Páginas de Espuma, Narcea, Comares o la Universidad de Sevilla. Su producto principal no escribe nada; es una revisión integral que se aplica antes de enviar un libro a la imprenta. Rodríguez lo explica como si fuese un catálogo de arte, un género donde «cada línea está llena de datos», explica. «Revisar eso es una cantidad de información inhumana». La herramienta lee el texto y marca lo dudoso («Te remarca que la fecha de la página 108 no coincide con la de la 107», explica Rodríguez). Lo que se hace después es cosa del editor o del autor, que va punto por punto aceptando o descartando cada aviso. «Nuestra filosofía es no intervenir dentro del texto», insiste. Otra de sus herramientas, Publisher, se ocupa de contratos, derechos y liquidaciones, lo que él llama 'la parte antipática de la edición'. «La parte bonita del trabajo, el trabajo intelectual, la escritura, la concepción del libro, se la dejamos a los autores». Rodríguez recuerda que no hay por qué escandalizarse de la resistencia del sector. Hace quince años, cuenta, gestionaba páginas de Facebook para editoriales, y el marketing digital se miraba casi como un tabú. «La IA es un medio y no un fin», dice. Quien se quede en la caricatura de la tecnología se equivoca. «Es un campo lo suficientemente hondo y lleno de debates internos como para no englobarlo en una sola cosa». El terreno más resbaladizo son los informes de lectura, que la herramienta también produce: ¿Quién responde ante un autor cuando una máquina ayuda a rechazar su novela? Rodríguez distingue dos partes. La objetiva incluye los personajes, la tradición en la que se inscribe el libro y los temas de actualidad, y ahí la máquina ayuda. La subjetiva incluye el gusto, y ahí el editor decide por razones que no siempre sabría justificar. «El oficio editorial es subjetivo, caprichoso e impredecible», resume. «Muchos editores te dicen que, leyendo cinco páginas, saben si quieren publicar un libro». Para él, ese núcleo no ha cambiado: una máquina puede ofrecer una primera panorámica más rápido, pero la decisión de contratar sigue siendo del editor. Admite, eso sí, que los editores le comentan que los manuscritos han cambiado: autores que antes escribían con torpeza, de pronto escriben bien; escritores sin obra publicada aparecen con varios textos en poco tiempo, sobre todo en edición académica y jurídica. Pero no cree que el problema esté ahí: en España se publican en torno a cien mil títulos al año, una cifra «inmanejable para editoriales y librerías». «Publicar más no es la solución para nadie. El cuello de botella sigue estando en la distribución, no en la producción». El panorama que dibuja su caso admite una descripción más general. La IA entra en la edición española por tres vías. La primera es la trastienda: corrección, verificación de datos, contratos, derechos. Es el terreno de Alighieria y de los grandes grupos. Penguin Random House, por ejemplo, anunció en enero de 2025, a través de su matriz Bertelsmann, que desplegaría ChatGPT Enterprise entre su plantilla. Aquí la resistencia es menor, porque la herramienta no firma nada. La segunda es la traducción. En abril, ACE Traductores lanzó una campaña por un Sello de Traducción Humana y pidió a las editoriales que informasen con claridad de cuándo se emplea IA generativa; ya en 2023, el especialista Ruiz Casanova se alarmaba por la falta de declaraciones públicas claras de los grandes grupos sobre sus planes. La tercera es el flujo de manuscritos y concursos, que es donde han estallado los escándalos. Los certámenes han respondido con prohibiciones, pero una prohibición sin forma fiable de verificarla se basa en la palabra del autor, y el mercado ya apunta a que la palabra no basta. La tecnología ya está dentro, en los márgenes, y lo que se discute es cómo se declara. Rodríguez sostiene que la decisión de publicar seguirá siendo del editor que, leyendo cinco páginas, sabe si quiere un libro, por razones que ninguna máquina sabría justificar. Ahí sitúa la edición, por ahora, su frontera. Lo que queda por resolver es cómo se lo cuenta al lector, que busca en el libro esa misma firma.
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Un libro promete una historia, una voz, un mundo. Hasta hace poco, eso bastaba: ahora el lector exige también una prueba de que entre sus líneas alguien dudó entre una palabra y otra, y los escritores, que son quienes más defienden esa duda, no se ponen de acuerdo en dónde acaba lo que le permiten a la máquina. Jorge Volpi pasó meses probando modelos de lenguaje para dar voz a la IA que narra 'La República' y acabó desarrollando su propia aplicación. Para él, el problema no es la herramienta sino usarla «sin responsabilidad, sin criterio y sin transparencia». Olga Tokarczuk lo comprobó este año: la Nobel reconoció que había adquirido un modelo avanzado y que ampliaba y profundizaba su pensamiento creativo. La reacción fue tan dura que tuvo que aclarar que ninguno de sus textos, incluida su próxima novela, se había escrito con IA, salvo para agilizar la investigación preliminar. Manuel Jabois la usa como sustituto de Google para documentarse y para explorar posibilidades léxicas. Quien crea que el trabajo consiste en pegar lo que devuelve la máquina, advierte, «no entendió nada». El patrón se repite: documentar, comprobar, no escribir. Ni siquiera ese uso modesto se acepta sin reservas. En mayo, la Conferencia de Escritoras y Escritores, reunida en Potes (Cantabria), criticó a los colegas que hacen declaraciones contrarias a los intereses del gremio, como consultar a una IA sobre sus propios libros. Según su portavoz, Manuel Rico , presidente de la Asociación Colegial de Escritores, eso «alimenta» a la máquina. Hay quien mira más lejos. El poeta, traductor y editor Juan F. Rivero (Sevilla, 1991), premio Libro del Año 2021 del Gremio de Librerías de Madrid por 'Las hogueras azules', escribía este lunes en X que la IA le parece imparable por una razón poco épica: el oficio está plagado de gente cuyo objetivo no es producir obra artística, sino ganar dinero o lectores con un producto comercial al que la máquina le sale a cuenta. Eso, matizaba, no significa que la escritura, ni siquiera la puramente humana, esté acabada. Lo que prevé es una distancia cada vez mayor entre la escritura comercial y la artística, en la que el estilo será crucial y la elección de los temas cambiará de raíz, quizá como la irrupción de la fotografía alteró la pintura en los siglos XIX y XX y, por arrastre, a las demás artes ancladas hasta entonces en el paradigma mimético. Él no piensa usarla para nada que no sea la pura documentación, pero cree que la pregunta ya no es si usarla ni en qué grado, sino «cómo dirigirnos a un mundo que la ha internalizado como el recurso por antonomasia». Hace apenas unos días, cuando el escándalo de Thélyson Orélien por el Goncourt ya parecía haber sido dejado atrás, Almadía suspendió en España las presentaciones de 'Donde el agua trabaja', la novela ganadora de su premio de novela breve. Pangram, en una investigación de 'El País', atribuyó a la máquina el 99% del contenido del libro. La editorial recordó que el autor, David Silva Rojas, había jurado no usar IA y dijo no tener elementos para desconfiar de su palabra. La ironía, sin embargo, es que el acusador es otra máquina. No todos ven en esta ola de controles una defensa legítima de la autoría: hay quien habla de caza de brujas, otros advierten que «100 % humano» se convierta en sinónimo de calidad, como si no existieran muchas novelas malas escritas sin ayuda de ninguna máquina. La sospecha, aun cuando se desmonte, deja su marca. Y tampoco el caso es limpio: el propio Orélien ha admitido usar herramientas para documentarse , en particular con expresiones de otros idiomas, y reconocido errores de plagio pasados, mientras su editorial quebequesa asegura haber encontrado indicios de uso de IA en los metadatos de unos documentos. Entre la caza de brujas y la ingenuidad cabe poco espacio, y hoy no hay nadie con autoridad para ocuparlo. Para la 'bestseller' nacional Dolores Redondo «nada es 100%», pero ha decidido adelantarse a la sospecha. En la contracubierta de su último libro, 'Todas las noches, todas las ciudades' figura el sello 'Sine Machina', que certifica que no ha intervenido la inteligencia artificial. La autora lo con perspectiva histórica. «El plagio y las novelas 'a chorro' existen desde siempre, y hasta a Cervantes lo plagiaron», asegura Redondo. Ella misma usa Save Creative, un registro europeo que guarda cada sesión de trabajo. Enseña lo que archiva: cien mil copias, la página 5, la 12, la 220, un año y pico de crecimiento del texto. Aun así, «es triste que seas tú el que tenga que buscar herramientas» para demostrar que lo has escrito tú. Añade que sus libros ya han alimentado a esos sistemas: una asociación presentó una reclamación y, al consultarlo, comprobaron que había usuarios que los habían subido para pedir ayuda con una novela del estilo. Redondo ocupa un extremo. En el otro están quienes han decidido no esconderse. La novelista Sara Barquinero la utiliza muchísimo y dice que «no le da vergüenza admitirlo»: se programó un modelo propio que conoce su situación profesional, le resuelve desde facturas hasta correos y, para cada libro, le avisa de pequeños fallos de raccord. A Vila-Matas le sirve para algo similar , en su caso, para encontrar frases suyas que no es capaz de localizar. Mikel Santiago, que además de novelista es informático, nunca le pediría una escena o un diálogo, pero sí que analice el manuscrito y marque dónde pierde ritmo. Javier Cercas lo resume desde otro lado: un escritor no escribe para producir texto, sino para descubrir lo que no sabía antes de sentarse. Los premios, mientras tanto, piden juramentos. Las bases del Planeta exigen al autor una declaración expresa de que su obra no es resultado de sistemas, herramientas o técnicas derivadas o vinculadas con la inteligencia artificial. Este año, con un récord de 1.424 manuscritos, todas las novelas finalistas han pasado además un filtro con herramientas de verificación para descartar el uso de IA. Es la misma lógica de Almadía: palabra del autor y detector. Hay otro matiz, y es que una redacción tan amplia no distingue entre escribir con IA y consultarla, que es justo lo que hacen casi todos los escritores citados arriba. A todo esto se suma una desconfianza de signo contrario, la de los autores hacia las máquinas. El 96 % de los escritores y traductores españoles, en una encuesta a 9.000 profesionales de las principales asociaciones, considera imprescindible su autorización expresa para entrenar modelos con sus obras. En junio de 2025, ABC publicó que CEDRO había identificado en LibGen , un repositorio pirata de origen ruso, 49.461 títulos publicados en España, de hasta 41.000 escritores y más de 1.100 editoriales. El listado llega de Camilo José Cela, fallecido en 2002, a David Uclés, y pasa por Rosa Montero, Javier Cercas, Almudena Grandes o la propia Dolores Redondo. Los trabajadores de OpenAI y Meta han reconocido en procedimientos judiciales en Estados Unidos que sus empresas recurrieron a esos contenidos para entrenar sus modelos. Montero prefiere no hablar de piratería, que tiene algo de romántico, sino de robo. Julia Navarro es más tajante: «Esto no es piratería, son bandas organizadas que roban». Los escritores se defienden así de dos sospechas a la vez: la de usar la máquina y la de haber sido su alimento. La paradoja se cierra sobre sí misma. Las máquinas que, según denuncian los autores, se alimentaron de sus libros sin permiso son hoy las que los acusan, y los premios, que les exigen jurar que no las han usado, les piden además que prueben su inocencia. Demostrar que se es humano se ha convertido en una tarea más del oficio de escribir.
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Azcoitia, 21 de septiembre de 1962. Ramón Baglietto se encontraba en la puerta de su tienda de decoración cuando vio a una mujer caminando por la calle con sus dos hijos. Al pequeño, de once meses, lo llevaba en brazos. El mayor, de 3 años, caminaba a su lado cogido de la mano cuando se le escapó la pelota. Al ver que rodaba hacia la carretera, se zafó de su madre y corrió a buscarla. En un acto reflejo, la progenitora echó a correr para evitar que lo atropellaran. Un segundo antes, Baglietto consiguió coger al bebé y, horrorizado, vio cómo madre e hijo eran arrollados por un camión. Al día siguiente, 'El Diario Vasco' publicaba la noticia en portada y contaba que Baglietto había puesto un crucifijo en la mano de la mujer moribunda al verla tendida en el asfalto junto a su hijo muerto. Meses después, el padre viudo se presentó en la tienda para agradecerle el gesto y devolvérselo. La vida continuó en la localidad guipuzcoana. Murió Franco, se acabó la dictadura y España abrazó la democracia. Habían pasado 18 años cuando, la noche del 12 de mayo de 1980, Baglietto era ametrallado por sorpresa en su coche por un comando de ETA. Regresaba a casa con su mujer y sus dos hijos después de trabajar todo el día en la tienda. Tras perder el control del coche por los disparos, se estrelló contra un árbol y fue rematado con un tiro en la sien por un joven de 18 años. Se llamaba Cándido Azpiazu y era el bebé al que había salvado en 1962. «Lo más terrible es que Cándido lo mató aun sabiendo lo que había hecho por él. Esto te da una idea de cómo ese discurso xenófobo y lleno de odio de ETA, un delirio basado en las pequeñas diferencias, llevó a muchos a matar», explica el dramaturgo y cineasta Jon Viar (Bilbao, 1985) al encontrarnos en el madrileño Parque de El Retiro. Llega con su padre, Iñaki Viar (Bilbao, 1947), un respetado psiquiatra y psicoanalista que, entre 1964 y 1969, militó en la banda terrorista, la misma a la que decidió combatir el resto de su vida tras salir de prisión con la Ley de Amnistía de 1977. Desde entonces, ha sido uno de los críticos más feroces del nacionalismo vasco y de su brazo armado. Hace seis años, Jon estrenó 'Traidores', un documental en el que contaba cómo, de pequeño, descubrió que su padre había sido etarra y cómo trató de encajar ese oscuro pasado mientras convivía con los atentados, las muertes y los secuestros. Ahora regresa con 'Azkoitia' (Lastura), una obra de teatro sobre el asesinato de Baglietto y la posterior lucha de su viuda, Pilar Elías , que se negó a abandonar el pueblo a pesar de las amenazas y de ver cómo Azpiazu abría una cristalería debajo de su casa tras salir de prisión en 1995. Iñaki, por su parte, publica 'El cuento de Vasconia. Mi adiós a la tribu' (Ladera Norte), las memorias en las que narra el «autoengaño» que le llevó a entrar en la banda terrorista con 17 años y en las que analiza los mecanismos del fanatismo, capaces de llevar a un joven como él a entregar su existencia a una causa equivocada. «No creo que haya muchos asesinatos como los de Ramón en la historia de ETA, aunque ese año fue una pesadilla. Es imposible que alguien recuerde todos los muertos de 1980», le comenta Iñaki a su hijo. Fueron 98, el año más sangriento de la historia de ETA. La prensa apenas les dedicaba tres líneas a cada uno. —En una entrevista con 'El País' en 2001, Azpiazu reconoció que mató a Baglietto «por necesidad histórica, por responsabilidad ante un pueblo vasco que es magnífico y que nunca había sido vencido por romanos, visigodos o árabes. Un pueblo muy distinto al de los españoles». Y zanjó: «Estábamos aquí antes que nadie». —Iñaki: Es un delirio. Y es falso que seamos los primeros habitantes del País Vasco. No tiene ninguna base histórica. Solo les sirve para autojustificar los asesinatos. —Jon: Como reflejo en la obra, Cándido se acogió a las medidas de reinserción impulsadas por el Gobierno de Felipe González y, gracias a ello, quedó en libertad. El mundo abertzale lo tachó de traidor a pesar de haber matado por las ideas de ETA. En la entrevista se justificaba por miedo, para acercarse de nuevo al entorno terrorista. —Iñaki: Algo que no suele mencionarse es que esa forma de hablar de Cándido la inventó Sabino Arana. Fue el primero que defendió que el pueblo vasco era especial, el más importante, con la lengua más antigua del mundo y que el resto les fastidiaba. El primero que dijo que no eran españoles. Mantuvo esa idea hasta que murió con 38 años. De ahí vienen todos los asesinatos posteriores. —Es verdad que tenía miedo. En esa misma entrevista, sin que nadie le preguntara, soltó: «¡Yo no delaté a nadie!». —Jon: Claro. Para mí 'Azcoitia' tiene algo de tragedia griega y 'western'. En un sistema de terror totalitario y mafioso como el de ETA, cuando entrabas, nunca salías indemne. —Iñaki: Mira a Yoyes [Dolores González Catarain, dirigente de ETA asesinada por sus compañeros cuando abandonó la organización]. —Jon: Cándido nunca quiso romper con ETA, quizá por eso instaló su cristalería debajo de la casa de Pilar, para demostrar que seguía extorsionando. —Iñaki, ¿usted se autoengañó como Cándido? —Iñaki: Sí, claro. Todos los que entramos en ETA vivíamos autoengañados. Pensábamos que el pueblo vasco era el mejor del mundo. El narcisismo te puede llevar a identificarte con un grupo de asesinos porque crees que son héroes [cuando él entró, ETA no había matado aún]. —Uno de los personajes de 'Azkoitia' dice: «Todo nacionalismo se basa en la idealización de un pasado que nunca existió. Los mitos se convirtieron en discursos de odio y, después, en tiros y bombas. La sangre se derramó para calmar el vacío de la identidad». —Jon: Efectivamente, yo creo que todo nacionalismo, ya sea vasco, catalán, español o turco-chipriota, se basa no solo en la exaltación de lo propio, sino en el rechazo de lo demás. La idealización de un pasado heroico por el que se siente nostalgia siempre me pareció peligrosa, porque impulsa a ciertas personas a pensar que el pasado es suficiente motivo para justificar las atrocidades del presente. —Iñaki: La expresión de «vacío de identidad» es importante, porque toda identidad es un vacío que se llena de palabras. Un vacío que los profetas más siniestros, como Sabino Arana, llenaron de basura y odio. —¿Cuándo empezó a darse cuenta de su «autoengaño»? —Iñaki: Cuando entré en la cárcel a finales de los 60. Me vi de estar en la calle creyendo que formaba parte de un ejército que iba a liberar al pueblo vasco y a tumbar a la dictadura, a verme como un idiota en una celda. Éramos cuatro monos a los que la Policía liquidó en cuatro días. En aquel golpe contra ETA nos detuvieron a muchos [en abril de 1969, la primera gran desarticulación de su cúpula ], pero se volvió a rehacer. Es la historia de la banda: hay detenciones, aparecen otros y hacen lo mismo. Esperemos que no vuelva a ocurrir, que no los saquen a todos y les dé por reconstruir ETA de nuevo. Para Iñaki Viar, todo comenzó en 1964, tras acabar el bachillerato. Tenía 17 años y se marchaba a estudiar Medicina a Valladolid, pero recibió esa desdichada llamada. Era su amigo Jose Echegaray para informarle de que su primo Roberto Lotina y Javier Aya querían reunirse con ellos. «Eran algo mayores, pero pertenecíamos al mismo mundo: hijos de profesionales bien instalados en Bilbao, nacionalistas, cuyas familias habían combatido en el bando republicano durante la Guerra Civil. Éramos una muestra prototípica de lo que fue aquella primera generación de militantes de ETA», recuerda el psiquiatra. Quedaron en el café Iruña y les plantearon entrar. «La organización solo había puesto un explosivo en el monumento a los caídos de Pamplona, realizado algunos sabotajes y colocado ikurriñas en ciertos lugares, pero era desconocida. Su aparición, sin embargo, supuso una novedad importante. Por primera vez los nacionalistas vascos realizaban actos violentos», aclara Iñaki. Aceptaron sin pensarlo: «Así de simple». Y añade un dato relevante: «Todos hablábamos en español, no sabíamos vascuence». Todavía faltaban cuatro años para que ETA cometiera el primero de sus 855 asesinatos, el del guardia civil José Pardines en Villabona (Guipúzcoa). Iñaki fue detenido en 1969 sin haber cometido delitos de sangre. «Yo dejé claro desde el principio que no iba a matar, que no quería que muriese nadie», asegura. —¿Qué es lo que más le atormenta de esos años? —Iñaki: Aunque tenía 17 años, los errores que cometí por cobardía y que me impidieron pensar con claridad y actuar con dignidad. Hablo de la cobardía moral, pensar que si lo dejaba me descalificarían. Puedes tener miedo y, a la vez, oponerte cuando sabes que algo está mal. Yo, al final, me opuse. —¿Fue traumático para usted darse cuenta de su autoengaño? —Iñaki: No diría «traumático», a pesar de que sufrí bastante en esa época. Darme cuenta de la realidad, creer en ella y defenderla me quitó la pena. Sostener esa nueva verdad fue muy importante para mí. —Jon: Hay un aspecto interesante que queda reflejado en 'Azcoitia'. Tú, aita, venías de una familia vinculada al nacionalismo vasco desde el siglo XIX, pero resulta curioso que una gran parte del carlismo rural de Guipúzcoa que había sido próximo al franquismo se pasó al nacionalismo vasco radical después de 1959. No al PNV, repito, sino al nacionalismo más radical. Muchos etarras que asesinaron en 1979 y 1980, la generación posterior a la tuya, venían de familias carlista-franquistas. Me acuerdo de Izko de la Iglesia, quien disparó a Melitón Manzanas. No sé si puedo decir eso… —Iñaki: Claro que puedes... —Jon: El hermano de Izko de la Iglesia, que había sido alcalde durante el franquismo, se pasó a Herri Batasuna (HB). Y el mismo Izko, tras abandonar ETA, se pasó a Euskadiko Ezkerra (EE) y los de Jarrai [organización juvenil de la izquierda abertzale] le quemaron su cafetería dos veces y se tuvo que marchar. Con esto quiero decir que no tenía nada que ver con Irlanda del Norte, donde había dos comunidades separadas físicamente. En el País Vasco se mezclaban en los barrios miembros de ideologías opuestas. Txillardegi [José Luis Álvarez Emparanza], uno de los fundadores de ETA, tenía un hermano que era de Alianza Popular. Pero parece ser que el deber con la patria, esa palabra tan pesada, a veces es más fuerte que la humanidad. —Pilar Elías tuvo que ver cómo el asesino de su marido, tras salir de la cárcel, abría una cristalería en la puerta de su casa. En la obra, Jon, lo describe como una «tragedia griega». —Jon: Así es. Pilar ya era concejal del PP en Azcoitia y su vida estaba en riesgo. Sus hijos, que ya habían visto morir a su padre, no lo soportaron y se marcharon del pueblo a rehacer sus vidas… —Iñaki: Es terrible. Y la resistencia de Pilar, admirable. —Jon: Sí, tiene algo de Antígona [la mujer que desafía al rey Creonte en la tragedia homónima de Sófocles]. En un principio no tenía una gran inquietud política, a diferencia de su marido, que era militante de UCD. Aun así, permaneció en Azcoitia para honrarle e intentar impedir que los asesinos triunfasen. Se convirtió en la voz de los que condenaban los crímenes y la extorsión y de los que criticaban el proyecto ideológico, racista y supremacista que había detrás, el cual no debía tener cabida en una democracia como la nuestra. —También era común que las víctimas tuvieran que discutir en los parlamentos democráticos con los terroristas. «Pilar se ha despertado pronto para afrontar el absurdo que le espera», cuenta la obra de teatro. —Jon: Ese «absurdo» estaba ahí. También cuando vemos hoy cómo se ha blanqueado a personas que han cometido crímenes o señalado a quien se debía asesinar y han podido presentarse a las elecciones. Hasta podrían llegar a ser la primera fuerza política del País Vasco. Ese absurdo se refleja bien en 'Azkoitia' y, por desgracia, todavía lo vemos hoy. —¿A quién se refiere? —Jon: Mmmmm… A Floren Aoiz [portavoz de Herri Batasuna en los años 90 y uno de los dirigentes más radicales de la izquierda abertzale], así como a otros candidatos de las próximas elecciones. —Iñaki: Son situaciones perversas. Calificarlo sólo de «absurdo» es maquillarlo, porque el alcalde que deja hablar a un asesino de ETA en el Pleno está cometiendo un acto de perversión y usando la ley de manera indebida. Hay también algo perverso en que una diputada de Bildu que marcaba los objetivos de la banda terrorista haya estado en las Cortes una legislatura o más. —Jon: Hay algo peor en los sectores de la población que elogian a una persona como Mertxe Aizpurua [portavoz de EH Bildu en el Congreso de los Diputados], que señalaba a periodistas, jueces y políticos para que ETA los asesinara. No se me ocurre mayor degradación del sistema democrático y de la convivencia.
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Nos situamos en el verano de 1949: el maestro Enrique Muñoz ha sufrido un traslado forzoso por parte de las autoridades franquistas. Lo envían a Boltaña, un pequeño pueblo del Pirineo aragonés. Enrique llega con su familia, sin un gran haber, a excepción de algo que cambiaría para siempre la identidad de este pueblo: su pasión por los libros. Y aquí empieza nuestra historia. El difícil acceso a Boltaña en la época, a través de carreteras escarpadas y sinuosas, provoca que los libros lleguen con cuentagotas, por lo que el maestro «vio la urgencia de crear una biblioteca», relata Teresa Mayoral, su nieta. «Llegó a conseguir 700 libros gracias a donaciones, peticiones a librerías, vecinos…» Así fue como junto a otro funcionario del Ayuntamiento, Antonio Sallán, fundó la que hoy es una de las bibliotecas más antiguas de Aragón y que, según datos del Ministerio de Cultura, es la única de España que se sitúa entre las cinco primeras tanto en préstamos de libros como en visitas por habitante. «Nos abrió una ventana al mundo», afirma Concepción Puyol, conocida por todos como Conchi, heredera desde hace 40 años de ese legado. «Entre esos libros había muchas primeras ediciones, son tesoros», señala la bibliotecaria, que asegura que la apertura supuso el florecimiento de la vida cultural de la localidad: «Al fundarse la biblioteca venía mucha gente, historiadores, fotógrafos… Venían de Francia y de España y se reunían aquí, en la biblioteca de Boltaña», afirma con orgullo. La apertura del centro no sólo provocó que la localidad fuera más atractiva para los de fuera, también cambió a sus habitantes, que se esforzaron por aprender a descifrar lo que esos libros contenían. «Hay vecinos del pueblo que todavía se acuerdan de mi abuelo», relata Mayoral. «Dicen que por la noche, después de cenar, se acercaba a sus casas para enseñarles a leer y a escribir. Y en aquella época, con el grado de analfabetismo que había en España, era todo un logro». En 1958 el maestro marchó destinado a Zaragoza, pero la semilla que había plantado continuó dando sus frutos. La biblioteca se trasladó de los bajos del Ayuntamiento a las antiguas escuelas del pueblo, un edificio de 1840 reconvertido en Casa de la Cultura. En 1986, tras aprobar Puyol un concurso municipal, el centro dio su gran salto al ampliar su horario de apenas dos horas a siete diarias, abriendo mañana y tarde. Poco a poco, ese espacio de piedra y madera lleno de libros comenzó a ser un punto de referencia en el pueblo. «Sin la biblioteca dejaríamos de ser nosotros» señala Puyol emocionada. «Para mí es tan importante que los vecinos puedan venir, que lean… Se crea un ambiente más humano». De la misma opinión es Lola, una vecina que ha crecido escuchando los cuentos que les leía la bibliotecaria y que ahora acude regularmente junto a sus dos hijas. «Para nosotros es un lujo, forma parte de nuestra vida. Ir a buscar los libros, ver a Conchita, comentar con otros vecinos lo que se están leyendo… Es como un poco estar en casa también». El caso de Boltaña ilustra hasta qué punto una biblioteca puede arraigar en la vida de un pueblo. Y no es una excepción: los datos muestran cómo las localidades más pequeñas son las que registran un uso más intensivo de este servicio público. Así, son los municipios de menos de dos mil habitantes los que lideran tanto el ratio de lectura como el de afluencia presencial en toda España, registrando una media, de 1,16 préstamos por vecino al año y 2,44 visitas por persona, cifras que superan con claridad a las grandes urbes de más de 100.000 habitantes (0,99 préstamos y 2,12 visitas), según datos analizados por ABC. «En nuestro medio rural cuanto más pequeña es la población, más desasistida está y más carente de servicios», señala Roberto Soto, coordinador del Plan de Atención al Medio Rural del Consejo de Cooperación Bibliotecaria (CCB). «Sin embargo, la biblioteca es un servicio que permanece leal a la comunidad, se convierte como en su alma, fortalece las relaciones entre sus miembros». Y esa cercanía también se nota en la manera de utilizar la biblioteca. Mientras que en las grandes urbes el usuario suele hacer un uso más práctico e individualizado —coge y devuelve el libro—, en un pueblo el valor añadido de ese préstamo está en el prescriptor. «El principal servicio de una biblioteca pública, especialmente de las de proximidad, que son las rurales, no es el préstamo: es la recomendación. Tenemos demostrado con la experiencia que cuando un bibliotecario te recomienda un libro no siempre le haces caso, pero a un bibliotecario de pueblo, sí. ¿Por qué? Porque si no es un amigo, está cerca de serlo», reflexiona Soto. Una afirmación que Puyol pone en práctica en su día a día tras el mostrador y, dado que sus lectores siempre vuelven, parece que le da resultados. «La recomendación de libros es pura psicología», afirma entre risas. «Según el que se llevan la primera vez, ya voy sabiendo cuáles les van a gustar. Siempre me preguntan: 'Oye, ¿y este qué tal? ¿Me puedes recomendar otro?'». Entre los títulos que no le fallan se encuentran Cien años de soledad , cualquiera de los cómics de Paco Roca, Hierba , Tintín , Geronimo Stilton e incluso un clásico para los más pequeños: El pollo Pepe. Es precisamente el público infantil el que encuentra el catálogo más amplio en la biblioteca de Boltaña. «Casi el 60% de las subvenciones que me dan son para libros infantiles y juveniles porque creo que son los lectores que vendrán dentro de cinco, seis o siete años», señala Conchi. «Hago todo lo posible para que ellos estén a gusto en la biblioteca». De hecho, según la funcionaria, son los más pequeños los que más a menudo cruzan la puerta del centro. Tanto es así que el carné de lector en Boltaña se tiene desde la cuna: «Cada niño que nace tiene ya el carné», relata Conchi animada. «En cuanto me entero de que ha nacido, hablo con los papás y se lo mando por carta. Y lo más importante, luego vienen, ¿eh?». De ello da fe Lola: «Cuando tuve a mi primera hija, no dejé de ir a la biblioteca, me acuerdo de ella gateando por las estanterías. Poco a poco empezó a hablar y Conchita enseguida la puso en la alfombra y le empezó a leer cuentos. Hasta que ya cuando llegaba, siendo bien pequeña, le preguntaba: 'Conchita, ¿tienes libros de brujas?'», rememora. Esa misma estampa de niños leyendo en el suelo fue la que conmovió hace poco a Teresa Mayoral cuando regresó a Boltaña acompañada de su sobrino, bisnieto del maestro fundador: «Fue muy emocionante porque el crío se sentó allí, cogió un libro y se puso a leer. Yo me emocioné muchísimo, porque dices: 'ahí está disfrutando de la herencia de ese gran hombre que fue mi abuelo'».
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'Corazón de Sílex' (Espasa), escrito por Emilia Landaluce y Rosa Belmonte, servidora, sigue con las andanzas de Socorro Núñez, periodista de sucesos del centenario 'El Matinal'. Como en ' La mala víctima' y en ' Donde caiga la flecha ', también son personajes principales las hermanas Pincho y Pila Lequerica, nietas del fundador del periódico donde trabaja Socorro y cuyo jefe, un bobo motivado, la manda a hacer un reportaje a Toulouse sobre la operación Bolero-Paprika. Pero se cruza un crimen sexual. También el pasado y algún secreto. — Esta vez la acción se traslada a Francia. — Siempre escribimos de lo que conocemos. Por eso los personajes son periodistas y no investigadores de un laboratorio. Ya sabes, Cádiz, La Mancha, Madrid, Murcia… Por circunstancias familiares voy bastante a la zona del Loira, que es preciosa. Lo más difícil fue encontrar un motivo para mandar allí a Socorro. — Va a investigar la operación Bolero-Paprika, con la que Francia expulsó en 1950 a los comunistas del exilio español. — En realidad, lo que nos divertía, y a Socorro también, era averiguar si Carrillo había matado a su primera mujer y la había enterrado en el jardín de la Pasionaria, asunto del que escribiste en ABC cuando yo era algo así como tu jefa en el periódico. Pero ya descubrirán los lectores el recorrido de esa trama. — La violación por sumisión química es uno de los temas de la novela. El juicio de Gisèle Pelicot te impresionó mucho. — Es la historia más sobrecogedora que se ha publicado en los últimos años. Que de repente la policía te enseñe vídeos en los que tu marido de toda la vida deja que un montón de desconocidos te violen y te hagan de todo es muy fuerte. Imagino que, sin esas pruebas, ella nunca habría creído que su marido era semejante hijo de puta. — Supongo que estas cosas habrán pasado siempre. — Y seguirán pasando, como se ve en el resto de los casos que contamos en 'Corazón de sílex'. Otro asunto, como ya tratamos en 'La mala víctima', era lo de esos pinchazos con los que supuestamente se drogaba a las chicas, que resultaron ser un bulo. Sí es verdad que te pueden echar sedantes en la comida o en la bebida para luego aprovecharse de ti. — También escribimos de cacerías, de campo. — De nuevo, temas que conozco y que tienen muchos aficionados, como demuestran las páginas que publica este periódico cada lunes. La escopeta nacional retrataba una realidad: la caza ha sido siempre un escenario donde se reúne la gente que manda. Franco organizaba cacerías de Estado en Mudela, a las que invitaba al dictador portugués y a sus ministros, además de a otras figuras relevantes del régimen. Francia también tenía sus cacerías de Estado. Giscard las recuperó en Chambord, como contamos en la novela. — La gente bien sigue cazando. — Claro, pero si la caza tiene tanto apoyo en el mundo rural es porque es una afición transversal, de derechas y de izquierdas. A Paco Frutos, del PCE, le encantaba cazar en mano. Y así debe seguir siendo si no queremos que se convierta en el reducto identitario de cierto tipo de gente, como está pasando con los toros, y es una pena. Siempre se olvida que una de las conquistas de la Revolución francesa fue que la caza dejara de ser un privilegio del rey y la nobleza. — Has tenido la suerte de conocer a mucha gente cazando. — Es verdad. Es una pena que las élites actuales no valoren más el mundo rural y cómo se cuida el campo para poder cazar y pescar. Me gustó mucho lo que escribió Jane Fonda, que es el prototipo de rojaza, sobre Ted Turner cuando murió: que era el mejor cazador porque era el que más respetaba la naturaleza. — A menudo escribes de esas élites. De los peces gordos. — La gente en lo alto de la pirámide rara vez deja saber lo que hace o cómo se divierte. Pero sí es cierto que los personajes de antes eran más divertidos que los de ahora. La gente con dinero de hoy es muy paleta y ha dejado de valorar la cultura y la educación. — Pero nuestras Pincho y Pila, gente bien, gente con dinero, gente que ha sabido divertirse, no son así. — No. Por eso nos gusta que Pincho se preocupe por el futuro de los medios, que al fin y al cabo son una parte fundamental de la democracia. — Bezos compró 'The Washington Post'. Aunque luego se torció. Y Elon Musk compró Twitter. — Pero eso no es un medio de comunicación. Ahí se publican muchísimas mentiras. Mira esos dos chicos a los que han arruinado la vida porque unas cuentas los señalaron como los asesinos de una anciana. Si eso lo hubiéramos publicado los periódicos, habríamos tenido que pagarles una indemnización brutal. Musk es un genio. Primero se aprovechó del auge de la legislación contra los coches de combustión y ahora tiene contratos con el Gobierno estadounidense en cohetes y defensa. Así es fácil ir de libertario y decir que el Estado no debe intervenir. A ver en qué muta cuando ganen los demócratas. Bezos, en cambio, sí se preocupa por la historia, por los libros… Pero estos tecnoligarcas son un poco cuentistas. Yo creo que ese Tesla volador que acaban de presentar está hueco por dentro.
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Descubrí el concepto de 'artista del mundo flotante' gracias a una novela del premio Nobel Kazuo Ishiguro (Japón, 1954) que se llama exactamente así, y hoy, al saber que Ryū Murakami (Japón, 1952-2026) había muerto, aparte de sentir una pequeña punzada en el corazón, algo que rara vez nos provoca la muerte de los desconocidos, he pensado que, gracias al carácter lisérgico de su obra y a su extraña y fascinante manera de ver el mundo, su trabajo podría enmarcarse en esa tradición, más propia de las artes plásticas, pero sorprendentemente perfecta para definir su literatura, que nadie debería pasar por alto ni atribuir a 'el otro Murakami', Haruki (Japón, 1949) , mucho más internacional y a menudo sombra inevitable en la proyección, más allá del archipiélago nipón, de la narrativa de Ryū. Entre los siglos XVII y XX, existió un género pictórico, el shunga , que enmarcado en el ukiyo-e, las pinturas del mundo flotante, reflejaba el erotismo y la vida cotidiana de los barrios de placer japoneses. Había en él exuberancia, brillo y una sensorialidad que pretendía estimular la percepción del espectador y despertarlo, transmitirle no tanto la escena como las sensaciones de los personajes que la protagonizaban, comunicar el placer y excitar los sentidos. La traducción de shunga es «imágenes de primavera», una expresión que nos habla de lo naciente y de la belleza de lo efímero; de la fuerza y su fugacidad… exactamente las palabras que definen a la perfección las dos novelas imprescindibles de Ryū Murakami, 'Azul casi transparente' (1976) y 'Sopa de miso' (1997). Leí la brevísima 'Azul casi transparente' (Anagrama, 2006) , con la que el autor, con solo 24 años, se hizo con el prestigioso premio Akutagawa, durante los primeros meses en que trabajé como librera, y me impactó. La historia de un grupo de jóvenes que viven su época de descubrimiento al lado de una base militar estadounidense y explora sin miedo todo tipo de música, relaciones y drogas, con un nihilismo descorazonador, se quedó conmigo para siempre, no tanto por la trama de la novela como por el impacto de su forma, una suerte de conjuro extraordinario, que siembra en el lector (en este caso, la lectora), un trance inmortal, capaz de resucitar indemne cada vez que la novela regresa al primer plano de la memoria. Ocurre lo mismo con la metafórica 'Sopa de miso' (1997) , recuperada en español en 2024 por Malas Tierras, que también ha traído a las librerías españolas 'Audición' (1995). Inicialmente publicada por entregas en la prensa japonesa, 'Sopa de miso' alterna la agresividad del thriller con un afilado tono poético y no se conforma con el relato, sino que lo utiliza para retratar con pericia el Japón contemporáneo, todavía lastrado por su historia común con los Estados Unidos. Cruenta, deslumbrante e imperdible, en ella un joven guía turístico de los barrios más canallas de Tokio sospecha que su cliente norteamericano, el mismo que noche tras noche contrata sus servicios, es un asesino en serie. Hay dolor y sangre en la obra de Ryū Murakami, pero también poesía y cierta nostalgia anticipada de la juventud, que a sus personajes siempre se les escapa de las manos. Se pasea además por su narrativa el peso de la historia, una infección de la que, a las vidas privadas, les resulta imposible escapar, porque la historia nos contiene, queramos o no. Pero, sobre todo, hay en la literatura de Ryū Murakami una belleza que se hace fuerte en su fragilidad y vuelve inmortal cada una de sus historias. No se las pierdan. Háganse un favor.
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El autor japonés Ryu Murakami , cuyas obras provocadoras —caracterizadas por una fuerte presencia de sexo y violencia— fueron traducidas a nivel mundial, falleció en su domicilio el 17 de octubre de 2026, a la edad de 74 años, según informó este viernes su editorial , que no señaló la causa de su muerte. «Nos entristece profundamente y de manera insoportable conocer la muerte prematura de Ryu Murakami, quien dedicó su carrera a publicar, de forma constante, obras impactantes dirigidas a un público joven », declaró la editorial Gentosha en un comunicado este viernes. Entre las obras más conocidas del escritor se encuentra su debut, 'Azul casi transparente' ('Almost Transparent Blue'), que retrataba la depravación de unos jóvenes inmersos en las drogas y el sexo, y que le valió uno de los premios literarios más prestigiosos de Japón en 1976, según recuerda AFP. Su novela de 1980, 'Los niños de las taquillas' ('Coin Locker Babies'), narra la historia de unos niños abandonados en taquillas de equipaje y su posterior supervivencia; por su parte, ' Sopa de miso ' ('In the Miso Soup'), de 1997, describe la incursión de un turista en el barrio rojo de Tokio. «Rogamos por el descanso de Murakami, quien recorrió su vida a toda velocidad, situándose a la vanguardia de toda una época», señaló Gentosha.
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Desde Puerto Rico, donde vivía exiliado, Juan Ramón Jiménez escribió a una joven poeta de Madrid unas líneas que mezclaban afecto y compromiso: estaría siempre a su lado, porque ella estaba «sola de su grupo» en la capital. Les prometió a los amigos de Cádiz que no los dejaría mientras viviera. La destinataria era Pilar Paz Pasamar (Jerez de la Frontera, 1932-Cádiz, 2019). Tenía poco más de veinte años y acababa de publicar 'Mara'. Esa correspondencia ocupa un lugar central en 'La niña que hablaba con Dios', la nueva propuesta de la Fundación Banco Santander en su colección Obra Fundamental. El volumen reúne verso y prosa de la autora, con textos inéditos, y recoge las cartas que intercambió con Juan Ramón, Carmen Conde, Vicente Aleixandre, Mario Cajina Vega y Fernando Quiñones. La edición y el estudio introductorio son de Manuel Francisco Reina. Pasamar comenzó a ser autora desde una edad temprana: con apenas dieciséis años escribió 'Mara', su primera obra, que no fue publicada hasta 1951, cuando ella tenía ya algo más de edad. El dato admite matices, porque otras fuentes dicen que lo escribió siendo adolescente y que tenía veinte al publicarlo. Todas coinciden en lo esencial: una jovencísima poeta irrumpió en el panorama aterido de la posguerra con un libro de tema religioso. Lo que desconcertó a los lectores fue la manera de hablar con Dios. Los poemas de 'Mara' exigen, abruman y hieren. «Tu peso duele mucho», escribe en uno de ellos, y el verso sitúa lo divino en el cuerpo, como una fatiga que se lleva en brazos. De hecho, la divinidad deja de ser una abstracción para convertirse en una fisicidad con la que se discute a solas, de noche, en un reclinatorio. Tomando esta imagen, así mismo es como se titula el poema que Juan Ramón destacó como una joya: 'El reclinatorio'. Carmen Conde , que prologó el libro, describió ese temblor con precisión. Dijo de su autora que decía los poemas como si los respirara y que había puesto su vida en afirmarse «esclava de la gracia». La poeta ilustró además el volumen con sus propios dibujos, un detalle que habla de una escritora que pensaba el libro como objeto completo. Su obra reúne dos corrientes que el régimen miraba con recelo: la juanramoniana era anatema por el exilio del maestro, y la andalusí despertaba la desconfianza de un nacionalcatolicismo que asociaba Al-Ándalus con lo infiel. De hecho, Emilio García Gómez, traductor de aquella tradición para la generación del 27, seguía reivindicándola durante la posguerra. En Madrid, donde Pasamar vivía y estudiaba, el catedrático le transmitió la misma pasión por los poetas místicos y amorosos que había movido a Lorca a escribir el 'Diván del Tamarit'. Esa doble herencia explica el carácter de su poesía, a la vez íntima y erudita, y también dice algo sobre el momento. Antes de que existiera un canon de la generación del 50, el libro de una adolescente ya reunía rasgos que definirían a aquella promoción. En 1952 se matriculó en Filosofía y Letras, donde trató a Dámaso Alonso y a Carlos Bousoño. Dámaso, que reconoció pronto su talento, le dio un consejo en forma de broma: «No estudies filología, que te me secarás». Temía que la investigación apagara la creación, como había ocurrido con tantos. Pasamar no terminó la carrera. Décadas después, a finales del siglo XX, se matriculó en Filosofía para estudiar Teología, y con ello cerró un círculo que había abierto a los dieciséis años. Los recitales de Pasamar atraían a lo más granado de la cultura madrileña. Asistían Aleixandre, José Luis Cano, Gerardo Diego, Conde, Josefina de la Torre, Gloria Fuertes y Rafael Montesinos. Asistían también figuras como Ava Gardner y Mario Cabré, que llegó a enamorarse de la poeta. El papel cuché la perseguía, y ella respondía con la distancia. Su papel en la revista gaditana 'Platero' es más difícil de fijar. La publicación nació en 1950 y destinó fondos a crear el premio Platero de Poesía. La primera edición la ganó José Manuel Caballero Bonald, con un jurado del que formaban parte Pasamar y Fernando Quiñones. Ella, que apenas tenía dieciocho años, se sentaba así al lado de quien luego sería una de las firmas mayores de la generación. Juan Ramón actuó como puente: enviaba inéditos propios y de autores como Alberti, e hizo de Pasamar su interlocutora en Madrid. El protagonismo de Pasamar quedó en sombra por su falta de ambición y por el afán de otros de apropiarse de los logros. La antología señala en particular a Caballero Bonald, de quien dice que en sus memorias y en declaraciones públicas sembró dudas y medias verdades. Bonald llegó a decir que Quiñones recibía con más entusiasmo los dólares de Juan Ramón que sus poemas, y que 'Platero' carecía de conciencia. La acusación es dura y proviene de una de las partes. Bonald, fallecido en 2021, no puede responder, y sus memorias constituyen una fuente con su propia perspectiva. Los datos que sí se documentan permiten una conclusión más prudente: Pasamar fue la primera de su grupo en hacerse un nombre en Madrid, el vínculo con Juan Ramón pasó por ella, y la historia de la revista se contó después con acentos distintos según quién la contara. En 1957 se casó y se instaló en Cádiz. Las explicaciones se han repetido durante décadas: la desilusión con un mundo literario turbulento, las exigencias de la vida familiar, una elección consciente; los datos permiten cualquiera de ellas. Lo que consta es que siguió escribiendo. Publicó 'La soledad, contigo' en 1960, ingresó en 1963 en la Real Academia Hispanoamericana de Ciencias, Artes y Letras de Cádiz y reapareció en los años ochenta con 'La torre de Babel y otros asuntos'. Sus obras mayores, 'Philomena' y 'Sophia', llegaron en 1994 y 2003, cuando la leyenda de la precoz extinguida llevaba tiempo desmentida por los hechos. En el reparto de la generación del 50, una poeta mística, mujer y andaluza quedó en un margen que sus lectores de entonces no le habrían asignado. Aleixandre y Juan Ramón la leyeron como inicio de algo. La historia literaria posterior la leyó como excepción. Quien la lee hoy no necesita compartir su fe, le basta con aceptar que una niña, a los dieciséis años, pudo hablar con Dios.
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La historia de amor entre Miguel Hernández (Orihuela, 1910-Alicante, 1942) y su esposa, Josefina Manresa (Quesada, 1916-Elche, 1987) no fue perfecta. Tuvo sus luces y sus sombras, lo que la hace más auténtica. Pero admiraba su obra y se convirtió en la depositaria de su legado, preservándolo en medio de las dificultades sus libros y manuscritos. José Antonio Lucero (Rota, 1988) ha indagado en ello en su última novela, ‘Tu risa me hace libre’ (Espasa), título tomado de las impresionantes ‘Nanas de la cebolla’, compuestas por Miguel Hernández en la cárcel madrileña de Torrijos en 1939 tras confesarle su esposa, desesperada, que ella y su hijo, el pequeño Manuel Miguel, solo tenían pan y cebolla para comer. Apoyándose en fuentes primarias y secundarias, Lucero noveliza la biografía de ambos, su compleja relación, y recorre los escenarios donde se desarrolló en un tiempo convulso. —En alguna de sus novelas anteriores ya aparece Miguel Hernández como personaje… —Sí, en mi segunda novela, ‘La madrina de guerra’, su protagonista, el soldado republicano Teófilo, está en la cárcel de Torrijos y coincide allí con el poeta. Empecé a leerlo muy joven, con unos quince años, e incluso a memorizar alguno de sus poemas, pues mi padre tenía una antología publicada por el Círculo de Lectores en 1991, con el sugerente título ‘La savia sin otoño’, editada por Leopoldo de Luis. Sin embargo, no lo conocía demasiado. Para ‘La madrina de guerra’ lo leí más y me documenté y desde ese momento proseguí en la tarea, lo que me ha permitido escribir ‘Tu risa me hace libre’. —Cuando sacó a Miguel Hernández en su segunda novela le quedó el gusanillo de ahondar en su figura… —Sí, se me encendió la idea de otorgarle mayor protagonismo literario. Aunque hubo otras novelas de por medio, ‘La maestra’ y ‘El alumno’, no abandoné esa intención. Firmé un proyecto con la editorial Espasa y me lancé de lleno. —¿Cuánto tiempo le ha ocupado? —Año y medio de escritura, si bien la lectura del epistolario de Miguel Hernández, que es fundamental, de otras obras suyas, de las memorias de Josefina y de estudios sobre la época y ambos muchos más. —¿Qué Miguel Hernández ha querido transmitirnos en su novela? —A Miguel Hernández lo tenía, como todos los lectores, un poco mitificado. El mito del poeta pastor y del poeta combatiente, y también el autor de grandes obras que escribe en prisión. A ‘Tu risa me hace libre’ llego desde mi entusiasmo por Miguel Hernández, pero también desde mi deseo de hacerlo más cercano y humano. —¿Bajarlo, pues, del pedestal? —Lógicamente está en un pedestal porque escribió grandes poemas y tuvo una vida trágica, pero el propósito era presentarlo como persona. Considero que es la mejor forma para acercarnos al mito, buscar a la persona en sus contradicciones, en sus ambiciones, en su ingenuidad, en su manera de amar, que era muy tormentosa y ardiente. Por eso pensé que la manera más adecuada de humanizarlo era contar la historia sobre todo a través de quien estaba detrás de él, que era su mujer, Josefina Manresa. En la novela se ve la diferencia tan grande de caracteres entre Josefina y Miguel y que dibuja esa relación sentimental imperfecta, pero para mí lo más interesante es que resulta una intensa historia de amor, a pesar de todo lo que va ocurriendo. Josefina sostiene a Miguel, más allá de los reproches que en ocasiones le hace, de las tensiones y desencuentros. —¿Qué destacaría de Miguel Hernández y de Josefina Manresa? —Para entenderle recomiendo en especial el epistolario donde está en toda su dimensión. Era muy ambicioso, contradictorio, divertido, hacía mucho reír, tenía mucho ímpetu y seguía siendo muy niño, ingenuo, siempre estuvo convencido de que se iba a salvar, a pesar de la mala suerte que parecía marcarle. Llevaba el optimismo por bandera. Josefina es el contrapunto, ella misma lo cuenta en sus memorias, era muy religiosa, podría hacer sido hermana en alguna congregación. Fue creyente toda su vida, lo que a veces causaba fricción entre ellos. Era prudente, silenciosa, con los pies en la tierra, pragmática, lo que podía ser también era motivo de disputa. Veía que sus ‘versitos’, sus relaciones con escritores, su afán de abrirse camino en la literatura, pasaba mucho tiempo en Madrid sin trabajo estable…, no valían contra la miseria y el hambre. Sin embargo, Josefina se convirtió, al morir Miguel, en la imprescindible custodia de su obra. Gracias a Josefina podemos tener a Miguel Hernández en su integridad. —¿Qué le ha resultado más difícil dar voz a Josefina o a Miguel? —Diría que a Miguel. A pesar de que lo leí con mucha atención y quería darle ese protagonismo que merece, Josefina me lo puso más fácil al haber escrito sus memorias. En ellas, se muestra directamente tal cual es. La voz de Miguel la conocemos a través de sus cartas, poemas…. —Josefina Manresa es un personaje que no se ha tratado mucho, sí le da relieve, por ejemplo, Alberto Conejero en su pieza teatral 'Los días de la nieve’. Me parece muy trágico y significativo como ejemplo de que sufre la violencia por parte de los dos bandos: el asesinato de su padre, Guardia Civil, a manos de los anarquistas, y la reclusión y muerte de su marido en cárceles franquista. —Efectivamente. Hay un planteamiento en la novela que me surge después de leer toda esta historia y convertirla en ficción. Todos pensamos en la Guerra Civil como un mundo polarizado en blanco y negro, pero en realidad no era así totalmente. Había muchas historias intermedias, la de Miguel Hernández es una de ellas. Viene de un ámbito católico, férreo, a su suegro lo matan los anarquistas, se compromete con la República, participa en las Misiones Pedagógicas, se alista en el Quinto Regimiento… Hay algo muy importante, que quisiera resaltar: sus amigos conservadores y falangistas, José María de Cossío, Rafael Sánchez Mazas y Dionisio Ridruejo, intervienen decididamente para que Franco, que no quería otro Lorca, le conmute la pena de muerte. El que a Miguel Hernández, poeta comunista, le ayuden destacados nombres de la Falange me lleva a considerar que no todo era blanco y negro, que también había matices, y es importante que lo entendamos hoy. Y tampoco olvidemos que fue José María de Cossío quien, por encima de la ideología, le tendió la mano en Madrid. Sabedor de sus penurias económicas, lo contrató como su secretario y redactor para la monumental enciclopedia taurina ‘Los Toros’ de la editorial Espasa-Calpe. —La relación entre Miguel Hernández y García Lorca era conflictiva… —He podido acceder a los testimonios que se reflejan en las biografías y también a personalidades que me han hablado de ello. A mi juicio, está muy agigantada la enemistad entre los dos. Creo que no era tal, y digo ‘creo’ porque al final no podemos estar seguros. Lorca era el gran personaje del 27. Cuando Miguel Hernández llega a Madrid, quiere conocerlo, lo busca, pero hay diferencias de carácter, sociales, culturales… complicadas de superar. No hay constancia fehaciente de que Lorca hablara mal de Miguel Hernández. Se recuerda sobre todo una anécdota con Vicente Aleixandre cuando García Lorca se niega a ir a su casa si está allí Miguel. Lo que quedan son las cartas. Miguel Hernández escribe a Lorca cuatro cartas, subiendo el tono en cada una ante el silencio lorquiano. Lorca le remite una misiva preciosa que recojo en la novela, donde, entre apreciaciones, le dice: «Tendrás atención porque tienes sangre de poeta». Es casi imposible dilucidar exactamente si hubo manifiesta enemistad y su alcance, pero me gustaría destacar algo que también reflejo en la novela. Resulta muy revelador que se alistara oficialmente en el Quinto Regimiento una vez confirmado el asesinato de Lorca, que le pesa y conmociona enormemente y escribe la maravillosa ‘Elegía primera (A Federico García Lorca, poeta)’. —¿Tiene usted algún referente especial? —Me interesan muchos escritores, pero si tuviera que decantarme por alguno en mi literatura, sería Almudena Grandes. Tuve la oportunidad de tener amistad con ella. En Rota, yo soy de allí, veraneaba y estaba el Club de Rota, con García Montero, Benjamín Prado, Joaquín Sabina…, tuve la suerte de que Almudena leyera mi primera novela, ‘La vida en un minuto’, que le gustó. No pudo leer ‘La madrina de guerra’ porque ya estaba enferma. Siento que de alguna forma he de continuar su legado literario escribiendo historias de memoria, de dignidad y de corazón En este sentido, en cierta medida, pretendo que mi novela sobre Miguel Hernández y Josefina Manresa podría ser parte de su serie ‘Episodios de una guerra interminable’ que no pudo concluir. —Usted es profesor, ¿cómo ve hoy la educación? ¿qué le parece el último informe PISA, tan desastroso para nuestro país? —Ahora estoy en excedencia, pero hasta el año pasado he estado dando clase. Tengo todo tipo de alumnos, algunos buenos y otros a los que les cuesta más el estudio. Y otros a los que no les interesa nada, mientras que a otros les lees las ‘Nanas de la cebolla’ y ves como les brillan los ojos. En la educación hay más o menos recursos, pero la reflexión sobre el informe PISA y la educación ha de ser compartida por toda la sociedad. Ya que buena parte del tiempo lo pasan con algoritmos, al profesor le es difícil llegar al alumno, pero es una tarea apasionante. La comprensión lectora cuesta al vivir en un mundo digital. Hay que plantarse si los niños y adolescentes deben manejar tan pronto un móvil, prácticamente desde la Primera Comunión. —¿Usted les anima a que lean? ¿En papel? —Sí, aunque lo importante es que descubran el amor por leer, y conseguir que les atraiga la lectura. Sacralizar ‘El Quijote’ o ‘La Celestina’ quizá no sea bueno, tienen que leerlos los estudiantes en su momento.