En la literatura, encontrarse con uno mismo suele ser el inicio de una tragedia. Desde el William Wilson de Poe hasta el Goliadkin de Dostoievski, el doppelgänger ha servido como un espejo oscuro, un presagio de que nuestra identidad no es una unidad, sino un frágil consenso de máscaras. En 'La vida privada de Piero Garza' (Almuzara), la escritora donostiarra Lide Aguirre recoge este testigo filosófico y lo traslada a la era de la hipervisibilidad digital . La novela narra la desarticulación de la identidad de un arquitecto residente en Milán cuya estabilidad se quiebra tras un encuentro azaroso: la visión de un hombre idéntico a él en un aeropuerto. Este motor narrativo, basado en el arquetipo literario del doble, impulsa al protagonista a un desplazamiento geográfico y temporal hacia el País Vasco. Allí, la investigación de Piero deja de centrarse en el extraño para enfocarse en su propio árbol genealógico, sacando a la luz una red de secretos familiares y decisiones del pasado que cuestionan la autonomía de su presente. La obra se estructura como un suspense psicológico que analiza el contraste entre la imagen pública y la realidad íntima de una familia marcada por el silencio. Nuestra conversación comienza con una reflexión sobre el título: esa «vida privada» que hoy parece un concepto en vías de extinción. Además, hablamos a través del lugar donde termina la privacidad de la mayoría: la pantalla del teléfono. Aguirre, con una mirada forjada en las Humanidades, observa cómo hemos sustituido el «yo» por una curaduría estética de nosotros mismos y es tajante sobre las máscaras que portamos: «En redes sociales hay dos máscaras: la superideal, la que muestra todo lo bueno, lo 'estético'; y luego está todo lo contrario, la gente que va a soltar toda la bilis que no puede en la vida real. Es muy difícil ir a pecho descubierto; si vas a ser quien eres de verdad, reculas. Las redes son un escaparate«. Para la autora, la máscara más difícil de quitar es aquella que construimos para protegernos de nuestras propias grietas. Y es que, mientras daba forma a la odisea de Piero Garza, la autora no solo consultaba manuales de estilo, sino que estaba cursando la titulación de detective privado: «Cuando estaba escribiendo esta novela, estaba sacándome el título de detective. Un poco de ahí partió la novela: de empezar a diseccionar». Para Aguirre, escribir es una forma de investigación. Contactó con personas con adicciones y realidades complejas a través de foros y aplicaciones que funcionan como diarios íntimos, buscando la verdad detrás del posteo. «Me sirvió para empatizar y saber cómo vivían el día a día. A veces se cuenta la verdad y otras veces se esconden cosas», explica, subrayando que incluso en la confesión digital existe una voluntad de ocultamiento. «Con un número de teléfono o un correo electrónico, en determinadas páginas sacas todo, pero todo. Es una cosa increíble», confiesa. Sin embargo, su interés no radica solo en el dato frío, sino en el porqué. Aunque la novela ha sido catalogada como suspense, Aguirre la define casi como una autopsia emocional, un intento de entender el descalabro humano sin renunciar al placer de la lectura. « Quería mostrar algo, pero de forma que fuera muy entretenida. Buscaba el suspense y el 'quién lo hizo' porque yo misma estaba en un momento en que cogía un libro y lo dejaba«. El concepto del doble, ese doppelgänger que en la literatura clásica suele anunciar la tragedia, toma en manos de Aguirre un matiz más mundano y, por tanto, más aterrador: la oportunidad del fraude. «¿Qué buscaba Piero en ese otro hombre?», se pregunta a sí misma Aguirre: «Yo creo que huir de quién era», afirma Aguirre con rotundidad. «No buscaba encontrarse a sí mismo, sino aprovecharse, ganar una vida de forma fácil y usar sus encantos. Es un arquitecto, estudia las debilidades de la gente y busca los agujeros». El doble no es solo un recurso de suspense en la obra de Aguirre; es una pregunta sobre la unicidad del ser. Si existe otro igual a mí, ¿qué es lo que me hace único? Sin embargo, mientras que para los románticos el doble era un fantasma metafísico, para el Piero Garza de Aguirre es una oportunidad táctica: no teme al doble por ser una amenaza a su alma, sino que lo ve como una rendija por la que escapar de sus propias responsabilidades. Esa huida lleva al protagonista de regreso a sus raíces en el Norte, un territorio que para Aguirre posee una geografía emocional propia, ideal para el secreto. «Tengo la sensación de que en el Norte se puede llevar todo de una forma más contenida. El silencio se sobrelleva mejor o se tiene más asumido». Es en ese silencio donde cobran fuerza los fantasmas familiares y el papel de las mujeres, a quienes Aguirre describe no solo como guardianas, sino como 'dirigentes' de la memoria, cobran fuerza. La «autopsia» que propone Aguirre no arroja un veredicto de inocencia o culpabilidad, sino una aceptación de la imperfección. En un mundo de detectives digitales y fachadas de Instagram, la autora defiende el derecho al secreto como mecanismo de supervivencia: «La verdad absoluta puede estar sobrevalorada. Todo el mundo guarda pequeños secretos que te permiten llevar un presente perfecto. Nadie es perfecto». Lide Aguirre no juzga a sus criaturas, pero sí observa con asombro el «descalabro» que supone para alguien ser descubierto en su mentira digital. Para ella, la «vida privada» no es solo un título, es el último refugio de la identidad en un mundo donde, a veces, preferimos ser el reflejo en el espejo antes que el hombre que lo mira.