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  • Trump convierte a Europa en un enemigo a batir

    El presidente de EEUU ha colocado a la Unión Europea, tradicional aliado transatlántico, como uno de sus objetivos dentro de su guerra cultural y su política exterior expansiva, que rompe con el derecho internacional

    Trump eleva su amenaza contra las agendas digital y verde de la Unión Europea

    “Estados Unidos es una potencia, pero se está alejando gradualmente de sus aliados”. Las palabras del presidente francés, Emmanuel Macron, reflejan el espíritu que recorre a Europa tras los últimos zarpazos al orden internacional y a las relaciones con Europa que ha perpetrado Donald Trump. El presidente de los EEUU ha colocado a la Unión Europea en su punto de mira convirtiendo a antiguos aliados en dos bloques enfrentados. Aunque en un primer momento Trump ha focalizado la pugna con Europa en el ámbito comercial, con la imposición de aranceles o en defensa de las grandes corporaciones tecnológicas estadounidenses, su obsesión por hacerse incluso mediante una acción militar con Groenlandia, un territorio perteneciente a Dinamarca, ha roto todas las líneas rojas en las relaciones transatlánticas.

    Jan Techau, director de Europa en Eurasia Group, argumenta que “Trump (en un movimiento clásico de dividir y conquistar) ha declarado abiertamente su objetivo de socavar y destruir la UE y ha librado una destructiva guerra comercial con este fin. Washington apoya abiertamente a los movimientos etnonacionalistas iliberales en todo el continente, con el objetivo de socavar las instituciones y políticas democráticas, pluralistas e inclusivas”.

    Desde la llegada de Trump a la Casa Blanca en su segundo mandato, la Unión Europea ha sido uno de sus objetivos a batir. Primero fue la apertura de una guerra comercial unilateral por parte de la Administración estadounidense que terminó en un acuerdo comercial definido como “una humillación para Europa”: Washington imponía un arancel del 15% a la mayoría de importaciones europeas mientras que Bruselas se comprometía a comprar más energía y material militar a EEUU.

    Posteriormente, el presidente de los EEUU ha presionado constantemente a la UE para tratar de que las empresas estadounidenses no se vean afectadas por las leyes comunitarias, especialmente en los ámbitos de medioambiente y tecnológico. Trump ha continuado siendo una amenaza para la agenda verde y la regulación tecnológica de la UE en 2026. De poco ha servido que Bruselas haya eliminado la prohibición total de motores de combustión de la UE para 2035 o que se hayan reducido las exigencias medioambientales para las empresas.

    “La guerra cultural, principio central de la política exterior”

    Heather Hurlburt, investigadora sobre EEUU y las Américas en el think tank Chatham House, añade que “la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de la Administración Trump advirtió sobre el 'borrado de la civilización' en Europa, elevando la guerra cultural de 2025 a un principio central de la política exterior de EEUU”. El presidente de EEUU sigue aprobando medidas contra la UE, desde aranceles a la prohibición de acceder al país a determinados ciudadanos europeos, como forma de presión para tratar de conseguir que las instituciones europeas cambien sus normas y favorezcan a las empresas estadounidenses.

    A la vez, Trump se ha mostrado ambivalente ante la invasión de Ucrania por Rusia. Durante su primer año en la Casa Blanca, el presidente estadounidense se ha mostrado mucho más receptivo a los argumentos de Moscú que a los de Kiev. El presidente de EEUU ha dejado de pagar el armamento que mandaba a Ucrania, obligando a los europeos a pagar las necesidades militares del ejército ucraniano. Además, sus movimientos con Vladímir Putin han revelado las maniobras para dejar a la Unión Europea fuera de la mesa de negociación de paz.

    Finalmente, la estrategia de Trump en política exterior de saltarse la ley y el derecho internacional invocando su versión de la 'doctrina Monroe', consistente en la dominación del hemisferio de Estados Unidos mediante su poder militar, ha dejado a la UE sin capacidad de respuesta. Las instituciones europeas prácticamente han mirado para otro lado como respuesta al secuestro del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro por tropas estadounidenses o con las amenazas a los gobiernos de Cuba, Colombia y México si no se someten a EEUU.

    Rosa Balfour, directora de Carnegie Europe, ha señalado que “el Secretario de Estado de EEUU, Marco Rubio, ve el hemisferio occidental como un espacio para la acción legítima de EEUU sin importar el derecho internacional. Esto refleja una visión de esferas de influencia en la geopolítica, en la que las grandes potencias afirman el control y permiten el revisionismo territorial en sus respectivos vecindarios: Rusia en Europa del Este, China sobre el Mar de China Meridional y los Estados Unidos en el hemisferio occidental”.

    La gota que ha colmado el vaso han sido las amenazas de Trump de tomar Groenlandia, un gigantesco territorio ártico controlado por Dinamarca, estratégicamente importante y rico en minerales críticos y tierras raras. La Unión Europea lanzó un tímido mensaje en defensa del derecho internacional y el multilateralismo, es decir, “el compromiso ya familiar entre tratar de evitar la ira del presidente estadounidense y repetir la lista habitual de principios. Es la historia en pocas palabras de cómo Europa manejó la segunda Administración de Trump en 2025”, como ha recalcado la directora de Carnegie Europe.

    Trump ha admitido en una entrevista con The New York Times que “no necesita el derecho internacional”. El presidente de EEUU ha asegurado que “mi propia moralidad, mi propia mente” es la única limitación a su poder: “Es lo único que puede detenerme”.

    En este sentido es un alumno aventajado de Vladímir Putin. Daniel Drezner, profesor de política internacional en la Fletcher School de la Universidad de Tufts, explica en Financial Times que una norma que se preservó hasta la anexión de Crimea por parte de Rusia en 2014 fue “que no se podían cambiar las fronteras mediante el uso de la fuerza”. Aunque en la historia ha habido excepciones descritas como la hipocresía del orden liberal basado en reglas, para Drezner el problema es que “ahora estamos en el punto en que las excepciones están aplastando la regla”.

    En una retahíla de declaraciones de diferentes responsables de la Casa Blanca se llegó a señalar que no se descartaba la utilización de la fuerza para controlar el territorio danés, a la vez que anunció su disposición a comprar Groenlandia. Además de poner en duda que los europeos respondieran en caso de que EEUU necesitara su apoyo militar. La Administración Trump ha olvidado que la única vez que se ha invocado el artículo 5 de la OTAN (un ataque armado contra un miembro de la Alianza se considerará un ataque contra todos sus miembros y desencadenará una obligación para que cada miembro brinde su asistencia) fue tras el ataque que sufrió EEUU el 11 de septiembre de 2001, que recibió el respaldo de los socios europeos.

    La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, ha tratado de calmar las aguas recordando que EEUU y Dinamarca son aliados de la OTAN y que Estados Unidos ya tenía acceso a Groenlandia a través de un acuerdo de defensa existente. Frederiksen advirtió que si Trump ordenaba la invasión de Groenlandia supondría un ataque contra Dinamarca que “acabaría con la OTAN”.

    Hasta ahora no se había planteado que pudiera haber un conflicto militar entre dos países pertenecientes a la Alianza Atlántica, pero el nuevo orden geopolítico que está imponiendo Trump abre nuevos escenarios. Por este motivo, Marion Messmer, directora del Programa de Seguridad Internacional de Chatham House, plantea que “los países europeos necesitan pensar seriamente en cómo sería la OTAN sin Estados Unidos y acelerar las inversiones en aquellas capacidades donde Estados Unidos sigue siendo más fuerte, como las redes de mando y control y la supresión de la defensa aérea enemiga.

    “Europa no puede confiar en los Estados Unidos”

    Desde luego, tras las amenazas de Trump las relaciones ya no pueden ser igual. Nathalie Tocci, directora del Istituto Affari Internazionali, señala que “Europa claramente no puede confiar en los Estados Unidos bajo el mandato del presidente Donald Trump. Bruselas no debería confiar en el país mientras esté liderado por cualquier representante del movimiento Make America Great Again (MAGA), incluso después de que termine la administración actual”.

    “Las ambiciones imperiales de Trump en el hemisferio occidental han quedado claramente evidenciadas tras derrocar al líder autoritario de Venezuela, Nicolás Maduro, las amenazas contra otros países latinoamericanos, así como sus comentarios cada vez más agresivos sobre Groenlandia. Su desdén por las alianzas también es bien conocido: muestra poco respeto por la OTAN y su principio fundacional de defensa colectiva. Su simpatía y admiración por Rusia y su presidente Vladímir Putin —el adversario de Europa— también son evidentes, demostradas por su apoyo sin vergüenza a Moscú en su guerra imperial contra Ucrania. Hay un desprecio aún más agudo por la UE, que Trump cree que fue fundada con el propósito de 'fastidiar' a los Estados Unidos. De hecho, una Europa unida e integrada no puede ser sometida tan fácilmente como una colección de países divididos”, argumenta Tocci.

    ¿Hasta cuándo va a presionar Trump a la Unión Europea? Hurlburt, del think tank Chatham House, subraya que “habrá un flujo constante de desafíos, ya que la administración Trump busca consolidar las ganancias y entusiasmar a sus bases antes de las elecciones midterm”. Estos comicios tienen como fecha el 3 de noviembre de 2026, donde se eligen los 435 escaños de la Cámara de Representantes y un tercio del Senado de EEUU. La gestión de Trump no llega al aprobado en las últimas encuestas, con tan solo entre un 39% y un 42% de los encuestados respaldando la actuación del presidente de EEUU.

    “Los aliados, no solo los atlánticos, deben entender que en cuestiones económicas y culturales no pueden distanciarse de la política interna de EEUU. Mientras que muchos enmarcaron 2025 como el año en que Estados Unidos se distanció de sus aliados, los desafíos más difíciles que presenta 2026 probablemente serán la insistencia de Washington en que los países socios se alineen con la política interna de la administración Trump – en la gobernanza tecnológica, los valores, el estado de derecho – y, por supuesto, la soberanía de Groenlandia”, comenta Hurlburt.

    “Atlantismo no significa vasallaje”

    El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en una reunión con los embajadores españoles, recriminó la posición de aparente pasividad de las instituciones europeas ante las “amenazas explícitas e implícitas” de Trump sobre Groenlandia. “Esta administración es una administración pro-atlantista. Pero el atlantismo no significa vasallaje, significa el tener una cooperación leal de igual a igual, donde se defina por objetivos comunes, tanto por parte de Norteamérica como por parte de Europa”, resaltó Sánchez.

    Los líderes de España, Francia, Alemania, Italia, Reino Unido, Polonia y Dinamarca defendieron la soberanía de Groenlandia y la seguridad de la región del Ártico ante la amenaza creciente de Estados Unidos. Francia ya ha anunciado que prepara un plan para “tomar represalias, para responder” junto a Alemania y Polonia contra cualquier forma de “intimidación” por parte de Estados Unidos respecto al territorio danés.

    El ministro de Exteriores de Francia, Jean-Noel Barrot, resaltó que “en cuestión de meses, la nueva administración estadounidense decidió -- y ese es su derecho -- replantearse los lazos que nos unen” y replanteó la nueva situación: “También es nuestro derecho decir 'no' a un aliado histórico, por muy histórico que sea, cuando su propuesta no es aceptable y cuando debemos decir 'no'”.

    Los analistas plantean sobre la mesa varias medidas que podría adoptar la UE como respuesta a EEUU. Desde “negarse a que los barcos estadounidenses puedan repostar en los puertos europeos; exigir altos pagos por la continuación del estacionamiento de tropas estadounidenses en suelo europeo o el cierre de ciertas instalaciones militares”, como señala Messmer, a medidas a más largo plazo como “el desarrollo de un pilar europeo tangible dentro de la OTAN, en el cual las fuerzas europeas asuman la responsabilidad principal de la defensa y disuasión convencional de Europa y operen dentro de la estructura de mando existente de la Alianza”, como propone Tim Haesebrouck, profesor del Instituto de Estudios Internacionales y Europeos de la Universidad de Gante.

    Pero en todo caso, el analista del Eurasia Group devuelve la pelota al tejado europeo: “Hay una pregunta aún más urgente para los europeos: ¿Pueden confiar unos en otros? La respuesta histórica ha sido no. Europa siempre ha sido un entorno de baja confianza. La UE no prueba lo contrario. Los europeos solo pudieron construir su maravilloso y sin precedentes proyecto de integración histórica porque los Estados Unidos, al ser la potencia militar dominante del continente, habían eliminado la pregunta más antigua de todas: ¿quién es la potencia hegemónica de Europa? Los europeos deben ahora responder a esa pregunta de una manera que no despierte viejas rivalidades y celos. ¿Podemos evitar caer de nuevo en viejos hábitos? Si no, Europa como concepto político y estructura institucional desaparecerá. En última instancia, la confianza interna es más importante que la confianza en los Estados Unidos”.

  • Donald Trump: "Vamos a hacer algo con Groenlandia, por las buenas o por las malas"

    El presidente de Estados Unidos se excusa en que es necesario "poseer" la isla para poder "defenderla" debidamente de posibles amenazas rusas o chinas, y no descarta emplear la fuerza militar para hacerse con el control del territorio danés

    Claves - Qué opciones tiene Trump para hacerse con el control de Groenlandia

    Donald Trump insiste en quedarse con Groenlandia. El presidente de Estados Unidos continúa empeñado en anexionarse el territorio, pese a los esfuerzos diplomáticos de Dinamarca. “Ahora mismo vamos a hacer algo con Groenlandia, les guste o no”, ha dicho este viernes.

    El estadounidense habla de “poseer” la isla danesa con la excusa de protegerlas de la ocupación china o rusa. “Si no lo hacemos, Rusia o China se apoderarán de Groenlandia y no vamos a tener a Rusia ni a China como vecinos. Me gustaría llegar a un acuerdo, ya sabe, por las buenas; pero si no lo hacemos por las buenas, lo haremos por las malas”, dijo este viernes desde la Casa Blanca, en un acto con varios ejecutivos de petroleras.

    Trump alega una vez más razones de seguridad para justificar sus amenazas a Groenlandia. “Ahora mismo alrededor de Groenlandia hay destructores rusos, hay destructores chinos y, además, hay submarinos rusos por todas partes”, aseguró anoche. El presidente de EEUU rechaza negociar otras vías de defensa para la isla porque, según sus palabras, solo se puede proteger militarmente aquello que se posee. Niega la soberanía danesa sobre el territorio y desdeña su capacidad de preservarlo.

    “El hecho de que desembarcaran allí con un barco hace 500 años no significa que sean dueños de esa tierra”, afirmó Trump, después de reconocer que las autoridades danesas habían sido “muy amables con él”. “Pero los países tienen que tener propiedad; y se defiende la propiedad, no se defienden los arrendamientos. No se defienden los arrendamientos de la misma manera: hay que ser propietario. Cuando lo poseemos, lo defendemos”, insistió.

    Trump aclara, por otro lado, que Estados Unidos no está en contra de la OTAN, a pesar de que la Casa Blanca no ha rechazado de momento que las acciones para le control de Groenlandia incluyan el uso de las fuerzas armadas. “La OTAN tiene que entender que yo estoy totalmente a favor de la OTAN. Yo salvé a la OTAN. Si no fuera por mí, ahora mismo no tendrían OTAN”, dijo.

    Miedo en Groenlandia

    Los líderes políticos de Groenlandia han emitido un comunicado conjunto en el que rechazan estas últimas palabras del presidente de EEUU. Los cinco partidos políticos con representación en el Inatsisartut, el Parlamento groenlandés, han defendido el derecho de los habitantes de este territorio autónomo danés a decidir su futuro frente a las amenazas de Estados Unidos.

    “La tarea del futuro de Groenlandia se hace en diálogo con su gente y en base a las leyes internacionales y el Estatuto de Autonomía. Ningún otro país puede inmiscuirse en ello”, lee el texto, firmado también por el primer ministro autonómico, Jens Frederik Nielsen. “No queremos ser estadounidenses, no queremos ser daneses, queremos ser groenlandeses”, prosiguen. La nota también está suscrita por Pelle Broberg, el líder del Naleraq, segunda fuerza en el Parlamento y la que más comprensiva se ha mostrado con Donald Trump.

    La población de la isla también ha manifestado su temor a una acción militar de Estados Unidos. Las autoridades de Groenlandia insisten en que serán ellos, sus habitantes, quienes “decidan a su parlamento y gobernantes”, puesto que la isla se rige por un Estatuto de Autonomía válido y recogido en el derecho internacional. Resaltan, además, que la isla siempre ha mantenido una buena relación comoercial con Estados Unidos, y que Groenlandia “colabora y seguirá colaborando con EE.UU. y los países occidentales”.

    El líder del Naalakkersuisut de Groenlandia, Jens-Frederik Nielsen, en una rueda de prensa el 5 de enero en Nuuk.
  • EEUU, Venezuela y la carrera por los recursos, las rutas y los mercados en el mundo

    Si la Unión Europea priorizara la defensa de un orden global basado en el derecho internacional, habría suspendido hace mucho tiempo sus acuerdos preferenciales con Israel y replanteado en otros términos su relación con EEUU

    Trump decreta la “emergencia nacional” para evitar reclamaciones de los acreedores de Venezuela si vende su petróleo

    Desde 1945 Washington ha lanzado más de un centenar de operaciones militares en el extranjero de forma directa o encubierta. La mayoría consistieron en el uso de la fuerza con un objetivo concreto, pero también hubo invasiones y ocupaciones, como la de República Dominicana en 1965, Vietnam entre 1965 y 1973, Camboya en 1970, Granada en 1983, Panamá en 1989, Afganistán en 2001 o Irak en 2003.

    En otros casos EEUU realizó intervenciones de combate más limitadas, pero con un uso masivo de la fuerza, como en sus bombardeos contra Serbia en 1999, el lanzamiento de misiles contra Sudán en 1998 o los ataques aéreos contra Libia en 2011. A ello se suman decenas de despliegues militares coercitivos para impulsar cambios de gobiernos o imponer su influencia bajo los eufemismos de misiones de paz, protección de civiles, estabilización, lucha contra el terror o represalia, así como ataques puntuales. Así lo han documentado historiadores y politólogos como Stephen Kinzer, Lindsey O’Rourke o William Blum, junto con investigaciones como la del Uppsala Conflict Data Program.

    Además, Estados Unidos ha intentado influir en gobiernos y condicionar las políticas económicas en decenas de países, con diferentes niveles de intervención: financiando campañas y grupos de presión —y de represión— incidiendo en la selección de candidatos, coordinándose con actores influyentes para generar deuda y dependencia y, en último caso, si estos pasos fracasaban, apoyando o impulsando operaciones más o menos encubiertas para asegurarse de que sus intereses se cumplieran.

    El perímetro mundial de EEUU

    No hay ningún país del planeta que haya intervenido tantas veces en territorios extranjeros, ni que se acerque al número de operaciones claras o encubiertas acumulado por Estados Unidos. Otra seña de identidad de Washington es que no se ha limitado a intervenir en su “patio trasero” o en países cercanos a sus fronteras, sino que su perímetro es global. Ha actuado en Asia, África, Latinoamérica, Oriente Medio e incluso en Europa. Cuenta para ello con el mayor número de bases e instalaciones militares repartidas por el mundo y con una capacidad militar inigualable.

    Estados Unidos no es el único país que ha violado el derecho internacional en repetidas ocasiones, pero sí es el que ha hecho de esa actuación un modus operandi normalizado y disimulado por el relato oficial occidental. Tal es así que estos días, ante las amenazas de Trump sobre Groenlandia, se observan reacciones institucionales europeas que parecen haber descubierto por primera vez que Washington no es un actor respetuoso con los derechos humanos y el derecho internacional. No suena igual la impunidad cuando esta puede dañar los intereses propios.

    Donald Trump ha cambiado las formas y la política comunicativa, pero el fondo no ha empezado con él como presidente. Desde la operación encubierta de EEUU en Guatemala en 1954, cuando impulsó un golpe de Estado para derrocar al gobierno democrático de Jacobo Árbenz —cuya reforma agraria perjudicaba a la United Fruit Company— hasta los bombardeos contra Venezuela de la pasada semana, pasando por el Cono Sur americano, Vietnam, Panamá, Irak, Afganistán o Palestina, entre otros muchos, Washington ha operado para moldear el mundo a la medida de sus intereses como potencia imperial y neocolonial.

    Cuando una nación convence a su población de que la fuerza militar es el canal inevitable y necesario, esta termina conquistando espacio interno en forma de represión e impunidad contra sus propios ciudadanos.

    Trump es producto de su época, del momento histórico que vive su país. La pérdida del primer puesto como hegemón económico —en beneficio de China— y la resistencia a aceptar otros objetivos menos ambiciosos empujan a Washington a desplegar la amenaza de la fuerza sin eufemismos, porque la instalación del miedo y de la impunidad es una herramienta de coacción en sí misma.

    El exfiscal jefe fundador de la Corte Penal Internacional, Luis Moreno Ocampo, nada sospechoso de ser partidario del Gobierno venezolano, ha indicado, al igual que otros expertos, que la operación de Estados Unidos en Caracas es un crimen de agresión según el derecho internacional.

    EEUU ve en la ley del más dispuesto a usar la fuerza bruta una de sus máximas apuestas, porque cuenta con el Ejército más poderoso del mundo. Los gobiernos estadounidenses de las últimas décadas han ido construyendo esa narrativa basada en la necesidad de la guerra —en sus múltiples formas, de baja o alta intensidad— en territorios ajenos como vía imprescindible para “el bien”, para “la seguridad”, “la democracia” o “la libertad”.

    Para cumplir sus objetivos, Trump busca una internacional reaccionaria y ultraderechista en Latinoamérica y Europa.

    Esa ideología terminó condicionando el voto de muchos ciudadanos y la llegada de Trump al poder. Si la ley del más fuerte es lo necesario, ¿por qué no elegir a un presidente que muestre claramente, sin tapujos, que está dispuesto a hacer las cosas “a su manera” para conseguir lo que es preciso? Cuando una nación convence a su población de que la fuerza militar —incluidos bombardeos contra civiles y cárceles secretas con torturas— es el canal prioritario para misiones exteriores, esta termina conquistando espacio interno en forma de represión e impunidad contra sus propios ciudadanos.

    Los relatos confeccionados para justificar intervenciones militares como las impulsadas en Afganistán, en Irak o en la propia Venezuela tienen la misma base que la narrativa partidaria de la represión contra personas migrantes en EEUU o contra estudiantes estadounidenses que defienden los derechos palestinos.

    Ya sea en nombre de la libertad, de la seguridad, de la civilización, de la democracia o de los intereses económicos, la esencia de esas posturas es la defensa del brutalismo militarista. Esto implica el aplastamiento de la vía política y diplomática, de los derechos humanos y del derecho internacional en pos de los intereses de una élite y de una ideología racista y neocolonial. Y así, de este modo, se termina abrazando la necesidad de una entente ultraderechista.

    Reunión este viernes 9 de enero en la Casa Blanca entre Donald Trump y directivos de compañías petroleras

    Si Europa hubiera reaccionado con las medidas necesarias frente al genocidio israelí en Gaza, quizá hoy la correlación de fuerzas sería diferente. No lo sabremos nunca, porque ni siquiera lo intentó.

    El derecho internacional

    Washington no ha suscrito el Estatuto de Roma y solo ha aceptado la aplicación del derecho internacional contra sus adversarios. Sin embargo, en los relatos oficiales de la Unión Europea se habla a menudo como si EEUU formara parte de ese orden basado en reglas.

    Bruselas ha contribuido activamente a disfrazar la impunidad estadounidense, porque ha participado y se ha beneficiado de ella. Ahora, cuando Trump prescinde de eufemismos y disimulos, surge la incomodidad en la UE, porque esta posición del presidente de EEUU desactiva el relato habitual europeo para justificar las alianzas y los apoyos a EEUU.

    A ello se une que esta vez las amenazas también se dirigen contra intereses europeos. Como el comisario Renault en la película Casablanca, y tras haber recibido sus ganancias, la UE exclama “qué escándalo, aquí se juega”.

    Argentina, Ecuador, El Salvador o el presidente electo de Chile han celebrado la agresión militar de EEUU en Venezuela. También lo han hecho directivos de varias compañías petroleras recibidos este viernes por Trump

    El negocio

    Para cumplir sus objetivos, Trump busca una internacional reaccionaria y ultraderechista en Latinoamérica y Europa. Tanto Milei como el presidente electo de ultraderecha en Chile, José Antonio Kast, el Ecuador de Daniel Noboa o El Salvador de Bukele celebraron la agresión militar de EEUU en Venezuela y el secuestro de Maduro.

    También lo han hecho directivos de varias compañías petroleras recibidas por Trump este viernes en la Casa Blanca, incluida la española Repsol: “Gracias, presidente, por abrir la puerta a una Venezuela mejor”, dijo Josu Jon Imaz, consejero delegado de Repsol y expresidente del PNV, quien añadió que la compañía está lista “ para invertir en Venezuela” y “triplicar la producción allí”.

    Todos los representantes de petroleras presentes en ese encuentro expresaron gratitud a Donald Trump. Algunos, como el directivo de Exxon, indicaron su necesidad de que Venezuela modifique la ley para que sus empresas puedan obtener más beneficios económicos, sin la normativa que exige una participación estatal venezolana de al menos un 60% en los proyectos petroleros.

    La ubicación de los yacimientos energéticos y las rutas para transportarlos condicionan la geopolítica del necrocapitalismo y la sobreacumulación (en manos de una élite internacional).

    Israel, aliado clave de EEUU, también busca ampliar acceso y presencia en Latinoamérica, contribuyendo a esa red internacional trumpista. En diciembre suscribió con la Argentina de Milei los Acuerdos Isaac, inspirados en los Acuerdos Abraham impulsados por Trump –cuyo empuje continuó Biden– con los que varios países árabes normalizaron sus relaciones con Tel Aviv. A través de los Acuerdos Isaac, Buenos Aires y Tel Aviv pretenden incentivar una mayor presencia israelí en Argentina y otros países de la región, con negocios y alianzas económicas que contribuirán a normalizar los crímenes israelíes.

    Con los Acuerdos Isaac suscritos recientemente con Argentina, Israel busca mayor presencia en Latinoamérica y extender negocios en otros países de la región dispuestos a normalizar los crímenes israelíes

    El genocidio en Gaza continúa y juega un papel fundamental para este cambio de fase en Occidente. Dos días antes de los bombardeos de EEUU contra Venezuela y del secuestro de Maduro, Donald Trump estaba compartiendo festejos de Nochevieja en su residencia con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, responsable de la matanza de decenas de miles de personas y de la destrucción de Gaza. Sobre Netanyahu pesa una orden de arresto emitida por la Corte Penal Internacional, tribunal contra el que Washington ha emprendido una agresión directa, con sanciones, insultos y acusaciones públicas.

    Ningún argumento de Trump relacionado con los derechos humanos o la democracia tiene credibilidad. Ante la impunidad y la ley del más dispuesto a usar la fuerza bruta sí hay margen de maniobra, pero para eso se necesita voluntad política. Ante las sanciones de EEUU contra jueces y fiscales de la Corte Penal Internacional (entre los que hay varios ciudadanos europeos) y contra la relatora de la ONU, la Unión Europea debería haber activado su reglamento de bloqueo para proteger la aplicación del derecho internacional y a los sancionados, que sufren vetos como la imposibilidad de acceder a sus cuentas en bancos europeos.

    Si Bruselas priorizara la defensa de un orden global basado en la ley, habría suspendido hace mucho tiempo sus acuerdos preferenciales y su amistad con Israel y replanteado en otros términos su relación con EEUU. Si Europa hubiera reaccionado con las medidas necesarias frente a los crímenes masivos contra Palestina, quizá hoy la correlación de fuerzas sería diferente. No lo sabremos nunca, porque la UE no solo no lo intentó, sino que avaló —y avala— la impunidad israelí en Oriente Próximo. A día de hoy la Unión Europea sigue negándose a reconocer una obviedad: que Washington, como cualquier potencia, da prioridad a su agenda por encima de los intereses europeos e incluso a costa de sus 'aliados', si estos pueden ser obedientes clientes dispuestos a comprar más a la neometrópoli.

  • Trump decreta la "emergencia nacional" para evitar reclamaciones de los acreedores de Venezuela si vende su petróleo

    La orden bloquea "cualquier embargo, juicio, decreto, derecho de retención, ejecución, o cualquier otro proceso judicial contra" los fondos que estén en cuentas del Gobierno estadounidense y que puedan estar derivados de las ventas de petróleo venezolano, de los que además prohíbe transferencias

    Repsol dice a Trump que quiere “invertir con fuerza” en Venezuela y triplicar la producción

    El presidente estadounidense, Donald Trump, decretó este sábado “emergencia nacional” para proteger en cuentas del Tesoro de Estados Unidos los ingresos por las ventas del petróleo de Venezuela, lo que evitaría que acreedores de la deuda externa venezolana reclamen los fondos.

    La Casa Blanca afirmó en un comunicado que “el presidente Trump está previniendo la incautación de ingresos por el petróleo venezolano que podrían socavar los esfuerzos críticos de EEUU para garantizar la estabilidad política y económica de Venezuela”.

    La orden “bloquea cualquier embargo, juicio, decreto, derecho de retención, ejecución, o cualquier otro proceso judicial contra” fondos que estén en cuentas del Gobierno de Estados Unidos derivados de las ventas de petróleo venezolano, y “prohíbe transferencias o tratos” de estos recursos.

    El decreto se publica tras la reunión de este viernes entre ejecutivos petroleros y Trump, quien ofreció a las principales empresas de hidrocarburos del mundo “protección y seguridad del Gobierno” a largo plazo para concretar su meta de que inviertan 100.000 millones de dólares en Venezuela.

    La medida también reafirma el anuncio del secretario de Energía, Chris Wright, quien el miércoles avisó de que Estados Unidos controlará de forma “indefinida” las ventas de crudo venezolano y depositará en cuentas del Gobierno estadounidense el dinero derivado de esas transacciones para “beneficiar al pueblo de Venezuela”.

    “La orden afirma que los fondos son propiedad soberana de Venezuela mantenidos bajo custodia de EEUU para propósitos gubernamentales y diplomáticos, que no están sujetos a reclamos privados”, indicó la Casa Blanca.

    Washington argumentó en la medida que “permitir el embargo de esos fondos directamente pondría en riesgo los objetivos de EEUU, que incluyen frenar el flujo de inmigrantes ilegales y de narcóticos ilícitos”, que identifica como sus principales justificaciones de su intervención en Venezuela.

    Tras la expropiación petrolera que realizó el fallecido presidente venezolano Hugo Chávez, ha habido cerca de 60 arbitrajes internacionales desde el 2000 contra Venezuela por un valor estimado total de 30.000 millones de dólares, casi el 15% de su deuda internacional, según datos del Center on Global Energy Policy (CGEP) de la Universidad de Columbia.

    Ejecutivos petroleros expresaron este viernes a Trump su escepticismo a la hora de invertir en Venezuela al citar la incertidumbre regulatoria y las expropiaciones realizadas por el chavismo.

  • Venezuela y la muerte del aislacionismo: cómo el America First de Trump escondía solo un profundo unilateralismo

    La intervención en Venezuela revela cómo en el corazón del lema trumpista hay un profundo unlitaeralismo que no necesariamente implica una política aislacionista, y cómo eso está provocando fracturas dentro del movimiento ultra

    Sin el Congreso y en plena crisis interna: qué dice el secuestro de Maduro sobre la acumulación de poder de Trump

    Donald Trump consiguió regresar a la Casa Blanca con la promesa de sacar a Estados Unidos de los conflictos exteriores que, según él, eran una pérdida de tiempo para los intereses del país. En el fondo, ese America First tan serigrafiado en camisetas y gorras no era tanto una premisa aislacionista como un deseo de abandonar el papel de hermano mayor de las democracias occidentales que Washington ha ejercido desde el final de la Segunda Guerra Mundial. 

    El descaro con el que la Administración Trump ha agredido militarmente un país extranjero y ha secuestrado a su presidente parte de un profundo unilateralismo. Este principio, y no otro, es el que constituye el corazón real del America First de Donald Trump. El presidente estadounidense aborda la geopolítica desde el cálculo coste-beneficio. Como buen aspirante a monarca absoluto, quien decide lo que es bueno para la nación es él. De ahí que el America First se esté revelando como una especie de 'Trump First', para disgusto de algunos de sus seguidores en el mundo MAGA.

    En otoño, Trump ya dejó claro que no creía necesario consultar al Congreso con respecto a los ataques en el Caribe y otras posibles incursiones militares. Pasadas las diez de la noche del viernes 2 de enero, el presidente daba la orden al Pentágono de iniciar la Operación Resolución Absoluta mientras los legisladores dormían.

    El cálculo coste-beneficio con Venezuela podría resumirse en la intervención dentro de un Estado fallido, con alianzas frágiles —Cuba está inmersa en una profunda crisis económica y Rusia ya dejó ver con los Asad en Siria lo que puede hacer—, y cuyas reservas de petróleo son las más grandes del mundo. Además de que se trata de un golpe de efecto tanto en clave de política interna como externa.

    Trump estaba molesto con China husmeando en lo que considera su patio trasero, algo que hizo explícito en la comparecencia posterior a la captura de Maduro cuando se refirió a la región como “nuestro hemisferio”. Eso no solo incluye Latinoamérica, sino también Canadá, al cual el presidente muchas veces se ha referido como el “estado 51” de EEUU y Groenlandia, sobre la cual también ha proyectado sus deseos expansionistas

    La intervención en Venezuela se produce justo cuando está a punto de cumplirse un año de esa rocambolesca comparecencia desde Mar-a-Lago en la que Trump consternó al mundo con sus aspiraciones de anexionarse Groenlandia y el canal de Panamá. En ese momento, el republicano desempolvaba la doctrina Monroe, que ahora ha abrazado abiertamente: el sábado se permitía hacer un juego de palabras con su nombre y la rebautizaba como “doctrina Donroe”. 

    La versión 2.0 de la doctrina del siglo XIX pasa por reconocer tres grandes jugadores en el tablero: Estados Unidos, China y Rusia. Es así como lo dibuja la nueva Estrategia de Seguridad Nacional (NSE, en sus siglas en inglés) que publicó en diciembre el gobierno Trump. A cada uno de ellos se les reconoce una parcela propia desde la cual se competirá. En 2023, la inteligencia estadounidense advirtió de que Pekín había dicho a los militares que estuvieran “preparados para 2027” para lanzar una operación sobre la isla, aunque existían dudas sobre hasta qué punto sería posible el ataque.

    Todo este tiempo Trump ha estado abordando la geopolítica del siglo XXI con los ojos del siglo XIX. Esto también se ha visto en su guerra comercial

    Todo este tiempo Trump ha estado abordando la geopolítica del siglo XXI con los ojos del siglo XIX. Esto también se ha visto en su guerra comercial. Uno de los grandes referentes del republicano ha sido el presidente William McKinley, que gobernó el país entre 1897 y 1901. Ya durante la campaña electoral, Trump ofreció una larga y contenciosa charla sobre las virtudes de McKinley y su política arancelaria en un acto organizado en el Club Económico de Nueva York. 

    Algunos de los miembros de la vieja guarida MAGA, como Steve Bannon, entienden que el abandono de Estados Unidos del multilateralismo aboca el orden internacional a la ley del más fuerte. Así pues, Bannon ha aplaudido la acción como un toque de atención a China y ha dado voz desde su War Room a otros influencers de extrema derecha, como Jack Posobiec, que ha calificado la agresión de “defensa del hemisferio”. 

    Más allá de la visión geopolítica, Bannon también es consciente de que la vuelta al intervencionismo estadounidense de la mano de Trump es beneficioso para la expansión de la internacional ultra. En Latinoamérica, el republicano se ha encargado de fomentar y apoyar gobiernos alineados con su ideología, como Nayib Bukele en El Salvador o Javier Milei en Argentina. Por lo que respecta a Europa, la nueva Administración cada vez ha mostrado más afinidad con los gobiernos de extrema derecha, mientras cuestiona los gobiernos socialdemócratas y los valores tradicionales de las democracias liberales.

    Aunque no todos los pronósticos de la órbita trumpista son igual de receptivos con esta evolución del “America First”. El encuestador alineado con el movimiento MAGA Rich Baris advirtió de los efectos negativos que puede desencadenar la empresa de Venezuela si no culmina con una transición de poder real. “A menos que Trump logre el primer cambio de régimen exitoso en una nación no occidental europea desde la Segunda Guerra Mundial”, escribió Baris en redes sociales, “esto consumirá gran parte del año y los votantes se enfadarán más porque él [Trump] no está centrado en ellos.”

    En el otro extremo, la diputada Marjorie Taylor Greene, que ha pasado de fiel seguidora a desertora de Trump, se mostraba decepcionada. Greene, como ya hizo con el bombardeo de las instalaciones nucleares de Irán, ha criticado la agresión. “Esto es lo que muchos en el MAGA creían que habían votado para poner fin”, escribía el sábado en X. “Vaya si estábamos equivocados”.

    Dentro de todos los nombres que se postulan para tomar el relevo en el trumpismo, Taylor Greene es la que ha tomado la opción más arriesgada, pero también la más agresiva. Su ruptura viene a raíz de, aparentemente, ser más trumpista que Trump y querer mantenerse fiel a los principios MAGA. Aunque se trata de una carrera de fondo hasta que llegue ese momento. Pero como apuntó en su día la influencer de extrema derecha y aliada del presidente, Laura Loomer, muy probablemente ni el Partido Republicano ni el movimiento sobrevivirán a Trump. 

    “No creo que el GOP [las siglas del partido republicano] sobreviva después de Trump. Hay demasiadas personalidades en conflicto tratando de disputar el liderazgo de MAGA, y ninguna de ellas tiene lo necesario para ser el sucesor de Trump”, escribía en X Loomer. Y añadía: “No habrá un movimiento político viable después de MAGA. La evidencia está ahí para quien quiera verla. Nadie tiene lo que se necesita”.

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