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Poco imaginaría el cordobés Miguel Marín cuando organizó en Nueva York unas actuaciones de María Pagés, de Carmen Linares con Manolo Sanlúcar y de Farruquito y familia que veinticinco años después aquella semilla habría germinado en un festival que es, ya, una asentada tradición en la ciudad que nunca duerme: el Flamenco Festival , que a lo largo de este cuarto de siglo ha llevado allí a prácticamente todo el quién es quién de este arte. El martes 24 Rocío Márquez levanta el telón de la edición del XXV aniversario del Flamenco Festival, cuyo lema es ' New York & Flamenco, a true love story ' (Nueva York y el flamenco, una verdadera historia de amor), y en el que van a estar presentes figuras como Eva Yerbabuena, Manuel Liñán, El Farru, Rafael Estévez, Valeriano Paños, Sara Baras, Irene Morales, Rosario 'La Tremendita', Ángeles Toledano, Gerardo Núñez y Olga Pericet. «La idea de esta edición es rendir homenaje a los artistas pioneros que abrieron las puertas para el flamenco en los Estados Unidos -dice Miguel Marín-. El festival cumple veinticinco años, pero la historia es mucho más larga, y es bonito pararse y echar la vista atrás». Y en esa mirada retrospectiva Marín se ha encontrado con La Carmencita , «que era una de las grandes divas de Nueva York, hasta el punto de que en 1891 actuó en el Madison Square Garden delante de 9.000 personas; inspiró a dos grandes pintores de la época como son John Singer Sergeant y William Merritt Chase , que la pintaron en sendos cuadros que ahora están en el Metropolitan Museum. La primera mujer que apareció en una película, que filmo Thomas Alva Edison en 1891, fue ella». «Lo que quiero decir es que el flamenco no entró en Nueva York por la puerta de atrás; lo hizo por la puerta de la modernidad y de la fascinación. Las primeras imágenes en movimiento que vieron los estadounidenses fueron de flamenco, de baile flamenco», dice Marín. El flamenco ha influido en Nueva York y Nueva York ha influido en el flamenco a través de las vivencias de artistas como Encarnación López, 'La Argentinita' -de su encuentro en aquella ciudad con Lorca salió la grabación de las 'Canciones populares'-; Carmen Amaya, Vicente Escudero, Mario Maya, Sabicas... «El de Sabicas, al que rendimos homenaje este año, es un caso muy significativo, ya que el primer concierto de guitarra flamenca que se ofreció se produjo en Nueva York, en el Town Hall», cuenta Marín. Son hitos, añade, «de esta verdadera historia de amor entre el flamenco y Nueva York, y que trasciende al festival. Nosotros no hemos venido a inventar nada, sino a avivar una llama que otros encendieron». Lo que sí ha hecho el Flamenco Festival es dar continuidad a este arte en la ciudad y presentar lo que se está haciendo en estos momentos, no traer una bata de cola porque sí. «Hemos querido mostrar lo que mueve a los artistas flamencos en estos momentos, ser fieles a ellos. Y es verdad que hemos conseguido algo y es formar parte de las temporadas estable y parte de la escena cultural de Nueva York». Durante estos veinticinco años han pasado por el festival 180 compañías, con una presencia en la que se equilibran los artistas consagrados y los noveles. «El cincuenta por ciento de los artistas han actuado por primera vez en Nueva York en el marco del festival», presume su director. «Una de las misiones del festival es que el público neoyorquino conozca lo que motiva a las generaciones jóvenes, y se refuerce así el imaginario que ellos tenían del flamenco». «El público quiere vivir esa experiencia de la intensidad emocional del flamenco -sigue Marín-. Mikhail Baryshnikov nos ha pedido hacer una fiesta, y la vamos a hacer en su teatro con la Repompa, Alberto Sellé, Juan Tomás de la Molía, Mara Rey... En otro contexto hablaríamos de espectáculo inmersivo, pero aquí es una fiesta». Entre los hitos de estos veinticinco años recuerda Miguel Marín una velada celebrada en 2010 en el Museo Guggenheim: ' Dress to dance ', en la que estuvieron María Pagés, Rocío Molina, Manuel Liñán, Eduardo Guerrero, Belén López... Fue un milagro, porque esa noche hubo una nevada histórica; el director del Guggenheim me dijo que era algo único e irrepetible». Ha habido más momentos inolvidables: «el concierto de Enrique Morente con Tomatito en el Carnegie Hall, la primera gala que hicimos en 2002 con Manuela Carrasco, Chocolate, Israel Galván y Rocío Molina -que tendría entonces unos 18 años-; en esa gala ya estaba la semilla de mostrar la variedad del flamenco. Las galas se han convertido en una de las señas de identidad del festival». A lo largo de este cuarto de siglo Miguel Marín ha rastreado por Nueva York espacios a los que llevar el festival. Y es que, explica, cada uno está asociado a una visión, tiene su 'mission statement', su propósito fundamental... Y si podemos estar en espacios muy diversos, quiere decir que vamos a llegar a un público muy diverso. Poder hacer algo en el Brooklyn Academy of Music, en el Carnegie Hall, en el Joe Pub, en el Baryshnikov Center, en el Guggenheim o en el Metropolitan nos va a permitir llegar a un público completamente diverso. Y claro, nosotros dependemos de los teatros para llegar a los espectadores, porque son ellos los que tienen el público, tienen una 'clientela fija', y los que hacen la promoción. Los hay más vanguardistas, más tradicionales... Y para nosotros es la forma que tenemos de que el flamenco lo descubran personas que no saben ni siquiera que existe». El Flamenco Festival ha desarrollado también una importante labor educativa, de la que Miguel Marín se siente especialmente orgulloso. No solo se ofrecen 'clases' de flamenco antes de algunos espectáculos, sino que desde hace tiempo se ofrece en el City Center una función para escolares. «Como parte del sistema público de enseñanza de de Nueva York, los colegios van una vez al año a un teatro para ver un espectáculo. El City Center ofrece su programación a los colegios y son estos los que eligen qué van a ver. Pues llevamos 22 años en que siempre vienen a ver el flamenco. De toda la programación que hay, eligen el flamenco. Es muy interesante porque profesores locales de flamenco van a las escuelas antes; les dan dos clases, les enseñan algo los códigos, les dicen de dónde viene el flamenco... Lo ponen en contexto antes de que los niños vayan a ver el espectáculo». De vuelta a la edición de este año, destaca la vuelta al Guggenheim (Jon Maya y Andrés Marín), el homenaje a La Argentinita en la Biblioteca Pública de Nueva York, la fiesta en el Baryshnikov Center -que surgió de la asistencia del mítico bailarín al espectáculo de Eva Yerbabuena- o la actuación de Olga Pericet ante uno de los cuadros de La Carmencita en el Metropolitan Museum of Art.
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Alfredo Sanzol revela un 'spoiler' nada más comenzar 'La última noche con mi hermano ': la protagonista muere de cáncer -de hecho, es ella quien cuenta su historia-. Y es que al autor no le interesa tanto hablar de la enfermedad y de la muerte, que también, sino de las relaciones fraternales. Por eso la obra presenta tres parejas de hermanos: Nagore y Alberto están muy unidos, Ainhoa y Claudio no se hablan desde hace años, y Nahia y Oier, hermanastros, se están acostumbrando el uno al otro. A Nagore le diagnostican un cáncer y este hecho abre la espita para que relaciones, sentimientos y comportamientos afloren a la superficie y se muestren con toda su crudeza, vertebrados en torno a la figura de la enferma. El duelo por la muerte de un hermano es, dice el propio autor, el que socialmente está menos acompañado: «Cuando sucede todos te dan el pésame, pero muy pocos te preguntan, en los meses siguientes, cómo te encuentras». La obra habla de ese duelo y de la ausencia, de su aceptación y su aprendizaje, pero habla también de la ausencia en vida y del vacío distinto y singular que deja el alejamiento de esa figura fraternal. «La sangre tira, y además va por su cuenta», le dice el personaje de Claudio a su sobrino Oier, al que apenas conoce por el distanciamiento de aquel con su hermana. Los vínculos de sangre, los particulares lazos que establece, los complejos caminos que recorre y el inexplicable imán que resulta ser laten en 'La última noche con mi hermano', una función que expone una vez más las muchas virtudes de Alfredo Sanzol como autor y como director: franqueza, claridad, naturalidad -tanto en el desarrollo de la trama como en la construcción de los personajes, tan cotidianos como aristados-, y una extraordinaria capacidad para comunicarse con el espectador; para divertirlo, para emocionarlo, para conmoverlo, para atraparlo sin recurrir, en esta función, a la 'sensiblería' ni a trucos o giros inesperados de la trama. Lo hace a través de una historia aparentemente simple pero con muchas ramificaciones. Y es aquí donde Alfredo Sanzol pierde en ocasiones (en muy pocas ocasiones) el paso, con alguna escena -la del sueño de Alberto, la de la discusión política entre Ainhoa y Claudio...- que no suma en el desarrollo de la función y la alargan innecesariamente. No puede hablarse, en cualquier caso, de manchas, sino de sombras que no ocultan el brillo de la función. Una máxima universal en el teatro dice que la elección del reparto supone la mitad del éxito de la función. Y Sanzol no puede contar con mejores intérpretes para su texto: los seis brindan una encarnación de sus personajes afinada, precisa, cabal… Cabe mencionar a Nuria Mencía y Jesús Noguero, que navegan por las emociones de Nagore y Alberto, los dos personajes principales, con excelencia, veracidad y exactitud y coloreándolos siempre con justeza.
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Las demencias de una vejez cada vez más prolongada –la 'cuarta edad'- constituyen un género narrativo. Recordemos 'El padre', de Florian Zeller, que encarnaron, respectivamente, Héctor Alterio y José María Pou; 'Rita', de Marta Buchaca, una madre con alzheimer y la perrita de una de sus hijas desahuciada por el veterinario; o 'Amnesia', de Néstor Valente, tres hijos concurren en casa de la madre que cuida una de las hermanas. La madre (espléndida Mercè Arànega) abomina de los dos vástagos que esquivan su responsabilidad. ' Una fiesta en Roma ' la protagonizan Romina (Marta Angelat), una mujer de setenta y seis años y su hijo Guillem (Oriol Vila). Ella, enferma de Alzheimer; él, como cuidador. Transitarán desde el diagnóstico a la última estación en lo que la doctora metaforiza como «una fiesta en Roma». Te invitan, pero debes tardar todo lo posible en llegar. Para ralentizar el viaje Romina ingresa en una residencia donde conoce a Juli (Lluís Marco). El amor actuará de paliativo para disimular la derrota de la memoria y la identidad personal. Marc Artigau adereza el doloroso argumento con hechuras de comedia de costumbres. El idilio de Romina y Juli y su deseo de casarse remiten a 'El hijo de la novia' que dirigió Juan José Campanella hace un cuarto de siglo. Clara Segura dirige con pulso este texto destilado por un solvente cuerpo actoral que encabezan Marta Angelat y Lluís Marco y complementan un polifacético Albert Triola y veteranos secundarios como Xavier Boada e Isabel Rocatti. Oriol Vila y Gemma Martínez cumplen en su papel de cuidadores. La escenografía de Jose Novoa agiliza la dramaturgia, que amenizan el 'Volare' de Modugno y el 'Come prima' de Dallara. Situaciones retrospectivas de la evolución de la enfermedad conjugadas con el presente: aquel viaje a Rumanía cuando la madre aseguró había vivido en una iglesia, la oralidad lenguaraz de la desinhibición que anuncia el Alzhéimer… Artigau no aporta un punto de vista más original que otras obras de temática similar (Zeller, Valente, Campanella). Lo mejor de 'Una fiesta en Roma' son los momentos elegíacos sobre la degradación de la memoria. Aquellas imágenes de la madre cuando todavía era ella. Antes del vacío.
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'El nudo gordiano', la famosa obra de Johnna Adams , es una exploración sobre la verdad, sobre la naturaleza de la educación y sobre quién educa. Esta reunión en un aula de la escuela entre la maestra y la madre de Didion, un niño de once años que se acaba de suicidar, busca responsabilidades y culpables, pero en realidad nos hace asistir a un nudo de prejuicios, reproches, condenas y grandes dosis de autoengaño. Un encuentro al principio un tanto acartonado, artificialmente teatral que va ganando en naturalidad y profundidad. De él podríamos esperar el duelo por esa muerte, incluso por enfrentarse a las Gorgonas que cada una lleva dentro, pero no, es un duelo por tratar de imponer un relato, por hacer prevalecer una versión. ¿Quién actuó bien, la profesora que expulsó al niño después de escribir un cuento en que defendía matar a cada uno de los profesores, o la madre que ve ese trabajo simplemente como una prueba de la vocación de escritor de su hijo? El público se ve arrastrado por este nudo de verdades a medias, por este torbellino de emociones y perspectivas, verdaderamente perturbadoras, sin que sepa a qué carta quedarse. En el camino las heridas quedan abiertas: ¿educar es reprimir o encauzar? ¿La maternidad exige la responsabilidad del control o de la libertad del hijo? Los personajes despliegan todo su poder de manipulación y en este sentido Johnna Adams acierta al subrayar una atmósfera de duplicidades, de enigmas existenciales, de justificaciones que los personajes utilizan para evitar sus incómodas verdades interiores. Crea las consecuencias de una catástrofe y anuncia que la catástrofe no ha terminado porque el autofraude de estos dos seres, de todo un sistema social, no es posible desanudarlo. Por otra parte, Israel Elejalde acierta por supuesto en la dirección de las actrices; tanto Eva Rufo como María Morales hacen dos interpretaciones de una inteligencia que merece ser destacada, manteniendo además una intensidad desde el principio que en ningún momento decae y realzando unos diálogos que a veces más que un juego de palabras son un juego de cuchillos. 'El nudo gordiano' es una obra provocadora donde, en cualquier caso, la inocencia es la víctima. Una obra que deja sin aliento porque deja sin respuestas.
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Julio Manrique revisita a Jezz Butterworth (Londres, 1969) seis años después de dirigir ' Jerusalem ' en el Teatro Romea. Y se pone nada menos que con 'El barquer' ('The Ferryman'). Ahí es nada. Una representación de tres horas y media con diecinueve intérpretes en el escenario. Un texto multipremiado: Evening Standard, Círculo de Críticos de Teatro, Laurence Olivier, cuatro tonys… La mayor recaudación del Royal Court de Londres cuando Sam Mendes estrenó la pieza en 2017. 'El barquero' de Butterworth atraviesa el conflicto del Ulster un día de 1981 en el condado de Armagh como Caronte la Laguna Estigia. Quinn Carney y su esposa Mary festejan el 'Día de la Cosecha' con su numerosa familia de siete hijos, el tío Patrick y Pat, la tía Maggie, Caitlin, cuñada de Quinn y su hijo Osin. Falta Seamus, el marido de Caitlin 'desaparecido' en 1971… Hasta que, una década después, aflora su cadáver con un tiro en la cabeza. El hallazgo coincide con la huelga de hambre de diez presos del IRA liderados por Bobby Sands ante la negativa de Margaret Thatcher de reconocerles el estatus de prisioneros de guerra. Revivir el pasado que los Carney anestesiaban y solo recordaba la tía Pat aúna el conflicto colectivo y el familiar. Manrique mueve con maestría los peones condenados por la tragedia de esta obra en la mejor tradición de Arthur Miller. El cacique que silencia las circunstancias del asesinato de Seamus; el sacerdote que colabora en la dosificación informativa; la relación conyugal de Quinn y Mary, perturbada por la presencia de la atractiva cuñada; la venganza que invocan la tía Pat y el chulesco Shane; la memoria que encarnan el tío Pat y la tía Maggie… La escenografía de Lluc Castells consigue que la casa de los Carney alterne el realismo de la vida rural con la invocación de los espíritus ancestrales: la tía Maggie rompe un silencio aparente para anunciar la irrupción de la violencia. Veinticuatro horas después de brindar en la festividad de la vida, el barquero Caronte aguarda a la familia Carney, trasunto de lo que fue la guerra del Ulster. Manrique ha sabido culminar en el escenario la trágica travesía.
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El primer requisito que Mark Rosenblatt, autor de 'Gigante' ('Giant'), exige al actor que encarne a Roald Dahl, el protagonista de la obra, es que tenga más o menos ochenta años; José María Pou lo cumple. Además, pide que se mueva con dificultad; José María Pou lo hace, como cualquier persona de su edad. La tercera exigencia es que mida al menos 1'90; José María Pou supera esa altura. «Así que cuando leí la obra -dice el actor catalán- pensé que estaba escrita para mí». 'Giant' se estrenó en el Royal Court de Londres en noviembre de 2024; la producción española de 'Gigante' vio la luz en Barcelona en julio del pasado -«se ha visto antes en España que en...
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Carmen de Burgos (1867 - 1932) es una figura fundamental en la historia del periodismo español. Almeriense, con una desgraciada vida personal -su marido la maltrataba, y tan solo sobrevivió uno de los cuatro hijos que tuvo con él-, fue la primera periodista profesional española tal y como se entiende hoy el término; además tuvo a partir de 1903 una columna diaria e el Diario Universal, algo excepcional para una mujer en esa época y desde que tocó temas sociales y reivindicó posturas feministas. Escribió, a menudo bajo el seudónimo de ' Colombine ', en distintos medios, entre ellos ABC , donde colaboró entre 1903 y 1905. Hacia 1914 empezó una serie de entrevistas a cantantes, actrices, bailarinas y artistas de variedades que reunió en un libro bajo el título ' Confidencias de artistas '. La Niña de los Peines, Sarah Bernhardt, Tórtola Valencia, La Fornarina, Loie Fuller, Loreto Prado, La Chelito, Adela Cubas, Rosario Pino, Julia Fons, Amalia de Isaura, Catalina Bárcena, Margarita Xirgu, María Gámez, Adela Carbone, María Guerrero, Carmen Cobeña, Francesca Bertini o Consuelo Tortajada, entre un total de cuarenta y cinco mujeres, pasaron por la pluma de Carmen de Burgos. ¿Y qué es lo que más le interesó de estas mujeres?, le preguntó Ramón Gómez de la Serna , que escribió el prólogo del libro: «A mí me dan una gran melancolía, unida a un inevitable interés... -contestó- Su sino me parece cerrado y anodino... Viven bellas, pero agobiadas, y todas como sin sangre y como con una maligna e intestina enfermedad incurable... En el fondo de los teatros me he sentido en un mundo falso, náufrago, cavernario, descreído, cínico y terriblemente desengañado y disuelto... Allí es donde, además, se hacen más malos los conspiradores literarios y donde se aprende a crear sin fe, a crear del revés... ¡Siempre un fondo de teatro es un abismo sin luz y sin aire, un subterráneo, la cala fea de un barco, una fosa común, el reverso deplorable y feo del mundo!» Estas entrevistas son el origen de 'Confidencias de artistas', una propuesta escénica que presenta el Teatro Español en la Sala de los Balcones - Andrea d'Odorico de jueves a domingo entre el 19 de febrero y el 8 de marzo. «Quiero sorprender a la artista en su verdad más sencilla», escribió Carmen de Burgos. «Esta pieza -dicen sus responsables- parte de esa escritura pionera y delicada para rendir homenaje a su legado. Sobre el escenario, las palabras de Carmen y de las artistas entrevistadas cobran nueva vida en una propuesta que hibrida documento y teatralidad. La pieza propone un espacio de intimidad escénica, de vulnerabilidad entre dos mujeres que se hablan. Un acto de escucha profunda, como el que Carmen supo construir hace más de cien años». Inés Collado y Cristina Marín-Miró firman la dramaturgia del espectáculo, que dirige la primera, también una de sus dos intérpretes junto a Almudena Pascual . Las voces en off que aparecen son las de Mercedes Borges, Rocío Collins, Raquel Fuentes, Paula Gironi, Cristina Marín-Miró, Macarena Molina, Puy Navarro, Sáhara Peña, Micaela Portillo e Irene Serrano. Alguna de las cuarenta y cinco entrevistas se llevaron precisamente en el propio Teatro Español. «Esta coincidencia permite conectar pasado y presente, activando la memoria del lugar y reforzando el carácter intimista de la propuesta».
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Julio Manrique revisita a Jezz Butterworth (Londres, 1969) seis años después de dirigir ' Jerusalem ' en el Teatro Romea. Y se pone nada menos que con ' El barquer ' ('The Ferryman'). Ahí es nada. Una representación de tres horas y media con diecinueve intérpretes en el escenario. Un texto multipremiado: Evening Standard, Círculo de Críticos de Teatro, Laurence Olivier, cuatro tonys… La mayor recaudación del Royal Court de Londres cuando Sam Mendes estrenó la pieza en 2017. 'El barquero' de Butterworth atraviesa el conflicto del Ulster un día de 1981 en el condado de Armagh como Caronte la Laguna Estigia. Quinn Carney y su esposa Mary festejan el 'Día de la Cosecha' con su numerosa familia de siete hijos, el tío Patrick y Pat, la tía Maggie, Caitlin, cuñada de Quinn y su hijo Osin. Falta Seamus, el marido de Caitlin 'desaparecido' en 1971… Hasta que, una década después, aflora su cadáver con un tiro en la cabeza. El hallazgo coincide con la huelga de hambre de diez presos del IRA liderados por Bobby Sands ante la negativa de Margaret Thatcher de reconocerles el estatus de prisioneros de guerra. Revivir el pasado que los Carney anestesiaban y solo recordaba la tía Pat aúna el conflicto colectivo y el familiar. Manrique mueve con maestría los peones condenados por la tragedia de esta obra en la mejor tradición de Arthur Miller . El cacique que silencia las circunstancias del asesinato de Seamus; el sacerdote que colabora en la dosificación informativa; la relación conyugal de Quinn y Mary, perturbada por la presencia de la atractiva cuñada; la venganza que invocan la tía Pat y el chulesco Shane; la memoria que encarnan el tío Pat y la tía Maggie… La escenografía de Lluc Castells consigue que la casa de los Carney alterne el realismo de la vida rural con la invocación de los espíritus ancestrales: la tía Maggie rompe un silencio aparente para anunciar la irrupción de la violencia. Veinticuatro horas después de brindar en la festividad de la vida, el barquero Caronte aguarda a la familia Carney, trasunto de lo que fue la guerra del Ulster. Manrique ha sabido culminar en el escenario la trágica travesía.
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«Ni flores, ni funeral, ni cenizas ni tantán» era una frase que solía decir el tío de Ane Pikaza ; no quería nada tras su muerte. «Cada año, desde que enfermó hasta que murió, lo repetía como si fuese una especie de testamento», cuenta la actriz. Y esa frase, «que resumía muy bien el tono de la propuesta», sigue, es el título que María Goiricelaya -dramaturga, directora, la mejor amiga de Picaza, con la que creó y codirige la compañía La dramática errante- eligió para un texto que nació en el seno de la edición de 2021 de las residencias dramáticas que acoge cada año el Centro Dramático Nacional . La obra, estrenada en el Teatro Arriaga de Bilbao en...
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La primavera teatral barcelonesa tiene a la autora británica Lucy Kirkwood de protagonista. La Villarroel acaba de estrenar ' Els fills ' (Los hijos) y en mayo el TNC programa ' El firmamento ', otro celebrado texto de Kirkwood que transcurre en la Inglaterra rural del siglo XVIII. En 'Los hijos', la obra que nos ocupa, Hazel y Robin, una pareja de científicos nucleares ya retirados en una casona aislada del mundo evoca los efectos de un accidente en la nuclear donde trabajaron. Desde entonces, el entorno de la central es una zona de exclusión debido a la radioactividad. La visita de Rose, una colega de la que hacía décadas que no sabían nada, remueve lazos sentimentales y les hace ser conscientes de la responsabilidad hacia las generaciones venideras. ¿Serían capaces de retornar a la central para evitar que el personal más joven corra el peligro de la radiación? Estrenada en 2016, 'Los hijos' plantea el dilema de la expiación de culpas. Hazel y Robin fingen que el pasado no ha de volver, pero Robin retorna cada día a la casa en la que residieron cuando trabajaban en la central para dar de comer a las vacas, dice. Y Hazel presume de mantener la vida sana y sosegada que corresponde a una jubilación activa. La irrupción de Rose cuartea el retrato de la presunta pareja feliz que, en realidad, vive en un lugar con restricciones de electricidad y goteras. No solo vuelve el pasado, sino que va a condicionar el destino de unos protagonistas compelidos a remediar los errores que pudieron cometer en su ejercicio profesional. 'Los hijos' que dirige David Selvas permite el lucimiento de tres veteranos de la escena como Jordi Boixaderas (Robin), Mercé Arànega (Hazel) y Emma Vilarasau (Rose). Es tan evidente la compenetración actoral que en uno de los momentos de la representación el trío baila el ' Proud Mary ' de los Credence Clearwater Revival en la versión de Tina Turner. El instante de felicidad roquera compensa el momento de la responsabilidad que realza la atmósfera sonora: Hazel hace yoga. El 'saludo del sol' antes de sumirse en la oscuridad. Con quince mil entradas vendidas, 'Los hijos' es un éxito anunciado.