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'El último héroe', cómic de Jordi Bernet, se inscribe en la tradición del cómic que revisa críticamente los mitos fundamentales del héroe solitario. Suceden las aventuras y desventuras del pistolero y agente de la ley William Tilghman, entre el viejo oeste y la ley seca, así que se enfrenta a malvados pistoleros y a gánsters de las películas. Con una estética en blanco y negro, de trazos seguros donde se ven los detalles, y una narrativa de ritmo preciso, Bernet construye una obra que funciona como homenaje y, al mismo tiempo, como desmontaje del arquetipo del justiciero incorruptible. El resultado es una historia de tono crepuscular que habla con el western clásico como con el género negro. Encima el que enseña a disparar al protagonista es Wild Bill, el pistolero más famoso del viejo oeste, asesinado por la espalda en el pueblo de Deadwood . El protagonista responde a lo tradicional: un hombre de principios firmes, dispuesto a enfrentarse a la violencia y la injusticia sin vacilar. Empero, el mundo que lo rodea está marcado por la ambigüedad moral o nula moral, el oportunismo y la decadencia en cualquier aspecto, así que estamos ante el último héroe, una figura crepuscular y por tanto asimétrica Bernet explora con bisturí la dimensión psicológica del personaje. Lejos de la invulnerabilidad de los relatos épicos, el héroe en este cómic es vulnerable, solitario y más que desgastado por ser fiel a un código rígido y riguroso. El conflicto interno, entonces, supera al externo, el de las balaceras. Volviendo al tratamiento visual, el estilo de Bernet se define por la utilización serena del claroscuro, lo que abunda en el tono sombrío de la narración. Apuesta el dibujante por los cuadros cerrados y los espacios claustrofóbicos, que también pueden serlo las grandes llanuras o las altas montañas y el rancho donde nuestro protagónico pasa las pocas temporadas de paz. El autor revisita el género del salvaje oeste y lo actualiza sabiendo que los malos, aquí muy malos, siempre lo han sido, y que los buenos se mueven siempre dentro de una moral gris, cargada de dudas al márgen del soplido del viento.
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Para John Banville la palabra es un fin en sí misma, una pieza de orfebrería que no acepta deudas con la moral ni con el tiempo. La novela, por su parte, no es un objeto autónomo, redondo y pulido que se entrega al mundo con nada más que gratitud. No hay en sus páginas una intención de mejorar al hombre, ni de frenar las guerras, ni de dictar cátedra sobre la justicia. Convencido de que el arte es lo único que permanece cuando la vida se derrumba, el autor irlandés defiende una ética donde la única responsabilidad que el escritor debe tener es hacia la estética. Es en esta entrega absoluta al lenguaje donde Banville encuentra su verdadera identidad , o más bien, su desaparición. En 'Nocturno de Venecia' (Alfaguara), esa búsqueda de la forma pura se hace evidente: no busca el aplauso, ni el consenso, ni el reconocimiento. Acepta la muerte del autor: para él, una vez que la última palabra queda grabada, el escritor se convierte en un intruso. El Banville de carne y hueso, el que camina por Dublín o bebe un vaso de vino, no tiene derecho a explicar lo que la obra ya dice por sí sola. El libro debe ser un organismo que respira por su propia cuenta, ajeno a las intenciones, las disculpas o la biografía de quien lo parió. —¿Considera este libro como una meditación sobre las consecuencias del resentimiento creativo? —No tengo ni idea. Este libro es una novela, una obra de arte, y eso es lo máximo a lo que puedo aspirar. No tiene ambiciones sociales ni pretende hablar de nada en particular. Franz Kafka decía que el artista es aquel que no tiene nada que decir; yo tampoco tengo nada que decir. Tengo mucho que mostrar, pero carezco de un mensaje. No escribo para hacer que la gente sea mejor, para que mis hijos resulten más interesantes o para que las guerras sean menos frecuentes. Todo lo que hago es arte. Por alguna extraña coincidencia, a otras personas les gusta lo que creo, algo que sigo sin comprender. —Ha mencionado que los tiranos aman la lengua simple y que prosa compleja es una forma de resistencia. ¿Sigue considerándolo así? —No. Yo no tengo un propósito político. Ninguno. Voto, leo los periódicos, pero cuando me siento a escribir, soy un artista y no me importa el mundo o lo que suceda en el mundo. Mi única tarea es escribir una novela, escribir un libro, terminar algo y ponerlo en el mundo. Cuando era joven, tenía un tío de quien estaba muy orgulloso y me enseñó carpintería para hacer cosas. ¡Y me encantó hacer cosas! Esto es una forma de carpintería, es hacer algo. Antes, los jóvenes querían ser poetas, pintores, novelistas… e iban directamente a crear esas cosas. No puede ser así. Primero debemos aprender cómo es nuestro carácter. —¿Cuándo conoció el suyo? —Empecé a escribir a los doce años y no paré de hacerlo. A los diecisiete terminé una historia que, aunque no era muy buena, me hizo darme cuenta de que era escritor. Lo supe porque, al acabarla, sentí que ya no me pertenecía; se había marchado de mi lado. Era como tener un hijo: de pronto, había algo nuevo en el mundo que antes no existía. Aquel relato fue fundamental para mí. Se trata de eso: de crear cosas y de hacerlas lo más bellas posible. Hay pocas cosas tan hermosas como una frase perfecta, aunque una frase hermosa no deja de ser una quimera si el lector no tiene la capacidad de apreciarla de verdad. —¿Ha tenido alguna prueba real de que ese esfuerzo llega a alguien, o siente que escribe solo para usted mismo? —Siempre cuento que mi esposa estaba en la caja del supermercado cuando la cajera, al ver el nombre en la tarjeta de crédito, le preguntó si era pariente de John Banville. Al confirmarlo, la mujer le dijo que había leído un libro mío y que era lo más hermoso que había leído jamás. Para mí, un comentario así vale más que cien mil críticas en revistas literarias. No leo crítica especializada; no me importa lo que digan de mis libros porque no hay nadie más crítico con mi trabajo que yo mismo. La verdad es que mis libros me provocan una profunda vergüenza; los odio. —¿Entonces por qué sigue escribiendo? —Para intentar hacerlo bien. —¿Siente que no lo hace bien? ––¡Oh, sí, por supuesto que pienso que mi trabajo es bueno! Pero ¿qué puedo hacer? ¡Sigue sin ser suficiente! El poeta inglés Philip Larkin dijo algo maravilloso que he adoptado como lema: «No creo que escriba muy bien, solo mejor que todos los demás». Sin embargo, sigo sin escribir lo suficientemente bien para mis propios niveles de exigencia. Mi esposa siempre me dice: «¡Gracias a Dios que odias tus libros! Porque el día que escribas uno que te guste de verdad, te darás por satisfecho, te meterás en política y destruirás el mundo». Y yo le respondo que tiene toda la razón. Lo único que veo en mis libros son los errores, los fallos, que dejo cosas escritas por puro nervio. Es todo lo que veo en ellos. —¿No recuerda ninguna cosa buena? —Bueno, ocurrió una vez. Estaba terminando un libro —no recuerdo cuál— y me di cuenta de que, por coherencia, debía incluir una frase de una de mis obras anteriores. Tomé el ejemplar de la mesa, lo abrí y simplemente transcribí la frase. Al estar concentrado en el acto de copiarla, no la estaba «leyendo» como su autor, sino como un extraño. Y de pronto pensé: «Vaya, es una frase muy buena». Fue la única vez en mi vida que me sentí satisfecho con algo que escribí. Y fue precisamente porque no lo estaba leyendo con mis ojos de siempre; estaba lejos de ella, la veía como si fuera de otro. Pude apreciarla porque, en ese instante, no era mía. —Tiene una rutina de escritura muy extrema, de diez de la mañana a seis de la tarde. ––Lo hacía, pero ahora soy demasiado viejo. Actualmente escribo solo dos o tres horas al día, lo cual es peligroso. El novelista inglés Kingsley Amis decía que, cuando eres viejo, si no puedes escribir, ¿qué te impide empezar a beber? Por eso ahora empiezo a escribir más tarde; a veces me siento a las tres de la tarde solo para retrasar el momento de la primera copa. Me gusta beber, pero no disfruto de sus consecuencias. El problema es que, al terminar la jornada, uno piensa: «Vaya, lo he hecho otra vez, pero no ha estado tan mal». Y entonces bebes y te convences: «Bueno, quizá el texto es incluso bueno». Pero cuando te despiertas a la mañana siguiente y lo revisas... Dios mío, es mucho peor de lo que pensabas. Así que no es que tenga una rutina estricta para dejar de beber; tengo una rutina estricta para escribir. Simplemente ya no puedo mantener el ritmo de antes porque los años no perdonan. —Ha mencionado que el pasado es el único lugar donde podemos vivir, porque el presente se desvanece antes de que podamos tocarlo. —Bueno, es que para mí no hay presente. En cuanto intentas señalarlo, ya se ha ido. Vivimos, irremediablemente, en el pasado, y la ficción no tiene nada que ver con el tiempo ni con la vida. La ficción es un objeto formado, pulido y puesto en el mundo; tiene un comienzo, un medio y un final. La vida no es así. No recordamos nuestro nacimiento ni experimentamos nuestra propia muerte. La muerte no es una experiencia «en» la vida. Solo tenemos esa mezcla confusa en el medio, y por eso acudimos a la obra de arte. Por eso voy al Prado a ver 'Las Meninas': por esa obra cumplida, redonda y terminada. Mi vida consiste en tropezar en el Prado o caer en un vaso de vino, pero el arte nunca cae. Esto que acabo de decir es bueno, ¿no? —¿ Tal vez esa sea la segunda frase que le gusta de su propio trabajo? —No solo es una frase, es un sentimiento: la noción de arte. Si el arte falla, falla, pero el arte es lo único que cumple su promesa. Otros miran mi trabajo y ven algo exquisito o trascendental, pero yo no puedo verlo. Si lo hiciera, como decía mi abuela, tendría que dejarlo, dedicarme a la política y destruir el mundo. —En 2019 fue víctima de una broma pesada sobre el premio Nobel. Tras haber ganado casi todos los demás premios, ¿se ve ganándolo? —No, no lo voy a ganar. Mi nombre está manchado por aquella locura. La Academia Sueca es una organización muy extraña y no creo que sean buenos conmigo. Es una pena, porque el dinero del premio les vendría muy bien a mis hijos. —En España se debate mucho sobre si los premios literarios son un reconocimiento o puro marketing. ¿Cree usted en ellos? —Si uno cree que un premio lo hace mejor escritor, es que es un idiota. Pero los premios son maravillosos, como un regalo de Navidad. El premio Princesa de Asturias, por ejemplo, es fantástico; entre otras cosas, porque limitan los discursos a tres minutos, y en estas ceremonias la gente puede hablar por horas. Pero un premio no hace que mi escritura sea mejor. Cuando Yeats ganó el Nobel, lo primero que preguntó fue: «¿Cuánto dinero es?». Es una reacción sensata. Ganar un premio es bueno porque hay que comer y vestir a los hijos, pero después tienes que volver a casa y seguir escribiendo. —¿Qué encuentra en la literatura para sostener su vida? —Como dijo Kafka: «Yo soy literatura». Yo soy la escritura. No sé vivir de otra forma. Mi pobre esposa lo entendió hace años tras una discusión terrible; ella me gritaba lo monstruo que soy y yo le pregunté: «Cariño, esto es maravilloso, ¿puedo usarlo?». Ella me llamó monstruo de nuevo, pero aceptó. Ese es el tipo de pareja que un artista necesita: alguien que entienda que lo más importante es convertir la vida en arte. Esa es nuestra tragedia: los artistas realmente no vivimos, todo es material. Cuando alguien muere y piensas: «¿Puedo usar esto?», te das cuenta de que no eres humano. Los escritores somos caníbales; nos comemos a nuestra gente y a nuestros amantes. Es el precio de ser artista. Mi habitación de trabajo es un agujero negro; es completamente silenciosa y de ahí no sale nada, hasta que sale el libro. Conozco escritores para los que esto es una carrera: ganan premios, buscan la fama y se pierden. Pero ellos no eran escritores desde el principio. Esto es una llamada. —En esa «llamada», ¿cuál es la pregunta sobre el arte que aún no ha respondido? —Todas. Sigue siendo un misterio para mí. Varias veces por semana me levanto de mi oficina y me pregunto qué estoy haciendo escribiendo historias en lugar de ser un adulto, ganar dinero con Bitcoins o declarar una guerra. Escribir parece una forma infantil de vivir, pero es que el artista es como un niño: para él todo es nuevo. Mirar la lluvia y ver que cae agua del cielo es un milagro extraordinario, pero nos aburrimos y dejamos de verlo como tal.
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Los manuales escolares sitúan los inicios de la globalización medieval en la Era de los Descubrimientos, desde el siglo XV hasta finales del siglo XVI, con las potencias ibéricas como grandes protagonistas a través de las exploraciones hacia América y Asia. Un proceso que siempre ha tenido Europa en el centro del relato : lo que cada parte aportaba se analizaba desde Occidente, condicionado por motivos ideológicos (las potencias colonizadoras eran europeas) y académicas (la Historia como disciplina se desarrolló bajo esos parámetros). Por este motivo el lector no especializado puede sorprenderse con un libro cuyo título, 'Las puertas del mundo. Europa y la globalización medieval', recurre al término antes del encuentro masivo entre Europa y América a raíz de los viajes de Colón. Y, sin embargo, como explica con toda lucidez y contundencia Paolo Grillo, catedrático de Historia Medieval en la Universidad de Milán, el mundo medieval ya estaba globalizado, aunque fuera de manera diferente y con parámetros diversos respecto al desarrollo en época moderna y contemporánea. Si salimos del Viejo Mundo y posamos la mirada sobre otro territorio con el que los europeos estaban en contacto, el Imperio mongol del siglo XIII, que se extendía desde China y Mongolia hasta las estepas de Ucrania pasando por Asia Central y parte de Oriente Próximo, nos encontramos claramente ante una expresión evidente de 'economía-mundo'. Desde el mar de China hasta el Mediterráneo y el mar Negro, pasando por el océano Índico, las especias y la seda viajaban de la mano de los mercaderes mucho antes de que los portugueses llegaran a Calicut, en un claro ejemplo de globalización medieval. Aunque hay un debate entre los medievalistas actuales sobre si la disciplina puede aplicarse a formaciones políticas extraeuropeas o si debe limitarse al mundo que la alumbró, resulta imposible rechazar el planteamiento del autor. La realidad es que Europa no estaba sola en el mundo y, sobre todo, no estaba aislada. La colonización vikinga de tierras americanas es anecdótica al lado del flujo de intercambios y el movimiento de personas en Eurasia, uniendo dos mundos que se descubrieron mutuamente, en un proceso en el que los europeos no eran los actores fuertes y sufrieron de manera traumática la expansión mongola, que en su camino se anexionó la milenaria Persia y destruyó el califato abbasí de Bagdad antes de causar estragos en Rusia y Polonia. La 'Pax Mongolica' que sucedió a la devastación abrió rutas que compartieron viajeros intrépidos, del mercader veneciano Marco Polo al árabe Ibn Battuta, pasando por los franciscanos Juan de Plano Carpini (representante de la Santa Sede), Guillermo de Rubruck (embajador de Luis IX de Francia) y Odorico de Pordenone. Todos han dejado las primeras descripciones documentadas sobre Asia, señalando semejanzas y diferencias de una realidad nueva y sorprendente que no podían entender del todo. Sin embargo, la globalización no es obra de unos pocos, aunque el Romanticismo exaltara la gesta de los viajeros aislados . La globalización es, simplemente, la manifestación de unos contactos fluidos, manifestados fundamentalmente a través de los intercambios comerciales: el Mediterráneo no era el centro del mundo, era el espacio en el que confluían rutas procedentes del África negra, Etiopía, la India y China, a través de puertas como Alejandría, Venecia o Génova. Con el comercio también se produjo un intercambio cultural, signo de la globalización de su tiempo: el Concilio de Vienne de 1312 estableció que las universidades europeas enseñaran cumano (lengua túrquica), persa y árabe, mientras los 'paños tártaro'» estaban de moda y Bocaccio ambientaba una parte de su Decamerón en China. El colapso del Imperio mongol y la inestabilidad política del Mediterráneo oriental pusieron fin a la globalización euroasiática del 'siglo mongol' (1206-1368), dando paso a un mundo más cerrado . La siguiente globalización la impulsaron los europeos. Sin embargo, es muy útil conocer este precedente en el que Europa era la periferia para recordarnos que no somos (ni nunca fuimos en realidad) el centro del mundo. Ficha Título: 'Las puertas del mundo. Europa y la globalización medieva'l Autor: Paolo Grillo Editorial: Prensas de la Universidad de Zaragoza Año de edición: 2025 Disponible en Prensas UNIZAR Disponible en Unebook (edición digital)
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María Asunción Mateo estuvo en el ojo del huracán a raíz de su matrimonio con Rafael Alberti. Recibió duras críticas de figuras como los escritores Benjamín Prado y Luis García Montero. Durante años guardó silencio sin entrar en polémicas hasta que lo rompió en 'Mi vida con Alberti'. Pero es necesario ver a María Asunción Mateo más allá de su relación con el poeta de la Generación de 1927, a quien conoció en un acto en Baeza en homenaje a Antonio Machado en 1983. Tiene en su haber numerosos estudios sobre lírica y antologías poéticas, y ahora publica su primera novela, con una protagonista femenina que se reinventa a sí misma. —¿Qué le ha motivado a escribir novela? —Esta es mi primera novela publicada, aunque tengo cuatro escritas. Una de ella, 'Las lunas que se han ido', acaba de recibir el premio de narrativa Camilo José Cela de la Diputación de Guadalajara, que recogeré a finales de este mes. El motivo de escribir 'Conquistarás la lluvia' radica en mi pasión por la literatura, por trabajar el idioma, no porque tuviese un argumento planificado. Parecerá sorprendente que la trama fuese surgiendo de forma casi inesperada, a la vez que los personajes iban tomando la palabra y perfilándose sus caracteres. Para un escritor, lo más importante radica en tener sentido del idioma, eso es algo que se tiene o no se tiene, aunque es innegable que el estilo puede mejorar con las lecturas acumuladas a través del tiempo y el corregir una y otra vez lo que ya creías acabado. El idioma me merece mucho respeto, es la herencia más valiosa que tenemos y debemos cuidarlo. pues preserva nuestra identidad, nos conecta con la tradición y nos hermana con nuestro pasado común, con la gente de la calle que lo habla con giros inesperados y sabios que nos ayudan a profundizar en su origen. —¿Cómo le surgió la idea y cómo ha sido el proceso de escritura? —El proceso de creación es muy personal, intransferible y, a veces, como en mi caso, quizás sorprendente. Creo que se ha sublimado o mentido acerca de él. Para mí, escribir es casi mi estado natural, me sumerjo en la trama y puedo seguir haciéndolo mientras la gente me rodea, con música de fondo o sin ella, con el eco de un televisor, en un silencio sepulcral o en una soledad absoluta. —¿En esencia, cómo calificaría a Amira, su protagonista? —Es una prestigiosa novelista habituada al éxito, pero también una mujer demasiado sensible con su entorno y muy exigente consigo misma, que pasa por una grave crisis sentimental y también profesional por el fracaso de su última publicación. Y no encuentra consuelo ni forma alguna de remontar estas dos difíciles situaciones que la hunden en la desesperación hasta que… ¡Bueno, para desvelarlo hay que leer la novela! —¿Hay algo de usted en ella? —Sí, claro, es muy difícil desprenderse totalmente de un personaje al que tú misma has creado. Casi todos acostumbran a tener algún rasgo mío, aunque luego, como tienen vida propia, se independizan y hacen incluso aquello que no me gustaría que hiciesen. De las novelas que tengo escritas, excepto en una, la protagonista es una mujer, algo fácil de entender porque entre nosotras, por muy distintas que seamos, siempre existen puntos de conexión que nos unen y nos hacen comprender lo que la otra está sintiendo, ya que son situaciones similares a la que también hemos vivido, porque el paso del tiempo es nuestra historia. —El título es muy sugerente. ¿Nos remite a que no debemos dejarnos vencer por la adversidad ni los posibles fracasos? —Tiene un sentido muy abierto, pero podría asegurar que casi sin advertirlo esa ha sido mi idea, siempre hay que seguir adelante, por duro que resulte a veces. Todos sabemos que la vida no es fácil ni siempre justa, pero debemos luchar por lo que soñamos y aunque sólo consigas parte de ese sueño, cuando lo logras, ha valido la pena el esfuerzo. No intentarlo sería renunciar de antemano a lo que la vida nos depara y que suele ser siempre algo inesperado en cualquier sentido. —¿Siempre nos podemos reinventar? —Siempre, porque la vida te conduce por caminos insospechados que te hacen cambiar de opinión -que no es cambiar de principios-, comprender algo que nunca entendiste por falta de madurez y reflexionar sobre aquello que te pasó inadvertido y es realmente valioso. En mi caso, si en algún momento de pérdida no hubiera decidido seguir adelante, quizás hubiera renunciado a parte de los momentos más felices de mi vida y nunca hubiera sabido que podrían haber existido. —Combina la primera y la tercera persona… —Sí, acostumbro a hacerlo de forma natural, objetivo una situación -el narrador omnisciente- y poco después me veo totalmente involucrada protagonizando un papel que no había previsto. Creo que ya se ha convertido en una… llamémosle técnica estilística que casi se me impone a través del desarrollo de la novela. El relato tiene una estructura circular de la que fui consciente una vez ya publicada la novela al comparar las últimas frases del comienzo y las del final de la historia. Como verá, parece que improviso y, sin embargo, me acuso de ser demasiado perfeccionista, no dejo de corregir y eso no beneficia mucho la salud mental. —Hay una posición muy crítica con la actual situación de la cultura… —Aunque no es una posición muy original la de mi protagonista, la comparto totalmente ya que está en el ambiente, en la calle, en cualquier lectura o conversación que mantengas. La ideología no debe primar sobre la calidad literaria de una obra para premiarla o no con su publicación. Si lo hacemos, deberíamos borrar muchos nombres de la historia de la literatura universal y en general del arte. Estamos atravesando un momento difícil para expresarnos con la libertad de hace unos años y que se nos acepte disentir con lo establecido. Pero, como ser humano que soy, admito que no me libro de los prejuicios ante determinados autores con los que no comparto su forma de entender el mundo y a sus semejantes. Sin embargo, no los maltrataría, simplemente dejaría que los disfrutaran otros. — En 'Conquistarás la lluvia', con las reflexiones de Amira sobre la novela que está escribiendo, se asoma la metaliteratura… —Sí, suele ocurrirme, el haber sido profesora de lengua y literatura imprime cierto carácter y convierto el acto de escribir en un acto de reflexión sobre la misma escritura… Voy a dar la impresión de que lo hago de forma intencionada y le aseguro que no. Es que me meto espontáneamente en continuos jardines que al intentar atravesarlos pueden intelectualizar el texto más de lo previsto. Pero confío en que esto no obstaculice la lectura, sino que colabore a que el lector se haga nuevos planteamientos. —Ahora que no hace mucho se celebró el Día de la Mujer, ¿está de acuerdo con Amira cuando denuncia que canciones como 'Cómeme el donut' no ayudan precisamente a las reivindicaciones feministas? ¿Cómo ve el feminismo actual? —Por supuesto, las reivindicaciones más justas no están reñidas con el buen gusto y creo que hay que defenderlas desde otra perspectiva, pero no voy a imponer yo las normas. La lucha por el feminismo es algo muy serio y necesario, sinceramente creo que no hay una sola mujer que no sea feminista, tal vez haya que ayudarla descubriéndole actuaciones suyas que no ha valorado lo suficiente. Lo importante es que no sirva de enfrentamiento continuado con los hombres de buena voluntad conscientes del resultado de la educación que han recibido. Y, también, hacer entender a otros que se niegan a aceptar esta realidad que la igualdad de derechos, deberes, oportunidades, obligaciones y respeto mutuo deberían ser inherentes en todas las personas, por encima del sexo al que pertenezcan. —¿Y comparte la admiración de Amira por Nathalie Sarraute? ¿Tiene usted algún novelista de referencia? —Sí, claro, aunque hace muchos años que no he vuelto a releerla. Elegir novelistas clásicos de referencia, de cualquier época, sería interminable en una entrevista, pero la narrativa francesa del XIX me fascina, y también Clarín, la Pardo Bazán , Galdós… Entre los autores españoles contemporáneos, destaco a las mujeres y, aunque es injusto, prefiero no citarlas porque las admiro y valoro tanto que no quiero que ninguna quede fuera de la lista. —¿Se han cerrado las heridas que le ocasionaron los ataques por su relación con Rafael Alberti, que abordó en 'Mi vida con Alberti'? —Las heridas sanan y desaparecen cuando en un mismo ser coinciden en armonía y equilibrio mente y cuerpo. Mientras que las injusticias, las faltas de dignidad y respeto que definen la conducta de determinados seres permanecen para siempre al constar en letra impresa. Y en la Biblioteca Nacional, aunque solo haya un ejemplar de mi libro, éste se conservará siempre para dar fe de lo sucedido.
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El Centro Español de Derechos Reprográficos (CEDRO) ha celebrado este miércoles una rueda de prensa previa a la entrega del Premio CEDRO, que, en su décimo aniversario, reconoce al escritor y periodista Javier Sierra por su contribución a la defensa de los derechos de autor y la cultura escrita. En el encuentro han intervenido Javier Sierra, escritor y Premio CEDRO 2026; Carme Riera, presidenta de CEDRO; y Jorge Corrales, director general de la entidad, quienes han puesto de manifiesto que autores y editores reclaman un movimiento urgente de la administración, basado en liderazgo, coordinación y cumplimiento efectivo de la ley, también en el ámbito de la inteligencia artificial (IA). Los tres han coincidido en que la protección de los derechos de autor no es una cuestión sectorial, sino una decisión política que define el modelo de cultura y de democracia que se quiere construir. La presidenta de CEDRO ha destacado que el galardón reconoce el firme compromiso de Javier Sierra con los derechos de autor: « Javier ha sido un altavoz contra la piratería , ha reclamado el liderazgo de las Administraciones Públicas en el fortalecimiento de la cultura escrita y ha advertido de los desafíos que la IA plantea para los creadores y para el conjunto de la sociedad». Por este motivo, ha subrayado que «diez años después, ese compromiso sigue siendo más necesario que nunca, como estamos viendo con el tema de la IA» y ha recordado que «sin respeto a los derechos de autor, no hay cultura sostenible» . El escritor ha agradecido este galardón y ha explicado que «nos enfrentamos a una lucha épica en dos frentes: por un lado, lograr una gestión material, de alcance planetario, de los derechos de autor, que incluya los usos que la IA hace de nuestros libros. Pero, por otro, contener las amenazas a la originalidad y a la libertad creativa a las que están abocándonos los algoritmos que alimentan esa Inteligencia Artificial. De cómo salgamos de ambos desafíos depende tanto el futuro económico como la solvencia intelectual de la literatura». En este encuentro con los medios, el director general de CEDRO ha advertido de que «la situación de los derechos de autor por la reutilización de los contenidos editoriales no ha mejorado». Según ha explicado, persisten problemas como la piratería del libro y la Prensa, la falta de transparencia en la reutilización de publicaciones en el ámbito educativo y administrativo, la ausencia de información sobre derechos de autor y, ahora, se añade el impacto de la inteligencia artificial en la cultura escrita, una situación originada por «las políticas desequilibradas del 'todo gratis'». Desde CEDRO han valorado positivamente la reciente Declaración en favor de los derechos de autor y la propiedad intelectual aprobada por el Consejo de Ministros. Sin embargo, Corrales ha subrayado que «el reconocimiento no basta si no va acompañado de hechos y de un respeto real y efectivo por parte del sector público». También ha recordado que autores y editores no reclaman nuevos derechos, sino el cumplimiento de la ley vigente, basado en transparencia, autorización y remuneración justa, y ha advertido de que «sin mecanismos reales de cumplimiento, los derechos se convierten en una mera declaración formal». En este sentido, Sierra ha puesto el foco en la gestión de las Bibliotecas. «Muchas trabajan en precario, con escasez de personal y de medios. Y esas carencias se notan también en la ausencia de pagos de los cánones por derechos de autor que son comunes en países de nuestro entorno y que van destinados a compensar a los autores por el préstamo de sus textos. Las Administraciones deben ser conscientes de esos ahogos y dotar como se merece a una de nuestras mejores herramientas culturales». En la sesión se ha recordado que, tal y como recoge el Observatorio de la Sostenibilidad de la Cultura Escrita, el estudio anual impulsado por CEDRO, los principales problemas a los que se enfrentan actualmente autores y editores son el incumplimiento de la Ley de Propiedad Intelectual y la normalización de usos no autorizados —que van desde la piratería y los usos en el ámbito educativo hasta la reutilización de contenidos editoriales por sistemas de inteligencia artificial—, así como la escasez de información sobre los derechos de autor y, especialmente, la falta de liderazgo del sector público en el respeto efectivo de la propiedad intelectual. Por su parte, el escritor galardonado ha insistido en que «el principal problema no es únicamente el robo de contenidos, sino la permisividad institucional que lo hace posible por dejación», y ha pedido una acción coordinada que contribuya a generar una conciencia colectiva sobre lo que implica el acceso a la propiedad intelectual. A pesar de la falta de avances institucionales, Jorge Corrales ha destacado que se están produciendo cambios positivos en la percepción de la ciudadanía. En concreto, ha subrayado que, según el Observatorio, existe una mayor valoración de la cultura escrita, una creciente desconfianza hacia las grandes tecnológicas y una demanda clara de liderazgo público para reforzar los derechos vinculados a la cultura escrita. Un consenso social que, ha insistido, legitima la acción pública para fortalecer el sector editorial y avanzar en su sostenibilidad. Asimismo, ha añadido que «mientras la sociedad está revisando valores y hábitos para cuidar mejor de sus creadores, otros colectivos siguen operando con modelos y lógicas del pasado». Javier Sierra ha apuntado que «proteger los derechos de autor no es solo una cuestión que afecta a los creadores actuales, sino también una responsabilidad con los autores del futuro». Sobre el impacto de la inteligencia artificial en la creación, se ha advertido de que, bajo el paraguas de la inteligencia artificial, se están legitimando usos masivos de contenidos protegidos sin autorización ni compensación. En consecuencia, tanto desde CEDRO como Javier Sierra han solicitado «una inteligencia artificial ética, transparente en cuanto al uso de las obras para su entrenamiento y desarrollo y una remuneración justa para los creadores de las obras que se utilizan en estos programas informáticos». Y han apuntado como modelos a seguir los liderados por Noruega, Países Bajos, Suecia y Francia. El director general de CEDRO ha señalado que en el entorno digital se ha extendido la falsa idea de que los contenidos culturales son gratuitos, lo que pone en riesgo la sostenibilidad de la creación. Esta situación, ha manifestado, «se agrava con prácticas que eluden el pago de derechos y con el desarrollo de la inteligencia artificial, que reutiliza contenidos sin transparencia ni normas claras, provocando una pérdida real de derechos para los creadores».
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El riesgo va en el cargo para Javier Chicote . Como jefe de investigación del diario ABC se ha sentado a la mesa con políticos corruptos, mafiosos, promotores viciosos… y cualquiera que le haya podido facilitar la pieza clave de un nuevo reportaje. «No he sentido miedo nunca. Si no quieres quemarte, no te hagas bombero», explica. Lo que sí le dio un poco más de respeto fue embarcarse en el mundo de la ficción. El juicio del público, a menudo más implacable que el de los tribunales. Fiel a su impulso de superarse, presenta estos días 'Demonios bajo la cama' (HarperCollins), una novela en la narra uno de los casos de corrupción que todavía no ha publicado en los medios, pero que necesitaba contar a sus lectores… de otra forma. —¿Qué tal su primer acercamiento a la novela? —Era algo que no tenía pensado hacer... quizá solo cuando fuese mucho más mayor. En principio, cuando la editorial se puso en contacto conmigo, rechacé la propuesta, pero en casa me empezaron a surgir escenas que había vivido y entendí que eran perfectas para una novela. Gracias a mi trabajo he tenido experiencias vitales que otros no han tenido. Soy una persona que se sienta con narcotraficantes, con políticos corruptos… Al final vi que tenía sentido contárselo a los lectores. —Afirma que el de su novela es un caso real, pero ficcionado. —Aunque con algunos matices, el caso de corrupción que cuento es real y está probado; hasta los diálogos son literales. En su momento no pude darlo a conocer por diferentes motivos; el principal, que legalmente era muy delicado. Tenía testimonios, pero faltaban algunas piezas. A pesar de ello, confío en poder publicarlo en el futuro. También es cierto que hacerlo a través de una novela es mucho más fácil porque nadie se va a querellar y, si un político se siente señalado, no sería muy inteligente por su parte levantar la mano e inculparse. —En la novela habla de un partido, el Socialdemócrata, que ha tenido que pactar con otro más a la izquierda para gobernar. ¿Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia? —He cambiado los nombres después de hablar con la editorial, pero creo que no hace falta decir qué partidos son. Y lo mismo pasa con el Partido Liberal Conservador. Es un libro que está muy pegado a la actualidad y que se basa en hechos reales. Cuando narro la corrupción en el Ministerio de Fomento , por ejemplo, es porque me lo desvelaron a mí. Y pasa lo mismo con los personajes. El 'Pollo', Fran Melquíades, está creado a partir de dos personas que conocí durante la investigación. —Entiendo que tampoco hace falta decir cuál es la famosa empresa de supermercados Mercatón. —No me voy a esconder. Los nombres están escogidos a propósito. Todo en la novela existe y es real. —¿Hasta qué punto está podrido el mundo de la política? —Siempre creí que una sociedad avanzada es menos corrupta. La lógica dicta que es uno de los síntomas de maduración democrática. Pero me equivoqué en ese diagnóstico. Si ves lo que se está juzgando ahora –prostitutas, pagos en metálico...– te tienes que alarmar y asumir que la corrupción no va a desaparecer. Hay una máxima en el proceso de investigación: 'follow the money' ('sigue el dinero'). Ahí aparece todo. —¿Cuánta corrupción puede aguantar un país antes de dejar de mirar para otro lado? —España está aguantando muchísimo. Nos olvidamos de que es probable que sienten en el banquillo a la mujer del Presidente del Gobierno , de Tito Berni… Siempre digo que esto ha superado el umbral del dolor. Esa es la virtud de Pedro Sánchez: a base de escándalos, ha logrado que la sociedad esté anestesiada. —Mateo, que es periodista, tiene demonios bajo la cama. ¿Usted también? —Mateo no soy yo. De hecho, para alejarme de él le hice del Real Madrid, que eso es algo que yo no podría ser jamás [ríe]. En cuanto a los demonios… yo tengo más. Mi padre quería que estudiase Económicas y trabajase en la pequeña fábrica familiar, pero me enfrenté a él y conseguí ser periodista. Desde que murió me gustaría decirle que no se me da mal lo que hago, pero no puedo. Es algo que llevo clavado y que me recuerda ese demonio que hay debajo de mi cama. —¿Qué hay de espía en el trabajo de un periodista de investigación? —Se parecen, pero hay una diferencia: nosotros investigamos, pero no porque un cliente nos lo encargue. Sí que tenemos ciertos métodos similares, pero la clave es conseguir siempre la información de forma lícita. Sin engañar, sin presionar, sin amenazar… —Mateo vive momentos muy tensos. ¿Ha pasado miedo durante una investigación? —Nunca, y eso que he tenido enemigos poderosos. Me han hecho informes de Hacienda en la etapa de Montoro; me han puesto querellas; me han señalado Alvise y Podemos… pero no vivo con miedo. En la universidad suelo decir que, si te da miedo el fuego, no te metas a bombero. Los periodistas de investigación nos enfrentamos a gente poderosa, con pocos escrúpulos y que pueden hacernos daños, pero es nuestro trabajo. Si estuviera en Colombia o en Rusia me matarían por ello; aquí, es un detalle, no lo hacen. Lo que sí procuro es que mi familia esté a salvo. Si alguien se acercara a ellos me generaría muchísima furia. Esa es mi línea roja. —Pero le habrán amenazado... —¡Claro! El comisario Villarejo está muy enfadado conmigo porque hablo con libertad en las tertulias y me ha enseñado los dientes. Y a nivel físico, otro tanto. Una vez, en el barrio del Príncipe de Ceuta, un chaval nos intentó apuñalar a un cámara y a mí. Aunque el momento de mayor tensión fue cuando un guardia de seguridad de República Dominicana nos apuntó con un fusil de asalto.
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No es que realmente le hiciera falta, porque de Lope se cuentan un buen porrón de comedias seguras (más de 300) y un sinfín de atribuciones (hasta 1800 según su amigo Pérez de Montalbán), pero ya cuenta con una más con todos los sacramentos: efectivamente, 'La esclava de su hijo' «es de Lope», como se decía en su tiempo. Este bombazo es obra y arte de Daniele Crivellari, profesor de literatura española en la Universidad de Salerno (Italia) y —vicios de cada uno— gran experto de los manuscritos lopescos, que ya había redescubierto la comedia ' Barlaán y Josafat ' (editada en Cátedra, 2021) y sigue empeñado en recuperar la obra del Fénix de la mejor manera posible para el lector de hoy. Como en las mejores historias, todo parte de un trabajo minucioso y riguroso que —con una pizca de casualidad— hace saltar la liebre, pese a que 'La esclava de su hijo' vivía en el infierno de las piezas «que no son de Lope»: de hecho, casi nadie le prestaba atención, porque se había visto condenada al olvido por las dudas que planteaba el porcentaje de la forma métrica del romance frente a la práctica habitual de Lope en el clásico trabajo de Morley y Bruerton (1968). Por si fuera poco, la edición que se conoce de Cotarelo y Mori es un desastre: procede de una copia del manuscrito conservado en Parma que un profesor de sánscrito (el italiano Emilio Teza) manda a don Marcelino Menéndez Pelayo, con toda una serie de descuidos, errores y lagunas. Luego, la dinámica había hecho el resto, hasta que Crivellari ha repasado la historia desde el inicio y ha ido uniendo todas las piezas. Ya se sabía que 'La esclava de su hijo' constaba en la segunda lista de comedias lopescas de 'El peregrino en su patria' (1618), a lo que el intrépido detective añade varias razones de las buenas: para empezar, recuerda que el resto de tendencias estróficas es coherente con la práctica de Lope y, después, la consulta 'in situ' del manuscrito 'parmigiano' le permite recuperar cuatro pasajes perdidos («Demonios sois las mujeres», «se debe respequeteo», «Desenfedro / de la negra galería» y «Sasté, bícaro y niranja») que siempre pertenecen a intervenciones del gracioso, con su dosis de comicidad e ingenio. A la recuperación se suma una explicación perfecta, pues —salvo el primer ejemplo— se trata de neologismos juguetones: «respequetear» es una variante jocosa de «respetar», «desenfedrar» es un sinónimo de «desenvainar» de origen italiano (de «fodero») y, por fin, se trata de un parlamento melindroso que viene a decir «vuesa merced, búcaro y naranja», con un cambio vocálico que ridiculiza a una dama remilgada. Estas lecturas inéditas son —en palabras de mi colega— «marcas de identidad estilísticas y léxicas» que sustentan la paternidad lopesca. Pero es que, además, Crivellari riza el rizo y hasta desmonta el obstáculo del romance poco lopesco en la comedia con tres razones como tres soles: el empleo similar de este metro en 'El hijo Venturoso' (parcialmente basada en el mismo argumento), el léxico de los fragmentos y el empleo de las rimas asonantes en los romances de 'La esclava de su hijo' en diálogo con otros textos lopescos y, finalmente, la estructura de la comedia (construcción y equilibrios estróficos). Pues bien, ¿cómo ha logrado Crivellari hacer todo esto? La respuesta sencilla es con mucho conocimiento y sentido común (que a veces es el menos común de los sentidos), pero la detallada tiene algo más de jugo: Crivellari se ha servido de distintas bases de datos (ARTELOPE, CORDE, TEXO, TEXORO y alguna más) para consultas valiéndose de los adelantos más modernos, al tiempo que ha hecho también labor de hormiga revisando con lupa el manuscrito y explicando como un orfebre de la filología todas las cuestiones con pasajes paralelos y otras técnicas, gracias a su —como se diría ahora— 'expertise' sobre el teatro de Lope. Solamente la combinación de distintos métodos y diferentes perspectivas para ofrecer un análisis a 360º que tenga en cuenta todos los factores presentes en una comedia del Siglo de Oro. Para el curioso que quiera saber más, todo esto lo cuenta con lujo de detalles Crivellari en dos entregas con el significativo título de «En busca del hijo perdido: a propósito de una comedia novelesca atribuida a Lope», publicadas respectivamente en el libro 'Mundos novelescos en el teatro del Siglo de Oro' (Peter Lang, 2025) y en el 'Anuario Lope de Vega' (32, 2026, pp. 363-392). Sí, oigan, Lope es un universo tan rico que cuenta con una revista toda para él. Que, por cierto, este es otro mundo de la academia que merece capítulo aparte. En tiempos de furor por las técnicas digitales (estilometría, IA y demás cosicosas), el trabajo de Crivellari demuestra que todas estas novedades son una herramienta más, ciertamente con gran potencial que hay que tratar de aprovechar, pero no la panacea absoluta que deja atrás la filología clásica: lo ideal, como casi siempre, es tratar de moverse en equilibrio entre la tradición y la vanguardia. Lope, padre del 'Arte nuevo' que hizo saltar por los aires la fórmula teatral del siglo XVII , sin duda estaría de acuerdo. Y contento, porque ha recuperado una comedia que se había perdido por los pliegues del tiempo: gracias, pues, le sean dadas a don Daniele. ¡Y viva Lope de Vega!
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Hace tiempo que Jonathan Haidt es uno de esos nombres que se citan cuando alguien se pone nostálgico con la vida antes de Instagram o TikTok. En 'La generación ansiosa' (2024), este psicólogo social denunció cómo las redes sociales estaban minando la salud mental de los jóvenes, además de su atención. El libro se convirtió en un 'best seller', y anticipó el movimiento político de restricción de acceso a las redes a los menores de dieciséis años, una medida que él espera que se convierta en global. Ahora, Haidt reedita en España su primer ensayo, 'La hipótesis de la felicidad' (Deusto, como el resto de su obra), que cumple veinte años. También señala a su nuevo enemigo: la inteligencia artificial. «Tal vez no sea compatible con la democracia liberal», señala al otro lado de la pantalla. —Han pasado veinte años… ¿Cómo ve hoy 'La hipótesis de la felicidad'? —Bueno, es el libro de un hombre mucho más joven [sonríe]. Volví a él hace unos meses y me alegró mucho descubrir que prácticamente todo sigue teniendo sentido: por suerte, la sabiduría antigua no ha perdido relevancia; si acaso, se ha vuelto aún más relevante... Lo que más ha calado del libro es la idea de que la mente está dividida en dos partes que a veces entran en conflicto: eso ayudó a muchas personas a entender por qué hacían estupideces, por qué cometían ciertos errores. —Se ha citado mucho su metáfora del jinete y el elefante: todos llevamos dentro un jinete racional que intenta guiar a un elefante emocional de seis toneladas. —La metáfora surgió de mis propios errores, de mis estupideces, sobre todo en el amor: mi cabeza y mi corazón no estaban de acuerdo... Esa es la contribución más duradera del libro: ayudar a la gente a entender la tensión entre el jinete y el elefante. Y eso también puede aplicarse a la sociedad. —Al final del libro, ya advertía sobre los peligros de la polarización, de demonizar al adversario político… Eso tampoco ha caducado. —Es que ya en 2005 era fácil ver las señales de una polarización creciente en Estados Unidos. Ya se podía intuir que cuando un bando odia al otro, está dispuesto a saltarse la ley, a hacer cosas ilegales, porque el fin justifica los medios. Esto ha empeorado tanto que Estados Unidos corre el riesgo de colapsar, que es el destino de muchas democracias: colapsar por conflictos internos. Ahora ese es el riesgo. —Le cito: «Dado que la guerra cultural es ante todo ideológica, ambos bandos recurren al mito del mal absoluto. No se puede reconocer una parte de razón en el adversario sin incurrir en un delito de alta traición». —Así es. Y esto lo escribí cuando estaban surgiendo las redes sociales: la mayoría de la gente aún no las usaba; yo tampoco. Las redes sociales lo han empeorado todo muchísimo. Porque ahora cualquier gesto de reconocer virtudes en el bando contrario es atacado de inmediato y de forma masiva. Y esa es una de las razones por las que soy tan crítico con las redes: es muy evidente lo que han hecho a la democracia y lo que están haciendo a la salud mental. —Hablemos de las redes sociales y la democracia, entonces. —Las cosas están mucho peor que en 2022. El segundo mandato de Donald Trump es aterrador para cualquiera que se preocupe por las normas de la democracia liberal y la separación de poderes en Estados Unidos. Todo está cambiando tan rápido que quizá no pueda escribir un libro sobre ello. Ahora estoy trabajando en un artículo para 'The Atlantic' sobre cómo la inteligencia artificial puede que sea incompatible con la democracia liberal. La IA dificulta la supervivencia de la democracia liberal. —¿Por qué? —Porque la democracia es una conversación que requiere varias cosas. Requiere educación y una realidad compartida: la gente tiene que poder hablar de lo que está ocurriendo y tiene que poder debatir y discutir. Pero eso va a ser muy difícil en el futuro, porque la inteligencia artificial nos está volviendo a todos mucho más ignorantes, especialmente a los jóvenes. Es muy difícil aprender nada cuando puedes preguntárselo todo a la IA. La lectura está cayendo en picado: los libros no van a ser muy importantes en el futuro. No vamos a tener un electorado educado y alfabetizado en Estados Unidos. Ese es un problema. El otro es la realidad compartida. Cuando ocurrieron los atentados del 11 de septiembre, todos entendimos que habíamos sido atacados por Al Qaeda. Si eso ocurriera hoy, no lo entenderíamos así. Cada uno tendría su propia teoría. Y con la IA su propio vídeo. —Muchas de esas teorías y bulos se fabrican desde la política. —Hay una frase famosa de uno de los asesores de Donald Trump en 2016. Le preguntaron: «¿Cómo van a lidiar con los medios?». Y respondió: «Vamos a inundarlo todo de mierda». El plan era lanzar tal cantidad de basura que lo saturara todo. Ahora la IA permite a cualquiera generar una cantidad infinita de basura de altísima calidad. Y esto va a ir a peor, porque ahora están llegando los agentes de IA, mucho más poderosos. Todo el mundo podrá dar instrucciones como: «Ve y destruye a mi enemigo», o «ve y derriba la red eléctrica de este país», o «crea un virus para mí». Eso va a traer un nivel de caos que será muy difícil de controlar para las democracias. —¿Tiene la sensación de que estamos repitiendo con la IA los mismos errores que cometimos con las redes sociales? —Sí, especialmente en lo que respecta a los niños. Y los estamos cometiendo más rápido. Las redes sociales aparecieron hacia 2003, y fue en 2008 cuando empezamos a permitir el acceso a los niños: para 2012 ya se habían apoderado de la vida social infantil. Ahora, con la inteligencia artificial, apenas llevamos tres años y ya las empresas la están introduciendo en las escuelas. Piensan que, como la IA es el futuro, hay que empezar cuanto antes. Lo que no entienden es que cuanto antes expones a los niños a la IA, antes dejan de pensar, de leer, de aprender. Es lo que muestran los estudios. —En 'La generación ansiosa' denunció cómo las redes sociales estaban empeorando la salud mental de las generaciones jóvenes. Se publicó en 2024 y se convirtió en un 'best seller'. Algunos investigadores lo han criticado porque la correlación entre los problemas de salud mental y las redes sociales no implica causalidad. —Bueno, eso es cierto. Y por eso tenemos que fijarnos en otros tipos de evidencias. De hecho, muy recientemente, Zachary Rausch y yo hemos publicado un artículo de revisión en el que enumeramos siete tipos distintos de evidencias sobre este asunto, y solo uno de ellos es correlacional. Los únicos dos grupos que realmente saben lo que está pasando son los propios jóvenes, porque están directamente implicados, y las empresas tecnológicas. El hecho de que los jóvenes digan que les está perjudicando es una evidencia de causalidad, no de correlación. Meta, por ejemplo, también sabe lo que está pasando: tiene los mejores datos. Ellos mismos dicen que están perjudicando a la gente. Tenemos cientos de testimonios internos, decenas de estudios. Además, tenemos estudios longitudinales, en los que se observa la evolución a lo largo del tiempo. Y luego están los experimentos. Hay decenas de experimentos con adultos, especialmente con universitarios, que muestran que si dejas las redes sociales durante al menos una semana, tu salud mental mejora. Uno de esos estudios lo hizo Meta, por cierto. ¿Qué más se necesita? —Ahora parece que los países están empezando a legislar para proteger a los menores de las redes sociales. ¿Nos estamos moviendo en la dirección correcta? —Sí, la prohición de las redes sociales a los menores de 16 años se está convirtiendo en una norma global. Cuando Australia aprobó su ley el 10 de diciembre, hubo una gran cobertura en todo el mundo. Y gran parte de esa cobertura incluía a gente diciendo: «¿Por qué no podemos hacer eso en nuestro país? Ojalá pudiéramos hacerlo aquí». Y cuando los políticos vieron que todo el mundo estaba a favor, empezaron a actuar. Cualquier país civilizado establece límites de edad para productos de consumo que son adictivos o que exponen a los niños a pornografía extrema o a violencia extrema y real. Pero hasta ahora, ningún país lo había hecho en internet. Cualquier niño podía acceder a todo. Por fin eso está empezando a cambiar. —¿Cree que el daño es reversible? —Para los niños que ahora tienen veintitantos años será muy difícil. Para los niños que aún no han llegado a la pubertad, sí, es completamente reversible. Si revertimos la infancia basada en el teléfono móvil, si devolvemos a los niños una infancia en el mundo real con mucha independencia y juego, entonces estarán bien. —¿Y los de veintitantos? ¿Son una generación perdida? —Creo que podemos hablar de una generación mermada. Durante gran parte del siglo XX, el coeficiente intelectual fue aumentando. Luego empezó a estabilizarse. Y ahora hay indicios de que está bajando entre la gente más joven. Es algo completamente nuevo. Solo hay unos pocos años de datos y no estamos seguros del todo, pero hay señales de que el CI está descendiendo. Sabemos también que los resultados en PISA están bajando. No en todos los países, pero sí en promedio. Y la caída es especialmente pronunciada entre los peores estudiantes, el 50% inferior en rendimiento académico. Son los más afectados. Así que sí: las personas nacidas en el mundo desarrollado después de 1996 están mermadas. —Usted ha señalado siempre a las empresas como principales responsables de esta crisis. —Es que estamos hablando de productos de consumo diseñado para generar adicción. Un producto para el que, según los propios creadores, los controles parentales no funcionan realmente, que la mayoría de la gente no los usa, y que cuando se intentan usar, no funcionan bien. Estamos ante un producto de consumo que ha dañado literalmente a millones de niños. Cualquier otro producto habría sido prohibido, retirado del mercado, y los fabricantes habrían sido demandados. Pero durante 20 años nadie pudo tocarlos: en Estados Unidos tenían protección legal. Ahora, por primera vez, los abogados han encontrado una vía para sortear esa protección legal, centrándose en el diseño del producto, no en el contenido. Cuando se mira el número de personas afectadas, el número de personas dañadas, estamos hablando de entre un 10% y un 30% de todos los jóvenes. Eso son decenas de millones de personas. Es una cifra mayor que todos los accidentes industriales de todos los países del mundo a lo largo de toda la historia. Las redes sociales han dañado a más jóvenes que todos los accidentes industriales de la historia combinados.
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El escritor mexicano Gonzalo Celorio ve reconocida su trayectoria profesional con la entrega del Premio Cervantes de Literatura y Lengua Castellana. Sus Majestades los Reyes y el ministro de Cultura entregan el galardón.
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El Gobierno ha revelado este jueves que está estudiando imponer un pago de gastos de envío en la compra online de libros. El ministro de Cultura, Ernest Urtasun, ha anunciado este avance coincidiendo con el Día del Libro para reflotar el negocio de las pequeñas librerías ante la subida de ventas por internet. «Estamos analizando algunas políticas como las de otros países como hacer obligatorios los gastos de envío en el caso de la compra de libros online y así favorecer que sea más beneficioso irte a la librería de barrio», ha dicho Urtasun en una entrevista en la Cadena Ser. Urtasun ha reconocido que cada vez hay más compras online a través de plataformas y a pesar de que el mercado de ventas ha aumentado, la cuota de las librerías independientes se ha reducido. El Gobierno ofrece subvención a estos comercios con ayudas directas para fomentar la lectura. Entre los requisitos que se piden es que sean pequeñas PYME sin más de siete establecimientos abiertos al público, más del 60% de la facturación tiene que prodecer de la venta de libros y que el establecimiento esté dado de alta y en funcionamiento antes de las convocatorias que se publican en BOE. Normalmente, el Ministerio de Cultura cubre hasta un 80% del coste del proyecto. El titular de Cultura ha remarcado que la compra de los libros en este tipo comercios «nunca equivale a la compra online porque hay una experiencia única; te dejas aconsejar, discutir con tu librero de confianza porque siempre te va a saber orientar». Para ello, están estudiando implementar gastos de envío cuando se compran libros online, un «menú de políticas» para hacer frente a este fénomeno de consumo. Urtasun ha subrayado que hay «miles y miles de librerías pequeñas que están por todo el país y que son centros culturales que hay que perservar». Además, ha desmitificado tópicos de lectura asegurando que la franja de edad que más lee es la que va de los 14 a los 24 años. «En este país leen sobre todo las mujeres y los jóvenes», ha afirmado.