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Existe un notorio pasado en el día a día del presente, un 'déjà vu' constante. Artistas pop como Sabrina Carpenter personifican estéticas pasadas como las 'pin up girls' de los 50, Maggie O'Farrell escribe pensando en el renacimiento inglés y las pantallas explotan las historias de Jane Austen y las Brontë . Ante la sobreestimulación frenética e inmortal que contagian las redes, buscamos la escapatoria en lo analógico, donde objetos físicos y tangibles como los cuadernos de verano para adultos resurgen con el fin de saciar la sed contemporánea de desconexión digital. En ese tsunami retro, hay un cambio entre los cuadernos que hacíamos de pequeños y los que encontramos hoy. El modelo de consumo que empaqueta nuestra memoria ha mutado, lo que antes era simple y barato es ahora un cuaderno de diseño con ilustraciones de autor. Han pasado de ser la solución para que el profe entienda la letra a un símbolo de estatus estival . Generalmente, estos cuadernos veraniegos para adultos son un reciclaje de referencias de la cultura popular, tal y como son los primeros , los de Blackie Books , que llevan ya 15 volúmenes. Daniel López, junto con el ilustrador Cristóbal Fortúnez, creó el famoso pasatiempo con la motivación de «hacer algo en lo que una persona pudiese meter la cabeza y no sacarla durante horas, que fuese una especie de recopilación de curiosidades y datos para descansar de la esclavitud de nuestro tiempo: las pantallas». Sin embargo, hay un gran repertorio de temáticas presentes en los cuadernos de verano. Las teorías de Fredric Jameson ('El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado') , uno de los teóricos culturales más estudiados, explican cómo ahora se engullen e imitan ideas pasadas, derivando en una pérdida del sentido de la historia como avance y renovación ante la superficialidad del presente. De ahí que toda la cultura que consumimos peque de nostálgica. Por eso también hay cuadernos como 'Murdoku' (Temas de Hoy) para los que viven en las novelas de Agatha Christie. «Solo cinco minutos para aprender las normas y, de repente, estamos en una escena de crimen resolviendo un asesinato», explica Manuel Garand, su autor. Argumenta que «una de las grandes virtudes de 'Murdoku' es su capacidad para atraer a todo tipo de lectores. Incluye desde retos sencillos hasta enigmas más complejos». En ese mismo mar nada 'El crimen del verano 2' (Plaza & Janés) de Modesto García, cuyos acertijos para encontrar al asesino del crimen suceden en las vacaciones. Según el creador, «las vacaciones suelen reunir a muchísima gente: en la playa, la piscina o las discotecas. Ese tipo de escenarios son perfectos para plantear un gran crimen con más de cien sospechosos». Entre toda esta reproducción nostálgica, hay lugar para los nuevos planteamientos, tal y como sucede con el 'Machomorfosis, cuaderno de pasatiempos para dejar de ser un capullo' (Oberon) de Brush Willis. «Había una conversación social y cultural muy presente alrededor de las masculinidades, los estereotipos y determinados comportamientos que durante mucho tiempo se han dado por normales», dice el autor. Aparte de eso, las exigencias del mundo actual también llevan a parodias como las que hace 'Señoras con wifi' (Autoeditado). «Es una alternancia entre estar a la última y reconectarse con el pasado», explica Eloy Fernández, crítico cultural . Mediante lo que él llama «el canon del presente», detalla que «no es un fenómeno estrictamente contemporáneo». Para ejemplificarlo, el crítico se remite a la Historia del Arte, pues «los ropajes que llevaban los personajes de las pinturas de Caspar David Friedrich bebían de tiempos anteriores». Por eso mismo, está claro que los cuadernos son «un refugio , porque permiten un momento para repensar cuál ha sido la producción cultural de los últimos tiempos», amplía Eloy. Sin embargo, rechaza la idealización de la niñez que puede denotar dicho producto, ya que «para muchos ha sido gris y mala, no existe deseo alguno de volver a ella», por eso mismo, « lo que nos conecta con la infancia es el formato de los cuadernos », resume. «Estos pasatiempos también se pueden entender como una manifestación más de la adicción al trabajo, del terror al vacío de no hacer nada », prosigue el crítico cultural. Y es que, en una época en la que la necesidad de producción constante está muy latente, rellenar estos cuadernos puede dar una sensación de logro cumplido. «No solo está basado en los cuadernos infantiles como las caligrafías, sino que también se puede remitir a otras modalidades periodísticas como pueden ser las revistas y sus cuestionarios y pasatiempos cultos», así lo enlaza Eloy. Después del verano viene el otoño, llega el invierno y, cuando el 31 de diciembre está al acecho, artículos con listas de lo mejor del año saturan la prensa, por no olvidarnos del epitomizado 'Spotify wrapped' . Ante ello, Eloy afirma que «necesitamos reconsiderar qué ha pasado en el sistema cultural contemporáneo, uno que no se va a parar, que va a arrasar con el que no se mueva lo bastante rápido».
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En un rincón de la memoria colectiva de los años noventa, entre piscinas de bolas, cintas de VHS y memorabilia de quiosco, se encuentra el universo de Carlota Visier (Cuenca, 1993). Editora de profesión y militante de la nostalgia como herramienta creativa, Visier acaba de publicar 'Hija única' (Temas de hoy), su debut en la narrativa. Lejos de la estructura lineal y rígida de las novelas de iniciación convencionales, su obra se despliega como un gabinete de curiosidades, una exploración fragmentaria donde los recuerdos no se narran de forma pasiva, sino que se desentierran como fósiles de plástico y color. La novela sigue los pasos de Irasema, una niña que vive dentro del Party Fan, el parque de ocio infantil regentado por su madre en Cuenca. En ese laberinto de toboganes y redes, la protagonista aprende a negociar la delgada línea que separa la socialización forzada de una intimidad radicalmente solitaria. Esa reclusión interior viene marcada, además, por una atmósfera de fatalismo doméstico. La novela se abre bajo el peso de una profecía que una vidente le hizo a la madre de la protagonista desde el comienzo: se mudaría de ciudad, se casaría pronto, tendría una sola hija y moriría joven. La sentencia sella el destino de Irasema mucho antes de nacer. Como hija única diseñada para serlo, aprende desde muy temprana edad a descodificar las ansiedades de los adultos mientras se refugia en universos propios construidos a través del dibujo, la literatura y los videojuegos de cartucho. Visier transforma este espacio en un escenario magnético donde la madurez se impone como una responsabilidad temprana, mucho antes de que se agote el tiempo de juego. Para entender el armazón formal de 'Hija única' es necesario comprender la propia herencia de la autora, quien no se considera una escritora al uso: «Vengo de una genealogía real de «cosistas», de personas incapaces de tirar cosas por el apego que tienen hacia cualquier objeto, por insignificante que sea». Este síndrome de Diógenes sentimental se traduce en rituales domésticos; la autora atesora una caja de latón con cerca de veinte gafas que pertenecieron a sus abuelos, abarcando modelos desde la década de los sesenta hasta el año 2015. «A veces la abro y me las pruebo, como una especie de ritual», comenta de manera risueña. «Tanto mi madre como yo hemos ido archivando gran parte de mi vida, supongo que por la dificultad de dejar atrás el pasado». Visier manipula la veracidad de estos archivos: mezcla elementos reales con documentos intervenidos o creados por ella misma en la actualidad, difuminando deliberadamente las fronteras entre la realidad y la ficción. «Elijo el fragmento porque permite imaginar, ya que no da una versión total de las cosas y propone una lectura muy activa», reflexiona. Para ella, el recuerdo de la infancia es, por naturaleza, una escena nítida pero desgajada de su contexto: un estribillo de la canción del verano, un viaje en coche, un color brillante. El vacío que queda entre esos fragmentos es el espacio donde el lector debe intervenir. Escribir una novela sobre la infancia siendo, a la vez, una editora curtida en el panorama independiente –Visier capitanea Ediciones Comisura– es un ejercicio de funambulismo psicológico. El exceso de lecturas y la deformación profesional pueden convertirse en un mecanismo de censura interna antes de que la primera línea toque el papel. «Es muy difícil saber hasta dónde llega la escritora y dónde empieza la editora. Yo creo que escribo como editora y edito como escritora. Pero a veces el conocimiento es una piedra en contra; te bloqueas pensando que esto ya lo ha trabajado otra persona, o lees un texto increíble que llega a la editorial y te dices: 'Estoy escribiendo una mierda'. En el ámbito creativo, a veces se vive mejor desde la ignorancia». Esa misma meticulosidad se traslada a la arquitectura de las relaciones humanas dentro de la novela, especialmente en el vínculo incandescente entre Irasema y su madre. Para Visier, este lazo estrecho y exclusivo es el núcleo central de la experiencia de ser hija única, un territorio donde el afecto y la vigilancia se confunden. «Existe una conexión de protección y de control que es muy inherente a las madres», medita la autora. «En las páginas se respira esa tensión constante: ¿dónde está el límite exacto entre el amor incondicional, el control absoluto y lo que una madre proyecta en la personalidad de su hija?». Al romper con la linealidad y apostar por una voz infantil, Visier sabía que estaba desafiando uno de los grandes tabúes del canon literario tradicional, un sector que a menudo mira con recelo o condescendencia las narrativas articuladas desde la mirada de un menor. «Los narradores en voz de niño se suelen considerar literatura menor, algo no del todo serio», explica la autora. «La crítica a veces castiga estas obras tildándolas de inverosímiles, argumentando que un niño jamás hablaría de esa forma. Pero se equivocan de premisa: si de verdad reflejáramos cómo piensa y escribe un niño real, el texto no duraría ni cuatro líneas; estaría lleno de tachaduras, faltas de ortografía y sucesos completamente banales. Esto es ficción, y para eso existe un pacto con el lector. Hay algo en la vulnerabilidad de la mirada infantil que pone el dedo en la llaga de mucha gente». Esa emancipación formal dio paso al hecho de que encontrarse con un objeto en la novela se siente de manera idéntica a cuando un jugador encuentra un ítem especial en un videojuego y decide ir al menú de pausa para inspeccionarlo mejor. No es una coincidencia, pues la propia Visier reconoce la profunda huella que dejaron en su educación sentimental títulos como 'The Legend of Zelda: Ocarina of Time' o 'Super Smash Bros.': «Para mí era muy importante no perder la conexión con el videojuego y con la niña que fui», explica; «yo crecí con la Nintendo 64 y los videojuegos me han influenciado al mismo nivel que el cine o la literatura», explica la autora. 'Hija única' se detiene en las responsabilidades tempranas que la mirada adulta suele pasar por alto. Llevar gafas desde la niñez se convierte en una metáfora de la madurez impuesta: «Ser una niña con gafas es, en sí, una categoría», escribe Visier. «Implica prever peligros constantes: el miedo al balonazo, a perderlas en un cumpleaños o a que acaben en el fondo de una piscina de bolas del Party Fan. Si algo ocurre con ellas, la culpa recae sobre la espalda de la niña, alterando incluso las dinámicas de recompensa familiares». Esta hipervigilancia es habitual en los hijos únicos, habituados desde edades tempranas a convivir de forma directa con los problemas, las multas y las ansiedades del mundo de los adultos, sacrificando parte de la ligereza infantil. Sin embargo, Visier introduce un giro luminoso que distancia su obra de las narrativas tradicionales de la vulnerabilidad o del 'coming of age' traumático. A través de Irasema, la autora explora el despertar de la sexualidad 'queer' en una infancia de provincias sin recurrir a la tragedia punitiva que ha caracterizado históricamente a la literatura y el cine de temática lésbica. El primer beso de la protagonista con una monitora del parque se narra desde la ternura, el color y el juego, capturado a través de una fotografía ficticia que reescribe el pasado. «Quería lanzar un mensaje positivo a todas las niñas de provincia que puedan sentirse así». Con este debut, Visier nos demuestra que, cuando la realidad desmantela los refugios de la niñez, siempre nos quedará la ficción para abrir el menú de pausa, alterar el destino de los recuerdos y decidir, contra todo pronóstico, que la historia termine bien.
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«Eres la primera escritora que ha aceptado venir al pueblo». Esta frase, pronunciada por la bibliotecaria del pequeño municipio toledano de La Puebla de Almoradiel, supuso un cambio total en la trayectoria de la escritora Maribel Medina . Había tardado dos años en aceptar la invitación. Como tantos otros autores, había rechazado acudir por una razón tan sencilla como incómoda: era un pueblo pequeño y llegar hasta allí resultaba complicado. «Yo también había sido parte del problema», reconoce ahora. Lo que encontró al llegar desmontó todos sus prejuicios. Un salón de actos lleno de estudiantes que habían leído sus novelas, clubes de lectura de varios municipios reunidos para hablar de sus libros y vecinos que llevaban semanas esperando la visita de una escritora. Aquella experiencia le hizo preguntarse por qué la literatura apenas llegaba a buena parte de la España rural . Esa reflexión se ha convertido en 'Mi Pueblo Lee' , una asociación cultural sin ánimo de lucro que desde 2020 ha impulsado 46 festivales literarios rurales en 27 municipios de 13 provincias españolas. En 2024 recibió el Premio Nacional al Fomento de la Lectura por una iniciativa que ha reunido a más de 60.000 personas y cuenta con el apoyo de más de 200 escritores de la talla de Javier Sierra, Rosa Montero, Julián Quirós, Elvira Lindo, Juan Gómez-Jurado, Espido Freire o David Ucles. Pero antes de convertirse en activista cultural, Medina fue muchas otras cosas. Estudió Historia, ejerció como profesora y fundó una ONG internacional para apoyar a mujeres en situación de vulnerabilidad. La escritura llegó casi por casualidad mientras estaba en La India. Su marido, deportista de élite, le contó la realidad del dopaje en el deporte profesional y aquella conversación terminó convirtiéndose en 'Sangre de barro' , una primera novela que fue un éxito editorial. «Siempre había algo dentro de mí relacionado con dar a los demás. Acabé llegando a la escritura por la misma razón: denunciar situaciones que me parecían injustas», explica. Sin embargo, el éxito editorial no fue el final del camino. Fue precisamente el viaje a La Puebla de Almoradiel el que marcó un punto de inflexión. Antes de regresar a casa reunió a la alcaldesa, la bibliotecaria, la directora del instituto y otros responsables del municipio para hacerles una promesa: antes de acabar el año organizaría allí un gran festival literario. Cumplió. Llamó personalmente a escritores como Javier Sierra o Juan Gómez-Jurado y les pidió un favor: acudir a un pueblo donde apenas existían precedentes de encuentros literarios. Aquel primer festival reunió a algunos de los nombres más importantes de la literatura española y sembró la semilla de una red que hoy continúa creciendo. La filosofía de 'Mi Pueblo Lee' parte de una idea clara: llevar la literatura allí donde normalmente no llega y convertir a los propios pueblos en protagonistas de la actividad cultural. Cerca del 90 % de las localidades en las que trabaja tienen menos de 5.000 habitantes y muchas no alcanzan siquiera el millar de vecinos. Lejos de limitarse a organizar encuentros con escritores, la asociación implica a bibliotecas, colegios, clubes de lectura, librerías, asociaciones culturales y ayuntamientos para construir comunidades lectoras estables. «Los pueblos no son parques temáticos» , insiste Medina. A su juicio, durante demasiado tiempo el medio rural ha sido visto únicamente como un lugar al que acudir en vacaciones o los fines de semana, olvidando que también necesita una oferta cultural continuada. Para ella, la literatura puede convertirse en una herramienta para fortalecer la identidad de esos municipios y combatir el aislamiento que sufren muchos de ellos. Los beneficios también alcanzan a los propios escritores. En pueblos donde a menudo no existe una librería, los vecinos esperan durante meses la llegada de los autores, leen sus obras en clubes de lectura y convierten cada encuentro en un acontecimiento colectivo. «Es un abrazo literario», resume Medina. A veces ese intercambio deja historias inesperadas. Recuerda cómo Juan Gómez-Jurado preguntó por unas rosquillas tradicionales que se elaboraban en un pueblo cercano y descubrieron que la receta se había perdido tras el cierre de la antigua pastelería. Varias mujeres jubiladas decidieron recuperarla para la visita del escritor y, desde entonces, esos dulces vuelven a elaborarse. El reconocimiento institucional llegó en forma de Premio Nacional al Fomento de la Lectura en 2024, aunque Medina admite una paradoja que todavía le cuesta comprender. 'Mi Pueblo Lee' funciona gracias al trabajo voluntario de tres personas que no perciben ningún salario y este año la asociación no ha obtenido ayudas públicas estatales para desarrollar su actividad, aunque esto no les desanima. «Seguiremos adelante igual», asegura. La actividad de ‘Mi Pueblo Lee’ comenzó este año en El Sauzal (Tenerife), un hito para la asociación al celebrar por primera vez un festival fuera de la península. Después colaboró en el estreno del festival de la Asociación D-Letras, en Mutilva (Navarra), y regresó a una de sus citas más emblemáticas: el Festival Literario de Libros (Teruel) , un municipio donde el nombre hace justicia a la realidad. Integrado en la red desde 2021, se ha convertido en uno de los grandes símbolos del proyecto y aspira a consolidarse como un destino turístico literario. Antes del parón estival, la asociación participó en el festival ‘Un pueblo al pie de la letra’, en Vall de Almonacid (Castellón). Tras el verano, prevé regresar a Marcilla (Navarra), celebrar la tercera edición del ‘Feminario MURAL’ y participar de nuevo en ‘Escenario Vivo – Mi Pueblo Lee’, con actividades en San Millán de la Cogolla y Nájera (La Rioja). El siguiente objetivo pasa por consolidar la red, buscar fórmulas de mecenazgo y comenzar a tender puentes con otros países europeos . Pero, sobre todo, mantener intacta la idea con la que empezó todo en aquel pequeño pueblo de Toledo: demostrar que el acceso a la cultura no debería depender del tamaño del lugar en el que uno vive. Porque, como descubrió Maribel Medina el día que decidió aceptar aquella invitación que durante dos años había rechazado, a veces basta una visita para cambiar la historia, ya sea la de un pueblo o la de una escritora.
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Es sábado por la tarde en una feria renacentista del sur de Estados Unidos. Huele a pierna de pavo y a serrín mojado, y un hombre con capa y acento fingido cobra cinco dólares por insultar a quien se lo pida. Se hace llamar 'Christophe the Insultor', y espera el momento exacto para soltar una frase que deja al público sin aliento y con ganas de pagar por más. El chiste, como el de todo bufón que se respete, consiste en decir en voz alta lo que nadie más se atreve: que el rey está desnudo, que la peste no perdona a los piadosos, que Dios, si está mirando, lleva un rato sin intervenir. Entre el público, familias enteras con jarras de hidromiel se ríen sin saber que están presenciando un ensayo general. Años más tarde, ese mismo hombre escribirá una de las novelas de horror histórico más elogiadas de la última década; ambientada en la Francia devastada de 1348 , con ángeles caídos librando una segunda guerra contra el cielo y un caballero en desgracia como testigo del declive. Ser bufón y ser novelista, resulta, comparten un mismo instinto: el de decir la verdad disfrazándola de espectáculo. Su libro es 'Entre dos fuegos', y Christopher Buehlman ahora se hace conocer por su nombre real. Nacido en Florida, se formó leyendo crónicas medievales y poesía provincial (en 2007 ganó el premio Bridport de poesía), y ahora, aunque se dedica a escribir las novelas que a él le gustaría leer, sigue queriendo ver lo lírico en su día a día, tratándose pues, según él dice, de algo de lo que no se puede desprender. «La poesía me ayudó a desarrollar la imagen y también la brevedad» , explica el autor. «También pasé un tiempo escribiendo obras de teatro y me gustó hacerlo. Pensé en dedicarme a ello, pero eso es muy difícil. Aún así, estoy muy agradecido con ese tiempo porque creo que me fue muy útil para saber construir diálogos». Y añade, sobre los años recorriendo el circuito de ferias: «Tienes que ganarte al público cuando estás haciendo teatro». 'Entre dos fuegos' transcurre en 1348, en plena peste negra. En él, seguimos a un caballero caído en desgracia y a una niña huérfana que atraviesan un país devastado mientras el mundo se convierte, literalmente, en campo de batalla de una guerra en el cielo. Buehlman ha explicado que la estructura del libro responde a sus lecturas de literatura medieval francesa: «la historia es lo que yo llamaría picaresca », comenta el autor. «Las cosas suceden de una manera muy lineal, y eso es muy característico de la estructura medieval», ha dicho. Es, en esencia, un 'road trip' medieval, y los capítulos son puramente secuenciales. Buehlman se declara, sin ambigüedad, un autor de horror en todas sus variantes -«no me gustan los 'slashers'», aclara-, y su explicación de por qué el miedo puede resultar placentero conecta con una discusión más amplia que atraviesa la cultura de internet de los últimos años, la del llamado comfort horror. «Es una forma de explorar el miedo sin realmente tener miedo por tu vida», ha explicado. «Es como ir en una montaña rusa en vez de entrar en un accidente de coche. Lo encuentro cómodo, y no sé por qué. Siempre lo he disfrutado». Ese vínculo entre horror y fantasía, dice, es estructural: «El horror aumenta, alarga los riesgos de la fantasía. Es el mismo líquido vertido en en diferentes vasos». Quizá el rasgo más distintivo de la obra de Buehlman sea su tratamiento de lo sagrado. Sus ángeles, por su parte, rozan el horror cósmico antes que el consuelo. «Hay algo asombroso en la representación tradicional de los ángeles que quise recuperar. Creo que el ángel amable, hermoso, servicial es una construcción más reciente», y sitúa esa mitología en un linaje mucho más antiguo: « Fue Stephen King quien habló de cómo los mitos griegos son efectivamente un horror. Fíjate en el minotauro: una criatura en medio de un laberinto que exige a siete niños y siete niñas cada mes. Termina cuando un héroe finalmente va hacia allá, con un hilo en la oscuridad, a luchar contra la muerte. Son cosas horribles», concluye, «pero también puede verse como una alegoría del interior» . Sin embargo (y aquí aparece la contradicción que sostiene buena parte de su obra), Buehlman insiste en que sus demonios no son meros símbolos de la culpa. «Los diablos que estoy escribiendo en esto son ángeles caídos que buscan volver, no solo a Dios, sino a Dios a través de la humanidad. Quieren destruir a su criatura favorita y tal vez, incluso, dominar el cielo». Buehlman recuerda su paso reciente por el festival Celsius, en Avilés, España, guarda un recuerdo especialmente cálido: «Fue maravilloso. Por supuesto, mucho menor que Lucca, pero la gente que estaba allí son fans extremadamente artistas y muy amigables e inclusivos. Los amo. Es un festival realmente extraño aquí en España, porque está en esta pequeña ciudad en medio de ningún lugar, y todos los demás festivales están en Madrid o Barcelona. Es una pequeña gema oculta». Allí, cuenta con cierto orgullo, alcanzó un hito personal: « Hice mi primer panel completamente en castellano, y pude responder también en otro panel junto a tres autores que hablaban inglés». Lo que Buehlman propone con su mezcla de crónica medieval, comedia de feria, poesía breve y horror cósmico no es tanto una fórmula de género como una postura frente a la escritura misma. En una industria editorial que premia cada vez más la fórmula reconocible, su insistencia en escribir únicamente lo que él mismo querría leer es, en el fondo, una declaración de principios sobre qué lugar debe ocupar la incomodidad -y por extensión la verdad- dentro de la ficción popular.
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La literatura española no es solo el reflejo de un país, sino uno de los pilares que ha moldeado la imaginación universal. Su grandeza reside en su capacidad para innovar, romper moldes y capturar la esencia de la condición humana a lo largo de los siglos. En sus inicios, abrió camino con hitos como el Cantar de mio Cid o La Celestina, pero fue en el Siglo de Oro cuando alcanzó su cúspide internacional. Miguel de Cervantes no solo regaló al mundo El Quijote, sino que inventó la novela moderna tal como la conocemos hoy, enseñándonos a dudar entre la realidad y el deseo. A su lado, dramaturgos y poetas de la talla de Lope de Vega, Calderón de la...
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Gig Harbor, Washington. Son las nueve de la mañana en una cafetería de una franja comercial junto a la autopista, entre una tienda de neumáticos y un Starbucks. Un hombre de barba gris y camisa de franela abre su portátil en la misma mesa de siempre. Durante los últimos seis años, este circuito poco sugerente a primera vista para la fantasía épica ha sido el espacio de trabajo del escritor Matt Dinniman, quien allí mismo ha escrito una de las sagas de género más vendidas de la década. Ese contraste la modestia del lugar frente a la desmesura del fenómeno que produce resume bastante bien la historia de 'Carl el Mazmorrero'. La premisa, a estas alturas, resulta folclórica entre los lectores del género: una civilización alienígena destruye la Tierra en un instante, aplastando cualquier estructura con techo, y a los millones de supervivientes se les obliga a competir, para entretenimiento de miles de especies extraterrestres, en un 'reality show' de mazmorras con reglas de videojuego de rol. El protagonista es Carl, un hombre estadounidense cualquiera a quien el apocalipsis pilla en calzoncillos junto a Donut, la gata de su exnovia, que despierta con inteligencia propia y una vanidad insaciable de estrella televisiva. «Cuando empecé el libro –explica Dinniman– pensaba que no se lo enseñaría a nadie. Estaba escribiendo una tontería». Esa «tontería» ha vendido, hasta junio de 2026, más de diez millones de ejemplares en todo el mundo. Para entender por qué una historia tan estrafalaria ha llegado a codearse con la lista de más vendidos del 'New York Times', hay que remontarse a un fenómeno editorial más amplio: el LitRPG, un subgénero que acoge el lenguaje de los videojuegos –niveles, estadísticas, pericias– y lo convierte en un motor narrativo literario. Este contribuyó a popularizar en Occidente después de haber nacido en plataformas de Japón y el sureste asiático, donde la narrativa 'isekai' (subgénero de fantasía protagonizado por personas normales que, accidental o intencionalmente, son transportadas, reencarnadas o atrapadas en otro universo) y la ficción web ya llevaba años fusionando la prosa con la mecánica de los videojuegos dentro del texto. En Estados Unidos, ese cruce encontró su incubadora en Royal Road , una plataforma digital de publicación de novelas web donde los autores cuelgan capítulos gratuitos y los lectores votan, comentan y presionan, capítulo a capítulo, para que la historia continúe. Es, en cierto modo, el garaje de Silicon Valley de la ficción popular contemporánea: un espacio sin editoriales, sin agentes, sin filtros, donde el mercado decide qué es lo que sobrevive. Dinniman empezó a publicar capítulos de su obra en Royal Road en 2019, y la historia escaló con rapidez en las clasificaciones del sitio. No era, sin embargo, un debutante casual. Hijo de un militar del Ejército estadounidense, su familia se mudó de estado en estado durante su infancia, experiencia que él mismo describe como la de un 'military brat'. Se instaló con sus padres en Tucson, estudió en la Universidad de Arizona y en Prescott College, y complementó su formación con clases de escritura creativa. Tras la universidad trabajó en un periódico de Yakima, Washington, redactando esquelas, y según ha confesado, también fue investigador privado para el estado de Arizona. Durante la década de 2010 publicó varias novelas sin gran repercusión mientras se ganaba la vida vendiendo ilustraciones de gatos en exposiciones felinas por todo el país, un oficio que le permitía, según ha contado, reunir un salario de seis cifras. Fue precisamente en una de esas ferias donde vio a una gata persa carey que se convertiría en la semilla de Donut. La pandemia lo cambió todo. Dinniman volcó su tiempo en la escritura y se autopublicó en Amazon en 2020. El ascenso comercial llegó con la misma lógica de 'boca a boca' con la que crecen los fenómenos digitales: comunidades de Reddit, clubes de lectura en TikTok, y foros de Royal Road. La entrada en el circuito editorial tradicional no desplazó a la autopublicación, sino que convivió con ella: Dinniman conservó los derechos digitales y sigue autopublicando la serie en formato electrónico, mientras Ace se encarga de la edición impresa. El propio Dinniman ha ofrecido a ABC una fotografía todavía más vertiginosa de esa curva de crecimiento: en apenas dos años pasó de unos quinientos mil lectores a superar los catorce millones, con la saga traducida a veintinueve idiomas y una adaptación en novela gráfica que en España publica Norma. Ese salto de escala también ha transformado la relación con su comunidad: el foro que mantenía en Reddit, con apenas mil miembros activos hace dos años, ronda hoy los 220.000, y Dinniman reconoce que tuvo que contratar a alguien para responder los cientos de mensajes diarios que antes atendía personalmente. En abril de 2026, ese entusiasmo se trasladó también al terreno de los juegos de mesa: la campaña de financiación colectiva para un juego de rol de mesa ambientado en el universo de la saga, desarrollado por Renegade Game Studios, recaudó varios millones de dólares en su primer día, y terminó cerrando muy por encima de los diez millones. El siguiente capítulo de la expansión es televisivo, pues 'Carl el mazmorrero' una adaptación 'live action' producida por Fuzzy Door junto a Universal Global Television. Dinniman, que figura como coproductor ejecutivo, ha sido explícito sobre sus condiciones: solo trabajará con quien haya leído la obra, la haya disfrutado y no pretenda simplemente adquirirla como propiedad intelectual vacía. A ello se suman un webtoon, una línea de juguetes de Playmates y un noveno y último volumen, dividido en dos partes, con el que Dinniman ha anunciado que piensa cerrar la historia. El propio autor ha bromeado con que, a diferencia de otros autores del género fantástico célebres por sus retrasos, él «no piensa hacer esperar quince años a sus lectores». Además, para Dinniman, equilibrar el humor y el horror en sus libros es, dice, como dosificar la salsa de un plato («demasiada, y arruina el conjunto», en palabras del autor). Es también, según ha explicado, una elección deliberadamente indirecta: prefiere no nombrar conflictos reales concretos dentro de sus tramas, convencido de que «hacerlo cierra de antemano la mente del lector antes de que el libro tenga ocasión de generar empatía». Esa misma cautela se extiende a su relación con las adaptaciones: por más que la serie de televisión, el webtoon o el juego de mesa multipliquen las versiones de Carl y Donut, insiste en que la «obra real» seguirá siendo, para él, la página escrita, y que no piensa alterar una sola decisión narrativa para facilitarle el trabajo a un guionista. Esta tensión es la de toda una generación de escritores que empezó a publicar gratis en internet y hoy sostiene buena parte del negocio editorial de género. La historia de Carl y Donut funciona, sin proponérselo del todo, como una alegoría bastante precisa del propio recorrido de Dinniman: de las ferias felinas de Tucson a un escritorio de cafetería en Gig Harbor, y de ahí, sin pausa ni ceremonia, hasta los despachos de Hollywood.
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«Mi obra escrita con la sangre de mi vida, gruesa o delgada, como sea, y no puedo hacer otra cosa». Pocas frases explican con tanta precisión la esencia de un escritor, como esta confesión de J. R. R. Tolkien , escrita de puño y letra en julio de 1947 al que sería su editor y hombre de confianza, Rayner Unwin. La «realidad siempre supera a la ficción» y, en la vida de Tolkien, toda su obra es, en buena medida, una autobiografía. Quizá por eso resulta tan revelador que, más de cincuenta años después de su muerte, siga apareciendo material capaz de modificar nuestra mirada sobre él. No hablamos de manuscritos inéditos de 'El señor de los anillos' , ni de nuevos relatos ambientados en la Tierra Media. Hablamos de algo mucho más íntimo: sus cartas. Detrás de cada página existe una biografía que destila lentamente sus experiencias, trabajando durante décadas en el atanor de su laboratorio, ya fuese sobre la mesa de su habitación en el Exeter College, en la soledad de su escritorio del 20 de Northmoor Road, en Manor o Sandfield Road (la mayor parte de su colección epistolar se escribió allí), o incluso las últimas, escritas desde el Hotel Miramar en Bournemouth, justo antes de morir. En esa fragua interior se fundieron la orfandad temprana, la muerte de casi todos sus amigos en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, el rigor intelectual de Oxford afinado por su basto talento cognitivo, una espiritualidad consciente en un siglo de terribles 'ismos' y una imaginación absolutamente extraordinaria, intuitiva y creativa. Roger Chartier dijo que «escribir es dejar constancia» . Difícilmente puede resumirse mejor el valor de la correspondencia. Antes de la inmediatez de los mensajes instantáneos existía un género que obligaba a pensar antes de escribir, a ordenar las ideas. Una tarea que abordaba con paciencia, hasta el punto de reconocer ante su hijo Michael su incapacidad para escribir con brevedad. La carta en Tolkien se convierte en conversación, reflexión y memoria al mismo tiempo. Responder cartas fue un ejercicio al que dedicó mucho tiempo, con esa precisión y detalle característicos del autor inglés . Lo hizo durante décadas con una mezcla inconfundible de su cortesía inglesa, precisión filológica, sentido del humor y una sinceridad sorprendente. Escribía a sus editores, el famoso Unwin, a sus hijos, a sus amigos del alma (célebre es la carta escrita en agosto de 1916, en plena guerra a G.B Smith, tras la muerte de Rob Gilson, uno de los miembros de esa 'comunidad' de la TCBS, punto de inflexión para dedicar la vida a «contar aquello que soñábamos») con sus lectores desconocidos, a profesores universitarios, a traductores, a admiradores, a periodistas o a simples aficionados que le planteaban preguntas aparentemente ingenuas sobre los hobbits, los elfos o los idiomas inventados. Ninguna cuestión parecía demasiado pequeña cuando la respuesta merecía ser explicada con rigor, cosa que además se puede constatar en la mayor parte de su correspondencia, en donde amplía el conocimiento sobre mil aspectos inéditos de la Tierra Media y su mundo imaginario. Y ese inmenso caudal de correspondencia constituye precisamente el corazón de la nueva edición de 'Las cartas de J. R. R. Tolkien', una publicación largamente esperada por los lectores en lengua española, deliciosamente traducida por Finduriel, Mónica Sanz en la tierra de los mortales. La edición recupera íntegramente cuarenta y cinco cartas que habían sido publicadas de forma incompleta e incorpora más de ciento cincuenta misivas adicionales, pasando de 502 páginas a 751, todo. El mérito de esta obra no reside en el hallazgo fortuito de un legajo olvidado, sino en un paciente trabajo de reconstrucción documental . Durante años, Humphrey Carpenter reunió cartas dispersas gracias a la colaboración de Christopher Tolkien. El resultado fue la recuperación de una correspondencia fragmentada que, unida pieza a pieza, permitió recomponer con extraordinaria fidelidad la trayectoria vital e intelectual del escritor, «su árbol interior», tal y como le escribía a Jane Neave en 1972 y, lo mejor, muchos de sus significados. En sus páginas asistimos al despliegue de un pensamiento que nunca permaneció inmóvil, reflejando el valor de la aventura, una nueva épica y la amistad, como recuerda a Eileen Elgar: «Solo excepcionalmente encontramos hobbits en íntimo compañerismo». A cómo sus lecturas tocaban la fibra sensible, «El último capítulo conmovió a Lewis casi hasta las lágrimas» o cómo desde el corazón pasaba a la mente para construir los datos cartesianos en un marco geográfico detallado hasta la última brizna. Fruto de sus recuerdos, las largas caminatas con el BEF en Francia, las cadenas montañosas, bosques y manantiales de sus andanzas; «El viaje del hobbit desde Rivendel hasta el otro lado de las montañas nubladas. Nieves eternas sobre una eterna luz del sol, y el Silverborn recortando sobre un profundo azul, la Silvertone de mis sueños». «El teatro de mi cuento es esta tierra, la tierra en la que ahora vivimos, en un período histórico imaginario» tal y como recuerda a Michael Tolkien en 1956. Nuevas reflexiones sobre la fe cristiana que impregnó toda su obra, «el principal propósito de la vida…es incrementar, de acuerdo con nuestra capacidad, el conocimiento de Dios, mediante todos los medios que disponemos y a ser movidos por él a la alabanza y a la acción de gracias», a Camila Unwin en 1969, tras la pregunta en un proyecto escolar de esta sobre cuál es el propósito de la vida. Sobre las convulsiones políticas de un siglo marcado por dos guerras mundiales, sobre la universidad británica y la burocracia que tantas veces desesperó al profesor de Oxford, «no tengo nada de tiempo en absoluto, salvo para exámenes escritos». También encontramos al padre que calcula con preocupación los gastos de una familia numerosa, las dificultades para publicar sus libros, las dudas editoriales o la relación con lectores de todo el mundo. La filología como puerta de entrada a la imaginación, su famoso «humus creativo», esa «mezcla de ver historia y mitos, me parece irresistible», como confesaba en marzo de 1938 a Stanley Unwin, ese «apasionado amor por las cosas que crecen y una profunda respuesta a la leyenda», a Auden en junio de 1955. Sobre la traducción, la creación lingüística y ese paciente proceso alquímico mediante el cual fue dando forma a una de las mitologías más complejas y atractivas de la literatura universal. «Yo quería leyendas heroicas y acontecimientos elevados. El resultado fue 'El señor de los anillos'», así le declaró a Cristopher Bretherton en 1964. Ese era Tolkien . Un filólogo incapaz de separar la vida del lenguaje, un hombre que comprendía que las palabras, cuando nacen de una vida auténtica, sobreviven a quienes las escribieron y para un «público hambriento» de historias épicas como detallaba a Dora Marshall en 1955. Quizá por eso aquella frase inicial adquiere ahora un significado aún más profundo. «Mi obra escrita con la sangre de mi vida, gruesa o delgada, como sea». Después de leer estas cartas entendemos que no era una metáfora. Era, sencillamente, la verdad.
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Un planteamiento y tres desenlaces . Tres historias de mujeres ante una proposición que anuncia un antes y un después: «Rafa quiere que tengamos un hijo». Así se titula esta novela de novelas con las que Gregorio Casamayor disecciona estrategias de supervivencia humana. El autor parte de un caso real: «Hace ocho o diez años, conversando con una amiga me contó en tono confidencial que además de su pareja de toda la vida mantenía una relación con otro hombre mucho mayor que ella; esa relación se ponía en crisis porque su novio quería tener un hijo para aportar estabilidad a la unión». El novio no se llamaba Rafa, pero su intención de tener descendencia dio título a la historia: «Le comenté a mi amiga que escribiría algo sobre lo que me había contado; me contestó que hiciera lo que quisiera», apunta. El caso de su amiga nada tiene que ver con el despliegue de la ficción. Ruth, Sílvia y Elvira planean sus respectivas estrategias para salir del atolladero. Ruth pretende huir ante la situación comprometedora; Sílvia trama un crimen del que hace partícipe a su amante; Elvira opta por traicionar al hombre que puso en peligro su relación conyugal. «A diferencia del caso real que inspira el libro, quería huir de lo convencional y sorprender al lector. No es una novela sobre el adulterio, no me interesa como tema; si hay un tema es la complejidad de las personas», explica Casamayor. El teatro aparece como telón de fondo en las tres historias: «Es un mundo que conozco; mi hija estudia teatro, mi yerno escribe teatro y a mí me gusta ir al teatro». Otro rasgo común es el escenario barcelonés : «Nací en un pueblo de Cuenca y vivo en Barcelona desde los cuatro años. Me gusta la ciudad, pero echo de menos un plan para que el turismo no ocupe todo. De pequeño residía cerca de la Sagrada Familia. Hoy no hay quien viva con tanto turista: se debería preservar el tejido vecinal y los comercios históricos. Creo más en la Barcelona de los barrios que en la del paseo de Gracia o las Ramblas». Licenciado en Pedagogía y director del Instituto de Formación Continua de la Universidad de Barcelona , Casamayor publicó textos académicos hasta que en 2005 debutó con los relatos 'Borrón y cuenta nueva' título al que siguió su primera novela, 'La sopa de Dios', premiada en la Semana Negra de Gijón de 2010. «Trabajé en una revista para maestros que hoy nadie lee porque prefieren consultar internet. Padecemos un déficit en la formación docente y la dejación de unas familias que traspasan la responsabilidad a la escuela», observa. «Desde que los pedagogos decidieron que la escuela era el lugar de trabajo del maestro, las reivindicaciones laborales pesaron más que las educativas», dice acerca de las protestas de profesores en varias ciudades españolas. Concluimos con el efecto de la IA en la creación literaria : «Con la IA se pueden escribir novelas de género que tienen el mismo patrón argumental», advierte.
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A veces la inspiración no surge de las cosas extraordinarias si no de la cotidianidad del día a día. Una muestra de ello es la colección de poemas que ha escrito Wang Jibing, un hombre chino de 56 años que trabaja como repartidor de comida, a quien los desafíos de su trabajo le han llevado a conseguir uno de los máximos honores de la literatura China , el Premio Lu Xun en la categoría de poesía, una de las siete que incluye el galardón que celebra su novena edición. La antología, titulada 'Vuelo bajo' ('Di chu fei xing', en su idioma original), tiene como tema principal los momentos que trabajadores del sector han pasado esperando pedidos de comida, ascensores y clientes durante sus jornadas de trabajo. Con su poesía, Jibing, consigue capturar las «realidades sin adornos y las sutilezas emocionales» de su vida como uno de los «más de 10 millones de repartidores de alimentos del país», según informa la agencia china CGNT. Jibing empezó a trabajar como repartidor en 2019, desde entonces ha recorrido más de 150.000 kilómetros y escrito más de 6.000 poemas inspirados en sus repartos y en su vida. Al poco tiempo empezó a ganar popularidad en las redes sociales gracias a sus escritos. El galardonado es uno más de un grupo de escritores que son elogiados por sus obras literarias, donde ofrece una visión de las presiones a las que se enfrentan en la cultura económica de los trabajos temporales que existe en China. Para Jibing el premio, cuya dotación económica no es pública aunque medios chinos aseguran que en 2014 ascendía a 100.000 yuanes chinos (12.948,08 euros), llega tras décadas difíciles como trabajador ocasional . El escritor dejó los estudios siendo aún adolescente debido a dificultades económicas en casa. Desde entonces, ha ido saltando laboralmente entre la construcción, recogedor de basura y la venta de objetos en un puesto callejero, según recoge la BBC. Sin embargo, su amor por la lectura no ha cesado , por lo que empezó a utilizar las redes sociales para transmitir sus textos al mundo. En 2022, uno de sus poemas, 'Man in Hurry', se hizo viral en internet. Y un año más tarde publicó su primera colección de poesía titulada 'Man in a Hurry: Poems of a Food Delivery Rider'. Tras ganar el premio, Jibing fue claro con los medios respecto a su futuro laboral. «Económicamente no necesito este trabajo para ganarme la vida, pero me encanta el ambiente y me mantiene en forma », ha declarado a 'Global Times'. Y, sobre el impacto que ha tenido en él este reconocimiento, también ha sido firme: «Quiero una vida con los pies en la tierra y el premio nunca cambiará quién soy». Otras obras similares a la suya ya han tenido gran relevancia en la sociedad China. Un ejemplo de ello es 'I Deliver Parcels in Beijing' , unas memorias de 2023 del exmensajero Hu Anyan, se convirtió en un éxito de ventas en el país y también ha tenido gran relevancia mediática en el extranjero.
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Gerardo Rodríguez Salas (Granada, 1976) llega a la entrevista con algo de nerviosismo. En su cabeza siempre han sonado monstruos. Esos mismos que invoca en su singular obra 'Oxford Circus', galardonada con el III Premio de Poesía Marpoética. Aquella frase de Paul Preciado que reza «Yo soy el monstruo que os habla», da el pistoletazo de salida a un poemario difícil de catalogar por su experimentación. Lo que sí queda claro es el diálogo de sus poemas con temáticas muy presentes en este cuarto de siglo como la extranjería en primera persona y la temática 'queer' que arrastra de 'Anacronía' (Valparaíso, 2020) y 'Los hilos de la infamia' (Valparaíso, 2024). El propio autor reconoce que «el título es una trampa». 'Oxford Circus' no es solamente una de las estaciones de metro más transitadas de Londres . «Es un cruce de caminos y lo viví como una encrucijada vital. En Oxford cursé mi máster en Estudios de Género y comencé a experimentar mi propia identidad», expresa el poeta granadino. El lugar londinense no aparece en el libro como tal, sino que juega con el trasfondo humano pues para él representa «el cruce de caminos de todas las extranjerías». El desarrollo del poemario (Vodevil, Burlesque, Teatro de sombras, Fenómenos; Freak Show) recupera los actos del circo y el music-hall del siglo XIX. «He intentado resignificar la palabra 'circo' y tratar de mostrar una crítica de ese pasado de silenciamiento hacia los colectivos masacrados, donde los cuerpos considerados anómalos eran exhibidos y admirados», explica el catedrático para luego añadir que en su poética siempre trata de respetar la tradición. Un respeto que se nota desde el primer poema titulado 'Escribir' con una declaración ética: «Prender la luz / de una carpa raída / creer que no hay herrumbre». Para Rodríguez Salas escribir es «un acto de reparación que supone dar voz y crear alternativas , porque la poesía es el género más híbrido de todos. Tiene esa porosidad que sirve para un posicionamiento ético y político, pero no moral». No busca aleccionar a nadie, sino hacer preguntas para que el lector «pueda encontrar su propio significado». Si hay algo que vertebra 'Oxford Circus' es el concepto de extranjería que va más allá de lo biográfico e identitario. Lo vemos en el poema 'Cuppa', donde aparece la desorientación de quien llega a una ciudad que no le nombra: «La lengua madre / con sus letras de piel / que ya no abrigan», escribe el poeta. «Hay un choque poético entre el yo adulto y una voz colectiva. Un niño extranjero de sí mismo, que no ha tenido apoyo en su deseo, y que de mayor, cuando sus padres lo visitan, descubre que comparten esa extranjería . No solo del yo poético, sino del colectivo. Quiero que el lector entre a este circo y que se sienta extranjero, pero no en el mal sentido», afirma sobre el germen principal de su obra. La violencia aparece en 'Teselas' en primera persona como forma de destrucción (la soga, la quema de libros, la noche de Stonewall de 1969 ). El autor admite que es algo que trabajó mucho para no caer en el victimismo: «Cuando pulo y quito, noto que puede ser simple provocar un llanto fácil. Para mí la denuncia está, pero recurro a imágenes, a juegos de lenguaje, a un diálogo con la tradición. Como profesor de Literatura Inglesa , me parecía fundamental generar ese diálogo con una tradición que nos está construyendo». Se atreve también a opinar sobre ese tipo de literatura 'queer' ligada a lo mainstream aclarando que «caer en lo mainstream puede ser fácil, pero también se puede estar ahí y mantener la ruptura de los márgenes». El poemario se cierra con 'Arded', un largo poema en prosa que es aquelarre y manifiesto. ¿Rabia y esperanza? «Ambas, pero en el poemario no hay rabia, sino autodeterminación. Si entendemos la extranjería y la empatía nos podemos beneficiar muchísimo, porque podemos generar un 'circo' colectivo donde cada uno tenga su papel», declara con contundencia. El poeta y catedrático ya está embarcado en un nuevo proyecto. Para él, cada poemario es un reto y, por ahora, este circo sigue abierto.