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Debido al hechizo de la nueva mística rural, muchas personas optan en refugiarse en los mismos pueblos que antes despreciaban a cambio de huir de la ciudad, de la modernidad, del «lugar hostil» para volver al 'locus amoenus'. Sin embargo, en ambientes cerrados donde todo el mundo se conoce, es difícil no sentirse parte de un juego de matrioskas; aún más si interactuar con sus habitantes es como hablar con los Baker en 'Resident Evil 7: Biohazard'. Israel Merino (Fuensalida, 2000) se centra en el lado más crudo de estos espacios en 'Epifanía' (Temas de Hoy), donde desmonta la mitificación del pueblo como lugar de retiro idílico y pone en jaque las carencias de la España profunda: desde el machismo estructural hasta el peso asfixiante de sus jerarquías. —Ha pasado de escribir 'creepypastas' en un blog a escribir libros y columnas de opinión. —Como buena persona de la Generación Z que ha habitado Internet desde que tenía once años, a mí me empezaron a llamar mucho la atención todos los vídeos de las movidas que estaban de moda en la época: el Slenderman y estas cosas que tanto gustaban. Me puse también a escribir, a imitar; al final creo que un escritor es un poco un imitador, entonces me puse a imitar todo aquello que iba leyendo. Y por esta tontería de los cuentecillos de miedo y demás, un profesor de mi instituto me recomendó que leyera a Stephen King. A raíz de empezar a leerlo, pasé de querer imitar 'creepypastas' a querer imitar a Stephen King. Me encantaría decir en las entrevistas que empecé leyendo a Proust o 'La Divina Comedia' de Dante, pero cada uno empieza con lo que empieza. —En 'Epifanía' explora diversos tópicos sobre la idiosincrasia del 'pueblo cerrado', pero actualmente asistimos a una romantización de lo rural. ¿A qué atribuye este auge por idealizar el retorno al pueblo y la vida en el campo? —Considero que existen dos explicaciones fundamentales: la primera es la pandemia y la segunda, el precio de los alquileres en las grandes ciudades. Suelo decir, de una forma un poco provocativa pero también muy en serio, que la España rural ya no existe; que ha desaparecido para convertirse en otra cosa. El precio de la vivienda ha expulsado a quienes residían en los centros urbanos o en los anillos exteriores hacia los pueblos, debido a la gentrificación. El habitante original de Malasaña es desplazado por el 'nativo digital' y se muda a Legazpi; el de Legazpi debe marcharse a Carabanchel; el de Carabanchel a Cuatro Vientos; de ahí a Móstoles y, finalmente, de Móstoles a Toledo. Es un proceso de huida constante. Somos seres narrativos; necesitamos inventarnos un relato para justificarnos. Es normal idealizarlo, decir que el entorno es inmejorable, que la gente es maravillosa y que el panadero te reserva el pan, aunque sea mentira. —¿Cree que los jóvenes ocultan su verdadera personalidad o, por el contrario, se ven obligados a forzarla para encajar en un extremo donde se sientan protegidos? —Sí, totalmente. Me resulta muy curioso porque yo provengo de un pueblo de doce mil habitantes donde, aparentemente, no hay ni un solo gay. Por pura estadística debería haberlos, pero por lo que se sabe, no existen; o quizá están ahí y no lo dicen, no lo sé. No pretendo decir que las ciudades sean paraísos donde cada uno puede explorar su identidad libremente, pero es innegable que los pueblos, generalmente, son todavía más herméticos. Por eso mucha gente oculta su verdadera personalidad. No es lo mismo vivir en un pueblo que habitarlo. Tienes que someterte a las costumbres locales; debes transitar esos 'lugares comunes' de pensamiento que ya existen. Si no lo haces, la consecuencia es la exclusión. —¿A qué atribuye que persista este panorama tan conservador, impidiendo que se produzca un avance real en ciertos pueblos? —Creo que siempre ha sido así. Al final, las ciudades son lugares de tránsito y yo sostengo que el mestizaje siempre es beneficioso; en los entornos urbanos se conoce a gente nueva constantemente y existe un flujo ininterrumpido de viajeros y turistas. Históricamente, las ciudades más liberales o abiertas han sido las marítimas, precisamente porque allí llegaban los marineros, los comerciantes y los cruceros. Había un intercambio humano constante. En los pueblos la realidad es muy distinta. Aunque se hable mucho del turismo rural, este no llega a todas partes. La mayoría de los pueblos castellanos son simplemente núcleos de cinco mil casas feas construidas en los años ochenta donde el turismo no tiene impacto alguno. A esto se suma la carencia de infraestructuras culturales y de transporte: no hay una red de librerías, apenas hay bibliotecas públicas y el tren no llega a muchos sitios. —¿Cree que existe margen en el entorno rural para que las nuevas generaciones articulen identidades masculinas alternativas? —Confieso que términos como «nuevas masculinidades» aún me resultan ajenos, pero entiendo que la dificultad para integrarlas en el entorno rural responde al mismo inmovilismo que define a los pueblos. Casi todas las corrientes intelectuales y vanguardias sociales se gestan y retroalimentan en las urbes. Al pueblo solo llegan los ecos. Se venden como espacios de colectividad, pero esconden un individualismo rudo y brutal. El «hombre proveedor», aquel que debe ser autosuficiente, capaz de cazar, cultivar o levantar un muro con sus propias manos. Ese ideal del hombre perfecto e individualista es la cuna de la masculinidad ruda. Parece que, para preservar la identidad del pueblo, se considera necesaria esa figura del protector frente a lo foráneo, un rol ancestral que, en mi opinión, debería abolirse definitivamente. —¿Considera que la política local opera bajo una lógica de supervivencia cultural que desdibuja las directrices nacionales de los partidos? —Absolutamente. Existe una desconexión total entre las directrices nacionales y la praxis local. Para ilustrarlo, basta con mirar el caso de mi pueblo, Fuensalida. Allí, el Partido Popular ejerció una hegemonía ininterrumpida desde las primeras elecciones municipales hasta la legislatura pasada, cuando finalmente accedió el PSOE al poder. Si uno busca el nombre del municipio en las noticias, aparece tristemente vinculado a ser la localidad con más vestigios franquistas en su callejero de toda España. Lo paradójico es que el propio PSOE local se mostró reticente a modificar esos nombres. Los cambios se produjeron únicamente por imperativo de una sentencia judicial. Es asombroso recordar que llegaron a recurrir el nombre de la calle Millán-Astray, escudándose en que su figura no representaba el fascismo, sino la fundación de la Legión. Insisto: esto fue una decisión del PSOE. En la campaña de un alcalde, el carné del partido es un accesorio secundario frente a la identidad del vecino que aspira al cargo. —¿Existen «pueblos dentro de pueblos» donde la jerarquía es tan rígida que algunos vecinos son ciudadanos de segunda en su propio hogar? —Sin duda. Uno puede residir veinte años en un pueblo y, sin embargo, seguir siendo un forastero a ojos de los demás; la etiqueta es indeleble. Ser «del pueblo» exige algo más que el nacimiento: requiere prosperar según sus cánones. Puedes ser el descendiente de una estirpe reputada, pero si fracasas en los circuitos del éxito local —si dejas de ser productivo o si en la iglesia entregas una moneda en lugar de un billete— se te expulsa simbólicamente. Esta dinámica de exclusión se hace aún más evidente con las nuevas corrientes migratorias. Hablamos mucho de la España vaciada, pero olvidamos esa España periurbana que recibe un flujo constante de habitantes. Se crean entonces realidades paralelas: pueblos de veinte mil habitantes donde el núcleo originario se atrinchera en su identidad mientras relega a los nuevos residentes a las márgenes. —¿Cómo de doloroso cree que puede ser el sentimiento de exclusión en un sitio donde todos se conocen por su nombre? —Me resulta irónico observar cómo los vecinos «de toda la vida» murmuran con desprecio al ver a los extranjeros cohesionarse: «Mirad cómo se juntan entre ellos, los cabrones», dicen, olvidando que son ellos mismos quienes les niegan la palabra. Es una ceguera voluntaria: ¿con quién se supone que deben relacionarse si se les cierran todas las puertas? Es algo que Rafael Chirbes retrata magistralmente en 'En la orilla'. Estas personas optan por construir su vida como buenamente pueden, refugiándose en aquellos que comparten su misma situación de orfandad comunitaria. —¿La escritura de 'Epifanía' ha supuesto para una suerte de reconciliación con sus raíces o debe entenderse como el portazo definitivo para distanciarse de su origen? ¿O se sitúa quizá en un complejo término medio? —No considero que sea un portazo definitivo; al fin y al cabo, los vínculos con mi pueblo son indisolubles, me guste o no. Allí permanece mi familia, mi abuela y mis perras. No obstante, dudo si el proceso ha sido un ejercicio de redención o, más bien, un ajuste de cuentas pendiente. Si analizo la obra con frialdad, no todo es sombrío. El libro encierra una revelación, una epifanía; hay un trasfondo en los acontecimientos que, pese a su crudeza, admite una lectura positiva desde ciertas perspectivas. Es cierto que aproveché para resolver mis pequeñas rencillas personales a través del texto, pero dudo que mi relación con el pueblo se transforme radicalmente. Quiero pensar que no... aunque quizá, la próxima vez que regrese, terminen colgándome de la picota. —¿Tiene constancia de la recepción que ha tenido allí? ¿Sabe si sus vecinos han accedido ya a la lectura? —Es cómico. Sé que mi familia posee ejemplares y que algún vecino, de forma anecdótica, lo ha adquirido. La difusión es mínima por una razón tan curiosa como reveladora: mi pueblo, a pesar de sus doce mil habitantes, carece por completo de una librería. Es una paradoja desoladora que define bien el contexto del que hablo: no existe ni una sola librería en todo el municipio; absolutamente ninguna.
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¿Por dónde empezar? Manuel Vilas (Barbastro, 1962) es el hombre que mira al cielo y dice: «Ya no recuerdo cuándo empezó a llover, esto es una plaga bíblica». Y es el mismo que luego se arrebuja en su abrigo y recuerda: «Lo compré en Palermo, de segunda mano. Fueron cincuenta euros. Da el pego, ¿verdad? Me iba a costar setenta y cinco, pero le dije al hombre que era Black Friday y…». Podría ser el hombre más triste del mundo, Vilas, y lo parece cuando por un momento se apaga y suelta: «A mí me han roto el corazón, y sigo vivo». Pero después se ríe con sus ocurrencias («del trauma huyen hasta los traumatólogos») y acaba siendo ese niño...
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Llamas a la puerta del 221B de Baker Street, no están ni Sherlock Holmes ni el Doctor Watson, sino que detrás se encuentra la fortaleza de la soledad de Juan Gómez-Jurado (1977, Madrid). El escritor abre las puertas de su mundo más privado –ni su familia puede entrar cuando trabaja–, con estanterías repletas de libros –desde la obra completa de Julio Verne, los primeros libros que leyó, hasta decenas de cómics–, además de funkos y sus imprescindibles –'El misterioso caso de Styles' de Agatha Christie, Mortadelo y Filemón y 'El señor de los anillos'–que, según él, «le han convertido en el escritor que es hoy». Sigues contemplando la Batcueva personal del madrileño y aparece una pared con cientos de películas...
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Entre la escritora argentina Sofía Balbuena , el guatemalteco Rodrigo Fuentes , la mexicana Aura García-Junco , la española Margarita Leoz y la peruana Claudia Ulloa Donoso se encuentra el ganador del IX Premio Ribera del Duero de Narrativa Breve , cuyo fallo se hará público el próximo 19 de marzo en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Tras un «exhaustivo proceso de lectura y deliberación» entre un «elevado número de manuscritos presentados» (1.929), la Denominación de Origen Ribera del Duero y la Editorial Páginas de Espuma han seleccionado cinco obras finalistas de estos autores que, según explican en una nota, « destacan por su ambición literaria, solidez narrativa y singularidad en el estilo ». Se trata de ' Personaje secundario ' de Sofía Balbuena, ' Agua la boca' , de Rodrigo Fuentes; ' El fin del mundo (y otras utopías) ', de Aura García-Junco; ' La raíz firme de las cosas ', de Margarita Leoz y ' El miedo terrible de ser un animal ' de Claudia Ulloa Donoso. La selección final muestra un notable protagonismo de las escritoras , mayoría entre las candidatas finalistas, y confirma la capacidad de este premio de referencia de la literatura en lengua española para atraer talento procedente de distintos contextos culturales y geográficos . La escritora y profesora Sofía Balbuena (Salto, Argentina, 1984), residente en Madrid y con varios máster en Creación Literaria (UPF), Literatura Comparada (UAB) y Escritura Creativa (Universidad de Iowa), es autora de los libros de ensayo 'Doce pasos hacia mí', 'Borracha menor' y 'Gente sin paz' (con Sabina Urraca y Daniel Saldaña París), así como de la novela 'Sutura'. Aura García Junco (Ciudad de México, 1988), narradora, ensayista y guionista, estudió Letras Clásicas y fue seleccionada por la revista 'Granta' como una de las 25 mejores narradoras jóvenes en español en 2021. Entre sus libros figuran 'Anticitera, artefacto dentado' (2018), 'El día que aprendí que no sé amar' (2021), 'Mar de piedra' (2022) y 'Dios fulmine a la que escriba sobre mí' (2023). Además editó y antólogo 'Cuando hablamos de amor' (2024). La española Margarita Leoz (Pamplona, 1980) es licenciada en Filología Francesa por la Universidad de Salamanca y en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad de Barcelona. Ha publicado los poemarios 'El telar de Penélope' y 'Caer', libros de relatos ('Segunda residencia' y 'Flores fuera de estación') y las novelas 'Punta Albatros' y 'Lo que permanece'. Sus artículos y críticas literarias han aparecido en revistas especializadas y algunos de sus cuentos han sido traducidos a varias lenguas. También los relatos de Claudia Ulloa Donoso (Lima, 1979) han sido traducidos a varios idiomas y recogidos en antologías internacionales. Aunque estudió Turismo en Lima, posteriormente realizó el grado de bachiller en Sociología y de maestría en Lengua en la Universidad de Tromsø, en Noruega. Autora de los libros de cuentos 'El pez que aprendió a caminar', 'Pajarito' y 'Séptima madrugada', así como de la novela 'Yo maté a un perro en Rumanía' (2022), en 2017 fue incluida en la lista Bogotá 39. Actualmente vive en la ciudad noruega de Trondheim. El único finalista masculino del Premio Ribera del Duero de Narrativa Breve, Rodrigo Fuentes (Ciudad de Guatemala, 1984), es autor de la colección de cuentos 'Trucha panza arriba', publicada en varios países de América Latina y traducida al francés y al inglés, y de la novela de no ficción 'Mapa de otros mundos'. Reside entre Providence y Guatemala.
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Estamos viviendo una edad dorada en la invención de fórmulas para que otros se enamoren; a la vista está el éxito de las aplicaciones de citas, los amigos que hacen de Celestinas, el auge de la poligamia y, entre otras novedades contemporáneas para salir de Tinder, el resurgir del 'speed dating'. Nació en el escenario más inesperado a finales de los años noventa en Los Ángeles, cuando el rabino Yaacov Deyo ideó encuentros breves y cronometrados para que jóvenes judíos solteros pudieran conocerse de forma ágil y estructurada. La idea era maximizar las posibilidades de encuentros en poco tiempo, con citas de apenas unos minutos cada una. Nada podía salir mal. Este enamoramiento del amor tiene un roce con la cultura. Es más probable hacer 'match' con alguien al que también le gusten los libros que con alguien al que leer le parece prescindible -aunque alguna que otra lección dio María Pombo sobre el tema-, así que la idea de hacer un 'Speed dating' con temática literaria no resulta tan descabellada. El objetivo, bajo el lema 'Vive la historia de amor que siempre has leído', era claro para el 'Book dating': encontrar a esa persona especial con la que subirse al tren del amor antes de que el calendario marque el día 14. Tres minutos para medir química: suficiente tiempo para evaluar si tu cita prefiere García Márquez o la sección de autoayuda, y no demasiado para que descubras que odia los gatos o colecciona cactus de plástico. El romance literario es el nuevo 'lifestyle'. lo confirman Dua Lipa y Callum Turner, que coincidieron en la misma página de una lectura, y lo ratifica el millón de seguidores de '@hotdudesreading'. El mensaje es nítido: las expectativas románticas ya no se construyen en la gran pantalla, sino en las librerías, que son, para la periodista y guionista Raquel Martos, que también presentaba el evento, «un lugar muy cálido para romper el hielo». Esta estrategia se suma también al propósito de las cada vez más populares 'Reading Parties' ; eventos donde la gente se reúne para leer en comunidad con un toque de las fantasías de Jane Austen. Para Martos, compartir un libro va mucho más allá de la coincidencia: «Presupones curiosidad, sensibilidad, inteligencia… imaginas que quien lee tiene características que se parecen a las tuyas». En la planta superior de la librería Gaztambide, en Madrid, la teoría se convertía en práctica. Allí, entre mesas y sillas plegables, se desplegaba una coreografía organizada estratégicamente: diez personas rotando cada tres minutos con el cronómetro a favor del destino. Era el escenario perfecto para comprobar si, tras el filtro de una lectura compartida, surgía la chispa necesaria para que el encuentro terminara en un intercambio de números. «¡Yo vengo aquí a buscar el amor!», exclama una de las participantes, confiada y con una sonrisa que lograba acallar el murmullo nervioso de la sala. Su declaración, libre de cinismo, actuó como el verdadero pistoletazo de salida. Esa confesión a viva voz es el motor de esta incesante invención de fórmulas: desde el código binario hasta el encuentro entre estanterías. Lo que presenciamos no es desesperación, sino una fe inquebrantable en la posibilidad del encuentro; una voluntad creativa que se niega a dejar el afecto al libre albedrío. «Tres minutos son mucho tiempo, pero aquí puede que os queráis quedar un cuarto», invita Martos antes de que comience el espectáculo. Los participantes pueden preguntarse cualquier cosa pero, en caso de auxilio, sobre las mesas descansan tarjetas con preguntas literarias diseñadas para romper el hielo y sortear la tensión: «¿Qué dice de ti el tipo de libros que abandonas?»; «¿Libros largos o novelas cortas?»; o la infalible «¿Qué libro hizo que te replantearas algo importante en la vida?». Todo es un «a ver cómo sale esto» hasta que apenas terminada la primera ronda, ocurre el milagro: una de las parejas pide saltarse las normas, ignorar el cronómetro y no cambiar de asiento. ¿Estamos ante la clave del éxito del 'speed dating'? ¿El tren del 14 de febrero tiene una parada obligatoria en la sección de novedades? Esta incesante invención de fórmulas, del código binario al encuentro entre estanterías. Nuestra fe inquebrantable en la posibilidad del encuentro. No es desesperación lo que nos mueve, sino una voluntad creativa que se niega a dejar el afecto al libre albedrío de un mundo cada vez más ruidoso. Al buscar el amor a través de la cultura, intentamos que nuestras pasiones actúen como un faro; convertimos la lectura, que suele ser visto como un acto solitario, en un lenguaje compartido para acortar distancias. Es fascinante cómo, en pleno siglo XXI, seguimos diseñando rituales contemporáneos con la misma devoción con la que se escribían las cartas de antaño. Inventar estos formatos es, en el fondo, un homenaje a nuestra propia humanidad: un recordatorio de que, a pesar de toda la tecnología disponible, seguimos confiando en que el próximo gran capítulo de nuestra vida puede empezar compartiendo la misma página de un libro. En ese baile de asientos y cronómetros, las fronteras también se desdibujaban: poco importaba el género en el intercambio de parejas. Martos observaba la escena con una mezcla de orgullo y complicidad: «No es solo un juego de citas rápidas, es un experimento social donde la cultura se convierte en puente entre personas». Mencionan a García Márquez, a Manuel Vilas, a Mariana Enriquez . Algunos dicen que «luchan por la dignificación de la ciencia ficción», otros lamentan que Patrick Rothfuss no vaya a escribir la tercera parte de 'El nombre del viento'. Entran con una facilidad olímpica a esta dinámica que no es tan sencilla de dominar. Este 'Book Dating' es una anomalía deliciosa: demuestra que lo que parecía una tendencia posmoderna en realidad no lo es. El papel sigue siendo un conductor que nunca falla. Allí, lo absurdo de cronometrar el afecto se celebra, y la timidez se transmuta en complicidad literaria: un encuentro que pone en jaque el deslizar hacia la derecha
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Marina Sanmartín, que recibe a ABC en su librería madrileña Cervantes y Compañía, está muy impactada con el accidente ferroviario. Le parece que es muestra, por desgracia trágica, de que «ahora vivimos un momento en el que hay suficientes problemas y dolor. Y quizá por eso necesitamos misterios sin brutal violencia explícita que nos enganchen, y que incluso a veces nos produzcan si no reírnos a carcajadas sí sonreír. Esto fue la novela enigma clásica y hoy es el 'cozy crime' ». Con ' La doble desaparición de Abril del Pino' (Salamandra), Sanmartín lo ha pretendido. Y, sin duda, lo logra. —En su nueva obra ha unido dos de sus pasiones: los libros y las librerías y la novela policíaca… —Así es exactamente. De hecho, creo que es la evolución natural de lo que escribo, y también, en cierto modo, esta novela tiene mucho para mí de primera novela, aunque ya haya publicado otras, y esta sea la sexta. Es nueva en muchos sentidos. Siempre he escrito novela policíaca desde la sombra, y me aquejó el síndrome del impostor. Ahora por primera vez he escrito desde la luz. Y eso es gracias a que dentro de esta novela está mi otra pasión que son los libros y el espacio de la librería, que para mí no hay mejor refugio. —¿Cómo surgieron sus dos pasiones? —Mi pasión por la novela negra surge sobre todo gracias a mi tía Ángela, que murió hace poco, con cien años. Era la persona con la que me quedaba cuando no podían atenderme mis padres, si tenían trabajo, si tenían que salir… Éramos cuatro hermanos, y mi hermana y yo pasábamos muchas noches en casa de mi abuela, y esta tenía dos hermanas solteras, que vivían con ella. Mi hermana dormía con nuestra tía Maruja, y yo con Ángela. Y una de las primeras cosas que me dijo fue: «Te quedas a dormir conmigo, pero la tía tiene que leer». Y mi tía lo que leía era Agatha Christie, la serie de Sherlock Holmes, de Conan Doyle, todos los maravillosos grandes clásicos de la ficción criminal, y me animó a leerlos. Y también con mi tía Ángela llegué a las librerías. Porque la acompañaba a comprarlos. Me acuerdo por ejemplo de la librería Soriano de Valencia. Y también mi padre era un gran lector y todos los fines de semana iba a comprar libros. Por suerte, tuve una familia que nunca me puso trabas para leer. Si el libro era difícil, lo leían conmigo, estaban pendientes. De pequeña estuve rodeada de personas que leían y eso es fundamental. —¿Cómo cree que afectó la pandemia a las librerías? ¿Cómo las ve en la actualidad? —Bueno, de las cosas malas a veces salen cosas buenas. Para las librerías no fue tan terrible, pues mucha gente durante el confinamiento se encontró o reencontró con la lectura. Y después de ese pico del 2020-2021, la situación se ha estabilizado. Y se mantiene. A pesar de lo que a veces se dice, tenemos una salud lectora de la que no nos podemos quejar. —¿Qué le parece lo que dijo la 'influencer' María Pombo sobre la lectura? —Dijo algo que es verdad, que estaba harta de que le advirtieran que leer nos hace mejores personas. Leer no hace mejor persona a nadie, en mi ensayo 'Desde el ojo del huracán. Una historia íntima de las librerías' lo cuento. Hitler tenía una biblioteca con más de dos mil volúmenes, pero como era un psicópata asesino daba igual lo que leyese. Pero estoy convencida de que leer te abre el mundo. Puedes, claro, elegir perdértelo o encontrar ese mundo por otro lado, de otra forma. Mi manera de conocer el mundo son los libros, te da armas para vivir mejor. Me da rabia que haya gente que no lo sepa porque todos necesitamos herramientas para comprender mejor el mundo. Vivimos una época en la que nos cuesta ponernos en el lugar del otro. Y es importante compartir lo leído. Por eso el auge de los Clubes de Lectura. La lectura en solitario es fundamental, pero la compartida es el final del ciclo. —Su novela ha salido coincidiendo con el cincuenta aniversario de la muerte de Agatha Christie, y nos recuerda su famosa desaparición, que también se produjo en Navidad, momento en el que se ambienta 'La doble desaparición de Abril del Pino'… —Lo tuve en mente desde el principio, además es una desaparición en la que la resolución del misterio se aleja mucho de lo tradicional. Quería escribir una novela con la que el lector se lo pasase bien, incluso aunque no sea habitual de novela policíaca. Y que fuera un homenaje al género. Después de hacer durante muchos años crítica, me apetecía un reto, con guiños a los seguidores del género, como esos, pero hay otros más difíciles de localizar que cuando el lector de este género los encuentre va a sonreír. —Por ejemplo… —Igual que hay una referencia muy importante a Agatha Christie, hay una a Sherlock Holmes y a su oponente, el villano Moriarty. O a la gastronomía que está tan presente en la novela criminal. Incluyo una cena donde lo que se sirve recuerda platos célebres de las policíacas más actuales. Y aparece 'El silencio de los corderos', y un policía que es la antítesis de Montalbano, que se expresa de una manera atildada que al inspector encargado del caso le saca de quicio. —Ese Club de Lectura tan especial que encontramos en su novela está sacado del filme 'El secreto de la pirámide'… —A mis pasiones tengo que añadir la del cine; con mi tía Ángela vi todos los estrenos de los años ochenta y noventa en Valencia. Y mi novela es también una novela sobre la infancia, sobre la crueldad infantil, y para escribirla he vuelto mucho a mi niñez. Y en ese aprendizaje de lecturas, de películas, en ese ir enamorándome de la ficción y sobre todo de la ficción criminal, jugó un papel muy destacado el cine de esa época: 'Indiana Jones', 'Los Goonies', 'El secreto de la pirámide'... Me parece un delirio maravilloso la idea de que Sherlock Holmes y Watson se hubieran podido conocer de pequeños. Ese tributo a la película también está. —En efecto, en su novela reflexiona sobre la infancia, cuestiona el mito de que los niños son inocentes… —La última parte en la conversación entre Ágata Caballé y el inspector es fundamental, es una conversación llena de preguntas con muy pocas respuestas, que es lo mismo que me ha pasado a mí cuando me he enfrentado a este tema. No consigo entender la maldad infantil ni me siento capaz de definirla, no sé si equivale a la adulta. No sé si es producto de no estar todavía 'socialmente domado', y lo digo con muchas comillas, o si las personas malas ya lo son de pequeñas, o si las dos posibilidades son ciertas. De hecho, Abril es víctima en la infancia, pero en la edad adulta es ella la que se convierte en malvada para vengarse de todos los que le hicieron daño; por su parte Ágata, que en la infancia es cruel, de adulta vive una vida casi de reclusión en su librería y procura ser una buena persona. Hay muchas interrogantes: ¿se puede cambiar? ¿Es la misma maldad la infantil y la adulta? ¿Somos capaces de vivir a pesar del peso de lo que nos sucedió cuando éramos pequeños? ¿Hasta qué punto el niño que fuimos marca para siempre nuestra existencia? —El pasado ya tenía un papel determinante en su anterior novela, 'Las manos tan pequeñas'... —Para Abril y para Ágata hay un acontecimiento que marca sus vidas, que es la primera desaparición de Abril, producto del maltrato infantil al que someten a Clara, su verdadero nombre. Son incapaces de desarrollar una vida adulta sin que esta tenga un enganche directo con ello. Cuando Ágata deja de perseguir a Abril, será esta la que no puede olvidar lo que ocurrió y decide vengarse como sea. En mayor o menor medida, toda nuestra vida está anclada en lo que aconteció en el pasado, sobre todo en la infancia. Es un periodo esencial y muy difícil para quienes cuidan a los niños. En mi caso, con las lecturas de empecé a ser yo. Pero es muy complicado sobreponerse a las infancias terribles. El pasado siempre está ahí, para bien o para mal. —Hay una dicotomía entre la novela negra propiamente dicha, con grandes clásicos como Raymond Chandler, Dashiell Hammett, que es más social y sórdida, y la novela enigma con la reina Agatha Christie. ¿Usted se inclina más por esta última? ¿Da más pie a explorar lo que leemos en 'La doble desaparición de Abril del Pino': «Todo en Bergman, como en el fondo en cada uno de nosotros, era misterio»? —Sí, nunca acabamos de conocer a los demás ni a nosotros mismos. Creo que mi novela tiene mucho de 'cozy crime'. El 'cozy crime' del siglo XXI equivale a la novela enigma de Agatha Christie o Josephine Tey, quien, por cierto, debería ser más conocida. El 'cozy crime' juega con los mismos palos, pero incorpora elementos muy de hoy como las redes sociales, que manejo en mi novela, el teléfono móvil o la capacidad de viajar. —Usted utiliza bastante la ironía, por ejemplo, en la relación entre el inspector y su ayudante... —Exacto. Y también que, y eso lo he aprendido en mi propia vida, todo pasa a la vez: las cosas terribles y las buenas. En mi libro todo pasa a la vez. Es verdad que la desaparición de Abril del Pino es el golpe del taco del billar y todas las bolas se ponen en movimiento, pero también hay otras historias como que el inspector y Ágata se conozcan, o que el inspector se reencuentre con la amiga de su madre, que fue para él como una segunda madre, o que surja ese club de lectura que, aparte de sus críticas, era inocuo y se empieza a perfilar como posible responsable de los hechos criminales que están sucediendo. Todo al mismo tiempo. —¿Por qué la ficción criminal tiene tantos seguidores? —Suscita interés porque es camaleónica, y encuentra siempre a su lector, a pesar de los diferentes momentos y enfoques. Funcionó la novela criminal nórdica, la casi gore como la de Carmen Mola… Su éxito encierra varios aspectos. Por un lado, a la gente le gusta el misterio: la novela enigma es un desafío para ir descubriendo lo que pasa, la adivinanza siempre atrae. Por otro lado, el dolor ajeno nos hace sentir más seguros en nuestra realidad pensando que a nosotros esos sucesos terribles no nos ocurren. Y la tercera, sobre todo en las novelas más clásicas, la justicia siempre triunfa, y en la realidad no. Poder entrar en un universo donde por muchas cosas malas que pasen, sabes que se van a resolver al final, es como tomarte un orfidal. —La protagonista de 'Las manos tan pequeñas' era una escritora de novela policíaca, y aquí también lo es Abril del Pino, aunque domine desde la sombra. ¿Qué diferencias básicas destacaría entre Olivia y Abril? —Con Abril hay otro guiño, pues es como Rebeca, un personaje que sin estar en primera línea mueve los hilos de la trama. Los perfiles son distintos. Con Olivia nos encontramos con una mujer que no es tan famosa como Abril, es muy apocada por la situación matrimonial que atraviesa y permanece supeditada a su marido hasta que pasa en Tokio el hecho luctuoso. Abril es casi una folclórica de los años cincuenta, una mujer fuerte, que sabe lidiar con los fans, que grita «Yo soy la novela negra». Es una mujer empoderada, a la que no se le caen los anillos por llamar la atención. Mientras que a Olivia Galván, de 'Las manos tan pequeñas', lo que más pánico le da es precisamente eso, llamar la atención, y está a merced de las decisiones de los hombres, a diferencia de Abril que toma las suyas propias. —Es muy oportuno hacer ver que puede haber maldad en los más débiles, más vulnerables. Serlo no les convierte en 'buenos' de manera absoluta. A alguien porque sea víctima —y hay que apoyarla —, parece que se le da el salvoconducto de bondad total... —Al respecto hay un libro maravilloso, 'La ciudad de los vivos', de Nicola Lagioia. La víctima es un joven que cuando necesita dinero ejerce de chapero y tiene una vida dudosa. Y cuando aparece muerto, aparte de todo el escándalo que supone una violencia brutal, se produce un juicio social sobre la víctima. No deja de ser víctima, pero quizás no era una bellísima persona. Muchas veces el hecho de que nos hagan daño provoca el que lo hagamos nosotros. Se puede llegar al mal por muchos caminos, como exploré en 'El amor que nos vuelve malvados', mi primera novela. No vivimos en un mundo de buenos y malos, a veces nos toca uno u otro papel. —El personaje del inspector José Manuel Castillo es muy sugerente… —Para mí es una persona 'normal', si esto existe. Podría haber sido charcutero, pero resulta que es policía, que tiene una mujer, dos hijos, una madre, aunque poco a poco vamos descubriendo que como todos tiene sus historias. Como comentábamos, el 'cozy crime' incorpora las nuevas tecnologías que no había antes y me interesaba indagar esa vida paralela de los mensajes y su diferencia con lo que pasa en la realidad. En esta, Castillo y Ágata se relacionan de una manera educada y formal, pero por otro lado empiezan a desarrollar un vínculo por internet muy diferente, totalmente delirante. Castillo es un malabarista que tiene todas las bolitas en el aire, una de ellas cae y con ella todas las demás. —¿Está escribiendo otra novela policiaca? —La idea es continuar esta, pues el final es muy abierto, que haya una segunda o incluso una tercera parte donde se investigue por qué ha muerto Emilio Luna. También qué le pasará al inspector después de darle ese infarto que le rondaba.
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La ciudad se levanta de fiesta, es el día patriótico de la región: procesión cívica, la real senyera pasea por las calles, Te Deum en la catedral, entrega de medallas insignes, conmemoración del Antiguo Reino, recuerdo de la Europa de la Reconquista y la Cruz, los espíritus se inflan, en el taller y en el campo resuenan himnos de paz y cantos de amor, en todos los pueblos se entona el glorioso himno regional. Es la fecha más simbólica y emocionante para el President de la Generalitat, para toda la ciudadanía local. El gran día, empañado ahora por la mancha de la corrupción. El ambiente es electrizante. La oposición ha despertado, muerde los tobillos del Gobierno regional después de lustros sesteando a la sombra de la Asamblea. La prensa sigue con los trajes de Milano, un caso menor y efectista que consume cientos de horas de televisión. Es la punta del iceberg. Ese día de fiesta todavía no resalta la foto global del enorme fregado que el President retiene bajo sus pies. La tierra se va a remover bajo su pisada para tragarse al grueso de sus colaboradores. Un terremoto les espera. De momento, le están atacando por algo inmerecido: la falta de honradez personal. «¿Usted se paga sus trajes?», le preguntaron unos meses antes en un desayuno informativo. Él dijo que sí. Un jurado, dos años después, lo acreditará, dejándole absuelto, inocente: se pagó sus trajes. Pero la penitencia apenas se ha iniciado todavía. Solo los asesores más próximos, quienes más le tratan, conocen sus auténticos puntos débiles: la fantasía y la vanidad jactanciosa. ¿Codicia? Ninguna. Apenas guarda novecientos euros en su cuenta bancaria, sin patrimonio, aparte de un piso pagado a medias con su mujer (más por ella que por él), ni siquiera un coche de segunda mano, nada; aparece entre los diputados más tiesos de la Asamblea, le cuesta llegar a fin de mes mientras le inventan una biografía de ladronzuelo. El President no gestiona como los demás barones autonómicos. Gobierna desde un castillo, desde arriba, desde el mito; reina más que gobierna, da directrices pero no ejecuta ni audita, proyecta ambiciones colectivas, se ilumina en la Historia, imagina epopeyas y dignidades. Se mueve en la simbología. Y los de abajo se aprovechan de la liviandad presidencial. Le corren el gusto. Le tienen tomada la medida. Nadie controla el corral en su nombre mientras él fantasea desde la torre del Palau. Deja hacer, no pregunta, tampoco le agrada que le vengan con problemas sin resolver, la relajación administrativa se extiende. Y los pillos, pocos y contados pero al acecho, se aprovechan de su carácter, de la escasa diligencia. Algunos se están forrando en la cara del President, ante su completa ignorancia: que pueda haber robos escapa a su entendimiento, en todo caso piensa que eso serán corruptelas de tiempos previos a él. Para eso sí es firme y vigilante, para los exámenes de lealtad; ha exigido vasallaje a todos los antiguos colaboradores del Fundador, adhesión sin fisuras, alineamiento, fidelidad y obediencia ciega, como su único señor. Y los otros le jalean a la manera de los monarcas medievales, le dan en el gusto al señor. Los trajes ondean las vergüenzas del President durante la fiesta, pero al menos las alcantarillas siguen selladas. El Director asiste asombrado a su primera celebración regional. Toda la clase política y civil aguarda sentada en el salón de reyes de la planta alta del Palau, esperando los discursos. De pronto, todo el mundo se pone en pie y empieza a aplaudir con fervor. «¿Qué pasa?». El President acaba de hacer acto de presencia. El monarca local recibe un sonrojante homenaje en forma de aplauso unánime y cerrado, medievalista, antes incluso de pronunciar los buenos días. Algunos de los que más palmean son los pillos que van a provocar su caída en desgracia. Los aprovechados se están choteando del soberano. Uno de ellos es el Conejo. Ha hecho desaparecer cinco millones de euros de su consejería, nunca más se sabrá dónde acabó aquel dinero que iba a servir para construir un hospital para los pobres de Haití. El President tampoco podrá imaginar que ese consejero, su mejor fontanero para los asuntos feos y delicados, quien aparentemente mejor sabrá sujetarle en los turbios meses que le esperan, ya es conocido con ese sobrenombre del Conejo en los bajos fondos del hampa política. Aplaude también Alfonso, el jefe provincial del partido y señor de una de las diputaciones, cuenta con su propia estructura de poder e intereses, algo rústica y opaca, tiene picapleitos a su servicio y un montón de partidarios trabajando como zombis en la Administración: cobran sin acudir al puesto de trabajo. Recuerda a un jesusgil en versión enlatada, le imita, también quiere ser presidente del club de fútbol si encuentra a otro que ponga el dinero, no va a ponerlo él, y presume de ser rico en abundancia, de que se hizo millonario antes de los cuarenta años, de que se le cae el dinero del bolsillo. Luego se verá que no es para tanto, montó un par de tiendas en su pueblo y ahí se acabó su emporio industrial; fuma Cohibas para almorzar, es socarrón, farda de un Ferrari que tiene treinta años —pero eso nadie lo sabe—, es un listo de pueblo que piensa que el President es un tonto de ciudad. Espabilado, sí, pero menos inteligente de lo que imagina. El Conejo lo maneja como quiere, alimenta el ego de sus ambiciones y a cambio recibe protección de ese jefe de la diputación al que utiliza para desequilibrar el poder del President, un juego discreto y maquiavélico. Aplaude mucho la presidenta de la Asamblea, a la infeliz le esperan nueve años dentro de una cárcel; fue una negligente consejera de Turismo y lo va a pagar con creces, apenas una bien mandada sin voluntad que no se enteraba de la jugada, una pobre mujer que todavía ignora su terrible horizonte. Le regalaron un reloj de dos mil cuatrocientos euros, y con ese reloj pudo contar durante años las horas que le quedaban para entrar en prisión. Al jefe de otra de las diputaciones provinciales le acaba de volver a tocar la lotería nacional, será la décima vez; es muy famoso en toda España por su gracia contando chistes y tiene un pacto de sangre con el Gordo de Navidad, que no se cansa de sonreírle. Otra docena de los presentes ha mejorado de casa en los últimos años, lucen buenos trajes hechos a medida, llevan a sus hijos a carísimos colegios privados, son grandes hormiguitas a la hora de sacarles partido a unos sueldos que no pasan de los tres mil euros mensuales. El monarca del Palau desconoce en ese momento que hasta el gerente de una depuradora pública, otro hombre del partido, se está haciendo de oro con las aguas fecales; faltan veinte millones de euros de la planta de tratamiento de Pinedo y nadie se ha enterado todavía, el dinero ha desaparecido entre las bacanales de gambas rojas y las bacanales con prostitutas a las que pagaban con dinero público bajo el epígrafe contable de «traductoras rumanas». Todo está por descubrirse. Las alcantarillas siguen cerradas, no por mucho tiempo. Al fiscal Cascano le faltan horas para escarbar en la montaña de informes que le van llegando desde sitios insospechados. Tiene el fiscal sin duda un ángel de la guarda que le consigue verdaderos tesoros, pero prefiere no darle muchas vueltas al origen de su suerte. Cascano todavía no ha abierto el grifo de la mugre, ocurrirá pronto. Ni el President ni su equipo lo sospechan. De momento, España solo está pendiente de la talla de pantalón del President, hacia qué lado vuelca el paquete, si usa cejilla y qué tipo de tiro estila. Una humillación insoportable. Todas las televisiones de España le están apuntando esa mañana. Génova espera. Porque no son cuatro trajes. La financiación del partido anda bajo sospecha. Las fieras huelen la sangre. El President echa balones fuera, no lidera, se le escapa el control de la crisis, no ha parado la ofensiva, va a peor, ha desoído todas las sugerencias. Conviene cortar alguna cabeza. Tiene que ser ya. Y, aprovechando la fiesta autonómica, mandan al Emisario desde Génova. Alguien tiene que lanzar un mensaje inequívoco a la opinión pública, a las tertulias, a las televisiones. El Emisario hace un aparte con la Alcaldesa mientras bajan por la escalinata del Palau hasta el patio gótico, ella le susurra algo muy breve y concreto al oído y zanja: «Dilo». El Emisario asiente y a continuación se acerca a los periodistas para dar un canutazo ante los micrófonos: «Tenemos toda la confianza en el President, toda. Hoy es fiesta, pero la fiesta se acaba a las cuatro. Después toca tomar decisiones». «Hijo de la gran puta». Será la primera vez que el atildado entorno del President oiga de golpe un lenguaje tan soez y arrastrado. Aquel día de fiesta se acabaron los «concho» para siempre. Los concho son el pasado, los trajes son el presente, llegaron a su vida igual que han llegado los hijos de la gran puta. El President empieza a odiar al Emisario, fue su consejero, fue su amigo, fue el compañero de la universidad y de la tertulia deportiva del bar del Agujero. Le ha dicho que se le ha acabado la fiesta, que destituya al Coordinador del Partido de una vez, pero él no quiere hacerlo; se empieza cortando una cabeza ajena y se acaba perdiendo la propia, lo sabe. Si mata a su número dos, antes o después también caerá él. No quiere hacerlo, pero obedece, qué remedio. «Que Paco haga algo, por el amor de Dios». Ese es el grito privado de la Alcaldesa que circula aquella tarde. Sea.
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Cuando Jaime Bayly se sentó a escribir sobre el 'Boom', pensó en el puñetazo de Vargas Llosa a García Márquez. De ahí salió ' Los genios ', una novela en la que lo mismo te contaba el fin de una amistad como la fractura del grupo literario por motivos políticos como todos los chismes que circulaban por el mundillo literario y rosa acerca del Nobel peruano, al que desnudaba muchas veces, casi siempre acompañado: en una escena, por ejemplo, lo vemos depilando con tijeras la mata de su actriz fetiche… Al presentarla, Bayly dijo dos cosas: que entendía la literatura como el acto de abrir el armario para ver qué esqueletos hay ahí y que las novelas eran un montón...
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Se habla con frecuencia de la «ola coreana» o 'hallyu', un neologismo que celebra la expansión global del entretenimiento surcoreano. Sin embargo, al sumergirse en las aguas de este fenómeno, se descubre que su verdadera fuerza reside en una transparencia crítica: la disección de la crudeza con la que sobrevive la clase media. Hye-young Pyun es una de las autoras que mejor surfea estas corrientes. Su tabla, revestida de moqueta de oficina, conoce bien las maniobras del sistema; Pyun lleva años explorando la alienación laboral y considera que nunca se es lo suficientemente insistente con este malestar. «Las oficinas no solo producen insatisfacción», afirma con rotundidad. «Provocan un desprendimiento de la identidad. Dejas de ser quien eras antes de fichar....
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Fue el 30 de septiembre de 2025, cuando David Uclés ya había acordado participar en las jornadas Letras en Sevilla sobre el tema ¿La guerra que perdimos todos? El escenario era la sede central del Instituto Cervantes en Madrid, que dirige Luis García Montero. Estaban sobre el escenario el escritor Julio Llamazares y Uclés porque este último presentaba su novela «El viaje de mi padre» . Con este motivo, Uclés se emocionó al recordar la herida abierta de la guerra civil, y leyendo una cita del inicio del libro de Llamazares dijo algo que contradice tolo lo que ha estado contando en redes y entrevistas de prensa estos días y que motivó su salida y luego la cancelación de las jornadas de Sevilla . Como se recordará en su vídeo de renuncia había dicho que no podía compartir cartel con Aznar o Espinosa de los Monteros, a los que ofendía gravemente, y además se dolía del título, que le parecía insultante, porque blanqueaba el fascismo, y «porque la guerra la sufrieron todos pero no la perdimos todos, las perdió la república, la democracia». En la presentación de Llamazares dice, por contra, al invocar la herida abierta de la guerra civil: «El empieza con una frase que, cuando la leí, ya me tranquilicé, me gustó muchísimo y dice así la primerísima frase, la dedicatoria [entonces la lee]: 'A los que perdieron la guerra de uno y otro bando'.» Entonces, Uclés apostilla: «A mí eso ya me ganó, antes de escribir mi novela asistí a muchas presentaciones de novelas sobre la época y de alguna me fui porque decían que sólo querían honrar a las víctimas de una parte, hablando de todo el conflicto, y me pareció muy inhumano. Podemos hablar de quién causó más daño, de quién provocó la guerra, de quién la terminó, pero hombre, las víctimas...» Estas declaraciones realizadas en el Cervantes, cuyo director festejó la polémica reciente con un «celebro que David venda libros pero que no venda sus principios», son antitéticas a las que ahora han reabierto un áspero debate sobre una historia que desde la izquierda quiere delimitar la Guerra Civil a un enfrentamiento entre buenos y malos. En la conversación con Llamazares, además de David Uclés, intervinieron Juan Carlos Méndez Guédez, responsable del Departamento de Literatura y Pensamiento de la institución, y Pilar Reyes, directora editorial de la División Literaria de Penguin Random House. Y asistía mucho público, porque Llamazares es un autor muy leído y muy querido. Todos ellos debieron de alucinar, si recordaban lo que Uclés había dicho en septiembre, al contemplar su vídeo reciente en redes, que por cierto, ahora ha borrado y ya no se encuentra en su cuenta de Instagram. Llamazares decía aquel día de septiembre: «Como sucede siempre, cuando mi padre me contaba esas historias yo no le hacía mucho caso y ahora me arrepiento de ello. Mi padre murió pronto y sus recuerdos quedaron en ese limbo de la memoria en el que se desvanecen las vidas de los que nos precedieron y a los que no escuchamos cuando estaban vivos. Luego nos arrepentimos de ello y, como yo ahora, tratamos de reconstruir sus pequeñas historias con los retazos de lo que se quedó en el aire y aún alcanzamos a recordar». En honor de su padre y de sus compañeros, pero también por recorrer un territorio, el que atraviesa la espina dorsal de la península ibérica, que sintetiza como muy pocos su esencia, el autor ha repetido su viaje y lo ha hecho en los mismos meses del año en los que lo hicieron ellos para intentar sentir lo que ellos sintieron siquiera sea referido al clima. Por el camino se encontró con personajes que mantienen vivo el recuerdo de aquel invierno terrible, el peor del siglo XX, y de una primavera y un verano calurosos junto al mar, y con algunas de las historias que su padre le contó y que los paisajes conservan aun flotando como una pátina sobre ellos, «pues la historia permanece en los lugares en los que sucedió como las palabras sobre la memoria».