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Terrazas del Rodeo

ABC - Libros

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  • A Han Kang (Gwangju, Corea del Sur, 1970) se le intuye la sensibilidad en los gestos: no es raro que ella diga que escribe con todo el cuerpo, con todos los sentidos. Hace año y medio recibió el Nobel de Literatura: lo celebró con un té. Entonces en España se la conocía sobre todo por 'La vegetariana', la historia de una mujer con vocación de planta, y en menor medida por 'La clase de griego', donde una mujer (otra) enmudecía y buscaba la sanación en la lengua de Homero. Con el paso de los meses han ido llegando nuevas traducciones de su obra: 'Actos humanos', 'Imposible decir adiós' y, ahora, 'Tinta y sangre' (Random House, como el resto), una novela de 2011 en la que la protagonista se niega a aceptar la versión oficial de la muerte de su mejor amiga (un suicidio). Esta novela empieza con un sueño, algo que no es extraño en su literatura. Bueno, es que yo sueño mucho [sonríe]. A veces, los sueños son tan vívidos que siento que me están transmitiendo algo profundamente importante, una suerte de mensaje. Por ejemplo, el sueño que aparece en las dos primeras páginas de 'Imposible decir adiós' fue uno que tuve yo, y eso fue lo que me llevó a escribir esa novela. En 'Tinta y sangre' hay otro sueño real, al final de la novela. El tío de la protagonista sueña que está muerto y piensa: qué bien se está así. Pero entonces camina por la orilla del agua, ve una hermosa piedra azul y se da cuenta de que para recogerla tendría que volver a la vida. En esa tensión se define el personaje. Bueno, pues ese sueño también es mío. Lo tuve durante una época difícil… Recuerdo que al despertarme por la mañana sentí que ahí había algo importante [hace una pausa]. De aquel sueño salió un poema y después dos relatos cortos. Y esta novela. ¿Hay una verdad que solo asoma por la noche? Los sueños son historias que inventamos, pero que vienen de un lugar más profundo, tal vez de una versión más sabia de nosotros mismos, una versión que permanece oculta por el día. Es como que esa parte se aparece por las noches y me habla: eso son los sueños. Entonces para escribir basta con echarse a dormir. Qué maravilloso sería eso [sonríe]. Ojalá funcionara tan sencillamente. Para escribir una novela hay que superponer una inmensa cantidad de capas de significado: ahí están los sueños, pero también la vida, las preguntas que me obsesionan en ese momento, las lecturas. Y entonces, moviendo y mezclando tantas cosas, llega un momento en el que pienso: ah, esto puede ser una novela. Si alguien pudiera simplemente lanzármela en un sueño… Qué fácil sería. Pero eso sí puede suceder con la poesía. Recuerdo que una vez soñé con una librería. Estaba curioseando y abría una antología de poesía, y ahí leía un poema precioso, pero no sabía de quién era. Me desperté sobresaltada y corrí a escribirlo: era mío. De mi sueño. Lo primero que escribió fue un poema, cuando tenía 9 años. Decía así: «¿Dónde está el amor? / Está dentro de mi pecho que late, late. // ¿Qué es el amor? / Es el hilo dorado que conecta nuestros corazones». ¿Hasta qué punto le han marcado sus inicios en la poesía como novelista? Solo he publicado un libro de poesía, pero incluso cuando escribo novelas me invade una cierta actitud poética. Hay escenas que escribo con ese aliento, y creo que esos momentos son los que más fuerza tienen, de alguna manera. Hay algo muy sensorial en su prosa, un esfuerzo por conectar el dolor o el frío o el deseo del personaje con el lector. ¿Cuál es su técnica? Yo escribo con todo el cuerpo, con todos los sentidos, porque creo que eso es fundamental. Cuando me siento en mi escritorio empiezo a recordar, a ver, a oír, a tocar. Sobre todo a tocar: siento el frío o el calor del que quiero escribir, siento el dolor, los sabores, los olores. E intento infundir todos estos sentidos en la frase, en la palabra, haciendo que fluyan como una corriente eléctrica. No sé cómo ocurre, pero cuando hago ese esfuerzo por sentirlo todo parece que algo de eso se filtra en el lenguaje. Y entonces el lector a veces siente esas sensaciones. No sé cómo sucede, pero sucede: esos momentos me parecen pequeños milagros. La enfermedad es una constante en su obra: pienso en la protagonista de 'La clase de griego', que enmudece de pronto, o en el personaje hemofílico de 'Tinta y sangre'. La enfermedad me interesa mucho. Durante mi posgrado estudié historia de la medicina, me interesaba mucho. Y había un médico que me hablaba de las diversas dificultades que surgían en el servicio de Urgencias. Él me contó que cuando un paciente no puede respirar y se le conecta a un respirador, eso funciona siempre y cuando él esté inconsciente: la máquina le suministra aire, el paciente lo recibe y, a continuación, la máquina vuelve a extraer el aire, expulsándolo. Así es como se mantiene la vida. Pero si el paciente recupera la consciencia, las respiraciones que la máquina da chocan con las del paciente, es como si lucharan entre sí, y esto puede incluso poner en peligro su vida. Esa fue una de las imágenes fundamentales para esta novela. Hace un año y medio que recibió la llamada de la Academia sueca. ¿Qué le ha dado y qué le ha quitado el Nobel? Bueno, lo que me ha dado es evidente: me ha permitido tener más lectores, que me traduzcan más, que conozcan mi obra en muchos lugares. Eso es lo más gratificante, y estoy profundamente agradecida. Lo que he perdido, supongo, es mi anonimato en Corea. ¿En qué sentido? Bueno, ahora soy más cautelosa cuando salgo a caminar. Lo hago muy temprano o por la noche, y en esos momentos no suele pasar nada. Ahora caminar en el extranjero me hace increíblemente feliz: siento la libertad de volver al anonimato. ¿Es importante caminar para escribir? Antes que nada es un placer, de hecho diría que es el mayor placer de mi vida. Me encanta caminar, observar a la gente. Y bueno, cuando me bloqueo escribiendo salgo a dar un paseo para pensar mejor. A medida que hemos ido conociendo su obra en España hemos visto una suerte de viaje de los traumas individuales a los colectivos: de la protagonista de 'La vegetariana', que decidía dejar de comer para salvarse, a 'Actos humanos', donde relata la matanza de Gwangju [200.000 personas fueron asesinadas por el poder político], que también está presente en 'Imposible decir adiós'. Escribí 'La vegetariana', luego 'Tinta y sangre' y después vino 'La clase de griego'. En las dos primeras la pregunta que late en el fondo es si debemos vivir, y en la segunda la respuesta es que sí, que hay que abrazar la vida con todas nuestras fuerzas. 'La clase de griego' se pregunta por cómo podemos encontrarnos los unos a los otros, cómo podemos abrir las partes más cálidas de nuestro interior y compartir ese calor. Pero después de eso… Sentí que tenía que investigar lo que sucedió en Gwangju para seguir adelante. Por eso escribí 'Actos humanos'. Y después vino 'Imposible decir adiós', donde la protagonista sueña recurrentemente con un futuro lleno de tumbas y lápidas. Es paradójico, pero en última instancia esta es una búsqueda de la luz. Siento como si estuviera acercándome cada vez más a la luz con cada novela. Pero como sigo viva este proceso aún no ha concluido. Es un viaje sin descanso hacia la luz. Eso me recuerda a Dostoievski: la belleza salvará al mundo. ¿Puede salvarnos a nosotros al menos? En momentos como este que vivimos siento que la literatura y el arte son más necesarios que nunca. Después de todo, la literatura se basa fundamentalmente en la imaginación sostenida. Se trata de imaginar el sufrimiento ajeno, y no solo imaginarlo, sino sentirlo vívidamente. Y cuanto más vívidamente lo sientes, más doloroso es, pero ese es el camino. Es así como se obtiene la fuerza para situarse en el lado opuesto a la violencia del mundo. Si la literatura nos sigue haciendo sentir las cosas vívidamente, ¿no es por eso por lo que la necesitamos más que nunca? No sé si la belleza nos salvará o no, pero sí puedo decir que la intensidad que nos da la literatura, el poder de sentir el sufrimiento ajeno, eso, creo, puede salvarnos. Es solo una posibilidad, pero es buena. De su literatura han dicho que es espiritual, pero no religiosa. ¿Se ve reflejada ahí? Sí… Cuando escribí este 'Tinta y sangre' estaba muy obsesionada con la astrofísica. Estuve más de cuatro años trabajando en esta novela, y durante el proceso leer libros de astrofísica se convirtió en una pasión. Empecé a pensar: cuando sea mucho mayor, cuando realmente no me quede nada por hacer y no tenga fuerzas para escribir, me sentiré perfectamente satisfecha leyendo libros de astrofísica durante el resto de mi vida. Para mí hay algo religioso ahí... Ya sea la religión o la astrofísica, el hilo conductor es la pregunta por el origen: es por eso que existe el sentimiento religioso. Y creo que sería bueno seguir aferrándonos a ese sentimiento, aunque vivamos nuestras vidas terrenales. Por cierto, hace años que la cultura coreana se ha colado en la conversación global. Sucede con el cine, la música y la literatura. ¿Cómo vive este momento dorado? Es absolutamente maravilloso. Los coreanos viven la cultura con una pasión tremenda, y eso ha logrado que la música, la literatura, el cine y otras formas artísticas estén llegando a públicos de todo el mundo. Es realmente espléndido, me alegra mucho [deja un silencio]. Cuando fui a España hace dos años, me di cuenta durante la sesión de firma de libros de que los lectores me saludaban. Me saludaban y pensé: oh, la cultura coreana se ha hecho bastante conocida. En su discurso del Nobel dijo que cuando escribe vive dentro de las preguntas de la novela con la que está. ¿En qué pregunta está viviendo ahora? Estoy escribiendo una novela, sí, pero sólo sabré cuál es la pregunta cuando termine el libro. Ahora se me ocurre una respuesta, pero sería inexacta. Solo podré contestar a esto bien cuando tenga el libro terminado. En aquel discurso también contaba que cuando termina una novela ya no es la misma persona que cuando la empezó. Sí, eso es muy cierto. Llevo más de treinta años escribiendo novelas, he envejecido considerablemente, y si me comparo a cuando empecé siento que me he convertido en una persona mucho mejor. Siento que la escritura me ha convertido en un ser mejor. Cada vez que trabajo en una novela, de alguna manera la escritura me transforma, y no es extraño. El libro que menos tiempo he tardado en escribir me tomó un año y medio, y el que más, 'Imposible decir adiós', siete años. Ese tiempo dedicado a pensar constantemente en un libro y a convivir con él te cambia mucho. Es un viaje tan largo que el punto de partida y el destino acaban siendo inevitablemente diferentes. Y, afortunadamente, siento que el cambio es a mejor: estoy agradecida por ello. ¿Y qué no ha cambiado en todos estos años? Cuando eres joven, no te sumerges realmente en un escritor en particular: simplemente hojeas la estantería y coges un libro, luego otro… En ese momento todas las épocas están mezcladas: las epopeyas griegas antiguas de hace miles de años con una novela coreana reciente. En medio de este desorden surgió para mí una imagen de lo que es un escritor que no ha cambiado desde entonces: alguien que se esfuerza, que agoniza, que vuelve a luchar, que sigue pese a todo intentando escribir, buscando la salvación a través de la literatura. Sí, escritor es aquel que busca la salvación en la escritura.
  • Hay quien escribe para consolar y quien escribe para prender fuego al espejo. Clara Nuño pertenece, sin duda, a este segundo grupo. En su debut literario 'Las niñas bonitas no pagan dinero' (Aguilar), la periodista cultural abandona la comodidad de la crónica para sumergirse en el subsuelo de la estética, donde el privilegio y la belleza muchas veces son caramelos envenenados. Con una mordacidad que no pide permiso y una lucidez capaz de incomodar y hacer reír, Nuño expone en su libro cómo la modernidad ha colonizado el hambre y por qué el tránsito hacia la madurez femenina sigue siendo un proceso de demolición controlada. No hay espacio para la complacencia: la belleza es un arma de doble filo y su ética depende de quien sepa empuñarla. —¿Considera que existe un hilo conductor que atraviesa a todas las mujeres por igual? —Diría que sí y no. Por un lado, es afirmativa, ya que coexistimos en una estructura social con normas y condicionantes específicos, habitando una época determinada por mandatos y deseos impuestos. Basta con observar la evolución de la indumentaria y el arreglo personal para identificar patrones que trascienden lo individual; las tendencias estéticas son, en realidad, fenómenos de una escala superior. Por otro lado, la respuesta es negativa. Al analizar al individuo o al núcleo familiar desde una perspectiva microscópica, se evidencia que cada persona posee una trayectoria, vivencias y sensibilidades únicas. No obstante, somos seres sociales en constante formación y estamos inevitablemente moldeados por nuestro entorno. —¿Cómo definiría su relación personal con la belleza? —Es una relación variable. Actualmente, mantengo una postura mucho más relajada que en mi adolescencia. En parte, porque la pereza me salva de hacer muchas cosas, como los protocolos de 'skincare' de veinte pasos. Además, existe un factor económico y de esfuerzo que hace que mi interés sea intermitente. He tenido la fortuna de crecer en un entorno familiar donde este tema se trató con relativa ligereza, aunque siempre existan legados culturales inevitables. Como mujer adulta, me siento cómoda conmigo misma la mayor parte del tiempo, y el hecho de que mi desempeño profesional no dependa de mi imagen física contribuye significativamente a reducir esa presión. —¿Qué obstáculos específicos considera que enfrenta una persona normativa en un entorno social, en comparación con alguien que no lo es? —La experiencia varía drásticamente según el género. En el caso de las mujeres, el principal desafío es la legitimidad intelectual; la belleza suele generar un sesgo que obliga a realizar un esfuerzo doble para ser tomada en serio. Por el contrario, en los hombres, el atractivo físico suele traducirse de forma automática en carisma y autoridad. Un hombre atractivo puede permitirse discursos pretenciosos o excéntricos sin que su interlocutor cuestione su validez, simplemente porque su apariencia refuerza su credibilidad. Aunque la belleza es, desde un punto de vista evolutivo, un indicador de salud y una ventaja biológica, no exime al individuo de las problemáticas humanas universales. Es un factor favorable, pero no una solución a los conflictos existenciales. —¿Hasta qué punto cree que el atractivo físico está condicionado por el nivel socioeconómico? Parece que el capital financiero permite un acceso privilegiado al autocuidado y al tiempo de ocio. —Es indiscutible. Si planteáramos un escenario hipotético de igualdad de condiciones al nacer, encontraríamos belleza en todos los estratos. Sin embargo, el sistema laboral actual es físicamente erosivo. El desgaste es evidente tanto en los trabajos manuales como en el sedentarismo corporativo. El estrés, la calidad de la nutrición y la posibilidad de realizar actividad física tienen un impacto biológico documentado. Al observar a personas de edad avanzada, la diferencia en el envejecimiento fisiológico revela de manera nítida quién ha gozado de estabilidad económica y quién ha sufrido el desgaste de la precariedad, más allá de cualquier intervención estética. El cuerpo es un registro de nuestra posición en la estructura social. Se ha consolidado la idea de que la realización como adultos, tanto en hombres como en mujeres, está intrínsecamente ligada a la belleza. Observamos a creadoras de contenido promocionando rutinas de belleza y modificaciones estéticas minuciosas; en la práctica, actúan como agentes publicitarios gratuitos para grandes conglomerados. —Parece existir una narrativa, dirigida especialmente a las mujeres, que presenta la privación alimentaria como una inversión necesaria para el éxito. ¿A qué atribuye esta vigencia? —A una estrategia de control sistémico. Es la traslación de la lógica capitalista al cuerpo: se nos exige un sacrificio personal extremo bajo la promesa de una recompensa que, a menudo, nunca llega. La privación de alimento es una forma de tortura que anula la capacidad de pensamiento crítico, deteriora la salud mental y, paradójicamente, acaba por degradar el propio aspecto físico que se pretende mejorar. Es un ciclo de insatisfacción y vulnerabilidad. —En su obra menciona que las nociones sobre las «calorías vacías» han resultado más persuasivas que muchas campañas contra las drogas. —Es una realidad inquietante. Socialmente, parece existir un temor al aumento de peso superior incluso al miedo a la enfermedad. El rechazo a la flacidez o a los signos de envejecimiento funciona como una herramienta de control primitiva. Quienes nos aproximamos a los treinta, la presión se desplaza hacia la preservación de la juventud y la adecuación a roles reproductivos. Tú comparas cómo enfrentan la adolescencia un chico y una chica y te das cuenta de que ellos tienen más amplitud para explorar sus sentimientos, sus emociones, sus deseos, mientras que ellas están metidas en una cajita. A ellos se les sigue considerando niños, pero ellas siempre van a ser «maduras para su edad»; nadie es maduro para su edad, simplemente te están marcando una línea roja. A una chica no la llaman «puta» tantas veces como cuando es adolescente. —Precisamente, también señala en la novela cómo el descubrimiento de la sexualidad femenina suele estar empañado por el estigma y la vergüenza. —Es otro mecanismo de control. No hay nada inherentemente negativo en el placer, pero el entorno digital actual está saturado de discursos misóginos que penalizan la libertad sexual femenina. Aunque a una mujer adulta estos comentarios le resulten irrelevantes, para una adolescente de trece años tienen un impacto profundo en su autopercepción. Es diferente para quienes nacieron entre 1999 y 2003, cuya adolescencia coincidió con el auge del movimiento MeToo: parecen poseer una sexualidad algo más liberada. —Sostiene que el tránsito hacia la madurez femenina es un proceso de una dureza singular. —Hay una escena en 'Las vírgenes suicidas' en la que Cecilia, que está en la camilla de un hospital, le dice al doctor: «Es evidente que usted nunca ha sido una chica de trece años». Es una experiencia universal y profundamente marcada por la cosificación. Mientras que los varones disponen de un margen más amplio para la exploración emocional, a las mujeres se las confina prematuramente en una supuesta «madurez» que no es un cumplido, sino una delimitación conductual. La advertencia constante sobre el propio atractivo físico y el acoso callejero durante la adolescencia son mecanismos de control que impactan cuando una misma carece aún de herramientas para responder. Existe, además, una preocupante interpretación errónea de obras como 'Lolita'; a menudo se olvida que es una narrativa de denuncia y no la estetización que a veces ha proyectado el cine. —Publica su primera novela en un contexto de polarización ideológica y el resurgimiento de estándares estéticos regresivos. ¿Qué expectativas tiene ante la recepción de la obra? —Me encuentro en una fase de expectación y cierta vulnerabilidad. Procedo del periodismo cultural, por lo que soy plenamente consciente de la volatilidad del mercado editorial. Más que a la crítica literaria, mi temor se orientaría hacia una hostilidad personal extrema, pero el disenso intelectual es parte del juego. La escritura de ficción ha sido un proceso revelador que me ha permitido identificar obsesiones subconscientes que el periodismo no alcanza a cubrir. La narrativa posee un subtexto que obliga a pensar de una manera nueva, casi como una epifanía. — ¿Cómo se siente tras haber explorado estos temas de forma tan intensiva? —Inicialmente, sentí reticencia a abordar estas cuestiones por temor a ser encasillada en la mal denominada «literatura femenina». Es un término reduccionista y misógino que no se aplica, por ejemplo, a la producción masculina. Sin embargo, he decidido desprenderme de esos prejuicios. Esta es una historia legítima, independientemente de las etiquetas que el mercado intente imponer. Me siento con la libertad necesaria para transitar por este tema ahora y explorar otros completamente distintos en el futuro. Si la industria intenta encasillar mi voz, es una limitación externa que no pienso aceptar como propia. —Es evidente la persistencia de un sesgo misógino que etiqueta los temas de interés femenino como cuestiones «menores». ¿A qué atribuye esta dinámica de autolimitación? —A una estructura cultural que históricamente ha desplazado la experiencia femenina hacia la periferia. A pesar del reciente auge de visibilidad, si analizamos la composición de los grandes premios, las entrevistas de calado o los espacios de opinión, los puestos de autoridad siguen mayoritariamente ocupados por hombres. Persiste un discurso crítico que tacha de repetitivos o irrelevantes temas como la maternidad o la salud mental posparto, cuando en realidad la experiencia femenina es, por definición, una experiencia universal. El ser humano es mujer en la misma medida en que es hombre. Cuando estaba en el instituto, las escritoras eran meras notas a pie de página o breves recuadros en los manuales de literatura. Figuras fundamentales como Montserrat Roig han tenido que ser reivindicadas por canales alternativos. Como bien señaló Alauda Ruiz de Azúa: «El talento no tiene género, pero las oportunidades sí». Sigue existiendo una hegemonía masculina en la crítica cultural y el columnismo de prestigio.
  • Jung Chang vive en una casa en Londres rodeada de miles de libros que, en su China natal, son tratados como literatura proscrita. A sus 73 años, la mujer que desnudó al 'Dios' Mao ante los ojos del mundo logra aún conservar la calma, pero bajo esa piel de seda late el dolor de no poder visitar a su madre en su lecho de muerte. En este 2026, con la publicación de 'Vuelan los cisnes salvajes' (Lumen), Chang completa una genealogía familiar lanzando un desafío final contra el olvido, probando que un susurro de verdad pesa más que todo el acero de una superpotencia. Nacida en 1952 en Yibin, en el corazón de Sichuan, su biografía es el mapa de... Ver Más
  • Hugo Mujica tiene ochenta y tres años, y aunque no los aparenta podría tener cien, doscientos, mil. Mil vidas: la del niño de familia anarquista que tenía que trabajar, la del adolescente que se plantó en Estados Unidos sin saber ni una palabra inglés, la del artista del Greenwich Village que sobrevivía con cualquier oficio, la del hippy que trabajó la psicodelia con Timothy Leary, la del Hare Krishna que aprendió a mirar lo invisible, la del discípulo del gurú hindú Swami Satchidananda, la de quien hizo voto del silencio en un monasterio trapense, la del seminarista muy vivido, la del sacerdote que abandonó el hábito pero no la fe y la del poeta que ahora se sienta a hablar de todo esto para celebrar el premio Loewe, que ha ganado por 'Las hojas, la brisa, y la luz danza las sombras' (Visor). Dice que ya solo se dedica a escribir: es mucho. —Entonces ya solo escribe. —Por ahora sí. Pero quién sabe. He tenido tantas formas de vivir que por ahí viene otra. —Cuenta la leyenda que descubrió la poesía en un monasterio de la orden trapense, después de haber hecho voto de silencio. —Fue en Massachusetts. Llevaba tres años allí. Un día estaba en la cocina preparando el té con una tetera gigante, para toda la comunidad. Y había una ventana que recuerdo redonda, muy linda. Vi que se ponía el sol y… Pocas veces en la vida sucede que uno va detrás del cuerpo. Sentí que el cuerpo me llevaba. Salí, agarré una lapicera y escribí: «Se pone el sol tras la ventana / de la cocina / el té está casi listo». Y sentí que nacía una expresividad nueva. —Llegó al monasterio después de estar en Woodstock, ¿no? —Sí, Woodstock fue la fiesta que me hizo el mundo para despedirme [y suelta una risa]. Woodstock fue el final de los sesenta, del hipismo. Costó millones. —¿Y cómo pasó del hipismo al recogimiento? —Yo siempre he buscado un sentido. Eso lo tengo marcado desde chico: que la vida tenía que tener un sentido. Era un hippie, un pintor, un bohemio, todo eso. Pero eso estaba perdiendo su mítica a mediados de los sesenta ya. Tenía que buscar otra cosa. Y coincidió que entonces India estaba llegando a Estados Unidos, después de que los beatnicks fueran a India. Allen Ginsberg me presentó al gurú Swami Satchidananda. Fue como encontrar lo religioso sin historia. Ya llevaba mucho tiempo interesado en lo espiritual. Bueno, y fui al monasterio y allí aprendí el lenguaje del silencio. —El silencio tiene mucho peso en su obra. Escribe que el poema es un palimpsesto de silencios. —Es la idea del silencio como lo sagrado. En otro libro escribí: «El poema, el que anhelo, / al que aspiro, / es el que pueda leerse en voz alta sin que nada se oiga. / Es ese imposible el que comienzo cada vez, / es desde esa quimera / que escribo y borro». Siempre hay ese lugar que no se puede tocar, pero desde el cual irradia algo que tocaste. Pero al tocarlo te escupe [hace una pausa]. A mí el silencio lo que me dio fue la escucha. Viví en silencio siete años. —¿No echaba de menos el ruido? —Para nada. Echo de menos el silencio. Acá no hay silencio. —Después fue sacerdote, pero lo dejó. —Lo dejé, pero por edad. —¿No fue por falta de fe? —No, no: mi fe siempre fue más amplia que eso. Cuando me preguntan en qué creo siempre digo lo mismo: yo creo en todo. Pero no fue por disentimiento que lo dejé. Aunque siempre tuve muchas cosas con las que no comulgaba. A mí me importaba la gente y no la institución. —Tiene una biografía de viajero y buscavidas. —Tiene que ver con el azar, con dejarte llevar. Mi teoría es la de la carambola: te pegás un cosco y eso te lleva para otro lado y a veces embocás. Por ejemplo, cuando yo fui a sacar la visa a Estados Unidos no tenía la mínima posibilidad de que me la dieran. No tenía trabajo, era chico, no tenía nada. Presenté el pasaporte y dos minutos después aparece un tipo y me dice: soy el cónsul de Estados Unidos, tome su visa, espero que mi país lo reciba como usted merece. Y me dice: saluda a tu señor padre. Resulta que el canciller de la Argentina, que duró seis meses nada más, se llamaba Adolfo Mugica. Y mi papá se llamaba Adolfo Mujica. Sin eso mi vida habría sido absolutamente otra. —Este es un libro de luz y quietud. —Una vez que descubrí que Dios quiere decir luz me metí ahí. Zaratustra lo primero que descubre es el sol. Y de ahí al primer protón. Somos luz. Es muy impresionante. —También es un libro de la contemplación. —Pero no de concentración: al contrario. La concentración es un tema errado en general. Uno necesita distensión, no concentración. Como cuando uno quiere acordarse de una palabra que se le ha olvidado: es cuando se relaja que viene. La gente medita en concentrarse. Pero hay que abrirse, relajarse [deja un silencio]. Algunos poemas llegan solos y se arman, pero la mayoría los trabajo muchísimo. Sobre todo trabajo en cortar, en sacar. Me parece que cuanto menos digo más vibra en quien lo lee. —Abre el libro con una cita de Claudio Rodríguez. —Me gusta su celebración de la vida. A mí ya me cansa un poco eso de la queja… La palabra vida es lo que más aparece en toda mi obra. Trato de transmitir la vida como celebración. —Pero no esquiva el dolor. Uno de sus poemas dice: «Abierta la herida / toda sangre es sangre / hermana». —Es que el dolor es parte de la celebración de la vida. Para los griegos, el parto era la manifestación de la comprensión de todo, porque se veía que del dolor nacemos. El problema es cuando separamos día de noche, silencio de ruido, luz de sombra. El problema es la división. Y la vida, obvio, tiene dolor. Si no, no es vida. Igual que sin sombra no se recorta la luz. Te enceguece. —Le devuelvo otro poema: «Nadie debiera decir rosa / si una espina no lo ha / herido, / nunca tendríamos que / mentirnos nombrando / lo que no / sangramos». —Me dicen mucho que empecé a escribir tarde. Y no: empecé a escribir cuando tenía algo que decir. Para mí la poesía tiene que transmitir la creatividad del que lo hace, pero esa creatividad ha de estar llena de una vida, de una experiencia. Hay una frase de Nietzsche que dice: de todo lo escrito yo amo sólo aquello que alguien escribe con su sangre; escribe tú con sangre, y te darás cuenta de que la sangre es espíritu. Se puede escribir con sangre o con tinta, y para mí hay que escribir con sangre. —¿Hay más poetas que poesía? —Y hay más poemas que poesía. Pero a la vez todo contiene un núcleo de incertidumbre. —¿Qué autores tiene en la cabeza últimamente? —Mis grandes influencias no son literarias. Estuve la semana pasada en Arco y había un Morandi. Le dije a la chica de la galería: no tengo plata ni para el marco, ¿pero cuánto cuesta el Morandi? Y me dijo: tres millones [ríe]. Yo tengo un Morandi sobre mi escritorio, una reproducción, porque yo quiero escribir como pintaba Morandi. Y mi gran influencia es la música. Yo no sé escribir sin música. Mi casa no existe sin música. —¿Qué tipo de música? —Clásica sobre todo. El único argumento de la existencia de Dios es la 'Pasión según San Mateo' de Bach. Y si Dios no existe, entonces la 'Pasión según San Mateo' de Bach es Dios. —Jon Fosse dice que escribir es como rezar. ¿Coincide? —Rezar es muy ambiguo, porque hay muchas formas de rezar. Pero escribir y rezar, en cuanto a su fruto, se parecen en que son un olvido de uno mismo. Es un salir. —¿Y se parece la soledad del escritor a la del monje que hace voto de silencio? —La mayor soledad del escritor no es la de estar solo, sino la incomunicación. Cuando escribo, nadie me puede garantizar que no estoy haciendo una pelotudez o una genialidad. Ahí estás solo. No sirve consultar a nadie, porque lo consultás y si te dice lo que vos pensás le das bola y si no, pues no. Es un simulacro. La soledad del escritor es esa inseguridad absoluta en la cual tenés que jugar. Y esa soledad es más grande que cualquier otra. Es una soledad gozosa, pero dolorosa. Mi otra forma de estar solo es viajar. —¿Ah sí? —Me gusta la soledad de sentirme extranjero. Yo entro en un café lejos de casa y siempre pienso: si yo me caigo muerto acá, nadie sabría más nada. La extranjeridad es un lugar que me fascina. Cuando estás lejos podés inaugurar cualquier cosa porque no hay expectativas sobre vos. Cuando fui a la India me acuerdo que llegué y dije: voy a dejar de fumar. Y dejé de fumar. Cuando volví a mi casa, tres meses después, lo primero que hice al sentarme en mi escritorio fue estirar la mano buscando una pipa. Y me acordé que ya no fumaba. —Usted ha militado siempre en el asombro. —Es que el principio de la filosofía es el asombro, el no dar por descontado. Si no das por descontado lo que ya sabes, podés abrirte a lo que todavía no sabías, por así decirlo. Hay un poema que leí hace poco que terminaba diciendo: porque la muerte es obvia y vivir no. Hay que asombrarse de estar vivo también.
  • «Este libro (destaca Ana Cagigas, coautora de la obra) surge del empeño de un grupo de personas por reivindicar un tramo que ha quedado fuera del trazado del Camino de Santiago por el norte de España declarado por la UNESCO en 2015 Patrimonio de la Humanidad». Fruto de esta 'exclusión' varios Ayuntamientos de Cantabria, encabezados en un primer momento por Medio Cudeyo y Villaescusa, y a los que se unieron más tarde Camargo, Astillero, Piélagos, Bareyo, Ribamontán al Mar, Ribamontán al Monte y Entrambasaguas, reivindicaron que este tramo sea considerado como una variante más del Camino oficial, reivindicación que motivó el nacimiento de la Asociación «Vía de Agripa», a cuya Junta Directiva pertenecen los tres autores de la obra. Nos encontramos, pues, ante una reflexión, guiada por Ana Cagigas Aberasturi, Miguel Ángel García Carrasco y Valeriano Teja Oruña, sobre la relación del itinerario con una supuesta vía romana utilizada por el general Marco Vipsanio Agripa durante las Guerras Cántabras. Aunque los historiadores no disponen de pruebas arqueológicas concluyentes que demuestren su trazado exacto, en el libro se describen los numerosos indicios toponímicos y estudios históricos que sugieren la existencia de antiguos caminos romanos en la zona. Línea a línea, capítulo a capítulo, en el libro se realiza, desde el inicio de sus 'Consideraciones Previas' al 'Corolario y Consejos para su Realización', un meticuloso, completo, recorrido por los hitos histórico-artísticos de un camino «que no debe entenderse como un único trazado fijo, sino como una red histórica de rutas entre las que destaca el antiguo camino interior por el sur de la Bahía de Santander, cuya recuperación permite preservar un importante legado cultural». Como señala Cagigas: «Estamos ante un trabajo que brinda un diverso y completo repertorio de recursos patrimoniales, tanto naturales como culturales, que se distribuyen a lo largo de los cincuenta y tres kilómetros y los diez ayuntamientos por cuyos territorios discurre este ramal del Camino». Así sucede en el ameno periplo (con numerosas ilustraciones que ayudan a familiarizarnos con el contexto -calzadas romanas, vidrieras de iglesias, pórticos, praderas, la Vía Láctea, etc.-) que se basa en el concepto 'Caminos de Santiago', más allá de la singularidad «por factores como la seguridad, la climatología, la disponibilidad de puentes o barcas, o incluso las recomendaciones de los centros religiosos que hacían que los peregrinos eligieran rutas diferentes». Una propuesta para la que los autores han referenciado una cincuentena de fuentes, nacionales e internacionales, un viaje intersecular con ejemplos como 'Escritos y documentos', de Marcelino Sanz de Sautuola, o 'Marcus Agrippa. A Biography', de Meyer Reinhold. Este relato cuenta con uno de sus argumentos centrales el referido a que «muchos peregrinos medievales evitaban cruzar la Bahía de Santander en barca, ya que el trayecto podía ser peligroso y dependía de condiciones meteorológicas y del estado de las embarcaciones. Por esta razón, optaban por rodear la bahía por el interior, pasando por localidades del arco sur. Este itinerario se convirtió durante siglos en una alternativa habitual». Pero en todo caso, en todo momento, sus páginas evocan el recorrido por excepcionales enclaves naturales y un amplio patrimonio de iglesias románicas y ermitas medievales, de casonas señoriales, de caminos reales y paisajes naturales de gran valor. Más allá del valor histórico, el libro muestra una clara vocación práctica, ya que la descripción de lugares sirve perfectamente para pensar en una visita de varios días por la zona, por lo que la obra trasciende la divulgación académica para ampliar su espectro a un público más general. Como una guía de viajes, con referencias a paisaje y a paisanaje (por ejemplo, con descripción de juegos populares como el 'pasabolo losa' de la Trasmiera cántabra). Un viaje, estructurado en cinco etapas (más de 50 enclaves comentados), que demuestra como una ruta no tan transitada, incluso no registrada, puede deparar numerosos atractivos para ser disfrutadas sobre el terreno. Ficha Título: 'Antiguo, histórico y tradicional Camino de Santiago por el arco sur de la bahía. Senda Cultural «En busca de la Vía de Agripa»' Autores: Ana Cagigas Aberasturi, Miguel Ángel García Carrasco, Valeriano Teja Oruña Editorial: Ediciones Universidad Cantabria Año de Edición: 2025 Disponible en Ediciones Universidad Cantabria
  • El escritor peruano Alfredo Bryce Echenique, el 'Julius' de la literatura peruana, falleció este martes rodeado de amigos y familiares a los 87 años. Bryce nació dentro de una acomodada familia y fue hijo y nieto de banqueros, los dueños del Banco Internacional del Perú, que fue expropiado en 1970 por el Gobierno del dictador, el general Juan Velasco Alvarado (1968-1975). Su tatarabuelo fue presidente de Perú, José Rufino Echenique, quien fue investigado por un caso de corrupción. Estudió en los mejores colegios de Lima y protagonizó la primera rebelión ante su familia cuando escogió la universidad donde estudió Derecho: la Universidad San Marcos, que es pública y donde también estudiaron el Nobel Mario Vargas Llosa, César Vallejo, Blanca Varela, Julio Ramón Ribeyro, José María Arguedas y Jorge Eduardo Eielson. Se licenció en Derecho y en 1964 se fue a vivir a París a convertirse en escritor. Para poder vivir como escritor siguió estudiando y obtuvo un diplomado en La Sorbona en Literatura Francesa Clásica y Contemporánea. En Francia, compartió desventuras y amistad con otro grande de la literatura peruana, Julio Ramón Ribeyro. Trabajó como profesor universitario en Francia, Alemania, Italia y Grecia. Luego, vivió en España desde 1984 hasta 2010, hasta que decidió regresar a Perú. Lo visto y lo vivido por Bryce Echenique lo convirtieron en un observador permanente de un país que mezcla muchas culturas y donde el racismo es moneda corriente. La publicación de 'Un mundo para Julius' en 1970 causó mucha polémica en el país porque a través de la mirada de un niño con un humor y ternura se explicaba un mundo difícil de asir ante los ojos del mundo. En una entrevista concedida por Bryce Echenique en 2007, a quien escribe, tras publicar 'Las obras infames de Pancho Marambio', Bryce relató que al terminar esta novela estaba «felicísimo, como un niño…siempre tienes miedo, porque siempre estás aprendiendo. Al escribir eres un primerizo, si no perdería esa espontaneidad que ha sido una característica de mi literatura». Sobre lo que no le gusta de los peruanos, Bryce dijo lo siguiente: «No me gusta la violencia que se manifiesta a través del racismo, estamos en una sociedad donde clase y raza se mezclan mucho, y es muy curioso; en lo cultural como la literatura o la gastronomía hemos logrado esa perfecta simbiosis de lo negro, lo árabe, lo chino, lo indígena, lo español, pero en las relaciones personales no lo hemos logrado y constantemente se dan estos brotes de racismo que se han manifestado en las playas del sur de Lima en el maltrato evidente de la gente que trabaje en el servicio doméstico; desde niño siempre me espantó cómo trataban mis amigos y sus familias a los que trabajaban para ellos». El Ministerio de Cultura lamentó el fallecimiento de Bryce Echenique y dijo lo siguiente: «Desde su primer libro de cuentos, 'Huerto cerrado' (1968), mostró una radiografía de la sociedad peruana al mismo tiempo implacable y humorística. En 2012 publicó su última novela, 'Dándole pena a la tristeza'». «Rendimos homenaje a su legado, su humor y su sensibilidad, que forman parte esencial de nuestra identidad cultural. Extendemos nuestras más sentidas condolencias a su familia, seres queridos y seguidores», señaló el Ministerio de Cultura en un mensaje a través de sus redes sociales. En entrevista con ABC, Natalia Sobrevilla dijo que «'Un mundo para Julius es probablemente una de las novelas más importantes del siglo XX en Perú. Con ironía y humor retrata a una clase pudiente de la ciudad. Lo que es interesante es que la novela retrata la oligarquía de inicios del siglo XX. Incluso ahora, en el siglo XXI, hay gente que se rehúsa a dejar morir ese mundo de desigualdad que retrata Bryce con la inocencia de un niño. Es de lectura obligada». «La película de Rosana Díaz Costa titulada 'Un mundo para Julius' de la cual fui productora, no hubiera sido posible sin el apoyo inesperado de Alfredo Bryce Echenique, quien redujo los costos para obtener los derechos y nos apoyó en todo momento. Gracias por eso y más», remató. En entrevista con ABC, Gustavo Rodríguez, premio Alfaguara de novela, dijo que «Alfredo Bryce Echenique fue el último gigante de la literatura peruana hasta que aparezca una nueva generación». «Fue un gran renovador de nuestra literatura por su aporte de humor y ternura. Hasta ese momento poco hallables en nuestras letras. En la época en que él empezó a publicar sus cuentos y 'Un mundo para Julius', parecía que mientras más solemne fueras como escritor, más prestigio ibas a alcanzar. Él fue a contracorriente de ello y lo hizo con gran altura», explicó el también autor de 'Cien cuyes'. «Cuando leí el cuento 'Con Jimmy en Paracas', me explotó la cabeza y me hizo feliz saber que eso se puede encontrar en los libros. Como escritor estoy influenciado por su influjo, valga la redundancia, el humor y la ternura. Estamos hermanados por esas pulsiones», explicó Rodríguez. En la sección tertulias y amistad, el escritor califica a Bryce de «fabulador maravilloso», donde «nunca quedará claro que es verdad y que es mentira». «Era el escritor más querido del Perú. La gente se volvía loca alrededor de él. Mucha de esa ternura que él mostraba en su obra traspasaba el papel y llegaba a la gente», finalizó el también escritor de 'Mamita'. El escritor de 'Minimosca' y académico Gustavo Faverón dijo a ABC que «en la literatura peruana Alfredo Bryce «representa un momento de quiebre en la representación de nuestro mundo social». «Una cosa que ahora se nos hace tan simple como la empatía y el esfuerzo consciente de traspasar las clases sociales y ver desde la punta de la pirámide a quienes viven abajo es algo que en verdad comienza, con una sensibilidad moderna, contemporánea, con 'Un mundo para Julius'. Yo suelo decir que Julius fue el primer caviar (término con el que se conoce a los de izquierda que viven bien) de nuestra historia: lo creo de verdad y además creo que es un honor. Por otro lado, novelas como 'La vida exagerada de Martín Romaña' y 'Tantas veces Pedro,' sobre todo esta última, son piezas fundamentales en el tránsito de la novela hispana al terreno de la postmodernidad. El lugar de Alfredo es sin duda mucho más fundamental que el que se le ha concedido hasta ahora», explica Faverón. Sobre la influencia de Bryce en su oficio como escritor, el escritor responde: «Mario Vargas Llosa, Antonio Cisneros y Alfredo Bryce fueron los tres escritores peruanos que mi mamá me dijo que tenía que leer si es que de verdad tenía interés en la literatura; te hablo cuando yo tenía 14 años. Yo le hice caso y aquí me tienes». «Bryce es en muchos sentidos el narrador latinoamericano más cervantino, el que más entiende la novela como un vehículo para aventuras que son al mismo tiempo exteriores e interiores, es decir físicas y mentales. Yo aprendí directamente de él la idea de que una novela no puede ser nunca predeterminada o preorganizada o preplanificada, que tiene que ser siempre una aventura sorprendente para el autor si es que quiere ser una aventura sorprendente para el lector, y esa es una lección que trato de repetirme con cada libro. Uno no establece conexiones muy directas entre las novelas de Bryce y novelas como las de Cabrera Infante, Bolaño, Armonía Somers, pero existe: la novela sentimental como novela de aventuras lo tiene a él como uno de sus mejores proponentes», finalizó Faverón. El escritor y periodista Fernando Ampuero, amigo de Bryce desde hace décadas, publicó lo siguiente: «Termina la vida, empiezan los recuerdos. Y la ausencia, la enorme ausencia, a partir de este momento, tiene el nombre de Alfredo Bryce Echenique. Ha partido un amigo que era un hermano, y, sobre todo, un escritor memorable. Quienes no han partido son Julius, Martín Romaña, Octavia de Cádiz, y todos los entrañables personajes de su brillante obra literaria. Mis condolencias a todos, pero en especial a sus lectores de ayer, hoy y mañana».
  • Alfredo Bryce Echenique se nos fue sin recibir el premio Cervantes que merecía con toda justicia por novelas extraordinarias como 'Un mundo para Julius', 'La vida exagerada de Martín Romaña', 'La amigdalitis de Tarzán' o 'Tantas veces Pedro' -quizá su favorita-, entre más de una veintena de títulos donde encontramos relatos, ensayos, crónicas, antimemorias y novelas. A pesar de la distancia, durante los últimos años coincidimos muchas veces, porque Alfredo, so pretexto de darse un garbeo de despedida, se pegó unos viajes tremendos para decirle adiós a París, Madrid y Sevilla, entre otras ciudades muy queridas. Y claro, los amigos aprovechamos cada una de esas expediciones para organizar homenajes y exaltaciones, como aquellas jornadas que celebró la Universidad de Alicante, donde se me ocurrió dedicarle un «Vejamen» al más puro estilo académico del Siglo de Oro. La guasa, el recochineo y la retranca le gustaron tanto, que cuando la Universidad Ricardo Palma de Lima lo invistió Doctor 'Honoris Causa', Bryce Echenique me pidió que lo vejara de nuevo y así le endiñé un «Vejamen Criollo» que multiplicó nuestra gozosa complicidad. La cara B del 'Boom' latinoamericano fue pródiga en humor, gracias al argentino Manuel Puig, al mexicano Jorge Ibargüengoitia y al peruano Alfredo Bryce Echenique. Ellos fueron quienes relajaron a Vargas Llosa, García Márquez y Carlos Fuentes, todos ellos demasiado solemnes porque vivían persuadidos de que el humor estaba reñido con la revolución. Es curioso. Ni Puig ni Ibargüengoitia disfrutaron en vida de los reconocimientos recibidos después de morir. ¿A que ahora sí escucharemos que la obra de Alfredo merecía los premios mayores de nuestra lengua? Es lo que tiene el humor en la literatura: nos hace reír a destiempo. Bryce Echenique me pidió que prologara la edición conmemorativa de su novela 'No me esperen en abril' (Peisa), que presentamos hace exactamente un año en la librería limeña El Virrey. Aquella noche Alfredo estaba pletórico, rodeado de amigos y bromeando con ese 'savoir faire' stendhaliano que se gastaba rumboso. Hoy quiero recordarlo así -«absolut» feliz- desde la lejana ciudad lluviosa donde he recibido esta triste noticia: Alfredo Bryce Echenique no nos espera en abril.
  • Hay un pájaro negro que sobrevuela desde el título hasta la última página de 'Diecinueve garras y un pájaro oscuro' (Alfaguara), la colección de cuentos de la argentina Agustina Bazterrica. En realidad, la autora ha llegado a España para presentar relatos escritos hace años: algunos nacieron cuando apenas tenía diecinueve. El tiempo ha pasado y, para Bazterrica, ese transcurso es el mayor enemigo a la hora de revisitar sus manuscritos. Hubo cuentos que cambiaron de nombre y debió contener su perfeccionismo para no distorsionar la voz original de las historias. Afectada por el 'jet lag', se desveló la noche previa a la entrevista y no volvió a conciliar el sueño. Se ríe cuando lo cuenta, y confiesa: «Al menos he terminado una novela». Desde la publicación de 'Cadáver exquisito', Bazterrica no ha dejado de habitar textos, bocas y debates sobre el terror literario, comparada casi por inercia con figuras como Mariana Enríquez y Samanta Schweblin. Sin embargo, hay algo en las etiquetas que no termina de encajar. Ella no se considera una escritora de horror; se refugia, más bien, en «el quiebre», habitando territorios donde el género se vuelve poroso y se tiñe, a menudo, con una estela de humor negro. «Es un privilegio que me ubiquen en ese lugar. Me siento muy orgullosa de ser parte de este momento en el cual se está publicando a tantas mujeres y se las está reconociendo», dice. «Las mujeres contamos historias desde hace siglos y se nos está empezando a reconocer como válidas ahora… aunque, desgraciadamente, no siempre lo conseguimos». No le hace falta dar nombres ajenos para ejemplificarlo. «Tengo amigos libreros que me cuentan que todavía hay varones que no quieren leer libros escritos por mujeres. Les recomiendan 'Cadáver exquisito', les interesa, y cuando ven que está escrito por una mujer, lo descartan». Los cuentos de esta colección fueron publicados por primera vez en 2016, pero editados a fondo en 2020. «Los lanzó una editorial muy chiquita en Argentina. No hubo una mirada editorial; no los curaron, digamos». Para ella escribir un cuento no es una tarea de cinco minutos, aunque se lea en ese tiempo. Puede pasar seis meses corrigiendo un solo relato. Su técnica es anatómica. «Escribo la estructura y la considero el esqueleto. Después le añado sangre, carne y músculo», dice, volviendo de forma inevitable al léxico del crúor. «Si un cuento no tiene el ritmo adecuado, si el sonido de una palabra entorpece la lectura, entonces el texto no está terminado». Bazterrica da vueltas al lenguaje hasta que este confiesa sus intereses: carne, filo, silencio. Pero hay una palabra que destaca por encima de todas: hendidura. Para ella, escribir es el acto de ensanchar esa grieta. La realidad es una superficie que aceptamos como verdadera porque el miedo a lo que hay debajo resulta insoportable. «Pensamos que estamos protegidos por este velo de civilización», reflexiona, «pero la hendidura está ahí , recordándonos que el velo es transparente. Estamos aquí, tomando un café, pero en esta misma realidad, en este mismo segundo, hay mujeres en burdeles clandestinos siendo violadas. Esa es la hendidura. Hay un punto donde el horror del mundo se filtra en nuestra comodidad». En su obra, la hendidura es el momento en el que la víctima se convierte en victimaria o cuando lo doméstico se vuelve amenaza. «No quiero conquistar la mente de los lectores ni dejar un mensaje. Lo que me interesa es que el lector reflexione». Para Bazterrica, la anatomía femenina es un espacio público bajo vigilancia constante. Esta idea se vuelve granítica cuando cita a la antropóloga Rita Segato: «El cuerpo de las mujeres es un territorio de disputa». La escritora acentúa ese mandato: «Es el territorio donde los varones escriben sus marcas de poder». Esta visión explica por qué en sus cuentos la carne suele estar herida o bajo asedio. No es un efecto gratuito; es una denuncia de cómo lo íntimo está supeditado a lo social. «Nuestro cuerpo es personal, pero es público. Está sujeto a leyes y paradigmas que lo afectan», explica, señalando directamente a las instituciones: «Un montón de señores en el Vaticano deciden sobre cuerpos de mujeres cuando ellos nunca van a gestar. Se presiona para que seamos eternamente flacas y bellas». Esa obsesión por la imagen ha mutado en una forma de control más sutil y asfixiante: la estética del 'clean look'. En 2026, esta apariencia de pureza absoluta actúa como una 'performance' de pureza que exige un nivel de vigilancia y capital casi inalcanzables. Hay un retorno cínico a la estética de la extrema delgadez que creíamos haber enterrado en los noventa que, en realidad, funciona como una mordaza. Bazterrica identifica aquí una paradoja cruel: «Cuanto más limpio y perfecto debe lucir el cuerpo, más se le despoja de su humanidad, de sus texturas y, en última instancia, de su potencia política». «A las mujeres las torturaban porque supuestamente tenían al diablo adentro , cuando en realidad querían quitarles sus propiedades o sus conocimientos ancestrales», reflexiona. En relatos como 'Las solitarias', esa violencia persiste: la mujer que camina sola por la ciudad se vuelve sospechosa. «Si estás sola, sos peligrosa para otros. Tu cuerpo está expuesto a que te violen o te maten. Pasa constantemente, todos los días». De todos los relatos de la colección, 'Roberto' funciona como el termómetro de su potencia: la historia de la niña con un conejo entre las piernas. Agustina lo escribió a los diecinueve años mientras trabajaba en un estudio de contadores, rodeada de una burocracia que no sospechaba la oscuridad que ella cultivaba. «Se lo empecé a leer a una compañera de trabajo», relata. «El cuento tiene dos páginas, es literal. Pero no llegué al final. Me dijo: 'No, no sigas leyéndomelo'. Y después de eso, nunca más me pudo mirar a los ojos». Ese rechazo visceral fue su primera confirmación de que el lenguaje podía abrir grietas físicas. «Fue un impacto total para ella. Nunca más me volvió a hablar». Es el mismo impacto que sufren quienes le confiesan haber llorado con sus textos o haber dejado de comer carne. Bazterrica lo acepta con distancia: «Hay lectores que se quedan un poco traumados, pero yo no trabajo únicamente con la trama. Trabajo con el sentido que el otro completa». Fuera de la disección, Agustina también busca refugio como lectora. Habla con devoción de su club de lectura, ese espacio sagrado que comparte cada quince días con amigas por 'Zoom'. Allí el análisis es riguroso. El último libro fue 'Lo que no tiene nombre', de Piedad Bonett . «Es una puñalada en el corazón», define. Pero incluso ante ese dolor, su mente opera como la de una cirujana: «Necesito analizarlo desde lo literario, porque es brillante. Se aprende a ser un lector activo, a no quedarse en la superficie». Esa misma exigencia la aplica a sus talleres y a sí misma. Confiesa que la docencia le transformó la cabeza: «Antes escribía de manera intuitiva, pensando con el cuerpo. Ahora soy mucho más consciente de lo que simboliza cada detalle. Si algo no cierra, lo cambio». Bazterrica es una mujer que convive con sus fantasmas con una naturalidad asombrosa. Sabe que las diecinueve garras seguirán incomodando a quienes busquen seguridad en las palabras.
  • Nueva York es una ciudad caótica. Un desván de emociones inacabadas. Un poema sin final. Ese lugar del planeta Tierra que no para de lanzar estímulos cada segundo. Ya poetizó Lorca en su ' Poeta en Nueva York ' que por estos lares «No duerme nadie por el cielo» y «No es sueño la vida». Son muchos los escritores que han imaginado la Gran Manzana. Uno de ellos fue el novelista y premio Nobel Gabriel García Márquez , que en la década de 1950 escribía sobre la ciudad sin haberla pisado. La conocería por primera vez en 1961, por motivos literarios y para impartir sus clases como profesor visitante en la Universidad de Columbia. ¿Qué pensaba el premio Nobel de Nueva York? ¿Era realmente la ciudad como se la imaginó? Las respuestas a algunas de esas incógnitas las podrá encontrar el lector en 'Macondo York' (Sial Pigmalión, 2025) del diseñador gráfico colombiano Iván Onatra. Se trata de un muestrario bilingüe donde se combinan fotografía y diseño, que desgrana la relación del Nobel con la ciudad que nunca duerme. Tal como cuenta el autor, en esta obra «se funden Macondo y Nueva York como dos elementos multiculturales e idílicos. Lo mágico se entrelaza con lo cotidiano y lo extraordinario con lo absurdo». En esta obra colorida dialogan la tipografía y la imagen, dos elementos por los que el diseñador siente una gran atracción: «Las palabras de Gabo sobre Nueva York se convirtieron en la amalgama que me permitió seleccionar y ordenar una parte de las 13.000 imágenes que he tomado del entorno neoyorquino», confiesa Onatra a ABC. El diseñador colombiano, aunque neoyorquino de adopción, quiso trabajar con cientos de letreros, grafitis y anuncios urbanos con el fin de «rescatar la relación compleja y casi secreta de Márquez con la ciudad». Onatra descubrió que el 5 de junio de 2014, el alcalde Bill de Blasio dedicó ese día a García Márquez. «Casi nadie lo sabe y cuando me enteré, me di cuenta de que era necesario sacar este proyecto adelante», explica. Para no caer en malentendidos, el artista trabajó detenidamente la documentación y decidió «partir de un estudio validado por la Fundación Gabo » para confirmar que las frases que acompañan a las fotografías no fueran erróneas. «No quería caer en ese error de atribuirle frases que nunca escribió», confiesa el autor destacando que los textos reunidos siguen siendo de especial actualidad y contundencia. «Nueva York es de todos nosotros y de todo el mundo… Una ciudad de toda la humanidad», escribió García Márquez en 1985. Es una de las frases que rescata el diseñador colombiano en un libro repleto de fotografías , carteles, anuncios y mensajes subliminales acordes a las frases del Nobel. «Los letreros de cualquier ciudad hablan, gritan, cantan y pueden convertirse en poesía, pero Nueva York lo hace con una intensidad particular», detalla. Su proyecto, cuya semilla salió del taller 'Narrar Nueva York desde la mirada de Gabo', intenta demostrar que «el realismo mágico es universal» y lo traduce en « señales urbanas seleccionadas con humor y un toque neoyorquino ». Aunque el libro deja espacio a la interpretación del lector, Onatra afirma que más que buscar una lectura intelectual, le interesa «despertar la sensibilidad del lector hacia el poder de observar, viajar, detenerse y escuchar lo que la ciudad y sus habitantes comunican a través de paredes, postes o alcantarillas». 'Macondo York' (Sial Pigmalión, 2025), de Onatra, ha traspasado lo literario. Tal como cuenta a nuestro periódico, la experiencia sensorial fuera del libro se amplifica con exhibiciones en otros formatos. Por ejemplo, con la creación de una pieza musical de la colombo-neoyorquina María Linares fusionando sonidos colombianos con los de la Gran Manzana. Incluso ha querido ir más allá diseñando una fragancia que describe «tan caribeña como Cartagena de Indias y sofisticada como Manhattan». ¿Nos confiesa cuál es el segundo autor en el que está trabajando? «El segundo autor también lleva el apellido García y nació en España . Mantendremos la misma diagramación, el número de fotografías y de páginas. Lo único que lo diferenciará es que el libro tendrá un color distinto».
  • El Gobierno portugués decretó para este sábado un día de luto nacional en homenaje a António Lobo Antunes , uno de los escritores más notables de lengua portuguesa, que falleció a los 83 años de edad. El presidente en funciones de Portugal, Marcelo Rebelo de Sousa, anunció que depositará junto a él «el Gran Collar de la Orden de Camões, símbolo máximo de la literatura lusa» y la más alta distinción del Estado portugués. «Es uno de los pocos que representaron tan bien la grandeza literaria de un país territorialmente pequeño», afirmó el todavía presidente, Marcelo Rebelo de Sousa, que quiso recordar el primer libro escrito por António Lobo Antunes, 'Memoria de elefante' (1979). «El estilo de esa obra con la que se estrenó, así como las siguientes, es denso a la vez que coloquial, memorialístico, provocador, poético y político, y marcó un nuevo tono en la novela portuguesa». En una nota de pesar, el presidente saliente recordó que Lobo Antunes deja una bibliografía «vasta, visceral, sofisticada en términos narrativos y, a la vez, atenta a lo cotidiano». Por su parte, Antonio José Seguro, que tomará posesión en el cargo de presidente el próximo lunes, afirmó que «el mejor homenaje será seguir leyendo su obra y reconocer en ella parte de nuestra memoria cultural». El propio Lobo Antunes decía que «la imaginación no existe, lo que existe es la memoria y la forma como transformamos esa memoria en literatura». En su caso, lo hacía a mano, con una caligrafía menuda, en hojas de papel que después pasaba a limpio. Ese hábito nació de joven, cuando sus padres no querían que escribiera y él escondía las hojas en los libros de historia, cambiando de página cuando alguien se acercaba. Años después, en una entrevista, confesó que le sorprendió encontrar a una señora que tenía una de esas hojas. Cuando le preguntó de dónde la había sacado, ella le respondió: de una subasta en Tasmania. Lobo Antunes reconoció entonces su perplejidad: por un lado, porque una hoja manuscrita por él hubiera llegado tan lejos; por otro, porque alguno de los amigos a los que solía regalar esos capítulos la había vendido. Nunca supo quién fue, aunque poco importa. Como tampoco importa, en palabras de Lídia Jorge (Premio Camões 2025) , que el eterno candidato al premio Nobel de Literatura nunca llegara a recibir ese galardón. «El Nobel solo importa cuando se tiene; cuando no se tiene, no importa». De su compañero de generación y amigo dijo que «forma parte de una generación que alteró el canon de la literatura portuguesa. Él fue el más productivo, el más creativo y el que más se donó a la literatura. Hizo de la escritura su vida absoluta». Varias veces afirmó que se retiraría, pero después anunciaba que todavía tenía ideas para uno o dos libros más. Desde la editora Dom Quixote lamentaron la pérdida del escritor y anunciaron que en abril será publicado un inédito de poesía. «Aunque la prosa era su género favorito, él siempre quiso ser poeta y en este libro se recogerán los poemas que fue escribiendo a lo largo de su vida», anunció la editora en un comunicado, subrayando que seguirán promocionando la obra del autor portugués cuya importancia «superó fronteras y fue premiado y distinguido en todo el mundo». Un autor que, con Nobel o sin él, ha seguido inspirando a generaciones de escritores, tanto dentro como fuera de Portugal. Gonçalo M. Tavares, premio Formentor de las Letras 2026 , dijo que «es un caso extraordinario de alguien que creó la forma de que la lengua se expresara a sí misma, a través de repeticiones, de conversaciones de café, recogiendo los tics del lenguaje y transformándolos en un conjunto de voces infinitas de gran literatura», afirmó el escritor portugués. «Es un día muy triste para la literatura y para la cultura», añadió Tavares. Tristeza que no solo siente el mundo de las letras, sino también el de la Medicina, porque además de escritor, Lobo Antunes se licenció en Medicina, posteriormente en Psiquiatría, y ejerció la profesión antes de dedicarse totalmente a la escritura. La Orden de Médicos también quiso recordarlo como «uno de los mayores escritores de la literatura portuguesa contemporánea, que proyectó internacionalmente la cultura nacional». El alcalde de Lisboa, Carlos Moedas, afirmó en sus redes que hemos tenido «la suerte y el privilegio de vivir en la misma época que António Lobo Antunes», así como de ver «su obsesión por la escritura». «Es el mayor intérprete del Portugal de nuestra era: del final del imperio, pasando por la experiencia de la guerra y terminando en la psicología tan compleja de nuestro viejo país». Para Moedas, «Lobo Antunes forma parte de la rara aristocracia mundial donde están los grandes maestros que nos hemos habituado a admirar». «Hoy podemos decir, con orgullo, que fuimos la ciudad y la patria de António Lobo Antunes». En su cuenta de X, el primer ministro luso, Luis Montenegro, escribió que «el legado que deja es una crónica de la humanidad y de la originalidad de la mirada portuguesa, por lo que seguirá inquietándonos e inspirándonos».

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