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Varios años después de su última visita a España, Ted Chiang (Nueva York, 1967) está de vuelta en el Festival Celsius de Avilés y no tiene libro nuevo. Solo dos volúmenes de relatos -'La historia de tu vida' y 'Exhalación'- en tres décadas de carrera literaria han bastado para convertirlo en el mejor autor de ciencia ficción del planeta. La ambición filosófica de sus historias y la delicada orfebrería de sus textos han hecho de este científico computacional una de las voces más lúcidas para reflexionar sobre los riesgos del futuro y el potencial destructivo del desarrollo tecnológico. — ¿Cree que los debates en torno a la IA son una cuestión ética antes que tecnológica? —Deberíamos dejar de pensar la IA como un proyecto tecnológico y entenderla como un proyecto político que recorta autonomía a los individuos para transferirla a estructuras de poder centralizadas. La gente tiene cada vez menos control sobre su vida. Los trabajadores cada vez toman menos decisiones por sí mismos, y tienen que hacer lo que el algoritmo les dice. Y no solo pasa con los trabajadores, porque también vemos productos que limitan la capacidad de decisión de los consumidores, e incluso se vende como algo atractivo que tomes menos decisiones para que un producto las tome por ti. En el pasado, la ciencia ficción se planteaba si deberíamos dejar que las máquinas tomen decisiones por nosotros. Pero lo que ha acabado sucediendo, y que la ciencia ficción no predijo, es otra cosa: que Amazon tome decisiones por nosotros. Lo que la ciencia ficción no supo ver es hasta qué punto las máquinas están al servicio de intereses corporativos y no de una lógica objetiva pura. — Ha contado que, con el tiempo, ha ido adoptando una visión cada vez más crítica al observar los riesgos asociados al desarrollo tecnológico. —Creo que la industria de la IA, y Silicon Valley en general, ha ido por mal camino. No creo que esto fuera inevitable, pero lo cierto es que estamos en un momento en el que las cosas no hacen más que empeorar. Creo que esto se debe, en parte, a que Silicon Valley desempeña un papel muy importante en el desarrollo tecnológico en su conjunto y, al estar en EE.UU., está muy poco regulado. Silicon Valley se ha movido de forma casi exclusiva por el lucro. Yo he hablado con gente del sector que reconoce que, en los 2000, su objetivo era desarrollar un buen producto. Pero diez años después el objetivo era crear un producto que pueda comprar Google y hacerlos a todos ricos. El sector tecnológico se ha visto distorsionado por el funcionamiento que tiene el mercado y las finanzas en Silicon Valley. Mucha gente se ha dado cuenta: cuando comparas el internet de ahora con el de hace veinte años, te das cuenta de que el actual es peor. Las empresas se centran más en satisfacer a sus accionistas que a sus usuarios. Creo que la forma en que la tecnología se ha entrelazado con el capitalismo se ha vuelto muy perjudicial, y que las posibilidades positivas que ofrece la tecnología serán cada vez más difíciles de alcanzar. Todo eso ha contribuido a que mi visión de la tecnología sea cada vez más negativa. — Como escritor, reflexiona sobre las implicaciones de los avances tecnológicos, y tiene además una sólida formación científica. ¿Echa de menos una mayor cultura científica entre los escritores y humanistas? —Creo que, en general, los humanistas entienden mejor la ciencia que la mayoría de los ingenieros entienden las humanidades. Creo que ese es, en cierto modo, el gran problema al que nos enfrentamos: que la gente de Silicon Valley parece ignorar por completo las humanidades. En general, los humanistas entienden lo suficiente de tecnología como para poder opinar sobre ella. La formación humanística te proporciona una base muy amplia para reflexionar sobre muchos temas. Por el contrario, la formación en ingeniería limita mucho las perspectivas de las personas y las inclina a tener una visión muy estrecha centrada en objetivos concretos y soluciones específicas. — Muchos avances científicos aparecieron en la ciencia ficción antes que en la realidad: ¿cree que la literatura modela y orienta nuestro futuro? —El objetivo de la ciencia ficción no es predecir el futuro, sino ayudarnos a reflexionar sobre él. Creo que la ciencia ficción es una forma de narrar historias propia de la época posterior a la revolución industrial. Antes de la revolución industrial, la tecnología se desarrollaba muy lentamente. Durante la mayor parte de la historia, el mundo en el que vivirían los nietos sería muy similar al que vivieron los abuelos. Con la revolución industrial todo eso cambia y las cosas suceden muy rápido. La ciencia ficción es el género que se da cuenta de que el futuro no se parecerá al pasado, y nos ayuda a hacer experimentos mentales utilizando el futuro como escenario. Es un género en el que se crea un mundo en el que las cosas son diferentes, y por eso es una forma útil de simular posibles escenarios y alternativas cuando hay quien dice que la situación actual es la única posible. — En buena parte de sus obras se aprecia una preocupación religiosa. —Aunque no soy religioso, siento una genuina curiosidad por cómo ven el mundo las personas que sí lo son. En el pasado nadie creía que hubiera contradicción entre ser científico y ser creyente. En la época de Newton, los científicos estudiaban el universo porque pensaban que la mejor forma de acercarse a Dios era comprender el universo que había creado. Cuando hacían un descubrimiento lo sentían como una experiencia religiosa. Muchos científicos contemporáneos son ateos, pero sienten ese asombro ante un descubrimiento importante. Hay algo muy similar entre el asombro científico y el religioso. Como ateo, ese asombro ante la comprensión del universo es lo que más me interesa, y me hace sentir que tal vez no esté tan lejos de las personas religiosas. Se trata, al final, de la conciencia de que existe un orden en el universo.
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«La vejez puede ser muy luminosa y uno puede hacer un montón de cosas. Lo que le pasa a Ruth es como una novela de formación». Así lo ve Adriana Riva que, entre su senda centrada en las mujeres y la vinculación madre e hija, pone ahora esa última fase vital en el punto de mira. Publicada originalmente en 2024, 'Ruth' (Destino) ha llegado a 10 ediciones en Argentina y hasta cuenta con una versión teatral. Sin embargo, Adriana no llegó a este mundo de ficción por casualidad. Se dedicaba al periodismo internacional en 'La Nación' pero, como comenta a ABC, ella no había escrito ficción nunca, le «surgió la necesidad después de la muerte de su padre» . Ahí fue cuando se apuntó a un taller de escritura y decidió centrar su obsesión y curiosidad en torno a su madre, por eso estamos hablando ahora sobre 'Ruth' : «Sentía que tenía una historia por contar». Como punto de partida, se inspiró en la directora belga Chantal Akerman: «Leí 'Una familia en Bruselas' y eso me llevó a la idea de personificar a mi madre ». Además, la identidad judía presente en Akerman también la comparten Riva, su madre y el nombre Ruth. La protagonista personifica esa vejez a la que todos aspiramos, donde el paso del tiempo no ha conseguido dominar ni agotar aún la esencia de uno. Como medio para su fin, Adriana se sirve del flujo de conciencia de Virginia Woolf - a quien admite admirar - para que podamos ver a su Ruth como un ser transparente, autónomo y sediento de energía, mientras espera la visita de la agria muerte. Justo ahí es donde irrumpe en escena el segundo gran protagonista de esta historia tan humana: el poder del arte y la cultura . «Eso es justo lo que le permite a Ruth, a sus ochenta y dos años, seguir sintiendo esa necesidad que tiene de seguir buscando en el arte la expresión humana». Porque la protagonista de Riva va a clases de arte y se inunda en el museo. Todo depurado en un humor efervescente que hace la escritura bien entretenida, sirviendo a la vez de turbina para procesar la aceptación de esos «temas dolorosos, profundos y misteriosos, la muerte». Igual que su personaje, Adriana también pasa sus días rodeada de lo humano, dado que está estrechamente vinculada al mundo de la escritura. Tiene una editorial, otra infantil, una revista y hasta coordina un club de lectura. La autora comenta que en Argentina siempre estos clubes han causado furor, pero que son especialmente relevantes desde la perspectiva femenina: «En estos clubes hay sobre todo mujeres que no tuvieron el tiempo porque estaban 'maternando', trabajando, y ahora sí que lo tienen. Son espacios donde se generan cosas muy buenas y muy íntimas, de mucho respeto y construcción». Porque ahora mismo, entre todo el embarrado y pantanoso mundo de las redes, estamos presenciando una ola de clubes de lectura y talleres de diversas temáticas artísticas para promover el contacto social en este día a día en el que tan difícil es levantar la cabeza y mirar a nuestro alrededor. Y es que 'Ruth' refleja esa realidad entre lo individual y lo colectivo, donde el arte es la varita mágica que recompone , «tiene un poder para intercambiar opiniones y emociones, sobre todo en esas edades».
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Álvaro Pombo ya tiene su retrato en la Biblioteca Nacional , y el escritor se acercó allí para celebrarlo. La presentación del lienzose convirtió en un memorable evento donde la emoción y la carcajada estuvieron muy latentes. El también académico de la Real Academia de la Lengua, cuenta con una larga trayectoria en el mundo de la literatura en lengua castellana, lo que le llevó a hacerse con el premio Miguel de Cervantes 2024, un galardón que incluye este reconocimiento. Pombo es el cuadragésimo noveno escritor que pasa a formar parte de la la Galería de Retratos de la Biblioteca . La tradición se inició en 1976 con Jorge Guillén , el primer galardonado con el Cervantes. Desde entonces, cada premiado escoge al artista que le va plasmar en el lienzo. Pombo ha escogido al pintor y académico Hernán Cortés . A las 11:30 tomó la palabra Óscar Arroyo , director de la Biblioteca Nacional de España, que se centró en detallar en qué consiste la tradición: «La naturaleza del cuadro y del proyecto es curiosa porque la Biblioteca Nacional le regala al premiado el cuadro, pero el cuadro se tiene que quedar aquí en el depósito. El resto están distribuidos por las distintas salas». También contó que durante el primer año, el retrato permanecerá en el Salón Italiano de la Biblioteca. Luego se descubrió el cuadro, y observamos cómo Hernán Cortés retrató excelentemente la personalidad y carácter del escritor en su «mirada analítica, llena de humor, pero todo eso contrapesado con un cierto aire de melancolía que a mí se me antoja muy propia de un santanderino sensible». Con respecto a la técnica empleada, el pintor confirmó que se trata de una «técnica de reproducción digital que llamamos bicicleta»: necesitó el uso de un ordenador para escanear y manipular la imagen hasta lograr el resultado deseado. «Las personas, con nuestra fragilidad humana, siempre escondemos lo que nos debilita, por eso la obligación del retrato es reflejar la dualidad que se produce entre lo que se muestra y lo que se esconde», explicó. Álvaro Pombo fue el encargado de cerrar el acto. «Me encamino hacia mi esencia», comenzó, con el humor presente en todo momento al hablar del tamaño de semejante retrato: «En mi casa no cabe, si entra el cuadro salgo yo. No se puede colocar, esto es un cuadro para el Palacio del Príncipe de la Paz, me tiene que quedar aquí por siempre». Después, su discurso se tornó más filosófico y literario, pues «nadie que vea este cuadro dejará de recordar al viejo de 87 años que soy ahora, lo único chulesco es que estoy un poco recortado, es una concesión a la juventud». De este modo, el escritor se encaminó hacia el mito faustiano de la eterna juventud al hablar del 'Retrato de Dorian Gray' de Oscar Wilde : «Ustedes están asistiendo a dos metamorfosis desafortunadas. Cuando se encargó pintar para el chico más guapo del mundo, una vez que tiene el cuadro, lo acuchilla y lo esconde en la buhardilla. No puede soportar cómo el cuadro sigue el ritmo de la vida del personaje y se deteriora con él». Por eso mismo, alaba el trabajo de Hernán Cortés al haber «precisado» su belleza, y es que, según insistió Álvaro Pombo, «no hay duda de que el referente que soy yo y mi imagen coincidimos totalmente. Yo creo que este es su sitio natural».
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Alfaguara publicará el próximo 20 de octubre la nueva novela de Arturo Pérez-Reverte , 'La hipótesis más peligrosa', una historia de aventura e iniciación que es también una mirada sobre el Mediterráneo como memoria viva de la Historia: un mar donde todavía resuena el eco de batallas, exilios, piratas, imperios desaparecidos, leyendas, dioses antiguos, libros clásicos y derrotas humanas. Cal Gadea, un chico de dieciséis años criado por sus abuelos y fascinado por los videojuegos, encuentra al hombre al que lleva tiempo buscando: Asier Lerrant, el padre que nunca conoció. Lo ha localizado en un puerto del Mediterráneo siguiendo unas vagas pistas y una fotografía antigua, movido por una pregunta que lo atormenta desde niño: por qué ese hombre abandonó a su madre y lo dejó también a él fuera de su historia. A bordo de un velero que trafica con arte robado, padre e hijo emprenden un viaje en el que la búsqueda íntima de Cal se cruza con un enigma histórico y una trama de carácter policíaco. Lerrant, hombre hermético, áspero y difícil de descifrar, enseñará al chico a navegar, a anticiparse al peligro y a comprender que, en un barco como en la vida, ciertas reglas son una forma de supervivencia. La obra de Arturo Pérez-Reverte ha sido traducida a más de cuarenta idiomas, ha vendido veintisiete millones de ejemplares en todo el mundo y la publican algunas de las más prestigiosas editoriales, como la francesa Gallimard. Las últimas novelas publicadas por el autor, ' Misión en París ' (de la serie del capitán Alatriste ), 'La isla de la Mujer Dormida' y 'El problema final', estuvieron entre los títulos más vendidos del año. Su novela 'Línea de fuego' fue galardonada con el premio de la Crítica 2020. Además, en mayo de este año ha publicado 'Enviado especial. Una biografía de guerra', que reúne sus crónicas como reportero. Hasta la fecha, siete de sus obras se han adaptado al cine o la televisión y próximamente se estrenará la miniserie de Netflix 'El problema final', adaptación de la novela del mismo título, protagonizada por José Coronado, María Valverde, Maribel Verdú y Martiño Rivas,.
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La codicia y la ambición son malos acompañantes, bien lo sabe toda la élite adinerada que, de vez en cuando, es robada como parte de un reto para todo aquel delincuente canalla que se cree mejor que los demás. Aunque para estar entre los mejores ladrones hay un tercer adjetivo muy importante: la elegancia. Maurice Leblanc dejó el listón muy alto en cuanto a ladrones de guante blanco. Lupin parecía insuperable, pero María Oruña (Vigo, 1976) aceptó el desafío como propio. Tras meses de investigación, documentación, visitas a museos y entrevistas con restauradores, coleccionistas y subastadores, nació 'La Cámara de las Maravillas' (Plaza & Janés). Todas las series policiacas nos han enseñado dos verdades universales, la primera es que, al final, la verdad siempre sale a la luz y la segunda es que hay que dudar de los más inocentes y del primer personaje que aparezca en pantalla. La escritora juega muy bien estas cartas durante su nueva novela negra / 'gender-blending' [género mezclado], sembrando dudas constantes al lector. Para lograrlo, trabaja con la precisión de un relojero. «Mi objetivo es que no se note, en tu reloj solo ves el cristal y el dial, no toda la maquinaria que hay debajo», reflexiona María Oruña durante una entrevista con ABC. « Es difícil hacer una novela en la que hay giros, pero que no sean impostados , que no sean fuegos artificiales que no van a ninguna parte, requiere mucha meditación». Para conseguir el robo perfecto se necesitan personajes idóneos. Por un lado se encuentra la familia Mendoza, que «simboliza la élite y la burguesía»; por otro, durante el robo en el Palacio Dorado [en la realidad es la Casa de América en la plaza de Cibeles, Madrid] aparece el delincuente canalla que enamora, Dimas Chevalier. El ladrón de guante blanco más famoso de Europa dice haberse reformado, pero ha estado en la cárcel y genera desconfianza. «Es un Robin Hood y nos cae bien a pesar de ser un delincuente», apunta la escritora, que no olvida a quienes investigan el robo... o robos: «También están los policías, uno venera el arte y la otra no concibe que se pague ni un euro por un cuadro». Entre todos los protagonistas se representa a la gran mayoría de la sociedad. A aquellos que aman el arte y tienen acceso a él, a quienes lo aman pero solo pueden verlo desde detrás de una vitrina, a los que no «les gusta» pero se maravillan con él y a aquellos a los que le es completamente indiferente. Pero el arte sigue siendo arte y genera debates interminables sin respuesta. 'La Cámara de las Maravillas' reabre poderosas discusiones sobre a quién pertenece una obra, dónde debería estar expuesta y cómo se consiguen estas espléndidas piezas. «Como narradora omnisciente no doy mi opinión. Lo que hago es que los personajes, de forma muy vehemente, opinen unos en contra de otros. Mi objetivo no es dar respuestas, sino formar un pensamiento crítico en los lectores», comenta Oruña. Porque el libro puede leerse como una divertida novela de ladrón de guante blanco, pero también permite profundizar sobre los grandes debates. Aunque en las páginas de su nueva novela la escritora no opine, durante esta entrevista se deja tentar sobre ¿a quién pertenece el arte? «Existe una gran impunidad colonial y bélica. Además, a nivel histórico hay muchos objetos de arte que forman parte del patrimonio del Estado que han desaparecido. Por ejemplo, el Pazo de Meirás, de Emilia Pardo Bazán en La Coruña, de forma legal o legítima fue un regalo del pueblo al dirigente [Franco], pero si te hacen un regalo bajo coacción, a lo mejor no es tan regalo y hay que devolverlo cuando esa presión o ese sistema político termina», explica Oruña mientras va recordando más ejemplos de «robos/regalos». Entre ellos, los de Pepe Botella –José Bonaparte al ser expulsado de España se llevó decenas de obras de arte–, el friso del Partenón, que se exhibe en el Museo Británico, o que el mayor atractivo del Neues Museum de Berlín sea el busto de Nefertiti. «Si vaciásemos todos los museos de lo que no les pertenece, sobre todo en Europa, habría que devolver a Egipto, a América, a Oriente…». Otro de los debates calientes del arte en España es la no reducción del IVA . Según los marchantes y entendidos del tema, esta disminución del impuesto ayudaría a que creciese la inversión en nuevas obras, pero Oruña no está del todo acuerdo. «No es tanto el IVA, el debate está en si merece la pena hacer una inversión en comprar obras nuevas ya que es muy arriesgado», reflexiona. Y continúa: «el 80% de lo que invierten, incluso en la Bienal de Venecia, es en nuevos valores y saben que después a lo mejor no funciona. Porque es muy difícil encontrar un Klimt o una Tamara de Lempicka, no es fácil encontrar voces auténticas que tengan carisma, que hagan algo genuino». ¿Y el mercado negro existe? «Sí, funcionan muchas mafias, y lo curioso es que utilizan obras de arte como garantía porque a veces las operaciones fiscales se pueden volatilizar, pero la obra está ahí». Debates interminables que darían para horas y horas de discusiones, pero todo tiene un principio y un fin, en la vida y en la novela. «Lo que admiramos de los personajes es su imperfección y ahí está la belleza, igual que en el arte, en la imperfección. Algo que la IA jamás logrará». Espere, ¿no le gusta la inteligencia artificial? «Soy anti inteligencia artificial, me pone mala. No concibo su uso si eres escritor profesional. Tenemos un problema grave de vacío legal que deben de solucionar a nivel legislativo las instituciones ya. Si no lo hacen es porque hay intereses políticos detrás», reflexiona Oruña. «Creo que la IA es muy útil en ciencia, en seguridad y en muchos parámetros, pero estamos poniendo en juego a ilustradores, a periodistas –ya he visto noticias sobre mis libros hechas por IA, todas mal– y a escritores también, por supuesto». La escritora gallega lanza una propuesta: «Me gustaría que existiese un sistema de registro para crear una pegatina que dijese: «Hemos certificado que este libro no tiene inteligencia artificial». Me gustaría para mis libros».
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Filólogo hebraísta de referencia internacional y el más destacado especialista en poesía y filología hebrea medieval española, Sáenz-Badillos fue, ante todo, un maestro . En el homenaje que la Universidad Complutense le rindió tras su fallecimiento, su director de tesis, el catedrático Luis Gil Fernández, definió con precisión su figura: «Ángel fue un gran sabio y aún mejor persona». Esa máxima no era una cortesía académica, sino un diagnóstico certero de una personalidad que dejó una huella indeleble en todos los que tuvimos el privilegio de transitar junto a él los pasillos de la academia. Sáenz-Badillos fue un maestro que no solo transmitió su vasto conocimiento, sino que enseñó a sus discípulos el camino ético que debían seguir con los suyos propios: la atención al detalle, la generosidad sin límites y el mantenimiento de un rigor científico insobornable, siempre sostenido desde la más profunda humildad. Nos enseñó a ser respetuosos con la academia, pero jamás sumisos. En una España que aún despertaba a la modernidad científica, él fue un visionario que nos lanzó a la internacionalización , fomentando estancias en centros de investigación punteros en Israel o Estados Unidos cuando aquello era una excepción y no la norma. Entendió, mucho antes que otros, la necesidad del trabajo en equipo y la democratización del saber a través de proyectos compartidos. Resulta conmovedor recordar, incluso hoy, el orgullo con el que nos presentaba en los circuitos científicos cuando apenas éramos investigadores nóveles iniciando nuestra andadura; nos descubrió, con la práctica, que una palabra de aliento y un gesto de complicidad humana son, a menudo, mucho más productivos y transformadores que el dato científico más brillante. Como decía Maimónides, un maestro ha de ser, ante todo, un ejemplo de comportamiento ético , y eso fue precisamente lo que Sáenz-Badillos encarnó para todos nosotros. Su gestión al frente de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Granada , donde ejerció como decano entre 1978 y 1982 , fue un reflejo de esta convicción: introdujo la modernidad con acciones hoy olvidadas por cotidianas , como la creación de la hemeroteca y la incorporación de las primeras herramientas informáticas, pero sobre todo, dejó una marca en la política universitaria al instaurar un «claustro paritario» donde todos los estamentos de la facultad —profesorado, estudiantes y personal de administración— tenían una voz igualitaria. Fue, además, un defensor incansable de los sectores más vulnerables de la universidad, como el Profesorado No Numerario, demostrando que la filología y la ética pública deben ir siempre de la mano. Es bajo esta luz de generosidad intelectual como debemos acercarnos a su obra póstuma, 'La lengua del pueblo judío'. Publicado dentro de la prestigiosa colección 'Lenguas y Culturas Judías' de la Editorial Universidad de Granada, este libro es un testimonio excepcional ; un texto rescatado de un viejo disquete que el autor nos lega como una suerte de testamento . La inclusión de esta obra en dicha colección, referente absoluto en el ámbito de los estudios sefardíes , no es solo un acto de coherencia institucional con la trayectoria del profesor en la universidad granadina, sino también una garantía de la calidad y el rigor que definen a este sello editorial. A diferencia de su célebre «Historia de la lengua hebrea» (1988), que se consolidó como un manual técnico de referencia, este nuevo ensayo se aleja de la aridez académica para convertirse en la biografía viva de un idioma que desafió todas las leyes de la historia. Sáenz-Badillos describe el periplo de la lengua hebrea no como una sucesión de listas de verbos o reglas gramaticales, sino como un viaje épico de resiliencia y supervivencia . El autor estructura este recorrido en tres actos fundamentales que invitan al lector a comprender cómo un idioma puede ser el hogar de todo un pueblo, incluso cuando este carece de una geografía física. El primer acto es la casa , el nacimiento del hebreo en la época bíblica y su posterior evolución en los manuscritos del Mar Muerto. Aquí, Sáenz-Badillos nos guía con mano experta por el proceso en el que, tras las traumáticas revueltas contra Roma hacia el siglo ii después de Cristo, el hebreo dejó de ser una lengua vernácula para transmutarse en una lengua sagrada y de escritura, un vehículo de identidad que permitió la cohesión espiritual frente a la dispersión. El segundo acto es el exilio . Es aquí donde el libro revela una de sus tesis más fascinantes: el hebreo nunca murió. Durante la larga diáspora, funcionó como una lengua franca global que permitió el diálogo entre comunidades distantes y radicalmente distintas entre sí. Judíos de Alemania, Irak, el Magreb o Alandalús no compartían una lengua materna común, pero se comunicaban entre ellos en hebreo, elevándolo a la categoría de idioma universal de cultura. Finalmente, el tercer acto nos traslada al regreso, al proceso heroico de finales del siglo xix y principios del xx, donde un grupo de visionarios y modernistas, liderados por la figura de Eliezer ben Yehuda, logró lo que parecía imposible: que el hebreo volviera a ser la lengua materna de los niños. Este hito no fue solo un fenómeno lingüístico, sino un triunfo del nacionalismo cultural que consiguió lo que otros proyectos coetáneos, como el esperanto, no lograron: dotar de lengua a una comunidad humana entera. Sin embargo, a nuestro juicio, las páginas más intensas de este ensayo son aquellas dedicadas al esplendor de los judíos de Sefarad, campo en el que el autor era una autoridad indiscutible . En esta sección, Sáenz-Badillos nos obliga a prestar atención a la integración del judaísmo en la cultura árabe andalusí, un fenómeno que supuso un antes y un después en la historia del hebreo. Es imposible entender el judaísmo contemporáneo sin los tres pilares cultivados por los judíos andalusíes: una lingüística que facilitó la futura rehabilitación de la lengua, una poesía que sigue presente en el culto sinagogal y la cultura popular israelí, y una jurisprudencia que todavía hoy se nutre de los escritos fundamentales de Maimónides o Alfasi. El autor nos explica cómo, bajo el influjo de la riqueza cultural de Alandalús, los judíos de Sefarad lograron expandir el léxico hebreo para abarcar ámbitos antes inexplorados, como la filosofía, la astronomía, la lírica amorosa y báquica o el elogio; una auténtica época dorada que definió la identidad intelectual de generaciones. Una de las grandes novedades de este ensayo póstumo es la visión del hebreo no como una unidad, sino como un mosaico de lenguas que se adaptaron a sus respectivos entornos . El autor nos describe cómo la dispersión propició la aparición de las denominadas «lenguas judías», aquellos híbridos fascinantes que combinaban la gramática local con la herencia hebrea. Se detiene especialmente en tres: el judeoespañol, ese castellano del siglo xv que los expulsados llevaron consigo y preservaron con una lealtad asombrosa durante siglos en el Imperio Otomano o el norte de África; el yidis, esa fusión vibrante de dialectos germanos con elementos hebreos y eslavos; y, por supuesto, el judeoárabe, la lengua académica por excelencia del judaísmo medieval, en la que se redactaron las obras más relevantes del legado judío en la Península Ibérica. En definitiva, nos encontramos ante una obra sumamente generosa . Ángel Sáenz-Badillos, un académico de primer nivel ha tenido la elegancia de sintetizar toda esta complejidad en un ensayo asequible a cualquier persona interesada, sin exigir un conocimiento previo de las lenguas tratadas. «La lengua del pueblo judío» no es, en absoluto, un manual para especialistas, sino la obra de un humanista . Es, quizás, la última lección magistral de nuestro maestro: un libro que, haciendo gala de su humanismo, nos narra la biografía del hebreo como si estuviéramos sentados frente a él, compartiendo un café . El autor logra contagiar su entusiasmo por la historia y la cultura judía, despojando al relato de cualquier aridez académica para centrarse en los rostros, las peripecias y las vidas de sus usuarios. Es un libro que nos devuelve, por un momento, la voz de quien tanto nos enseñó, recordándonos que, aunque el maestro ya no esté físicamente entre nosotros, su capacidad para iluminar el pasado —y con él, el presente— sigue viva en cada una de sus palabras. FICHA Título: 'Lengua del pueblo judío' Autor: Ángel Sáenz-Badillos Pérez Editorial Universidad de Granada Año: 2026 Disponible en Editorial UGR
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En la casa de Luis Landero (Alburquerque, 1948) hay gotelé y libros: está todo bien. En el balcón hay plantas y un naranjo todavía pequeño, como si el campo tuviera su pequeña parcela aquí. Landero es uno de esos hombres que disfrutan de esa pachorra de ver caer las frutas y crecer de las plantas, que en este piso parecen felices. Son las doce de la mañana cuando abre la puerta y los brazos y ofrece una bebida: hoy toca chato de vino. Su salón es todo luz. Hay tanta luz que es bonito hasta el gotelé. Lo último de Landero (ya saben, premio nacional de Narrativa y de las Letras y de muchas otras cosas) se llama ' Coloquio de invierno ' (Tusquets), una novela donde unos cuantos personajes se quedan incomunicados por la nevada de Filomena y matan las horas contando historias, como el escritor hacía en su infancia. «A mí me gustó Filomena, como yo vivo normalmente confinado… Este es mi estado natural. Salgo muy poco. Con la Filomena tenía un pretexto estupendo para no salir. Y con el apagón también. En mi pueblo de niño no había luz eléctrica, de manera que no me pilló de nuevas», dice, mientras ríe bajito. Da gusto pensar en el invierno en medio de una ola de calor: pensamiento acondicionado (y gratis). —Lleva mucho tiempo viviendo en Madrid, ¿no? —Sí, sí, aunque tengo la casa en el pueblo y vamos de vez en cuando. Yo en realidad soy de pueblo. Tengo mi pueblo, que es Alburquerque, y en Madrid tengo otros dos pueblos: la Prospe [Prosperidad], que es el barrio de mi adolescencia y juventud, y luego Chamberí. Y cuando vivía en París mi pueblo era Montmartre. Quiero decir que soy de territorios pequeños. —En París se ganaba la vida como guitarrista flamenco. —Sí, fue justo cuando terminé Filología en la universidad. Como no tenía nada que hacer, y como en aquellos tiempos además para ser escritor había que irse a París, pues me fui. Tocaba la guitarra en un restaurante español. Y allí escribía. —Ha dicho muchas veces que ha llegado a todo tarde: a los libros, a la universidad, a la guitarra, a la publicación. —Pero a la escritura no, la escritura fue una cosa precoz, porque empecé a escribir con quince años y no dejé de escribir nunca. Aunque publiqué tarde. Sí… He ido llegando tarde a los sitios, pero está bien. Está bien llegar tarde. —Pero hoy vivimos en la prisa. —Se está perdiendo la lentitud, que es fundamental para la vida. Sin lentitud el conocimiento se atrofia y la mente se atrofia: es una desgracia. Leer un libro exige lentitud y entrena en la lentitud. Y actualmente se lee bastante en España, no nos podemos quejar de lo que se lee: parece que hay como una reacción... Yo quiero verlo o necesito que ocurra: una reacción contra la tiranía del móvil y contra las prisas y contra esas píldoras que consumimos. De TikTok, de Whatsapp. —Es difícil no leer 'Coloquio de invierno' como un canto a aquella España que todavía se sentaba a contarse historias. —Hubo un tiempo en que no había otra manera de entretenerse que hablar. La gente hacía corros, en el invierno se reunían al lado de la lumbre, y hablaban: de esto, de lo otro, de aquello. Todos los que tienen mi edad han conocido esto. Luego llegó la televisión y los corros desaparecieron, claro. —Todos sus personajes hablan muy bien: ya nadie habla así. —Yo es que tuve la suerte de oír hablar muy bien a la gente en mi infancia, porque yo vengo de una familia campesina. Y en mi familia, que eran muchos, entre abuelos, primos, tíos y demás, todos hablaban muy bien, porque eran campesinos que respetaban mucho la cultura, a pesar de que ellos no la tenían, porque no habían podido ir a la escuela y muchos eran analfabetos. Pero la respetaban y se esmeraban en hablar bien. Y claro, hablaban en el mismo molde en que habían oído hablar a sus mayores, y eso venía rebotando a través de los siglos, de manera que cuando yo leía los clásicos españoles decía: coño, si esto casi parece como hablaban mis abuelos, mis padres… Ese es el verdadero genio del lenguaje popular. No del lenguaje vulgar, sino del lenguaje popular. Tuve la suerte de heredar eso, la cultura hablada, y luego la cultura escrita, la alta cultura. Y lo que yo intento es fusionar las dos. Eso es lo que vemos en 'La Celestina', en el 'Lazarillo', en el 'Quijote', en Galdós, en Rulfo, en Valle. Ellos consiguen un equilibrio milagroso entre lo culto y lo popular; en ellos, lo culto parece popular y lo popular parece culto. Para mí esa es la mejor receta literaria. —Hay una palabra que odia: bocadillo. —Sí [y ríe]. Es por un recuerdo traumático, de cuando me mandaron al internado a Madrid. Yo la palabra bocadillo no la conocía: en el mundo campesino no existía. Allí lo que merendabas era un cacho pan y queso, un cacho pan y chorizo, pero no un bocadillo. Y entonces me dijeron eso en el colegio: ¿quieres un bocadillo? Y fue cuando fui consciente de que ese mundo no era mi mundo, empecé a sentir una gran nostalgia, no solamente de las personas, de mis padres, de mis abuelos, de mi calle, de mi gente, del campo, sino también del gato, por ejemplo, del perro que teníamos en el campo, de todas estas cosas. Yo tendría ocho años. —¿Ese desarraigo alimenta la literatura? —Puede alimentarla… O no. La literatura también se puede alimentar del psicoanálisis [y vuelve a reír]. Se puede alimentar de muchas cosas. Yo estoy contento con eso, ha sido un privilegio el haber vivido los dos mundos, el campesino y el industrial, el rural y el urbano. Son dos mundos muy distintos. De Alburquerque a Madrid se tardaban once o doce horas en tren, pero era como pasar de un siglo a otro. Como pasar del siglo XIX al siglo XX [deja un silencio]. Y lo que yo siento ahora es otro tipo de desarraigo, que para mí es más profundo y es más preocupante, que es el desarraigo con mi época. Me siento desarraigado en el tiempo, porque mi mundo es el mundo de los tres mil años de cultura europea, y ese mundo se va como difuminando. Como vivimos tan apegados a la actualidad, ese mundo va desapareciendo, incluso en las escuelas ya está un poco borroso. ¿A quién le interesa Montaigne, Platón, Thomas Mann? Me siento un poco ajeno a este mundo. —¿Siente pena por ese mundo perdido del rural? —Hombre, en parte no porque hemos mejorado mucho. Y la España de entonces era una dictadura. Pero en el camino del progreso se han perdido muchas cosas. La llegada de internet fue lo que descatalogó muchas cosas del pasado, y efectivamente se perdió todo ese mundo oral, se perdió la cultura campesina, que es una cultura milenaria. Esto John Berger lo cuenta muy bien en 'Puerca Tierra', porque esto ha desaparecido no solamente en España, sino en todas partes. Es una desgracia. Es una pérdida mayor que el incendio de la biblioteca de Alejandría. John Berger decía: cada vez que muere un viejo en África, es como si muriese una biblioteca. Yo siento lo mismo cuando pienso en mi abuela, que era analfabeta, pero también era una biblioteca andante. De canciones, de refranes, de cosas. Todo ese pasado ha desaparecido. Ahora vivimos en una isla, que es la isla de la actualidad. Ese cordón umbilical con el pasado se ha roto. —También ha desaparecido un lenguaje, un fraseo. —En el siglo XVI hablaba muy bien: el lenguaje estaba recién inventado, como quien dice. Y en las crónicas notariales, por ejemplo, donde declaraban gente analfabeta y los secretarios iban tomando nota… Qué bien hablaban. Y esto fue así hasta hace no tanto. Pero lo que se ha impuesto es el lenguaje estándar de la comunicación, de los locutores. Es un lenguaje correcto, pero diríase que no tiene alma, como que es un lenguaje seco, sin vida, sin expresividad. Es un lenguaje técnico. —¿Cómo ha cambiado su lenguaje después de tantos años escribiendo? —Esencialmente es la misma escritura, pero sí que es verdad que intento ir hacia una cosa más esencial, una escritura como más transparente, más precisa. En mis primeras novelas no era así. Pero tampoco eso es malo. Aquí hay un malentendido. Se piensa que lo barroco es es es malo y lo otro, la desnudez estilística, lo bueno. Pero si lees a Alejo Carpentier, por ejemplo, te das cuenta que tiene un ritmo fascinante por muy barroco que sea: es una maravilla cómo fluye eso. Y luego lees novelas de aparente desnudez estilística que son un coñazo. El ritmo no depende exactamente del caudal retórico que tenga la expresión [deja un silencio]. Yo siempre quiero que mis páginas tengan un resplandor, pero discreto. Que no se note mucho. Recuerdo que cuando empecé a escribir, por ejemplo, en 'Juegos de la edad tardía', había algunas páginas que sí que exigían que ese resplandor se viese. Quería que la gente notase que yo escribía bien. Ahora quiero que intuya que ahí hay algo, algo llamado literatura. —Por cierto: en la adolescencia fue poeta. —Me gustaba el cine negro, el tabaco rubio y la poesía [y ríe]. Igual que Don Quijote imitaba a Amadís, nosotros imitábamos a Humphrey Bogart: nos subíamos el cuello de la gabardina a la salida del cine, nos encendíamos un cigarrillo y mirábamos a las chavalas [ahora suelta una carcajada]. Yo el amor lo conocí en mi adolescencia, pero como catástrofe sentimental. Pero claro, era lo que demandaban Espronceda, Becker, Neruda, Juan Ramón Jiménez y todos estos. Me decían: chaval, tienes que enamorarte como nosotros, necesitas amores desesperados y amadas imposibles. Entonces yo me enamoraba, pero me enamoraba literariamente, me enamoraba porque había que enamorarse. Yo creo que me enamoraba para poder escribir poesía, para poder escribir poemas desesperados. —Pero nunca ha publicado poemas. —No, no, no. Escribí cientos y cientos de poemas, muchos cientos, pero los rompí todos. No se perdió nada, eh. —Hay una idea que recorre 'Coloquio de invierno': la certeza de que todo el mundo tiene una novela, por muy aburrida que haya sido su vida. Eso forma parte de su poética, también. —Casi nadie tiene grandes aventuras, no somos Simbad, pero nos han pasado pequeñas cosas importantes, cosas que se nos han quedado en el alma, que se nos han quedado ahí grabadas en la memoria. Todos tenemos cosas que contar, claro que sí, todos tenemos alma de narradores. Y si observáramos más y si pensáramos más y si le dedicáramos tiempo a evocar nuestro pasado descubriríamos grandes cosas. Cosas que ni sospechábamos que estaban ahí. Con concentración, con soledad y con lentitud todo eso sale a la luz. Todos tenemos cosas que contar porque la vida está llena de lances; es pura narrativa, la vida. Pero las cosas que nos pasan, el pasado, se lo tenemos que pelear al olvido, que lo va destruyendo. —O sea: es un esfuerzo. —Hay que currárselo, sí. Una de las formas de cultivar la memoria es la escritura, pero no por escribir bien ni por ser escritor, sino por entrenarte en el arte de concentrarte, en el arte de dejar que sin prisas el pensamiento vaya buscando sus caminos, la intuición, los sentidos, porque también en la escritura participan los cinco sentidos, y de qué manera. Los sentidos recuerdan a veces… Siento que estamos perdiéndonos un mundo muy rico que somos nosotros mismos: indagar en nosotros mismos, ensoñar, perderte en la ensoñación mientras paseas. Nos estamos perdiendo muchas cosas con todo esto del móvil y todas estas chorradas. Pero eso no es de ahora: es de siempre. —Al leerle, parece que es la prosa la que le va llevando a usted por la historia, y no al revés. —Lo bueno de escribir es que no es previsible, salvo en los 'best sellers', donde hay una escaleta. En los 'best sellers' la escritura es puro trabajo administrativo. Pero yo detesto eso: el lenguaje tiene que ser creativo. El propio lenguaje te incita, enciende tu imaginación, te inspira, las propias palabras te van llevando de una cosa a otra y entonces van surgiendo en ti cosas que tú no sabías que estaban dentro de ti. Y que son mejores que tú, porque lo que uno escribe es superior a lo que uno es, debe ser superior a lo que uno es. Yo espero que mis libros valgan más que yo.
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Milena Busquets (Barcelona, 1972) tiene una de esas risas estridentes que pueden llenar una habitación, una casa, una noche, la vida: hay que reírse así para espantar el drama, el calor. Una advertencia: ella puede afirmar algo y negarlo al momento para después acabar matizándolo, en un viaje en el que podría resumirse su literatura y su conversación. Y una cosa más: en sus libros la ley de la gravedad es la de la ligereza. «Mi objetivo al escribir estos textos era entretener y acompañar, distraer y divertir, mezclar lo serio e importante con lo alegre y liviano, no sentar cátedra, sino todo lo contrario: quitarle hierro al asunto tan difícil de vivir», dice al principio de 'Mujeres elegantes' (Lumen), donde recopila artículos y hallazgos que podrían servirnos para inaugurar el verano. —Dice que tiene más lectoras que lectores. Pero conozco a unos cuantos hombres que siempre compran sus libros. —En mi última firma alguien hizo el cálculo y había un tres por ciento de hombres; el resto eran mujeres. Y, sin embargo… Albert Serra me presentó el libro en Barcelona y me decía: tienes la reputación de ser una autora de mujeres, por hablar de sentimientos, de la vida muy doméstica, pero a los hombres les interesa mucho lo que escribes. Igual es que a las mujeres les hace más gracia venir a una presentación y verme, el tú a tú, y los hombres igual me leen y ya: no necesitan verme. Y realmente tienen razón, porque lo mejor de mí está en el libro. Eso intento. —Javier Cercas dice que los libros son mejores que sus autores. Y Luis Landero piensa lo mismo. —Yo intento poner lo mejor de mí en los libros, pero es que yo creo que en persona estoy muy bien también, ¿no? [y suelta la primera carcajada de la entrevista]. Hablar me gusta mucho, y además: en mi caso es muy parecido lo que escribo y lo que soy; oírme es como un complemento a mis libros. Idealmente, el libro tendría que ser la cumbre, pero yo creo que yo soy la cumbre. —[Risas]. —Y lo prefiero. Me encanta escribir, pero me gusta más la vida. Leer y escribir son dos ejercicios muy solitarios, en cambio vivir es un ejercicio comunitario. Y me gustan las dos cosas, me gustan la soledad y el individualismo terrible y el ego enorme que requiere escribir, y después me gusta la sensación de viajar en un barco con todo el mundo. Me divierte. Siempre hay un momento en el que tienes que elegir. Y yo escogeré siempre la vida. Por esto igual no seré nunca Houellebecq o Chéjov o Céline. Creo que Proust siempre hubiese escogido la escritura, también. Pero cada uno está al nivel de lo que escribe. Y aunque no quieras has de renunciar un poco a una parte de la vida. Yo estoy dispuesta a renunciar a... no sé, ¿un quince por ciento? [otra carcajada]. Un quince por ciento sí, pero no un cuarenta. —Cuando hablamos de la separación entre vida y obra siempre esquivamos una verdad difícil, y es que hay autores que escriben como escriben, que llegan a ciertas cimas, porque no son grandísimas personas. Pienso en Capote, por ejemplo. —Pero Capote no es malo. A Capote le pasó tal vez un poco lo que le pasó también a Warhol, que es que no encontraron los amigos que necesitaban. Capote se dejó impresionar muchísimo por el brillo del dinero, por la gente glamurosa, por la gente guapa. Le gustaba demasiado la gente guapa. Y la gente guapa y la gente rica hay que disfrutarla de lejos, no hay que acercarse… Como escritor no hay que acercarse mucho al poder, es muy peligroso. Y la belleza es evidentemente una forma de poder, y el dinero ya no digamos... Yo no creo que Capote fuese en absoluto mala persona. Creo que era un pobre hombre, realmente, muy complicado, solitario, y que no dio con la gente adecuada. —Pero lo que tenemos de 'Plegarias atendidas' no se puede escribir sin llevar algo de veneno dentro. —Es que se escribe con veneno, también. Con veneno del bueno, ese que está cerca del humor, que está cerca de la inteligencia, de la agudeza, ese que te permite describir a la gente de una forma muy descarnada. Pero Capote también podía ser increíblemente compasivo, como lo fue en el artículo que le dedicó a Marilyn Monroe tras su muerte. Ahí ves que se compadece realmente de esta mujer... [deja un silencio]. Esta discusión sobre si se puede ser un cabrón y un gran artista me parece tan antigua… Es que es evidente. Estoy pensando en Picasso, que es el artista indiscutible del siglo XX, y que parece haber caído en desgracia por sus conductas. Pero yo creo que lo único que hacía era putear a sus mujeres. Yo creo que he puteado a bastantes hombres también. —Le cito: «Para ser una verdadera ex debo sentir de vez en cuando unas ganas irresistibles, salvajes y profundas de fastidiarte». —Sí, sí, me gusta. A veces es lo último que queda del amor, estas pequeñas cosas, que además son como pequeños códigos, que en el fondo ellos reconocen perfectamente y que son recíprocos. Y prefiero esto a perderlos completamente. Me cuesta mucho cerrar las historias. Así como en los libros creo en los finales cerrados, pienso que en la vida, en las relaciones con la gente, con la gente que has amado, siempre quedan algunos hilos y cosas pendientes. Y realmente cuando tengo un problema gordo acudo a mis ex, que son dos realmente, mis ex son los padres de mis hijos. Ese amor de pareja crea un vínculo muy difícil de romper del todo… Yo tengo un respeto por toda la gente que me ha querido, a los que he querido. Y me encanta chincharlos. Quienes no te permiten que los chinches son los hijos. —Por cierto: en este libro salen mucho sus hijos. —El que más habla es Héctor, que tiene diecinueve años y está estudiando para ser director de teatro. Cuando llevo un mes menos ocurrente, me dice: mamá, te estás volviendo idiota, ya no es divertido ir a cenar contigo. Me dice cosas totalmente alucinantes, que me hunden en la miseria más profunda [vuelve a reír]. En este libro hablo mucho de mi vida cotidiana. El otro día Albert Serra me decía: Milena, que hablen tus hijos aún tiene interés, pero deja de hablar de tu perro, que ya sabemos que se llama Kate, que ya sabemos que la paseas, por favor, no le interesan a nadie los paseos con el perro [y otra carcajada]. —De Albert Serra, otro de sus personajes recurrentes, cuenta que nadie bebe champán como él. —Albert es completamente así: un artista como eran antes los artistas, y él pide las botellas de champán de dos en dos. Después no sé cómo conseguimos pagarlas… porque claro, son carísimas, pero al final... Es una buena actitud. Como tener una botella de champán francés siempre en casa. —¿Para emergencias? —Para emergencias, para celebraciones… Mi madre siempre tenía una. Podía no haber nada en la nevera, pero allí había una botella de champán. Y ella no bebía, pero era una cosa como de buena suerte. Si tienes una botella de champán en la nevera, en algún momento tendrás algo que celebrar. —A su hijo no le hace mucho caso. Él le dice que las listas han pasado de moda, pero el libro está lleno de listas. —Hay que hacer un caso relativo a los hijos, y cuando escribes has de hacer un caso relativo a todo el mundo. Creo que está muy bien que la gente que sabe te dé su opinión, pero al final la decisión es tuya. Al final tú sabes el libro que quieres escribir y si todavía no lo sabes lo sabrás escribiéndolo, no siguiendo consejos. Y eso es lo interesante de escribir. Y cuando has escrito varios libros, empiezas a notar el oficio. Es bastante gustoso, pensar: ¿esto lo puedo hacer?, ¿y cómo lo puedo hacer? Es una cosa más artesana. No estoy totalmente imbuida emocionalmente, o no solo, hay una cabeza funcionando detrás. —Sostiene que 'Peter Pan' es una historia de amor. —Es así. En el fondo de casi todas las obras maestras hay una historia de amor. No puedes entender que se utilice como insulto, eres un Peter Pan, porque la realidad es que Peter Pan acaba siendo extraordinariamente maduro, adulto y generoso, porque acepta quedarse solo. Después llega una segunda tanda de niños, pero en principio acepta la libertad y la soledad que conlleva durante un rato. Y lo del amor es obvio, ¿no? La fascinación con Wendy, una persona que te hace volar, cómo creer en algo hace que este algo viva… Es un libro redondo. Un libro muy para adultos, como 'El principito', que es un libro muy denostado pero que es fundacional, una especie de Biblia extraña. Hay que escribir por si algún día te sale algo así. —En fin, ya es verano. Acaba de empezar el año, según sus cálculos. —Soy muy convencional en esto: todo lo bueno empieza en verano, que es la estación de la gente sensata [y esta es la última carcajada de la entrevista]. Confundir el verano con el calor es una absoluta tontería. La luz es tan bonita… De repente los pájaros, los animales, las lagartijas, todo explota de vida. Es como la vida está empujando. Me siento afortunada de vivir en el sur de Europa en estos meses. Es un privilegio.
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El jurado de los XXIX Premios Nacionales de Edición Universitaria, compuesto por destacadas personalidades independientes del ámbito cultural y de la divulgación científica, ha determinado las mejores publicaciones editadas por universidades y centros de investigación españoles durante 2025. La deliberación tuvo lugar en la Librería del BOE. El comité ha estado formado por Nuria Azancot, redactora jefa de 'El Cultural' ('El Español'); Eva Catalán, editora de Educación en 'The Conversation'; Andrés Seoane, redactor de Libros en 'La Lectur'a ('El Mundo'); Alberto Velázquez, colaborador de Libros e Innovación en 'ABC'; Manuel Rodríguez Rivero, crítico cultural; Eva Orúe, directora de la Feria del Libro de Madrid; y José Manuel Anta, director gerente de la Federación de Gremios de Editores de España. A continuación, se detallan las obras galardonadas, junto con la valoración del jurado en cada una de las categorías: Mejor obra editada. 'Animales en la Edad Media. Inventario del fondo manuscrito medieval', de Laura Baldacchino y José María Sanz-Hermida (Universidad de Salamanca ). «Porque sorprende desde la forma hasta la presentación y porque la calidad de las reproducciones y la belleza del iluminado hacen de él un ejemplar único». Mejor monografía en Artes y Humanidades. 'Toda la redondeza del mundo. Ciencia y experiencia de la primera circunnavegación', de José María García Redondo y Vicente Pajuelo Moreno (eds) (Universitat de Barcelona). «Porque explora una cara poco conocida de una de las gestas más importantes de la historia no solo de España sino internacional, que inauguró la visión del mundo tal y como lo conocemos». Mejor monografía en Ciencias, Ingeniería y Arquitectura. 'Landako bizitza tradizionalaren esku hartzea - Rehabilitación de la arquitectura tradicional rural', de Jon Arcaraz Puntonet e Ibón Tellería Julián (Euskal Herriko Unibertsitatea - Universidad del País Vasco). «Por la originalidad de un estudio bilingüe que analiza la arquitectura rural rehabilitada y su conexión con la naturaleza y con el contexto urbano, con claridad, rigor y una orientación práctica evidente». Mejor monografía en Ciencias de la Salud . 'Pandemias. De la peste negra al COVID-19', de José Miguel Sempere, Rosa Ballester y Josep Bernabeu (eds) (Universidad de Alicante). «Por ser un libro bien editado, accesible y asequible y un claro ejemplo de la transferencia del conocimiento científico a la sociedad, más en un asunto de evidente interés como son las pandemias». Mejor monografía en Ciencias Jurídicas y Sociales. 'La política de la nostalgia. La España reaccionaria', de Jorge Novella Suárez (Universidad de Murcia). «Por tratar un tema muy de actualidad que plantea una reflexión sobre los cambios sociológicos, culturales y políticos que se están produciendo desde una reflexión histórica y científica de los mismos». Mejor traducción. 'Escritos imprescindibles', de Aleksandr Solzhenitsyn y traducción de Marta Sánchez-Nieves Fernández (CEU Ediciones). «Porque hay autores a los que siempre hay que volver y porque aunque parece un libro menor dentro de la trayectoria del autor amplía su figura más allá de las fronteras de la Unión Soviética. -Mención especial del jurado para el libro 'O Rei Sabio. Un príncipe cristián, a Iberia musulmá e as orixes do Renacimiento', de Simon Doubleday y traducción de Miguel Giadás Quintela (Universidade de Santiago de Compostela). «Por incidir en una visión amplia de Alfonso X y su relación con la cultura islámica que sentaría las bases culturales del futuro Renacimiento español y europeo». Mejor obra didáctica . 'La IA como herramienta académica: su uso ético para elaborar trabajos de fin de grado y de máster', de Diego Barbadilla Mesa (Universidad de Sevilla). «Por abordar un tema de absoluta actualidad desde una perspectiva muy original, ya que relaciona las dimensiones ética, social y cultural de la Inteligencia Artificial». Mejor colección. 'Armas y letras' (Universidad de Salamanca). «Por tratarse de una colección en la que se fusiona a la perfección su diseño con el contenido, que aborda una década esencial para España como es la de los años 30». Mejor coedición interuniversitaria. 'Libro primero del espejo de la princesa cristiana', de Francisco de Monzón (Universidad de Salamanca y Universidad de Sevilla). «Por tratarse de un testimonio de primer orden, no solo de la sociedad de su época (primera mitad del siglo XVI) sino también de un documento pionero de las reivindicaciones sociales de las mujeres». Mejor coedición iberoamericana. 'Doña Mercedes o la vida perdurable', de Alvaro Pombo (Universidad de Alcalá y Fondo de Cultura Económica). «Por la originalidad de ofrecer al gran público una obra desconocida de un Premio Cervantes y dar a conocer un formato que normalmente no se publica como obra literaria: el guion radiofónico». Mejor coedición con una editorial privada . 'El sol y sus eclipses en la ciencia, la historia y las artes', de Rafael Bachiller, coordinador científico, (Consejo Superior de Investigaciones Científicas; Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades; Instituto de Astrofísica de Canarias; Instituto Geográfico Nacional; GeoPlaneta). «Por la oportunidad, por la pedagogía, por la belleza y porque además de la parte científica contiene una parte en la que los eclipses dejan de ser solo un fenómeno metereológico y se convierten en parte de nuestra historia y musa del arte». Mejor obra de divulgación científica . 'Diccionario Buñuel', de Jordi Xafra y Manuel Fructuoso (Universidad de Zaragoza). «Culminación y resumen de la colección Luis Buñuel. Cine y vanguardias, este diccionario es también un pormenorizado estudio de la generación del 27 y sus aledaños culturales y estéticos». Mejor edición digital y multimedia. Desierto. (El jurado lamenta la ausencia de libros verdaderamente creativos e interactivos en esta categoría). Las 225 publicaciones presentadas —procedentes de treinta y seis editoriales universitarias— permanecerán expuestas en la Librería del BOE (calle Trafalgar, 27) y abiertas al público durante el mes de julio. Creados con el propósito de fomentar la visibilidad del libro universitario en la sociedad, estos premios se han consolidado como una referencia imprescindible para el sector editorial académico, como refleja el creciente número de candidaturas que concurren cada año. La ceremonia de entrega tendrá lugar el jueves 12 de noviembre, en el marco de la Asamblea General de la UNE , que este año se celebrará en la Universidad de León. Las obras distinguidas en las veintiocho ediciones anteriores pueden consultarse en los siguientes enlaces: Listado de ganadores históricos organizados por categoría (1998-2025). Listado de ganadores históricos organizados por editorial (1998-2025). Reportaje fotográfico (Los Premios Nacionales de Edición Universitaria cuentan con el patrocinio de CEDRO - Centro Español de Derechos Reprográficos).
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Manuel Francisco Reina, crítico literario y novelista, ha dedicado su vida a las letras. Cuando era cronista de ABC, coincidió con el protagonista de esta historia, Juan Ramírez de Lucas (quien ejercía de crítico de arte en este diario) en los premios Mariano de Cavia de 2006, presentados por el antiguo subdirector del periódico, José Miguel Santiago Castelo. Tiempo después, con el ímpetu de demostrar que el destinatario de 'Los sonetos del amor oscuro' no era Rafael Rodríguez Rapún, se embarcó en esta búsqueda. En toda obra humanística, la Historia es el único ente capaz de alterar el libre albedrío de todo ser. Por eso, es relevante destacar que 'Los amores oscuros' (Berenice), la nueva novela de Reina, retrata la vibrante vida cultural del Madrid de los años 30, la meca del cosmopolitismo español de la época, donde la Generación del 27 caldeaba las estéticas del Siglo de Oro y el modernismo con la innovación lírica y el mundo onírico. Aquí, Federico le presentará a su enamorado, Juan, a todo su círculo social, escritores como Vicente Aleixandre o Rafael Alberti, bastante parecido al 'Medianoche en París' de Woody Allen. Partimos de la premisa de que ya conocemos el final histórico de Federico García Lorca y de la novela, con lo que muchas escenas anuncian ese trágico final. Precisamente por esto, le preguntamos a Manuel si empleó algún 'foreshadowing' o presagio narrativo a lo largo de su articulación de los hechos, quien lo afirmó efusivamente, porque «a pesar de usar todo ese mundo lorquiano emocional de la intuición, él era un tipo que conocía muy profundamente la literatura grecolatina, en la que el 'fatum', el designio divino, está muy marcado». Ese mismo hilo rojo que une todos los hechos está sostenido, a mayores, por algunas licencias poéticas, como «el momento en el que ambos amantes están separados ya en julio del 36 y, la noche en la que Federico es asesinado, Juan se despierta ahogado, como si hubiera recibido unos impactos». Nada más abrir el libro, ya podemos entrever el desdoblamiento narrativo. La primera cita es de F. S. Fitzgerald, cuyo Nick Carraway es los ojos mediante los cuales nos adentramos en las vivencias de 'El gran Gatsby'. Esa misma estructura está presente aquí, donde Juan es el protagonista superviviente a través del cual vemos al héroe en cuestión: Federico. Partiendo de uno de los temas que más obsesionaba a Fitzgerald, la idealización tiene su papel en la novela, especialmente, en la relación entre Lorca y Dalí. Esa misma exaltación es lo que catapulta la transición necesaria entre ese amor fatuo que fue Dalí, superficial y juvenil, hacia el amor ágape, basado puramente en el compromiso y la conexión: «Después de todo este periplo vital, cuando Federico conoce a Juan Ramírez de Lucas ya es un hombre maduro que ha vivido todo tipo de experiencias y que ya sabe lo que quiere. Sin embargo, Juan, siendo tan joven (17), da el paso adelante con Federico y le da todo lo que él había querido siempre porque, en el fondo, Federico quería un compañero de vida». Aquí es donde entra en escena Pura Maortua de Ucelay, quien presentó a Lorca y a Ramírez de Lucas. Siendo parte del Lyceum Club, donde las mujeres ejecutaban medidas para el avance social, fue una de las primeras directoras de teatro en España. De hecho, el autor nos cuenta en primicia que, en 1936, Pura estaba con los ensayos de 'Así que pasen cinco años' (una de las últimas obras de Lorca), donde el personaje del fiel sirviente enamorado del protagonista, que se llamaba Juan, iba a ser interpretado por el real Juan Ramírez de Lucas. Esto es simbólico porque, justo cinco años después, el dramaturgo fue asesinado. Manuel Francisco Reina acude a la novela testimonio para poder amalgamar estos datos históricos con la ficción emocional. El novelista, que inicialmente concebía la investigación como un ensayo, decidió acudir a esa fórmula ya acuñada por Chaves Nogales y Truman Capote. «Si lo que yo quiero es que esta historia llegue al mayor número de gente posible, esto permite empatizar mejor con los personajes». Al preguntarle por las inspiraciones de las que bebió para retratar la melancolía, el deseo y demás, hizo un especial énfasis a los «inexplorados narraluces de los 60, entre los que estaban Luis Berenguer y Antonio Hernández. Escribían un tipo de narrativa que enfatiza el habla y las costumbres andaluzas». De este modo, explica que de aquí viene el interés por las supersticiones y el peso de las maldiciones familiares, entre otros, insistiendo en que esta ola de escritores andaluces fueron los precursores del realismo mágico. Toda esta poción de vida con motas literarias se epitomiza en el título de la novela, 'Los amores oscuros': «Me parecía interesante esa metáfora que juega con la última obra poética y vida de Federico, todo está absolutamente imbricado».